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sábado, 13 de mayo de 2017

PLAN DE FUGA, otra buena peli de atracos

Plan de fuga es otro thriller de atracos español, y ante su estreno uno no puede evitar preguntarse si no se está empezando a abusar ya un poquito del tema. Después de Al final del túnel, Cien años de perdón o incluso cosas más dispares como El mundo es nuestro, la nueva película de Iñaqui Dorronsolo invitaba a pensar que iba a ser otra más del montón, y si encima tenía entre sus protagonistas a Luis Tosar y Javier Gutiérrez, excelentes siempre pero quizá demasiado omnipresentes últimamente, pues peor todavía.
Sin embargo, una vez vista, se agradece el intento de apostar por algo diferente, en una historia de personajes donde el atraco termina siendo el mcguffin y lo importante es el mensaje de amistad y/o lealtad que deriva de la relación entre el protagonista y el personaje de Gutiérrez. Además, Tosar y Gutiérrez son meros comparsas (junto a la cada vez más destacable Alba Galocha) en una película que parece concebida para mayor lucimiento de Alain Hernández y que el actor catalán sabe recompensar con una magnífica interpretación.
Víctor es un delincuente especializado en atravesar tabiques de acero que es contactado por una banda organizada que pretenden dar un gran golpe sin saber que la policía los tiene vigilados. A partir de ahí, los giros son constantes, con algunas sorpresas más imprevisibles que otras, que funciona con bastante perfección pese a que la subtrama romántica no llegue a fluir con suficiente naturalidad.
Plan de fuga huye del prototipo de peli de atracos convencional, y de su mayor virtud se puede encontrar también su principal defecto. Tan preparados nos tienen con el atraco que se supone mueve la trama que este tarda demasiado en llegar, haciendo que por momentos la película parezca naufragar. Así, cuando al final llega, es demasiado tarde para reconducir la acción, precipitando el film hacia terrenos más tópicos y menos sorprendentes, por más que el desenlace final logre desconcertar y funcione bastante bien.
Aun con sus defectos, Plan de fuga aspira a cambiar un poco las convicciones del género y solo por ello y por el trabajo de Hernández la película, que en ningún momento llega a aburrir, ya merece la pena.
Plan de fuga no es, ni de lejos, la mejor película de atracos de la historia, pero quizá su problema es que, después de tantos años (décadas, más bien) pegando palos al cine español, ahora nos hemos vuelto muy exigentes. Y es que tampoco podemos pedir que todo sean Islas Mínimas, ¿no?

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 17 de noviembre de 2016

NO CULPES AL KARMA DE LO QUE TE PASA POR GILIPOLLAS: Más claro, agua.

No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Tras tan contundente título se esconde una adaptación de la novela homónima de Laura Norton que dirige maría Ripoll tras la justita Ahora o nunca, ese vehículo de lucimiento para Dani Rovira cuando aún era un actor cómico.
No culpes al karma… pertenece a esa corriente de obras modernillas que pretenden ofrecer ciertas píldoras de sabiduría adaptadas a los tiempos que corren, relatos tragicómicos hipsters en la línea del notable debut como directora de Leticia Dolera en Requisitos para ser una persona normal. Como en aquella, Ripoll compone su narración poniendo el foco en una joven desorientada de la vida a la que la suerte no acompaña, buscando que la empatía con el espectador llegue mediante la compasión y la lástima a la vez que es capaz de reírse con y de ella. Sin embargo, mientras la Dolera lograba un grado de ternura que enriquecía el personaje que ella misma interpretaba no corre la misma suerte la Sara que compone una, por otra parte, magnífica Verónica Echegui.
Sara no se siente plena en la vida, en parte porque el negocio artesanal a base de plumas de aves no termina de arrancar, en parte por la distancia que la separa de su novio, su aparente hombre definitivo. Todo parece salirle mal y la noticia de que su hermana va a casarse con un amor de la infancia que encima es ahora un famosísimo cantante y la irremediable separación de sus padres no ayuda demasiado. Pero el mal de todos sus males, efectivamente, no es provocado por el karma, sino porque ella es, perdonen ustedes, gilipollas. Así, el título no miente, simplemente muestra una realidad con más ingenio que la propia película. Esta Sara es, en definitiva, gilipollas, y eso me hace preguntarme que simpatía debe sentir el espectador hacia ella.
La película busca el gag constante a través de sus absurdas y equivocadas decisiones, su histerismo redomado y su torpeza mental. Y si bien alguna situación puede llegar a tener gracia (un humor que solo funciona plenamente en espectadoras adolescentes, según he comprobado), es tan solo el buen trabajo de Echegui junto a la participación siempre a gran nivel de Jordi Sánchez lo que logra salvar del naufragio la película.
Se nota en el trabajo de Ripoll cierta pretenciosidad, ciertas lecciones de vida que no terminan de funcionar nunca y hacen que el supuesto final feliz que toda comedia romántica debe tener no luzca del todo bien. Sara es una metepatas de cuidado y todo lo que le sucede se lo tiene bastante merecido, si bien no el definitivo triunfo del amor, que visto lo que pasa por su cabeza quién sabe si en verdad es tan definitivo.
El problema más grave de la película es que en ningún momento resulta creíble. Y no lo digo ya por rocambolescas aventuras como la del zoo con su resolución pillada por los pelos, sino por pretender que tenga sentido que una tienda centrada solo en plumas de aves debería funcionar, que el primer capricho romántico de una adolescente termine por ser el amor definitivo (yo lo llamaría más bien obsesión compulsiva), que la hermana se muestre en todo momento tan comprensiva y colaboradora (aunque el derroche de simpatía y carisma de la joven Alba Galocha ayuda a superar el trago), y así un largo etcétera.
En fin, que María Ripoll ha dado un nuevo paso atrás tras la estimulante Rastres de Sàndal, siendo esta No culpes al karma… menos divertida que Ahora o nunca por más que sus intérpretes (Álex García aparte) se esfuercen en mantener la frescura que no se consigue ni con la historia ni con los diálogos.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS: la edad de la picaresca.

El hombre de las mil caras es la nueva película de Alberto Rodríguez tras La Isla Mínima y así se está promocionando. Craso error. Primero, porque Rodríguez ya tenía alguna otra estupenda película antes de esa, como Grupo 7. Segundo, porque El hombre de las mil caras no tiene nada que ver con La Isla Mínima y eso puede hacer que termine perdiendo injustamente en las comparativas.
Y es que El hombre de las mil caras no tiene la belleza visual ni la calma tensa de la que fue la gran triunfadora de los Goya del año pasado, ni tampoco lo pretende. Cada historia precisa de su atmósfera, y en esta Rodríguez elige acertadamente una atmósfera más americana, jugando con las músicas y las cámaras lentas en un estilo que tiene algo del Tarantino inicial de Reservoir dogs aunque tampoco tenga esta película ningún punto en común más con aquella.
El hombre de las mil caras tiene un poco de todo: es una ficción, un retrato social de una época, una historia real, un thriller de intriga, un documental, un drama con toques de comedia… Una mezcla que, no obstante, tiene personalidad propia y de la que Rodríguez sale airoso casi en todo.
Y digo casi en todo porque algo falta para lograr la perfección. Quizá la complicada tarea de ficcionar unos personajes reales, de rellenar los huecos de la historia que nunca sabremos, impiden que se pueda profundizar más en unos protagonistas a los que no llegamos a conocer realmente. Las motivaciones de Francisco Paesa y Jesús Campoes (más allá del amor por el dinero) quedan algo turbias al pasar tan de puntillas por su vida personal, pero la magníficas interpretaciones de Eduard Fernández y José Coronado hacen que esos pequeños problemas quede de lado y podamos empatizar con la frialdad de Paco y con la narración cargada de ironía de Jesús.
El hombre de las mil caras no cuenta la historia de Luis Roldán y su fuga (de hecho, no se termina en profundizar el alcance de su delito, más allá de recalcar su patrimonio de mil quinientos millones) sino la del hombre que le ayudó, un Francisco Paesa que actúa como hombre en la sombra y termina siendo más interesante que el propio Roldán, sobre quien estaban todos los focos de la época. Por cierto, que Carlos Santos y Marta Etura también lo bordan como el exdirector de la Guardia Civil y su esposa Nieves.
Hace unos días comentaba la dudosa fidelidad de Los hombres libres de Jones a la realidad. Aquí, Rodríguez se pone la venda antes de la herida y comienza su película advirtiendo que esto es una ficción basada en hechos reales. Esto es, no sabemos si las cosas sucedieron exactamente igual que en la película, amén de que la relación entre Roldán y Paesa y entre Paesa y el gobierno tiene más miga de la que se refleja en la película, mientras que hay más oscuridad en un Roldán que aquí casi llega a convertirse en la víctima del sistema, pero en eso consiste el cine, en maquillar la realidad sin traicionarla. Y lo que Alberto Rodríguez refleja con total fidelidad es la corrupción, la ambición política y la codicia que ha definido siempre a un país donde los ladrones han sido héroes y la picaresca se aplaude.
Insisto, El hombre de las mil caras no es La Isla Mínima ni lo pretende ser. No hay aquí hermosos planos cenitales ni se juega con las miradas y los silencios, pero eso no quita para que sea una pieza magnífica, que demuestra que lo de Rodríguez no es flor de un día, que es una magnífico realizador, guionista, director de actores y que sabe coronar su trabajo con un equipo que rinde a la perfección, visual y sonoramente.
El otro punto negativo del film es el detalle de que ya conozcamos de antemano (más o menos) el final de la historia, pero eso ya no es culpa de Alberto Rodríguez. Es lo que tiene jugar con la historia.

Valoración: Ocho sobre diez.