Mostrando entradas con la etiqueta hugo silva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hugo silva. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de marzo de 2019

70 BINLADENS

El cine español de los últimos años (ampliemos ese término a las dos últimas décadas, por ejemplo) ha mostrado una evolución saludable que le ha permitido romper tópicos y congraciarse con el gran público gracias, sobre todo, a tres géneros que ya podríamos considerar como patrios: la comedia autóctona (y Ocho apellidos vascos sería su máximo referente), el thriller (con el descubrimiento de grandes autores como Sorogoyen, Rodríguez o De la Torre) y el terror (que ha internacionalizado nuestro con esa muestra de talentosos artistas que se reunió en los pasados Goyas alrededor del homenajeado Ibáñez Serrador).
Sin embargo, del éxito al fracaso hay un paso muy pequeño, y todo ese resurgir de nuestro cine ha derivado en una encadenación de producciones de estudio a base de guiones prefabricados y actuaciones mecánicas que buscaban más la complicidad fácil con el espectador a base de dar siempre más de lo mismo, aspirando a una buena taquilla antes que a una buena película, que han propiciado un leve declive en una filmografía que parece huir del riesgo y conformarse con acomodarse a las fórmulas que (se supone) garantizan el éxito.
70 binladens es una de esas producciones que rompen dichos esquemas y que, a golpes de calidad, se rebela en contra de la industria para ofrecer algo diferente, acercándose sin complejos más al cine policíaco americano de los años noventa (y la magnífica banda sonora de Fernando Velasco es buena muestra de ello) que a lo que nos acostumbran las recientes producciones abaladas por las televisiones de turno.
Ya con Gernika, el director Koldo Serra (que ya había dirigido algunos de los episodios más interesantes de El ministerio del tiempo y que actualmente trabaja en la tercera temporada de La casa de papel) había demostrado ser un director interesante, pero con 70 binladens se consolida definitivamente, logrando un estupendo thriller en el que los tres pilares fundamentales para que una película funcione se magnifican, retroalimentándose a la perfección entre ellos. Me estoy refiriendo a la realización, el guion y la interpretación.
Por un lado, la historia tramada por Javier Echániz, Juan Antonio Gil Bengoa y Asier Guerricaechebarría es casi perfecta. Amparándose en los tics propios del cine de atracos, con Lumet como máximo referente, pero rechazando (después de acercarse a ellos) los tópicos para recurrir a unos giros de guion sorprendentes y que mantienen en todo momento en vilo al espectador. Unos giros inteligentes, que sorprenden sin necesidad de resultar inverosímiles ni caer en el deux ex machina de turno.
Por otro lado, Serra se luce con el uso de diversos planos secuencia, un recurso que aunque ya empieza a resultar algo manido en nuestro cine después de que Cuarón y Iñárritu los pusieran de moda siempre es efectivo (si está bien hecho y no se ve el truco, claro está), amén se saber manejar perfectamente los tiempos, creando una atmósfera de tensión y violencia contenida que traspasa la pantalla y logrando sacar lo mejor de las localizaciones (qué presencia tiene esa plaza en la que se encuentra la sucursal bancaria que sirve de base para toda la película) exprimiendo al máximo a sus actores.
Y ahí está la tercera gran baza del film. Todos los actores, con un nutrido reparto de secundarios, están estupendos, pero las dos protagonistas femeninas, inmensas Emma Suárez y Nathalie Poza, se comen la pantalla, logrando centrar en ellas todos los focos y convirtiéndose en las dueñas absolutas de la función.
En fin, que estamos ante una gran película, una historia sobre un atraco que sobre el papel podría parecernos mil veces vista pero que sabe romper con los estigmas para tener una personalidad propia, resultando inteligente y desconcertante, engañando sin resultar tramposa e invitando a reversionarla para descubrir sus secretos ocultos.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 5 de junio de 2018

EL INTERCAMBIO

Escrita y dirigida por Ignacio Nacho, esta película podría utilizarse como resumen de uno de los males endémicos que padece el cine de nuestro país: la gran cantidad de directores que se empeñan en ser también guionistas o viceversa. Que un mismo artista esté capacitado para ejercer ambos cargos, y lo hagan además bien, no es tarea fácil(no abundan los Woody Allen, e incluso él también falla a veces), así que en ocasiones es conveniente saber delegar en otros parte del trabajo.
Esto es lo que podría suceder con El intercambio, una historia que se estrenó primero en teatro y que en su paso al cine no ha perdido el tono teatral, limitando todos los juegos de cámara que se pudieran prestar a la historia.
La base no es que sea muy novedosa: un matrimonio aparentemente aburrido de la rutina acude a una cita concertada por internet para participar en una noche de intercambio de parejas, aunque los que les reciben no serán exactamente como se esperaban. Excepto el prólogo, que transcurre en el coche que lleva a dicho matrimonio hasta el lugar de la cita, todo transcurre en la sala de estar del lugar de encuentro, con lo que se demuestra una escasez de recursos que no ayuda en nada a la película. Sin embargo, lo que verdaderamente la lastra es su guion, una historia que no va hacia ningún lado, cargada de absurdos, que busca en el humor chabacano la complicidad del espectador sin encontrarla y con unos personajes que con los que no se puede empatizar por no saber en ningún momento hacia dónde se dirigen. Y eso que los actores, todos ellos estupendo, se esfuerzan al máximo en hacerse con el control de los mismos.
Y es una lástima, porque en ese prólogo inicial en el coche hay una conversación muy ágil y divertida entre Pepón Nieto y Natalia Roig que invitan a pensar que, por lo menos, estamos ante una película de grandes diálogos, pero incluso eso se diluye a medida que avanza la trama y cada protagonista se pierde sin saber nunca hacia donde se dirige su personaje.
Absurda, pero sin gracia, alargada pese a no llegar a la hora y media de duración y con un final aún más decepcionante, la verdadera pregunta es cómo lograron engañar a Hugo Silva para participar en esto, más allá de su reencuentro con los amiguetes de Los hombres de Paco.
Lo dicho, una verdadera pena, la verdad, porque la idea podría haber dado bastante juego.

Valoración: Tres sobre diez.

viernes, 13 de octubre de 2017

Sitges 2017: SOLO SE VIVE UNA VEZ

Federico Cueva es un reputado técnico argentino de efectos especiales que, tras algún coqueteo televisivo, da ahora el salto a la dirección cinematográfica.
Sólo se vive una vez es una comedia de acción muy loca que aúna detalles de sagas como Fast & Furious, parodia el histriónico estilo de Michael Bay y se inspira ligeramente (de manera reconocida en la propia película) en Único testigo, de Peter Weir.
Peter Lanzani, al que vimos hace poco en la brillante El Clan, es el protagonista absoluto de esta pantomima, aunque el elenco de secundarios que Cueva ha conseguido aunar es ciertamente llamativa, desde el orondo Gerard Depardieu hasta el descomunal Hugo Silva (cuya interpretación se come a todos sus compañeros de reparto), pasando por Santiago Segura (también coproductor) o Carlos Areces.
La película, una coproducción entre Argentina y España ambientada en Buenos Aires, narra la historia de Leonardo, un estafador de poca monta que es testigo de un asesinato y que para proteger su vida se oculta entre una comunidad judía. Con esta premisa, la historia nunca termina de decidir si debe tomarse en serio o no, quedando a medio camino entre la parodia y el frenesí. Así, las escenas de acción, que demuestran con claridad los orígenes de Cuevas, son espectaculares y emocionantes, pero tienen un punto de exageración que pueden llegar a sacar al espectador de la película. Explosiones imposibles, coches voladores y situaciones absurdas campan por el film a sus anchas, en una especie de quiero y no puedo de lujo que refleja las propias dudas del director en cuanto al camino a seguir.
Así y todo, tomada como un simple divertimento, la película llega a funcionar bastante bien, pese a lo desaprovechados de algunos actores participantes. Eso sí, la aparición de silva se hace esperar, pero cuando llega su carisma y humor se hacen dueños de la película, consiguiendo que el interés de esta aumente considerablemente.
Buen cine de entretenimiento imposible de tomarse en serio pero muy disfrutable si no se aspira a más que a un rato de evasión.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 3 de julio de 2017

DESPIDO PROCEDENTE, divertido disparate.

Después de debutar en la dirección de largometrajes con la insuficiente Viral, el argentino de raíces españolas Lucas Figueroa ha tardado cuatro años en completar su segunda película, Despido procedente, donde tiene la suerte de reunir a un gran reparto encabezado por Imanol Arias, Darío Grandinetti y Hugo Silva pero por donde también se ve a Luis Luque, Miguel Ángel Solà, Tomás Pozzi o Pedro Casablanc (que ya estaba en el anterior trabajo del realizador), entre otros.
Despido procedente es una comedia con toques de intriga y bastante humor negro sobre un alto ejecutivo español de una empresa de comunicaciones con sede en buenos Aires que, en vísperas de un importante ascenso, sufre un percance fortuito con un viandante que se va a convertir en un misterioso acosador.
La película juega en todo momento al despiste, con giros tan absurdos como divertidos y sin llegar a tomarse en ningún momento demasiado en serio (patinando fugazmente cuando lo hace, como al mencionar una parte importante del pasado del protagonista) donde Arias (que ya en Anacleto demostraba sus grandes dotes para la comedia) es la estrella absoluta de la función y consigue mantener en todo lo alto el interés de la trama.
Figuerioa ha aprendido la lección de aquella simplona Viral y, pese a cambiar el terror por el humor, consigue mantener mucho mejor la tensión y el suspense en esta obra cuyo único punto criticable es, quizá, lo ligeramente atropellado de su final. Es de agradecer una película que no necesite más de noventa minutos para contar una historia, como era costumbre hasta hace no mucho, pero quizá habrían faltado cinco simples minutos más para terminar de redondear la trama y no despistar a aquellos que puedan no estar demasiado identificados con la jerga empresarial.
Como sea, la película es una deliciosa comedia que se ve con mucho agrado y provoca varias carcajadas, sabiendo jugar con inteligencia al despiste y sabiendo tener un punto de incorrección política (sobre todo en lo referente al personaje que interpreta Juan Grandinetti) muy disfrutable.
Me alegro (y felicito) a Figueroa por haber sabido enderezar el rumbo y espero que su próximo proyecto no se haga esperar tanto. Si sigue la estela de esta broma ácida sobre los tejemanejes empresariales tiene en mí a un fan.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 28 de febrero de 2016

TENEMOS QUE HABLAR: tan ligera como olvidable.

Es sabido por todos que en el género de las comedias románticas ya está todo inventado y resulta muy difícil innovar. De vez en cuando aparece algún autor que consigue un enfoque nuevo, pero por lo general se siguen unos esquemas tan predeterminados que terminan resultando insoportablemente previsibles. Pero funcionan bien en taquilla, y por eso se siguen y se seguirán haciendo.
Tenemosque hablar es un caso fragante de ello. Pese a un arranque fresco y original (si no fuese porque aparece casi por completo en el tráiler) que se burla bastante de la crisis en España y sus consecuencias, la cosa va desinflándose, con una historia plana e insulsa que solo se salva por algún que otro gag más inspirado y por la química de sus protagonistas, unos Hugo Silva y Michelle Jenner que ya se conocían de Los hombres de Paco, aunque si debo destacar algo me quedaría con las aportaciones de Belén Cuesta y Verónica Forqué, de lo más divertido de la función.
Quizá una de las cosas que más me hayan molestado de la película es su desenlace, en el que los guionistas se centran tanto en cerrar la historia romántica de la forma más convencional posible que olvidan todas las subtramas que han ido abriendo por el camino, dejándonos sin conocer lo que sucede con algunos de los personajes que aparecen, dejando temas inconclusos incluso con los propios protagonistas. Un ejercicio de dejadez imperdonable que demuestra que, pese a los chistes y situaciones absurdas, lo único que parece interesarles es la historia de amor, sin importar que su cierre sea coherente o incluso agradecido con respecto a lo que nos habían contado de sus protagonistas. Incluso ningunean todo lo relacionado al motor de arranque del film, esa crisis que va a terminar por condicionar toda la acción inicial y que es olvidada para mayor conveniencia de una conclusión necesariamente edulcorada a la par que falsa.
Con todo, la historia pasa por momentos simpáticos, los equívocos provocan más de una carcajada entre el público y consigue su objetivo de entretener sin más pretensiones, lo cual es motivo suficiente para justificar el aprobado justo, aunque estando en época de Oscars y con tanta gran película en cartel quizá desperdiciar el tiempo en esto sea algo de derroche.

Valoración: cinco sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2015

MI GRAN NOCHE (7d10)

Después de que Las Brujas de Zugarramurdi (y sobretodo La chispa de la vida) no terminasen de sedudir a público y crítica, quizá debido a lo irregular de su ritmo y su descompensado final, Alex de la iglesia, de la mano de su fiel guionista Jorge Guerricaechevarría, ha regresado al terreno que mejor conoce, la comedia pura y dura, para coescribir y dirigir una absoluta locura, un desmadre genial donde las sorpresas no dejan de suceder, como en un vodevil demencial, cargado de gags y con un ritmo frenético.
Tal y como hiciera su buen amigo Santiago Segura con El Fary en la saga Torrente, De la Iglesia ha querido rendir pleitesía a Raphael, una de las grandes voces de nuestra música, al que convierte en la gran estrella en el centro de esta función absurda y desquiciada que satiriza la grabación de un especial televisivo (tan casposo y ridículo como los de verdad) para la noche de Fin de Año.
No pretende ser La Gran Noche una crítica social ni un alegato contra los tiempos de crisis que no terminamos de abandonar (ya he empezado diciendo que esto es comedia pura y dura), pero alrededor de ese gran festival que componen los diversos personajes que pululan por la gala De la Iglesia se permite crear un envoltorio donde, en pequeñas pinceladas, se reflejen algunos de los problemas que nos han tocado vivir, como la corrupción, la inestabilidad laboral o los tratos de favor entre las altas esferas , pero siempre sin perder el punto de vista de la diversión y el buen rollo que destila la propuesta.
¿Buen rollo? Bueno, para el espectador sí, pero lo que es para los personajes… Entre presentadores que se odian entre sí, trabajadores descontentos, invitadas extremadamente gafes, groupies manipuladoras y aprovechadas, divos pasados de rosca y fans obsesivos dispuestos a cometer un asesinato, dentro de la película hay de todo excepto buen rollo.
Pese a la tan cacareada presencia protagonista de Raphael, autoparidiándose de manera genial, la película es en realidad una propuesta coral, donde una decena de historias se entremezclan entre ellas de manera que resulta imposible no conectar con al menos un buen puñado de ellas. Cierto es que cuando se pretende abarcar tanto se corre el peligro de que se profundice en unas más que en otras y eso no siempre es sinónimo de que la destacada sea la que mejor funciona, pero pienso que De la Iglesia ha sabido cogerle bien el pulso a su obra, impidiendo que se le escape de las manos y haciendo que todo encaje con la exactitud del mecanismo de un reloj. ¿Qué nos gustaría conocer más cosas de algunas subtramas? Desde luego. Pero para evitarlo necesitaríamos una película de tres horas. Y no sé si tres horas grabando una gala musical tan casposa como esta no terminaría resultando tan agotador para el espectador como para los propios protagonistas.
Lo que hay que reconocerle al director es que esta vez sí ha sabido cerrar la historia como corresponde, consiguiendo cuadrar el círculo e impidiendo que se le vaya de las manos (y mira que habría sido fácil), dando su pequeño final a todas las historias (algunas mejor que otras, eso sí), y permitiendo que la clausura caiga en los auténticos protagonistas de la función: Raphael, Blanca Suarez y Pepón Nieto.
Con incontables cameos, algunos apenas reconocibles, la película se sustenta en un interminable y brillante reparto cargado de figuras de la comedia nacional. Aparte del cacareado Raphael (que interpreta a su propio reverso: una estrella que se niega a apagarse, tiránica y egomaníaca), el cual sorprende por su vis cómica y satírica,  hay que reconocer el siempre excelente trabajo de Caros Areces como su manager (o más bien esclavo) además de hijo adoptivo ruso (!!), la desternillante parodia que del artista latino de pocas luces compone Mario Casas (un cruce entre Bisbal, Civera y Chayanne) o la siempre destacable Blanca Suarez. Pero aún hay más. Por aquí se enfrentan en una implacable guerra de sexos Hugo Silva y Carolina Bang, coquetea con la ambigüedad sexual Carmen Machi, se burla de la corrupción Santiago Segura… en fin, una lista interminable en la que no hay papel pequeño que se quede sin su momentito de gloria. Y luego está la imprescindible Terele Pávez, por supuesto.
Haciendo hincapié en la banalidad televisiva por la que atravesamos, De la Iglesia demuestra habérselo pasado en grande con esta comedia muy gamberra pero algo menos negra de lo habitual y consigue también que todos los espectadores lo pasemos igual de bien, riendo sin parar al ritmo de las canciones de Raphael (uy, perdón, de Alphonso), de Chayanne (ay no, que es Adanne) y alguna más que se cuela por ahí.
En resumen, un locurón total, entretenido, por momentos desternillante, con tintes de emoción y, desde luego, muy, pero que muy recomendable.

lunes, 29 de diciembre de 2014

MUSARAÑAS (5d10)

Pintaba bien al principio esta película de terror dirigida a cuatro manos por Juanfer Andrés y Esteban Roel al amparo de Álex de la Iglesia como director, pero al igual que en los films más flojos de de la Iglesia, la película arranca muy bien pero se desinfla completamente al llegar a su tercio final.
Ambientada en una España de postguerra (aunque prácticamente apenas se sale del interior de un piso), Musarañas cuanta la historia de dos hermanas, Montse, la mayor (interpretada por una Macarena Gómez definitivamente alejada de los papeles de comedia que la hicieron popular en televisión), atormentada por su pasado y afectada por varias fobias que la impiden salir de su propio domicilio, y su hermana pequeña (Nadia de Santiago), que vive con la culpa de haber causado la muerte de su madre durante el parto.
Los días transcurren lentos y rutinarios en casa de las dos hermanas hasta que Montse, católica hasta rozar el fanatismo y que entabla conversaciones con su padre muerto, se ve en la obligación de socorrer a Carlos, el vecino de arriba, que tiene un accidente en las escaleras y al que acoge secretamente en su casa, confundiéndose a partir de entonces su rol entre el de enfermera y carcelera.
Con claras reminiscencias al Misery de Stephen King, la película arranca con lentitud, construyendo poco a poco los personajes y permitiéndonos conocerlos bien, pudiéndolos amar u odiar con apenas tres pinceladas de su carácter e historia, para dar un giro a los acontecimientos a partir del ecuador de la película (con la entrada en escena de Carolina Bang, también productora) para entrar en una espiral de acción que no se detendrá hasta el final de la película.
Lo malo no es lo irregular del cambio de ritmo, sino la incoherencia de su final con respecto a cómo nos han hecho entender a los personajes hasta ahora. Y no me refiero a los esperados giros de guion y descubrimientos sorpresa que no voy a revelar, sino a la simple reacción de los protagonistas, a la manera en que se aceptan ciertas situaciones aun contradiciendo las personalidades que nos habían dibujado sobre ellos, simplemente porque es necesario para el desarrollo de la historia. Así, el desenlace no parece una consecuencia lógica del avance de los acontecimientos, sino una imposición del guion que no encuentra un camino más coherente para alcanzar un final que, aunque sorprende, no es tan exageradamente impactante como para justificar esto.
Así toda la claustrofobia y la angustia que estábamos sintiendo desde el arranque de la trama (desde mucho antes de la entrada en escena de Carlos), se pierde cuando nos invitan a mirar la pantalla con escepticismo y casi hasta burla.
Una pena, pues hasta el momento estaba resultando una gran película, pero la torpeza de sus creadores la condenan a un simple entretenimiento, por más que las actuaciones femeninas sean extraordinarias y el Carlos de Hugo Silva no moleste.

lunes, 30 de septiembre de 2013

BRUJAS DE ZAGARRAMURDI (7d10)

Alex de la Iglesia no solo es un gran director, sino también un gran amante del cine que no duda en regar sus obras de guiños y homenajes a películas que le marcaron. Alcanza, sin embargo, en su último título niveles extremos cuando realiza un más que evidente revisionado del Abierto hasta el amanecer que parieron Robert Rodriguez (director) y Quentin Tarantino (guionista) allá por 1996.
Las coincidencias no son pocas: Jose y Tony (Hugo Silva y Mario Casas) realizan un atraco tal y como hicieran en aquella los personajes encarnados por George Clooney y Quentin Tarantino y huyen a toda prisa con intención de cruzar la frontera (aquí la francesa, en el anterior caso la mejicana), llevando consigo a un rehén (Jaime Ordóñez en lugar de Harvey Keitel) y llevando consigo, además, un niño (aunque es evidente que las comparaciones entre Gabriel Delgado y Juliette Lewis son más esquivas). Justo en la frontera deben detenerse en un bar de inquietante aspecto (mucho menos animado, eso sí, que la Teta Enroscada) y a partir de ahí una trama policíaca de robos y persecuciones se transforma en un festival de sangre y muerte, sustituyendo los vampiros de Rodríguez por brujas con claras connotaciones sexistas (de hecho, todo el envoltorio de la película, con brillantes diálogos que a la postre resultan lo más atractivo del film, gira alrededor de la lucha de sexos, llegándose a la conclusión inapelable de que las mujeres son malas, pero los hombres tontos).
No falta ni el momento erótico, con Carolina Bang en ropa interior bebiendo de un corazón y derramando sangre que recorre lujuriosa su cuerpo, evocando a Salma Hayek en la ya clásica escena con el champán (y para rizar más el rizo, ambas actrices eran en el momento del rodaje las parejas de los respectivos directores). Incluso en un momento de la trama Jose y Tony se refieren a Manuel (Ordóñez) diciendo que parece un cura, precisamente a lo que se dedicaba Keitel en Abierto hasta el amanecer.
Siendo coherentes con lo que supone la producción cinematográfica española con respecto a la americana, hay que reconocerle a Brujas de Zagarramurdi un presupuesto proporcional mayor al que tuvo Rodríguez en su bizarra fábula vampírica, con lo que aquí la acción va más allá del bar y el reparto de personajes es más coral, con la aparición de la exmujer de Jose (Macarena Gómez) y los dos inspectores que llevan el caso del robo (Pepón Nieto y Secun de la Rosa) en medio de todo el fregado, aunque a decir verdad son tramas que podría haberse ahorrado De La Iglesia por su escasa aportación al film.
Y es que si Abierto hasta el amanecer presentaba unos personajes interesantes que se diluían cuando la historia se transformaba en un delirio gore de lucha por la supervivencia, algo parecido le sucede a Brujas de Zagarramurdi, que tras un inicio brillante y emocionante termina dejándose llevar por los excesos visuales del aquelarre satánico perdiendo esplendor y abusando de tantos exageraciones y situaciones  absurdas que roza en algunos momentos el ridículo, y no solo ya por la aparición satánica final (que no desvelaré aquí, aunque tampoco es que haya mucho que desvelar) que recuerda a alguna producción de serie B que tanto gustaban a Sam Raimi, sino –sobretodo- por la forzada subtrama romántica impuesta para aspirar a un final feliz, o al desperdicio de personajes como los inspectores Calvo y Pacheco que no ayudan en nada al desarrollo argumental.
Como historia de entretenimiento a la que no se le pide demasiado, la película funciona, y son muchos los momentos delirantes que provocan la carcajada al espectador, pero teniendo a Alex de la Iglesia a los mandos cabría esperar algo más de un film desigual, abrumador y con un último tercio alargado y cansino que tiene su mejor virtud en el reparto, fundamentalmente televisivo, donde Silva, Casas y Ordóñez brillan con luz propia aunque, como no se podía esperar otra cosa, la verdadera reina de la función es una inmensa Carmen Maura, bien secundada por Terele Pávez, que con su talento permiten que perdonemos paparruchadas como las brujas interpretadas por Santiago Segura y Carlos Areces (y es que en España esto del amiguismo funciona demasiado).
Divertida, excesiva, apabullante, absurda, escatológica (la escena de Macarena Gómez en la letrina es tan desagradable como brillante) y visualmente apasionante, Brujas de Zagarramurdi es una película que sin duda provocará debate, pero que debe ser vista, pues aun con todos sus defectos las virtudes terminan por predominar, aunque deje una sensación agridulce por la cuesta abajo que supone el clímax final.

Talento tiene, pero no suficientemente aprovechado.

domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS (3d10)

Me gustaría comenzar esta crítica avisando de que no soy un gran seguidor de Almodóvar. No tengo nada contra él, pero el director manchego es tan especial y arrastra tantos seguidores como detractores que opinan sobre sus películas con tal pasión que creo interesante advertiros que yo no estoy en ninguno de esos dos grupos. Ni lo amo ni lo odio. En realidad conozco poco de su cine, supongo que básicamente por falta de interés, hasta tal punto que solo he visto tres de sus obras en las salas, curiosamente un melodrama (La flor de su secreto, que me interesó bastante, un declarado homenaje a Douglas Sirk que no fue de sus mayores éxitos), un thriller (La piel que habito, intensa y apasionante, no perfecta pero sí muy buena) y una comedia, esta que nos ocupa hoy, con la que dicen que vuelve a sus orígenes.
Y hago esta larga introducción para que sepáis que no conozco de primera mano esos orígenes (no busquéis aquí comparaciones con Mujeres al borde de un ataque de nervios  o Átame), pero si Los amantes pasajeros debe servirme como referencia del estilo Almodóvar sin duda debería entrar de cabeza en el grupo de los que lo odian y creer que cosas como La piel que habito son un accidente en su carrera. No obstante, prefiero ser generoso y creer que éste es el accidente y esperar a su siguiente proyecto, porque no encuentro en esta epopeya en un avión ni calidad ni humor ni nada que poder destacar. La película es, sencillamente, horrible, espantosa y desagradable, quizá de lo peor que he visto últimamente en un cine (forzosamente; esta película la veo en televisión y no llego al primer intermedio).
Cuando hablo de cine intento ser más racional que pasional (aunque sé que no siempre lo consigo), y eso me ha impedido hacer lo que me pedía el cuerpo y valorarla directamente con un cero patatero, ya que pienso que incluso la película más inmunda suele tener algo que salvar (y si no repasad mi crítica de The Master) y esta no va a ser la excepción. Almodóvar es un gran director y hay momentos en los que eso se nota, algunos encuadres son interesantes y la utilización del color puede considerarse brillante. Además un espectacular reparto (tanto los protagonistas como los amiguetes que simplemente pasaban por ahí) hace que la intensidad interpretativa sea alta. Pero aquí termina todo, y la balanza cae pesadamente sobre el lado negativo, empezando por un guion que si bien tiene una premisa curiosa termina mutando en un despropósito total que invita a pensar que Almodóvar debería empezar a plantearse, a estas alturas de su carrera, en dedicarse sólo a dirigir dejando la escritura en manos de otro profesional, ya que su desgaste –al igual que le está sucediendo a Woody Allen- es más que evidente.
Pasemos al argumento: después de que una distracción de  unos operarios del aeropuerto (ese gag/prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz es una de las dos escenas salvables de la película, de la otra hablaré en breve) un avión en pleno vuelo se encuentra con que no pueden abrir el tren de aterrizaje. En espera de una solución, el comandante decide drogar a todo el pasaje para evitar una crisis, no teniendo suficiente tranquilizantes para los pasajeros de primera, que serán, junto con tres asistentes de vuelo y los dos pilotos (Hugo Silva y Antonio de la Torre), los protagonistas de esta ¿comedia? coral. Este es el punto de partida interesante y que podría desembocar en diversos estilos que Almodóvar se empeña en mezclar  (en lugar de elegir) de forma torpe y confusa. Según conocemos las historias internas de cada pasajero (en una especie de Gran Hermano aéreo) podríamos encontrarnos ante una película de intriga (tenemos a un asesino a sueldo –José María Yazpik-  que comparte espacio con su próxima víctima –Cecilia Roth- y una vidente que viaja a México es busca de unos desaparecidos –Lola Dueñas-), una crónica política (hay un político prófugo acusado de corrupción –José Luis Torrijo- y el aeropuerto donde finalmente tratarán de aterrizar lleva años construido y nunca se ha utilizado), una comedia loca (los tres asistentes –por no decir azafatos- son gays –Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo-  y tratan de rebajar la tensión con una actuación musical), un drama (por la historia del político que lleva años sin saber de su hija desaparecida que resulta que ahora trabaja de score –por no decir puta- o los momentos previos al aterrizaje forzoso que invitan a pensar que todo puede acabar en tragedia) o apostar por el tono romántico (un galán de cine –Guillermo Toledo-  huye de una relación destructiva –con Paz Vega- mientras comprende que abandonó e hirió a la chica que realmente merecía la pena –Blanca Suarez-). Pero el manchego quiere jugar todas las cartas a la vez, meterlas todas en una batidora y ofrecernos el batiburrillo resultante, sin importarle que sea inconexo o carezca de ritmo.
Pero quien considere mi crítica como un simple punto de vista –opinable, como todos-, resulta que comete aquí el señor Pedro un error de novato que me ayuda a cerrar toda posibilidad de debate. Si repasamos la gran totalidad de las críticas profesionales (tanto las que son a favor como las que son en contra, o incluso las más indiferentes) todo el mundo coincide en que lo mejor de la película es la secuencia protagonizada por Blanca Suarez, compartida con Carmen Machi, una secuencia que transcurre en tierra firme. De hecho, el único momento –quitando el arranque y el desenlace- que transcurre en tierra firme. Si una película cuya gracia reside en que todo sucede dentro de un avión resulta que su mayor logro está fuera… ¿no es muestra suficiente de que algo no funciona?
Pero no todos los defectos se centran en la decepción que provoca la falta de aprovechamiento de un buen punto de partida, sino la degradación total a la que se llega cuando, con la excusa de mezclar mescalina en agua de Valencia (gracias a los últimos pasajeros que faltaban por nombrar, unos recién casados interpretados –por decir algo, pues son los más flojos o peor aprovechados del casting- por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), todo deriva en una bacanal sexual, filmadas con verdadero mal gusto y abusando de los chistes de cacapedoculopis que harían sonrojar a los propios hermanos Farrelly.  Si lo mejor que puede hacer Almodóvar con una buena idea y unos grandes actores (pese a todo Cámara sigue siendo inmenso, por más que sus esfuerzos para salvar esta mamarrachada sean estériles) sea un surtido de felaciones, “enculadas” y coitos despreciando cualquier atisbo de la más mínima moral y aplaudiendo el alcoholismo, las drogas y el vicio, pues casi mejor que se podría haber quedado en su casa manchega.
Quiero comentar también que Almodóvar siempre ha sido un icono gay. No me considero homófogo aunque tampoco conozco demasiado ese ambiente, pero si lo que se ve en el film pretende servir de referencia al mundo gay creo que les está haciendo un flaco favor.
Por supuesto, estoy hablando todo el rato de comedia porque así es como se ha definido la película, pero aún estoy esperando no sólo una carcajada sino una mínima sonrisa durante toda la proyección. Y o bien me quedé sordo ese día o puedo hablar también por el resto de la sala. Independientemente de que a alguien le puedan hacer más o menos gracia las guarradas (de eso se nutre la comedia americana durante los últimos años), esta película no tiene nada divertido y ni siquiera recuerdo un solo diálogo que pueda merecer la pena.
No quiero hacer leña, pero creedme. Es mala, muy mala. Y sentí incluso vergüenza de que próximamente vaya a ser representante del cine español. Solo el prólogo de Antonio y Pe y los momentos de Blanca Suarez se aguantan. Y eso es demasiado poco.

No diré si al final el avión se estrella o no, pero Pedrito, desde luego, sí lo ha hecho. Yo no odio a Almodóvar, pero otra película como esta y empezaré a hacerlo.