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domingo, 25 de marzo de 2018

EL AVISO

Daniel Calparsoro es uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico patrio, y la reciente y exitosa (aunque a mi entender no suficientemente redonda) Cien años de perdón es una muestra de ello. Además, el thriller policiáco está de moda en nuestra filmografía, y aunque El aviso no entre directamente en el terreno policiáco, por ahí andan los tiros.
Todo parte de un suceso aparentemente inexplicable: un asalto a una tienda de gasolinera tiene un fatídico desenlace: un inocente es tiroteado y mientras su vida se debate entre la vida y la muerte su mejor amigo descubre una extraña secuencia matemática que demuestra que el incidente no fue casual y que se ha venido repitiendo a lo largo de los años. Diez años más tarde, un niño recibe un aviso advirtiéndole sobre su más que probable muerte.
Calparsoro construye una angustiante historia con tientes muy urbanos alrededor de la figura de Jon, un matemático en sus horas más bajas atrapado en un triángulo amoroso junto a su mejor amigo y el amor de su juventud. Con guion de Jorge Guerricaechevarria, Patxi Arnezcua y Chris Sparling a partir de una novela de Paul Pen, la historia se mueve a través de os marcos temporales, siendo posiblemente ese el mayor acierto de la puesta en escena de Calparsoro, capaz de mostrar cada una de las líneas temporales constantemente sin que ello resulte confuso, pero por contra está a punto de perder el control de su obra a medida que se aproxima a su final, cuando las preguntas se acumulan y uno ya intuye que no se va a encontrar con respuestas satisfactorias.
No es que sea imprescindible dar un sentido a todo lo que ocurre, permitiendo que el factor sobrenatural actúe libremente, pero posiblemente toda la parte central de la historia tiene unos visos demasiado realistas, con una subtrama de bulling con un peso específico en la misma, como para encajar fácilmente ese elemento de ciencia ficción que no se nos había llegado a anunciar en ningún momento.
Puede que sea conveniente para el interés de la historia no saber nada respecto a su argumento al entrar en la sala de cine, pero no es menos cierto que si uno va a la espera de un simple thriller de intriga y misterio y se encuentra de golpe especulando sobre la reencarnación, las paradojas temporales y los portales interdimensionales (y nada de esto se menciona en la película pero, como con las meigas, haberlos haylos), puede que quede impregnado por cierto regusto de insatisfacción.
Como sea, la presencia de grandes actores (en especial en su parte femenina) ayuda a simpatizar más con el misterio y Calparsoro tiene suficiente pericia visual como para conseguir que durante toda la proyección el misterio y el desasosiego nos invada, por más que al final pueda predominar más la confusión y el vacío que la sensación de un trabajo bien hecho.
Y es que ni estamos ante una película de ciencia ficción aunque sí lo sea ni tampoco se trata de un policíaco realista, aunque también. Demasiada indefinición y medias tintas para poder aplaudir como se merece a esta El aviso, cuyo resultado final sí es, al menos, mucho más correcto que el espantoso y nada apetecible tráiler que la precedía.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 13 de noviembre de 2017

ORO, en busca de El Dorado

Dejando de lado Solo quiero caminar, que pasó bastante desapercibida por las pantallas, Agustín Díaz Yanes es siempre recordado por la irregular Alatriste. Ahora, once años después, vuelve a contar con la colaboración de Arturo Pérez-Reverte en una extraña maniobra con la que se adapta una historia inédita para la que el propio escritor firma también el guion.
Con un despliegue algo menos ambicioso que Alatriste pero una mejor factura técnica, Oro es la epopeya de unos conquistadores españoles en busca de una ciudad de Las Indias que se supone estaba hecha toda de oro, desde las paredes de las casas hasta los propios tejados. Estamos, por tanto, ante una aventura con tintes bélicos, una historia de supervivencia en la selva amazónica que no es, en el fondo, más que una mera excusa para hablar sobre la crueldad y la mezquindad de la condición humana, de cómo la codicia y el temor puede llevar a alguien a cometer actos de villanía. Aún con restos de honor entre algunos de los protagonistas, la película está plagada de decisiones traicioneras, enfrentamientos por amor (o lujuria) y menosprecio a la vida humana, ya sea la propia, la del hombre blanco o la del indígena. Es, pues, Oro, una fábula sucia y cruel, donde, como si quisiera hacer paralelismos con la sociedad actual, incluso las disputas por os nacionalismos regionales tienen cabida en la trama.
Para ello, Agustín Díaz Yanes se ha rodeado de lo mejorcito en actores de nuestro país, con nombres de la talla de Raúl Arévalo, Óscar Jaenada, José Coronado, Juan José Ballesta, Luis Callejo, Antonio Dechent o Anna Castillo, además de la breve pero intensa aparición de Juan Diego. Es curioso, sin embargo, que en una historia tan masculina y viril quien consiga sobresalir la maravillosa Bárbara Lennie. Recuerdo como tras el estreno de El niño muchos protestaban por lo poco que se prodigaba esta estupenda actriz (ese mismo año deslumbró a todos con Magical Girl), y ahora que empieza a ser más frecuente verla nos encontramos con esos productos de vergüenza ajena como la ridícula serie de El Incidente. Con Oro, Lennie consigue regresar al buen camino.
No estamos ante una película redonda. Quizá Díaz Yanes y Pérez-Reverte, en su afán por ser fieles a la realidad histórica, olvidaron dar algo más de profundidad a sus protagonistas, mientras que la propia trama es demasiado lineal, excesivamente plana. Los soldados van de un punto A a un punto B, enfrentándose a los obstáculos del camino y punto. No hay ningún giro, ningún recoveco del camino que logre sorprender demasiado y ninguno de los protagonistas, más allá de las nobles u oscuras intenciones que puedan tener, tiene un pasado que nos perita simpatizar demasiado con ellos.
Con todo, el buen trabajo de los artistas, la firme dirección de Díaz Yanes y el empaque técnico que logra que todo se vea con un realismo impecable, hacen de la película una propuesta muy interesante y totalmente recomendable.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS: la edad de la picaresca.

El hombre de las mil caras es la nueva película de Alberto Rodríguez tras La Isla Mínima y así se está promocionando. Craso error. Primero, porque Rodríguez ya tenía alguna otra estupenda película antes de esa, como Grupo 7. Segundo, porque El hombre de las mil caras no tiene nada que ver con La Isla Mínima y eso puede hacer que termine perdiendo injustamente en las comparativas.
Y es que El hombre de las mil caras no tiene la belleza visual ni la calma tensa de la que fue la gran triunfadora de los Goya del año pasado, ni tampoco lo pretende. Cada historia precisa de su atmósfera, y en esta Rodríguez elige acertadamente una atmósfera más americana, jugando con las músicas y las cámaras lentas en un estilo que tiene algo del Tarantino inicial de Reservoir dogs aunque tampoco tenga esta película ningún punto en común más con aquella.
El hombre de las mil caras tiene un poco de todo: es una ficción, un retrato social de una época, una historia real, un thriller de intriga, un documental, un drama con toques de comedia… Una mezcla que, no obstante, tiene personalidad propia y de la que Rodríguez sale airoso casi en todo.
Y digo casi en todo porque algo falta para lograr la perfección. Quizá la complicada tarea de ficcionar unos personajes reales, de rellenar los huecos de la historia que nunca sabremos, impiden que se pueda profundizar más en unos protagonistas a los que no llegamos a conocer realmente. Las motivaciones de Francisco Paesa y Jesús Campoes (más allá del amor por el dinero) quedan algo turbias al pasar tan de puntillas por su vida personal, pero la magníficas interpretaciones de Eduard Fernández y José Coronado hacen que esos pequeños problemas quede de lado y podamos empatizar con la frialdad de Paco y con la narración cargada de ironía de Jesús.
El hombre de las mil caras no cuenta la historia de Luis Roldán y su fuga (de hecho, no se termina en profundizar el alcance de su delito, más allá de recalcar su patrimonio de mil quinientos millones) sino la del hombre que le ayudó, un Francisco Paesa que actúa como hombre en la sombra y termina siendo más interesante que el propio Roldán, sobre quien estaban todos los focos de la época. Por cierto, que Carlos Santos y Marta Etura también lo bordan como el exdirector de la Guardia Civil y su esposa Nieves.
Hace unos días comentaba la dudosa fidelidad de Los hombres libres de Jones a la realidad. Aquí, Rodríguez se pone la venda antes de la herida y comienza su película advirtiendo que esto es una ficción basada en hechos reales. Esto es, no sabemos si las cosas sucedieron exactamente igual que en la película, amén de que la relación entre Roldán y Paesa y entre Paesa y el gobierno tiene más miga de la que se refleja en la película, mientras que hay más oscuridad en un Roldán que aquí casi llega a convertirse en la víctima del sistema, pero en eso consiste el cine, en maquillar la realidad sin traicionarla. Y lo que Alberto Rodríguez refleja con total fidelidad es la corrupción, la ambición política y la codicia que ha definido siempre a un país donde los ladrones han sido héroes y la picaresca se aplaude.
Insisto, El hombre de las mil caras no es La Isla Mínima ni lo pretende ser. No hay aquí hermosos planos cenitales ni se juega con las miradas y los silencios, pero eso no quita para que sea una pieza magnífica, que demuestra que lo de Rodríguez no es flor de un día, que es una magnífico realizador, guionista, director de actores y que sabe coronar su trabajo con un equipo que rinde a la perfección, visual y sonoramente.
El otro punto negativo del film es el detalle de que ya conozcamos de antemano (más o menos) el final de la historia, pero eso ya no es culpa de Alberto Rodríguez. Es lo que tiene jugar con la historia.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 13 de septiembre de 2016

TARDE PARA LA IRA: Cautivador debut de Arévalo como director.

No es ninguna novedad que el cine español actual está plagado de thrillers negros con muy buena factura. La isla mínima o Cien años de perdón son dos buenos ejemplos de ellos en los que, además, coincide un intérprete concreto: Raúl Arévalo. Además, ambas películas se caracterizan por tener una factura impecable, una realización que nada tiene que envidiar a las grandes producciones americanas.
Para su debut como director, Arévalo se ha servido de ese mismo género pero dándole la vuelta a la tortilla. Tarde para laira es una historia sucia, desgarradora, y como tal, se localiza en la España más costumbrista, en una España de barrio, de pueblo, casi en las antípodas de lo se venía haciendo últimamente.
Escrita por el propio Arévalo junto a David Pulido, Tarde para la ira es una película que ha necesitado de casi diez años para su creación, lo cual le ha servido al novel director para lograr imponer el estilo y la personalidad deseados, sin imposiciones de la productora. Por eso, es meritorio que en un primer trabajo se demuestre una personalidad tan brutal y una claridad de ideas tan notoria que hacen de esta película una gran propuesta y de Arévalo un director a seguir muy de cerca.
Tarde para la ira arranca con planos muy cortos, casi claustrofóbicos, como invitándonos a participar de las vidas de los protagonistas, unos Antonio de la torre y Luis Callejo que están sensacionales en su brillante ejercicio de contención. A ritmo muy lento, rozando la impasividad, la película se va fraguando hasta que se produce su primer gran giro de guion y entonces todo cambia, desde el ritmo hasta la composición visual. Sin entrar en detalles, diremos sólo que Tarde para la ira es una película de venganza, pasional y violenta, que sabe medir sus fuerzas para rozar unos límites que nunca llega a traspasar. La primera media hora es casi desesperante por su escasez narrativa. El final es casi excesivo. Y la clave de todo ello, y el gran valor de Arévalo, es lograr ese “casi” sin superarlo, sin estropear una historia sencilla pero contundente y unos personajes donde no hay realmente buenos y malos (sino todo lo contrario) movidos por el amor y la desesperación.
Tarde para la ira es una película muy próxima, en la que casi se huele la suciedad de las calles y el refrito de los bares, y donde De la Torre consigue con sus miradas vacías y sin alma (aparente) lo que muchos no logran con grandes diálogos.
Magnífico debut como realizador de un ya de por sí gran actor y magnífica película que logra desesperar y cautivar por igual.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

KIKI, EL AMOR SE HACE: Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo...

Confieso que entré en la sala a ver Kiki, el amorse hace con ciertos reparos, sin saber exactamente con qué me iba a encontrar. Todavía no creo que Paco León haya demostrado ser un gran director con sus dos “experimentos” en homenaje a su madre  Carmina, por lo que verlo enfrentándose a una película “de verdad” se planteaba como un gran desafío, y más con una base argumental tan peliaguda como pretender hacer una comedia sobre sexo que, sobre el papel, podría ser más apropiada para alguien como Almodóvar que para un novato como León.
Sin embargo, una vez vista la película, Kiki, el amor se hace se ha convertido en un verdadero descubrimiento. Con un protagonismo coral repartido en diversas historias que más que entrecruzarse se rozan a duras penas, un elenco de actores muy interesante y las filias sexuales más extrañas que pueden existir (y existen, esa es la gracia), la película es una sucesión de gags desternillantes, capaces de arrancar la carcajada como pocas veces he presenciado en el cine en mucho tiempo, capaz de reflejar las relaciones sexuales con tanta naturalidad como buen gusto (aunque hay que reconocer que en los momentos más poéticos visualmente hablando abusa un poco del tópico con muy poca sutilidad).
Naturalmente, pasa lo que pasa siempre con las historias corales, que siempre hay alguna historia que funciona mejor que la otra y cada espectador tendrá su preferida mientras que le puede sobrar alguna otra, aunque personalmente considero que la media está muy bien equilibrada y que ninguna llega a desentonar con respecto a otra.
La dacrifilia (excitación mediante las lágrimas), elifilia (atracción sexual por ciertos tejidos), somnofilia (desear sexo con alguien dormido), harpaxofilia (excitación sexual en momentos de violencia, como un atraco), triolismo (el gusto por el sexo en grupo) son las cinco filias que abordan las cinco parejas protagonistas. Inspirada en la película australiana The Little death, de Josh Lawson, Fernando Pérez y el propio Paco León han configurado un guion casi perfecto, que eludiendo la vulgaridad y midiendo muy bien los escasos aunque necesarios desnudos del film se atreven a hurgar con humor en temas peliagudos (y no me refiero solo a los sexuales), sin pasarse en ningún momento de la raya ni resultar ofensivos pese al humor negro (muy negro) que riega constantemente la película.
El reparto está espléndido, algo habitual en Natalia de Molina, Belén Cuesta, Candela Peña o Alexandra Jiménez, pero con grandes trabajos también de Luis Callejo, Álex García, David Mora, Luis Bermejo, Ana Katz, Mari Paz Sayago, Maite Sandoval o, por supuesto, Paco León.
Mantiene León el tono naturalista que destacaba en las dos entregas de Carmina, incrementado por el detalle de que la mayoría de los personajes comparten nombre de pila con sus intérpretes, pero definitivamente el sevillano se corona como un gran director y compone una película brillante, divertidísima e imprescindible para aprender a acometer riesgos y salir triunfante de ellos. Y es que, como el mismo director dijo en la presentación, no hay que tener miedo de hablar de sexo. Al fin y al cabo, todos venimos de un kiki, ¿no?

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 31 de marzo de 2016

RESUCITADO: un péplum de rebajas.

En tiempos pasados, era casi obligatorio que la festividad de la Semana Santa viniese acompañada por estrenos en cine de temática religiosa, así como de reposiciones de grandes péplums como Los Diez mandamientos, La Biblia, La Pasión, etc. Ahora, esa costumbre ha ido desapareciendo poco a poco, hasta el punto que el estreno más importante este año ha sido una cinta tan poco religiosa (o demasiado, quien sabe, que también se habla de Dios en ella) de Batmanv Superman: el amanecer de la justicia, aunque siempre hay algún título que mantiene la tradición.
Y el título de este año es Resucitado, una película tan extraña como irregular que pretende ofrecer un punto de vista diferente sobre la resurrección de Jesucristo que ha sido comparado, por sus propios realizadores, como una especie de C.S.I. en tiempos de los romanos.
Efectivamente, la película, contada desde el punto de vista de Clavius, un ambicioso centurión cuya Fe hacia sus dioses (Marte aparte) no es demasiado fuerte, que debe investigar la desaparición del cadáver de un nazareno al que el pueblo considera un mesías enviado por un Dios único que desafía la religión politeísta romana y amenaza la estabilidad social en vísperas de la visita del César.
Dirigida por un desaparecido Kevin Reynolds, que no cabe duda de que vivió sus mejores años hace ya demasiado tiempo, la película, de bajo presupuesto y producida por una compañía centrada exclusivamente en relatos religiosos, tiene un cierto aroma televisivo, una factura ligeramente pobre y una austeridad que desconcierta en las escenas iniciales que pretenden estar cargadas de una ligera épica.
Con un reparto justito aunque reconocible (con Joseph Fiennes como protagonista, aunque por ahí andan Cliff Curtis –Fear the Walking dead- y Tom Felton –Harry Potter-, aparte de alguna cara conocida española), la película tiene una primera mitad ciertamente interesante, donde el misterio de la resurrección (o no) de Jesús está planteada como un thriller policiaco, con una minuciosa investigación por parte de Clavius que, pese a las presiones de Poncio Pilatos termina por estar más interesado en descubrir la verdad que en complacer la conveniencia de su superior. El problema es que hay una segunda mitad en que todo esto se va al garete y la película cambia de rumbo totalmente, convirtiéndose en un telefilm del montón sobre Jesús y sus apóstoles, unos apóstoles retratados como unos hippies pasados de vueltas (tanta paz y amor resulta empalagosa) y cualquier atisbo de originalidad desaparece, tornándose la película totalmente prescindible e incluso aburrida y sin aportar nada nuevo (pese a algunas licencias creativas que se han tomado) a la historia ya conocida, y cuyo único interés final está en las apariciones de Luis Callejo, María Botto o Jan Cornet y en las escenas filmadas en Almería.
Aunque en ningún momento se muestra como una gran película, el resultado final termina por desinflar por completo un trabajo que parece demasiado hecho por encargo y que, lamentablemente, no va a significar un paso adelante para el director de Robin Hood, príncipe de los ladrones, Waterworld o (dicen) Bailando con lobos.

Valoración: cuatro sobre diez.

domingo, 6 de marzo de 2016

CIEN AÑOS DE PERDÓN: Entretenimiento efectivo aunque vacío.

Me encuentro ante una extraña dualidad a la hora de escribir sobre esta película. Siempre he defendido a ultranza las virtudes del cine español. Y me refiero con ello no a poner nuestra producción patria por encima de lo que nos llega del otro lado del charco (no soy tan iluso) sino más bien a pretender ver que aquí se pueden hacer filmes tan virtuosos como los financiados con dinero yanqui.
Cien años de perdón es un claro ejemplo de que aquí se pueden hacer películas americanas de muy buena factura. No importa las nacionalidades ni las fobias que se puedan sentir hacia la cinematografía propia para disfrutar de un entretenimiento de casi dos horas sobre un atraco a un banco que recuerda poderosamente al estilo visual de Sidney Lumet, Michael Mann o incluso la escena inicial de El Caballero oscuro de Nolan. Hay, incluso, un deje argumental del Plan oculto de Spike Lee, siempre sirviéndose de ese invento que Alfred Hitchcock dio a llamar McGuffin. Y todo eso, sin olvidarnos de que estamos ante unos ladrones con un tufillo a héroes que al final deben caernos bien y quedar casi como los buenos de la historia, como si de unos Clooneys, Pitts o Damon del montón fuesen y trabajaran para la banda de un tal Ocean. Todo, como pueden ver, referentes muy americanos.
Mezclando todo ello en una batidora la película de Daniel Calparsoro sobre un atraco con rehenes en una España corrupta y de inestables ideologías políticas funciona bien en cuanto a ritmo y emoción, consagrándose a las virtudes de sus dos protagonistas, unos Luis Tosar y Rodrigo de la Serna que contagian química, y a un cuidado ejercicio de estilismo que permite que la película navegue entre el thriller y la crónica social sin permitir que decaiga en ningún momento el interés.
Pertenece este trabajo a esa colección de títulos más o menos admirables que demuestran que nos tics que tanto han dado al cine de nuestro país (y que tantos odios han engendrado también) son cosa de otros tiempos. Un cine dinámico, ecléctico y, digámoslo claro, muy comercial, como son las obras de Enrique Urbizu,  Daniel Monzón o Alberto Rodríguez. Unas películas que, insisto, no tienen nada que envidiar al cine americano.
Sin embargo, si me niego a situar al cine español por debajo del yanqui tampoco sería justo exigirle menos que a aquel. Si bien es cierto que Cien años de perdón puede resultar tan entretenida como otras películas de ladrones con aires de Robin Hood como la mencionada Ocean’s eleven, Le llaman Bodhi, The Town o Reservoir dogs, también resulta a la postre tan vacía de contenido como algunas de las aquí mencionadas.  Es Cien años de perdón una película que se disfruta mediante su visionado pero que se olvida al término del mismo, culpa en parte de una exceso de personajes apenas elaborados o que, por ahondar en el arquetipo, rezan el ridículo, caso de los interpretados por Raúl Arévalo o Luis Callejo, por poner un par de ejemplos.
Quizá el principal problema de Cien años de perdón, y que impide que llegue a ser una gran película pese a sus evidentes méritos, es la pretensión de su director, Calparsoro, por querer profundizar en una deriva que se le va de las manos. La insistencia de convertir a los villanos en héroes con una subtrama de corrupción política que al final no va a ningún sitio desinfla una historia en la que parece que lo que se pretende es explicar al espectador algo que ya conoce sobradamente: los chanchullos del poder. Y ese ejercicio estéril de pretenciosidad, insistiendo sobre lo evidente, hace que se pierda demasiado tiempo dando vueltas en círculo y se abandone la fuerza de una trama que debiera haber sido más negra y policiaca.
Es cine de entretenimiento comercial, sí, pero no de autor. Aunque se pretende.

Valoración: seis sobre diez.

martes, 29 de diciembre de 2015

PALMERAS EN LA NIEVE (6d10)

Conectando directamente con la entrada anterior, en la que apuntaba que el excesivo hype de Carliots y Snoopy podría haberme aguado un poco la fiesta, con Palmeras en la nieve pasa justamente lo contrario: era tan malo todo lo que había llegado a mis oídos que la película me sorprendió gratamente.
Creo que se ha sido muy injusto con un film que sí, que tiene muchas deficiencias que no voy a obviar en mi opinión, pero que es una propuesta emotiva y de impecable factura que describe la situación de las colonias españolas en África y nos traslada a una época no demasiado lejana en el tiempo pero que se me antoja infinita en la memoria.
Basada en la exitosa novela de Luz Gabás y dirigida por Fernando González Molina (que repite por cuarta vez con Mario Casas), Palmeras en la nieve explica, a golpe de flashbacks, dos historias paralelas separadas sesenta años en el tiempo, centradas en el esfuerzo que Killiam debe hacer para adaptarse a su nueva vida en la isla de Fernando Poo (en la Guinea española) donde nació y en su posterior historia de amor prohibido con una oriunda del lugar, Bisila, una historia que su sobrina, en el presente, irá descubriendo a la vez que se descubre a sí misma.
Palmeras en la nieve es la gran apuesta del cine español para despedir el año, una ambiciosa producción que no ha tenido miedo a correr el riesgo de competir en pantalla con Star Wars: el despertar de la fuerza y que tiene en la figura de Mario Casas su mejor baza. La película de Fernando González Molina es un relato épico, con gran dramatismo y sensibilidad, pero que peca de un sentido narrativo demasiado televisivo. Pese a ser la cuarta película de su director, este parece seguir demasiado apegado al mundo de las series  de donde proviene como para saber diferenciar los tiempos de cada medio. Así, con un metraje excesivo que se convierte en la principal lacra de la película (163 minutos a todas luces agotadores), la adaptación habría funcionado mucho mejor como miniserie que como películas, teniendo que emplear mucho tiempo para contar su drama y dejando encima con la sensación de que muchos detalles de interés (sobre todo lo relacionado al contexto histórico) han sido tocados muy de puntillas.
El reparto es interesante y funcional, correcto sin llegar a brillar. La historia río funciona, quizá mejor en su parte de flashbacks que en el presente. Y la apuesta, arriesgada en su concepto, por presentarnos una película ambientada en las colonias españolas tiene por sí sola un valor documental que no es nada despreciable.
No es redonda. Quizá hasta le falte mucho para aspirar a serlo. Pero sí es una película sumamente interesante y con más valores de los que muchos le han querido ver. Un drama bien desarrollado y que, en algunos pasajes, llega a emocionar.

jueves, 29 de octubre de 2015

MI GRAN NOCHE (7d10)

Después de que Las Brujas de Zugarramurdi (y sobretodo La chispa de la vida) no terminasen de sedudir a público y crítica, quizá debido a lo irregular de su ritmo y su descompensado final, Alex de la iglesia, de la mano de su fiel guionista Jorge Guerricaechevarría, ha regresado al terreno que mejor conoce, la comedia pura y dura, para coescribir y dirigir una absoluta locura, un desmadre genial donde las sorpresas no dejan de suceder, como en un vodevil demencial, cargado de gags y con un ritmo frenético.
Tal y como hiciera su buen amigo Santiago Segura con El Fary en la saga Torrente, De la Iglesia ha querido rendir pleitesía a Raphael, una de las grandes voces de nuestra música, al que convierte en la gran estrella en el centro de esta función absurda y desquiciada que satiriza la grabación de un especial televisivo (tan casposo y ridículo como los de verdad) para la noche de Fin de Año.
No pretende ser La Gran Noche una crítica social ni un alegato contra los tiempos de crisis que no terminamos de abandonar (ya he empezado diciendo que esto es comedia pura y dura), pero alrededor de ese gran festival que componen los diversos personajes que pululan por la gala De la Iglesia se permite crear un envoltorio donde, en pequeñas pinceladas, se reflejen algunos de los problemas que nos han tocado vivir, como la corrupción, la inestabilidad laboral o los tratos de favor entre las altas esferas , pero siempre sin perder el punto de vista de la diversión y el buen rollo que destila la propuesta.
¿Buen rollo? Bueno, para el espectador sí, pero lo que es para los personajes… Entre presentadores que se odian entre sí, trabajadores descontentos, invitadas extremadamente gafes, groupies manipuladoras y aprovechadas, divos pasados de rosca y fans obsesivos dispuestos a cometer un asesinato, dentro de la película hay de todo excepto buen rollo.
Pese a la tan cacareada presencia protagonista de Raphael, autoparidiándose de manera genial, la película es en realidad una propuesta coral, donde una decena de historias se entremezclan entre ellas de manera que resulta imposible no conectar con al menos un buen puñado de ellas. Cierto es que cuando se pretende abarcar tanto se corre el peligro de que se profundice en unas más que en otras y eso no siempre es sinónimo de que la destacada sea la que mejor funciona, pero pienso que De la Iglesia ha sabido cogerle bien el pulso a su obra, impidiendo que se le escape de las manos y haciendo que todo encaje con la exactitud del mecanismo de un reloj. ¿Qué nos gustaría conocer más cosas de algunas subtramas? Desde luego. Pero para evitarlo necesitaríamos una película de tres horas. Y no sé si tres horas grabando una gala musical tan casposa como esta no terminaría resultando tan agotador para el espectador como para los propios protagonistas.
Lo que hay que reconocerle al director es que esta vez sí ha sabido cerrar la historia como corresponde, consiguiendo cuadrar el círculo e impidiendo que se le vaya de las manos (y mira que habría sido fácil), dando su pequeño final a todas las historias (algunas mejor que otras, eso sí), y permitiendo que la clausura caiga en los auténticos protagonistas de la función: Raphael, Blanca Suarez y Pepón Nieto.
Con incontables cameos, algunos apenas reconocibles, la película se sustenta en un interminable y brillante reparto cargado de figuras de la comedia nacional. Aparte del cacareado Raphael (que interpreta a su propio reverso: una estrella que se niega a apagarse, tiránica y egomaníaca), el cual sorprende por su vis cómica y satírica,  hay que reconocer el siempre excelente trabajo de Caros Areces como su manager (o más bien esclavo) además de hijo adoptivo ruso (!!), la desternillante parodia que del artista latino de pocas luces compone Mario Casas (un cruce entre Bisbal, Civera y Chayanne) o la siempre destacable Blanca Suarez. Pero aún hay más. Por aquí se enfrentan en una implacable guerra de sexos Hugo Silva y Carolina Bang, coquetea con la ambigüedad sexual Carmen Machi, se burla de la corrupción Santiago Segura… en fin, una lista interminable en la que no hay papel pequeño que se quede sin su momentito de gloria. Y luego está la imprescindible Terele Pávez, por supuesto.
Haciendo hincapié en la banalidad televisiva por la que atravesamos, De la Iglesia demuestra habérselo pasado en grande con esta comedia muy gamberra pero algo menos negra de lo habitual y consigue también que todos los espectadores lo pasemos igual de bien, riendo sin parar al ritmo de las canciones de Raphael (uy, perdón, de Alphonso), de Chayanne (ay no, que es Adanne) y alguna más que se cuela por ahí.
En resumen, un locurón total, entretenido, por momentos desternillante, con tintes de emoción y, desde luego, muy, pero que muy recomendable.