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viernes, 30 de noviembre de 2018

TU HIJO

El título de la nueva película de Miguel Ángel Vivas, Tu hijo, es toda una declaración de intenciones. A priori, la película puede parecer la típica historia del padre vengador que quiere hacer justicia por el brutal ataque que sufre un miembro de su familia. Incluso es médico, lo cual, sobre el papel, podría acercarlo más a la versión de Bruce Willis de El justiciero, de Eli Roth. No es, sin embargo, un ángel vengador. Muchas de las acciones que desencadena su desesperada búsqueda de respuestas tiene repercusiones tan terribles o más que los hechos que lo desencadenan todo, haciendo que nos planteemos si el papel de este sufrido padre, al cruzar cierta línea, es el de héroe o el de villano.
Es por eso que esta no es la historia de un padre y su hijo, es una pregunta que se hace directamente al espectador. ¿Qué harías si fuese tu hijo? Ese dilema moral, que no pertenece solo al protagonista, es el quid de la película y, junto a la poderosa interpretación de José Coronado, es lo mejor de un film angustiante y ligeramente enfermizo que demuestra que a veces, la búsqueda de la verdad puede traer terribles consecuencias.
Al otro lado de la balanza, al menos para mí, se encuentra el trabajo como realizador de Vivas. Con la intención de hacer un film cercano e intimista toma una serie de riesgos con la cámara que, si bien son elogiables por su intento de rechazar ciertos convencionalismos, no me parecen acertados del todo. O quizá es que encuentro el planteamiento del film suficientemente interesante para poder sentirme a gusto en esos convencionalismos que se llegan a echar de menos. Así, la propuesta visual de Vivas se puede dividir en tres decisiones: Constantes movimientos de Coronado caminando entre pasillos, por la calle, en el coche… con la cámara pegada a su cogote, conversaciones en las que gran parte de lo que aparece en pantalla (en ocasiones incluso todo) aparece desenfocado o difuminado y, finalmente, una tercera parte en la que la cámara actúa de manera más o menos normal y se puede apreciar bien lo que sucede en pantalla. Entiendo que esto se debe al deseo de transmitir al espectador la desorientación que sufre el propio protagonista, ampliando así la identificación entre ambos, pero se corre el peligro de que, ante los pocos estímulos visuales que nos ofrece la película (y teniendo en cuenta de que, al final, no es nuestro hijo el que sufre lo que está pasando en pantalla) terminemos por perder interés en lo que nos quieren contar. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero en este caso la historia es suficientemente atractiva como para no ser necesarias estas piruetas visuales que, ciertamente, dan personalidad a la película, pero quizá no la personalidad adecuada.
Esto la convierte en un film irregular, en el que el trabajo interpretativo se ve en ocasiones torpedeado por el propio director y que haga bajar muchos enteros a lo que podría ser una gran película. Una gran película comercial, al menos. Y es que, a veces, la obsesión por huir de lo comercial (quizá después del pobre regusto que dejó su último film, Inside) no tiene porqué implicar mejorar en la calidad.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 13 de noviembre de 2017

ORO, en busca de El Dorado

Dejando de lado Solo quiero caminar, que pasó bastante desapercibida por las pantallas, Agustín Díaz Yanes es siempre recordado por la irregular Alatriste. Ahora, once años después, vuelve a contar con la colaboración de Arturo Pérez-Reverte en una extraña maniobra con la que se adapta una historia inédita para la que el propio escritor firma también el guion.
Con un despliegue algo menos ambicioso que Alatriste pero una mejor factura técnica, Oro es la epopeya de unos conquistadores españoles en busca de una ciudad de Las Indias que se supone estaba hecha toda de oro, desde las paredes de las casas hasta los propios tejados. Estamos, por tanto, ante una aventura con tintes bélicos, una historia de supervivencia en la selva amazónica que no es, en el fondo, más que una mera excusa para hablar sobre la crueldad y la mezquindad de la condición humana, de cómo la codicia y el temor puede llevar a alguien a cometer actos de villanía. Aún con restos de honor entre algunos de los protagonistas, la película está plagada de decisiones traicioneras, enfrentamientos por amor (o lujuria) y menosprecio a la vida humana, ya sea la propia, la del hombre blanco o la del indígena. Es, pues, Oro, una fábula sucia y cruel, donde, como si quisiera hacer paralelismos con la sociedad actual, incluso las disputas por os nacionalismos regionales tienen cabida en la trama.
Para ello, Agustín Díaz Yanes se ha rodeado de lo mejorcito en actores de nuestro país, con nombres de la talla de Raúl Arévalo, Óscar Jaenada, José Coronado, Juan José Ballesta, Luis Callejo, Antonio Dechent o Anna Castillo, además de la breve pero intensa aparición de Juan Diego. Es curioso, sin embargo, que en una historia tan masculina y viril quien consiga sobresalir la maravillosa Bárbara Lennie. Recuerdo como tras el estreno de El niño muchos protestaban por lo poco que se prodigaba esta estupenda actriz (ese mismo año deslumbró a todos con Magical Girl), y ahora que empieza a ser más frecuente verla nos encontramos con esos productos de vergüenza ajena como la ridícula serie de El Incidente. Con Oro, Lennie consigue regresar al buen camino.
No estamos ante una película redonda. Quizá Díaz Yanes y Pérez-Reverte, en su afán por ser fieles a la realidad histórica, olvidaron dar algo más de profundidad a sus protagonistas, mientras que la propia trama es demasiado lineal, excesivamente plana. Los soldados van de un punto A a un punto B, enfrentándose a los obstáculos del camino y punto. No hay ningún giro, ningún recoveco del camino que logre sorprender demasiado y ninguno de los protagonistas, más allá de las nobles u oscuras intenciones que puedan tener, tiene un pasado que nos perita simpatizar demasiado con ellos.
Con todo, el buen trabajo de los artistas, la firme dirección de Díaz Yanes y el empaque técnico que logra que todo se vea con un realismo impecable, hacen de la película una propuesta muy interesante y totalmente recomendable.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 26 de febrero de 2017

ES POR TU BIEN, ¡qué bonito es reírse de las familias ajenas!

Es por tu bien, el nuevo invento parido y mega publicitado por Mediaset, no será, seguro, la mejor película española del año. Pero posiblemente sí de las más taquilleras. Y es que sin necesidad de ser una gran película sí consigue reunir todos los elementos para gustar a todo el mundo sin distinciones.
En la línea de Ocho apellidos vascos o Todos los hombres sois iguales, Es por tu bien es una comedia tontorrona de carácter familiar sobre el amor, las relaciones (no solo generacionales, sino también ideológicas) y se suma a ese concepto tan de moda hoy en día en el mundo del humor como son “los cuñados”.
La premisa no puede ser más sencilla. Tres hermanas, sus tres maridos y sus tres respectivas hijas. Todo va bien: se llevan de maravilla (las mujeres, al menos), hacen barbacoas los domingos y tienen la misma rutina que miles de familias españolas bien avenidas. Pero de repente las tres niñas deciden tener novios casi a la vez y la estabilidad se viene abajo, ya que ninguno de ellos parece el yerno ideal para los sufridos padres. Al prestigioso abogado tradicional le toca en suerte un anarquista de izquierdas, al tipo duro y masculino un playboy argentino y al más humilde y campechano el nini de turno. Simplista ejemplo de la fauna de este país.
Lo que al principio parece complacencia se vuelve cada vez más cuesta arriba hasta que los tres cuñados, improbables amigos en cualquier otra circunstancia, deben unirse para hacer frente común al enemigo que amenaza con romper el ecosistema familiar.
Semejante planteamiento requiere, para su buen funcionamiento, de dos elementos imprescindibles: buenos chistes y buenos actores, y el director Carlos Therón consigue hacerse con ambas cosas. No es que todos los diálogos sean hilarantes y geniales, pero donde flojea una frase aparece una situación para subsanarlo, y viceversa: cuando la acción es una tontería hay una chispa de ingenio que vuelve a recuperar la sonrisa del espectador.
En el apartado interpretativo, los cuatro roles se suplen con solvencia, aunque es en el de los padres donde se pone toda la carne en el asador. José Coronado es el patriarca de todo el asunto, el motor que mueve la historia y el que se come al resto del reparto sin muchos problemas. Roberto Álamo repite en el papel de tipo duro y descontrolado y la verdad es que se le da muy bien, y Javier Cámara, tras coquetear últimamente con el drama o la comedia más trascendental, recupera aquí esa locura ridícula que tanta gloria le dio en la época de Siete Vidas y que tanto se le echaba de menos.
Junto a ellos, Pilar Castro, Carmen Ruiz y María Pujalte cumplen como las sufridas esposas, que deben esforzarse más por soportar a sus maridos que preocuparse por los yernos. Las hijas, Silvia Alonso, Georgina Amorós y Andrea Ros casi se deben limitar a ser monas y lucir palmito, mientras que, por último pero no menos importantes, los futuros yernos están representados por Miguel Bernabeau, Luis Mottola y, sobre todo, Miki Esparbé, que al ser quien comparte la subtrama con Coronado es también quien más oportunidad tiene de lucir. Además, por si fuera poco, aparecen por ahí Luis Callejo y Manuel Burque, entre otros.
Simpática, elegante e ingeniosa, tiene su punto débil en su final, demasiado acaramelado y blando, pero se le perdona a cambio del buen rato que hace pasar. No es una película destinada a cambiar nuestras vidas, pero sí a que nos echemos unas buenas carcajadas, que tampoco está nada mal. Para ello, eso sí, abusa algo del chiste localista y patrio, pero ese es un mal endémico de nuestro cine con el que es difícil lidiar y que recuerda demasiado al de las comedias televisivas.

Valoración: siete sobre diez.

martes, 10 de enero de 2017

CONTRATIEMPO, entretenido pasatiempo imposible de reflexionar.

El barcelonés Oriol Paulo es un guionista especializado en thrillers de guiones intrigantes y con giros de guion inesperados, como el caso de Los ojos de Julia o la decepcionante Secuestro, aunque fue con El cuerpo con la que dio en salto a la dirección en 2012.
Cuatro años más tarde Paulo repite la experiencia con Contratiempo, donde vuelve a contar con José Coronado pero dejando el papel de protagonistas a Mario Casas y Bárbara Lennie, ecléctica pareja que podrían no tener mucho en común (él uno de los actores españoles más mediáticos y habitual en las carpetas de las adolescentes, ella una de las mejores actrices del país habitualmente entregada a películas de corte más independiente y arriesgado), pero esa es una baza que, como bien afirma el propio director, juega más a favor que en contra, siendo en pantalla una pareja de amantes sin la química que podrían necesitar de ser una unión de corte más romántico.
Contratiempo explica la historia de Adrián Doria, un emprendedor empresario de éxito que es agredido en una habitación de hotel para descubrir, al recobrar el conocimiento, que su amante ha sido asesinada y la policía está acechándolo al otro lado de la puerta. Con el handycap de que la puerta está cerrada por dentro y no hay ventanas accesibles por las que el asesino pueda haber escapado, Adrián es el principal sospechoso del crimen, y un exhaustivo repaso de los hechos (con secretos ocultos de por medio) con una importante preparadora de testigos puede revelar la verdad.
Contratiempo es un juego, un retorcido puzle en el que todos mienten y hay que escarbar en la psique de cada personaje para averiguar la verdad. Y para hacer partícipe al espectador, Paulo va dejando alguna miguita para que, a diferencia de lo que sucedía en El Cuerpo, de manera que nosotros mismos podamos jugar a detective y tratar de dilucidar por dónde van los tiros.
Así, mientras se está disfrutando de la película, Paulo consigue mantener la intriga y desconcertar con los múltiples cambios de dirección que va tomando la película tras cada giro de esquina, rompiendo la continuidad temporal constantemente y consiguiendo una atmósfera muy americana con ese buen uso de la metrópolis barcelonesa. Sin embargo, tan loable propósito se trunca con los dos errores capitales de Paulo en su complicado entramado.
Por un lado, todo está tan enfocado a sorprender y desorientar que una vez se llega al desenlace final (o se logra adivinar antes de hora, lo cual tampoco es muy complicado) la película pierde todo su sentido, de manera que se me antoja muy difícil un posible segundo visionado.
En segundo lugar, tampoco conviene reflexionar demasiado la película una vez finalizada. Y es que tras tantos quiebros y recovecos argumentales el desenlace final es una completa estupidez, un despropósito totalmente inverosímil y absurdo que roza el ridículo. Paulo juega al todo vale con tal de engañar, y al final deja que su ansias por engañar convierta la película en un engaño en sí misma.
Contratiempo es una película que te atrapa durante su visionado, te deja desangelado una vez finalizada y puede llegar a indignar pasadas unas horas. Como sea, accedo a quedarme en un punto intermedio y recordar las sensaciones en la propia sala de cine que me llevan a aprobarla por los pelos.
Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS: la edad de la picaresca.

El hombre de las mil caras es la nueva película de Alberto Rodríguez tras La Isla Mínima y así se está promocionando. Craso error. Primero, porque Rodríguez ya tenía alguna otra estupenda película antes de esa, como Grupo 7. Segundo, porque El hombre de las mil caras no tiene nada que ver con La Isla Mínima y eso puede hacer que termine perdiendo injustamente en las comparativas.
Y es que El hombre de las mil caras no tiene la belleza visual ni la calma tensa de la que fue la gran triunfadora de los Goya del año pasado, ni tampoco lo pretende. Cada historia precisa de su atmósfera, y en esta Rodríguez elige acertadamente una atmósfera más americana, jugando con las músicas y las cámaras lentas en un estilo que tiene algo del Tarantino inicial de Reservoir dogs aunque tampoco tenga esta película ningún punto en común más con aquella.
El hombre de las mil caras tiene un poco de todo: es una ficción, un retrato social de una época, una historia real, un thriller de intriga, un documental, un drama con toques de comedia… Una mezcla que, no obstante, tiene personalidad propia y de la que Rodríguez sale airoso casi en todo.
Y digo casi en todo porque algo falta para lograr la perfección. Quizá la complicada tarea de ficcionar unos personajes reales, de rellenar los huecos de la historia que nunca sabremos, impiden que se pueda profundizar más en unos protagonistas a los que no llegamos a conocer realmente. Las motivaciones de Francisco Paesa y Jesús Campoes (más allá del amor por el dinero) quedan algo turbias al pasar tan de puntillas por su vida personal, pero la magníficas interpretaciones de Eduard Fernández y José Coronado hacen que esos pequeños problemas quede de lado y podamos empatizar con la frialdad de Paco y con la narración cargada de ironía de Jesús.
El hombre de las mil caras no cuenta la historia de Luis Roldán y su fuga (de hecho, no se termina en profundizar el alcance de su delito, más allá de recalcar su patrimonio de mil quinientos millones) sino la del hombre que le ayudó, un Francisco Paesa que actúa como hombre en la sombra y termina siendo más interesante que el propio Roldán, sobre quien estaban todos los focos de la época. Por cierto, que Carlos Santos y Marta Etura también lo bordan como el exdirector de la Guardia Civil y su esposa Nieves.
Hace unos días comentaba la dudosa fidelidad de Los hombres libres de Jones a la realidad. Aquí, Rodríguez se pone la venda antes de la herida y comienza su película advirtiendo que esto es una ficción basada en hechos reales. Esto es, no sabemos si las cosas sucedieron exactamente igual que en la película, amén de que la relación entre Roldán y Paesa y entre Paesa y el gobierno tiene más miga de la que se refleja en la película, mientras que hay más oscuridad en un Roldán que aquí casi llega a convertirse en la víctima del sistema, pero en eso consiste el cine, en maquillar la realidad sin traicionarla. Y lo que Alberto Rodríguez refleja con total fidelidad es la corrupción, la ambición política y la codicia que ha definido siempre a un país donde los ladrones han sido héroes y la picaresca se aplaude.
Insisto, El hombre de las mil caras no es La Isla Mínima ni lo pretende ser. No hay aquí hermosos planos cenitales ni se juega con las miradas y los silencios, pero eso no quita para que sea una pieza magnífica, que demuestra que lo de Rodríguez no es flor de un día, que es una magnífico realizador, guionista, director de actores y que sabe coronar su trabajo con un equipo que rinde a la perfección, visual y sonoramente.
El otro punto negativo del film es el detalle de que ya conozcamos de antemano (más o menos) el final de la historia, pero eso ya no es culpa de Alberto Rodríguez. Es lo que tiene jugar con la historia.

Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

SECUESTRO: absurda ineptitud

Aunque podamos presumir de que últimamente el cine español ha sabido reinventarse y tocar todo tipo de palos genéricos, en la mayoría con acierto, todavía arrastramos la el resurgir que hace unos años padeció el thriller de terror gracias, sobre todo, a títulos como Los otros o El orfanato. Ahora que parece que es el thriller policial el que ha ocupado su lugar en la predominancia de películas de género, Secuestro parece un intento tardío de aprovecharse de esa moda, no dudando en referirse a otros títulos de la productora como El Cuerpo, Los ojos de Julia o la mencionada El Orfanato para publicitarla o recurrir a José coronado para una colaboración breve pero crucial, algo a lo que se está acostumbrando últimamente (Hijo de Caín sería otro buen ejemplo).
Secuestro no es un film de terror como tal, pero pretende conseguir una atmósfera de misterio angustiante y tramposa que va más allá del simple policíaco, como si aspirase a lograr la sordidez de títulos de culto como Seven. Todo comienza con la aparición de Víctor, un niño mudo, en mitad de la carretera y ensangrentado. Víctima de un secuestro, el hecho de que sea hijo de una importante abogada da al caso una relevancia especial que pronto se convertirá en una caza de brujas contra el único sospechoso del caso, un granuja de poca monta acostumbrado a trapicheos menores y con antecedentes penales.
Mar Tarragona debuta aquí como directora, aunque tiene amplia experiencia en el campo por su faceta de productora de alguno de los títulos antes mencionados, y aunque sale airosa en su trabajo carece de un guion lo suficientemente contundente como para que su historia funcione como debe ser. Personajes increíblemente estúpidos, situaciones descabelladas, subtramas desaprovechadas y giros que se ven venir de lejos son demasiado lastre para conseguir que la película funcione, por más que las interpretaciones se esfuercen en salvar la papeleta o, por lo menos, dignificarla.
Y es una lástima, porque uno podría conformarse con que una película de estas características distraiga y mantenga la tensión durante algo más de hora y media, pero hay algunos despropósitos argumentales tan grandes que es imposible desconectar de ellos y disfrutar de la película sin más, lo que echa al traste todo lo bueno que, por el contrario, se pudiese encontrar.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 6 de marzo de 2016

CIEN AÑOS DE PERDÓN: Entretenimiento efectivo aunque vacío.

Me encuentro ante una extraña dualidad a la hora de escribir sobre esta película. Siempre he defendido a ultranza las virtudes del cine español. Y me refiero con ello no a poner nuestra producción patria por encima de lo que nos llega del otro lado del charco (no soy tan iluso) sino más bien a pretender ver que aquí se pueden hacer filmes tan virtuosos como los financiados con dinero yanqui.
Cien años de perdón es un claro ejemplo de que aquí se pueden hacer películas americanas de muy buena factura. No importa las nacionalidades ni las fobias que se puedan sentir hacia la cinematografía propia para disfrutar de un entretenimiento de casi dos horas sobre un atraco a un banco que recuerda poderosamente al estilo visual de Sidney Lumet, Michael Mann o incluso la escena inicial de El Caballero oscuro de Nolan. Hay, incluso, un deje argumental del Plan oculto de Spike Lee, siempre sirviéndose de ese invento que Alfred Hitchcock dio a llamar McGuffin. Y todo eso, sin olvidarnos de que estamos ante unos ladrones con un tufillo a héroes que al final deben caernos bien y quedar casi como los buenos de la historia, como si de unos Clooneys, Pitts o Damon del montón fuesen y trabajaran para la banda de un tal Ocean. Todo, como pueden ver, referentes muy americanos.
Mezclando todo ello en una batidora la película de Daniel Calparsoro sobre un atraco con rehenes en una España corrupta y de inestables ideologías políticas funciona bien en cuanto a ritmo y emoción, consagrándose a las virtudes de sus dos protagonistas, unos Luis Tosar y Rodrigo de la Serna que contagian química, y a un cuidado ejercicio de estilismo que permite que la película navegue entre el thriller y la crónica social sin permitir que decaiga en ningún momento el interés.
Pertenece este trabajo a esa colección de títulos más o menos admirables que demuestran que nos tics que tanto han dado al cine de nuestro país (y que tantos odios han engendrado también) son cosa de otros tiempos. Un cine dinámico, ecléctico y, digámoslo claro, muy comercial, como son las obras de Enrique Urbizu,  Daniel Monzón o Alberto Rodríguez. Unas películas que, insisto, no tienen nada que envidiar al cine americano.
Sin embargo, si me niego a situar al cine español por debajo del yanqui tampoco sería justo exigirle menos que a aquel. Si bien es cierto que Cien años de perdón puede resultar tan entretenida como otras películas de ladrones con aires de Robin Hood como la mencionada Ocean’s eleven, Le llaman Bodhi, The Town o Reservoir dogs, también resulta a la postre tan vacía de contenido como algunas de las aquí mencionadas.  Es Cien años de perdón una película que se disfruta mediante su visionado pero que se olvida al término del mismo, culpa en parte de una exceso de personajes apenas elaborados o que, por ahondar en el arquetipo, rezan el ridículo, caso de los interpretados por Raúl Arévalo o Luis Callejo, por poner un par de ejemplos.
Quizá el principal problema de Cien años de perdón, y que impide que llegue a ser una gran película pese a sus evidentes méritos, es la pretensión de su director, Calparsoro, por querer profundizar en una deriva que se le va de las manos. La insistencia de convertir a los villanos en héroes con una subtrama de corrupción política que al final no va a ningún sitio desinfla una historia en la que parece que lo que se pretende es explicar al espectador algo que ya conoce sobradamente: los chanchullos del poder. Y ese ejercicio estéril de pretenciosidad, insistiendo sobre lo evidente, hace que se pierda demasiado tiempo dando vueltas en círculo y se abandone la fuerza de una trama que debiera haber sido más negra y policiaca.
Es cine de entretenimiento comercial, sí, pero no de autor. Aunque se pretende.

Valoración: seis sobre diez.

miércoles, 29 de julio de 2015

SOLO QUÍMICA (5d10)

En ocasiones surgen películas que, sin saber muy bien cómo, rompen los moldes preestablecidos y consiguen demostrar que no todo está dicho en el mundo del cine. En otras ocasiones, sin embargo, es dolorosamente necesario enfrentarse a bodrios insufribles que son imposibles de aguantar y mucho menos de justificar. Y en ocasiones, también,  nos encontramos con cosas como esta…
Solo química navega por los mares de la nada más absoluta. Cuesta suspender esta película porque no está mal interpretada, no está mal dirigida y no carece de elementos que podrían llegar a resultar interesantes, pero todo lo que cuenta, todas las bazas con las que pretende ganarnos, son tan tediosamente previsibles, tan faltas de espíritu, fuerza u originalidad que cuesta también ponerle una buena nota.
Solo química empieza como un alegato en contra del amor como concepto romántico, con la historia de Oli, dependienta de una perfumería, enamorada de un galán televisivo, Eric Soto, sin darse cuenta de que quien bebe los vientos por ella es su compañero de piso, Carlos. Sólo con esta premisa ya pueden ustedes imaginar todo lo que va a suceder. Y todo lo que están imaginando, sin un solo cambio, sin una sola sorpresa, sucede.
Siempre se ha dicho que las comedias románticas están marcadas a fuego por unos esquemas inamovibles (aunque Marc Webb se saltó el esquema en (500) días juntos), pero seguirlos tan a rajatabla con una apatía tan descarada como hace Alfonso Albacete en esta película resulta espantosamente tedioso.
Y eso que, pese a la historia de amor prefabricada, Solo química podría tener argumentos para convencer gratamente, pero está plagada de elementos increíblemente desaprovechados, como la presencia estéril de Natalia de Molina en el reparto, la subtrama mal contada del gimnasio en bancarrota del padre de Oli y la posibilidad de hacer una crónica sobre el descenso a los infiernos de un actor cuando cae en desgracia. Esto último podría haber sido lo más inteligente y una buena manera de aprovechar la historia de Eric soto, el astro televisivo al que se le empieza a apagar su estrella y le toca disfrutar de la cara amarga del mundo del espectáculo. Y eso por no comentar la escena en la que la protagonista, la tímida e insegura Oli, se convierte en una especie de superheroína de acción. Una escena que te saca totalmente de la película.
Albacete, más que narrar una historia parece estar haciendo un publirreportaje, a medio camino entre el homenaje a la ciudad de Barcelona, la crónica rosa alrededor del mundillo del cine español y un anuncio de perfumes. Por eso, lo mejor de la película es su fotografía, sabiéndose aprovechar muy bien de la belleza de la ciudad condal, del glamour y el lujo de todo lo que rodea al afamado actor y del culto a su propio cuerpo. Porque si hay algo que destaque en la película, eso sí, es la belleza de un actor que no duda en salir sin camiseta siempre que puede para que Albacete le dedique recorridos en primer plano a cámara lenta, para regocijo de las féminas.
Al menos, para que nos sirva de consuelo, el director murciano ha sabido rodearse de un buen casting, pues junto al trío protagonista formado por Rodrigo Guirao Díaz, Ana Fernández y Alejo Sauras podemos reconocer por ahí también (algunos simples cameos, que concepto tan de moda últimamente) a José Coronado, Neus Asensi, Rossi de Palma, Silvia Marsó, Bibiana Fernández, María Esteve o Martina Klein.
Elementos para hacer algo interesante tiene, pero al final se queda en tierra de nadie, en una peli tonta del montón con chicos buenorros, chicas monas, canciones pegadizas y postales bonitas.
Ni chicha, ni limoná…

domingo, 5 de enero de 2014

EN SOLITARIO (7d10)

Frank Devin es un popular regatista y actual campeón de la Vendée Globe, una de las más duras competiciones de vela que consiste en hacer un recorrido por todo el mundo sin ninguna ayuda. Cuando pocos días antes del comienzo de la misma tiene un accidente de moto su amigo y segundo de a bordo  Yann Kermadec, debe ocupar su lugar.
Este es el arranque de En solitario, una película cuya práctica totalidad transcurre en alta mar, ofreciendo hermosos paisajes y espectaculares puestas de sol mientras vemos como el personaje interpretado por François Cluzet lucha contra las inclemencias del tiempo y la dureza de la soledad de su navío con la esperanza de acabar la carrera lo mejor posible. O así debería ser, pues tras un pequeño percance con el timón que le obliga a detenerse en las Canarias para una reparación de emergencia, un polizón se cuela a bordo sin que lo descubra hasta que ya es tarde para librarse de él.
A partir de aquí, en solitario –que a priori parecía una película deportiva y de superación personal- se transforma en un culto a la amistad, en un estudio sobre dos personas aisladas del mundo que pese a sus objetivos diferentes están condenados a entenderse, respetarse e incluso comprenderse. Un argumento que –en un ambiente completamente diferente- ya se abordara en la película francesa intocable, y es que nor casualidad ambas películas comparten productores y protagonistas.
François Cluzet parece sentirse cómodo en este tipo de historias en las que encarna a personajes de carácter duro pero cuyo corazón es fácil ablandar. Por eso, en lo que mejor funciona la película –aparte de en su bonita fotografía- es en el tratamiento de la relación entre este navegante y su joven polizón, un inmigrante africano que desea llegar a Francia sin saber que la embarcación en la que se ha colado se dirige, precisamente, a la otra punta del mundo.
En solitario (engañoso título) podría ser una película redonda si no fuera porque fracasa en su (teóricamente) base argumental principal. Y es que los momentos referentes a la regata son algo flojos, falta un poco de fuerza que transmita al espectador la dureza y el peligro de la prueba y que imponga un ritmo algo más frenético, ya que es la vida del protagonista la que está en juego, mientras que por otro lado, el dilema moral de Yann sobre si lanzar por la borda al pasajero no deseado cerca de cualquier costa para evitar ser descalificado o arriesgarse a cargar con él hasta regresar a Francia está demasiado mitigado, como pillado muy por los pelos. Todo lo que sucede en el barco parece demasiado fácil y cómodo, y eso resta un punto de dramatismo que, a la postre, termina por lastrar la historia humana que es de lo que, a fin de cuentas, trata la historia.

Con todo, En solitario es una bonita reflexión, una película propicia para las fiestas navideñas y que ayuda a mantener una sonrisa en el rostro y una idea de optimismo en la frente. Y eso siempre es de agradecer.

martes, 18 de junio de 2013

FILL DE CAIN (8d10)

Desde que las carreras de Antonio Banderas y Javier Barden dieron el salto y se consolidaron en Hollywood, el cine español se había quedado huérfano de un icono masculino que lo represente, esa figura imprescindible que toda producción querría tener. Y no es por falta de grandes actores, que para eso tenemos a monstruos como Luis Tosar, Javier Cámara… pero nos faltaba esa estrella que tenga ese algo especial que todos buscan. Pero en los últimos años un intérprete ha parecido resaltar por encima de sus compañeros. Se trata de José Coronado, un gran actor que, pese a haber participado en más de una treintena de films, parecía condenado a ser conocido solo por la televisión (a excepción del gran éxito de público y taquilla que supuso La Caja 507. No fue hasta nueve años después que le llegaría la consagración de No habrá paz para los malvados, con la que se quitó la etiqueta de galán ganada gracias, sobre todo, a Periodistas. Desde entonces, con el beneplácito del público ha ido encadenando grandes papeles a la par que grandes éxitos: El Cuerpo, Los últimos días y ahora Fill de Caín. Y la prueba más grande de su ascensión en el panteón del cine es su participación en esta última producción rodada en catalán y en la que él es el único personaje de habla castellana, sin que ello tenga ninguna relevancia en el guion. Prueba irrefutable de que los productores no iban a permitir dejar pasar la oportunidad de trabajar con el madrileño.
En la película Coronado interpreta a Carlos Albert, abogado de una importante multinacional felizmente casado con Coral y con dos hijos: Nico y Diana. El problema está en su complicada relación con el adolescente, un muchacho introvertido y siniestro con el que apenas se habla y cuyo concepto del bien y el mal están claramente entremezclados. Carlos pide ayuda a Julio Bertrán, un psicólogo infantil, el cual intentará aprovechar la pasión de Nico por el ajedrez para tratar de averiguar que traumas se ocultan en su mente.
Comienza así un peligroso juego con el ajedrez como telón de fondo, en el que las claves se van revelando con cuentagotas como si de un puzzle se tratase hasta llegar a una terrible y dramática verdad. ¿O no? Y es que en Fill de Caín, que hereda de películas como El buen hijo o La Profecía  la tradición de hijos inquietantes cargados de mal rollo, nada es lo que parece.
Jesús Monllaó dirige con mano firme un thriller repleto de suspense que mantiene en tensión durante todo el metraje pese a que hay que reconocer que el último giro de guion se intuye antes de lo necesario. Pero hasta eso se puede perdonar a cambio de la atmosfera angustiante creada no solo por las miradas fijas y amenazadoras de Nico (magnifico David Solans), sino por las dudas que se crean respecto a la relación con su padre y los motivo ocultos que la justifican, el descubrimiento de que Coral y Julio se conocían con anterioridad y la fascinante presencia de Laura (Abril García), la campeona actual de España de ajedrez y que parece que puede ablandar el cruel corazoncito de Nico.
Definitivamente, el cine patrio de género está de enhorabuena.

sábado, 30 de marzo de 2013

LOS ÚLTIMOS DÍAS (7d10)


Desde que existe el cine son tantas las películas postapocalípticas que hay que casi se podría considerar como un género propio. Normalmente tienen una amenaza monstruosa, tales como zombies (George Romero sentó las bases en Zombie-El amanecer de los muertos, y a partir de ahí ha habido para todos los gustos y colores: Resident evil 3, Bienvenidos a Zombieland...) o vampiros mutantes (como en las diversas adaptaciones de la novela Soy Leyenda, de Richard Matheson), en otras la amenaza proviene de nosotros mismos,  los humanos (caso de The Road, El libro de Eli o la saga Mad Max), puede derivar de un cambio en la escala de mando (El planeta de los Simios y sus secuelas, Terminator Salvation) y en ocasiones nos han obligado incluso a abandonar el planeta (las inminentes Oblivion y After Earth). Los hermanos Pastor (David y Álex) ya se fueron en 2009 a hacer las américas y abordaron el tema en Infectados, donde el causante del diezmo de la humanidad es una enfermedad. Ahora, de regreso a casa (y más concretamente a Barcelona) reinciden en el tema, solo que en lugar de presentarnos un planeta devastado nos van a mostrar cómo empezó todo, como fueron, precisamente,  esos últimos días.
El detonante en este caso es una epidemia de agorafobia, es decir, pánico a los espacios abiertos. Esto, de entrada, podría no parecer muy dramático, pero imaginaos a todo el mundo encerrado en sus casas, en sus oficinas, sin poder ir a trabajar, a comprar... Sería, cuanto menos, el fin de la sociedad, y confinados en el interior de los edificios de la ciudad condal y sin más posibilidad de desplazarse que túneles de metro y alcantarillas va a ser inevitable que para sobrevivir acabe imperando la ley del más fuerte.
En esa situación se encuentran Enrique y Marc (excelente José Coronado y Quim Gutiérrez, quizá el eslabón más débil del film), dos personas muy diferentes entre ellas, que incluso se podría decir que se odian, pero que están obligados a entenderse y colaborar si es que quieren conseguir sus objetivos: Enrique encontrar a su padre, ingresado en el Hospital del Mar y Marc reunirse con su esposa Julia (Marta Etura) a la que espera encontrar en su piso o en su tienda en un centro comercial de L'Hospitalet. Comienza aquí un camino angustioso, dramático,  en el que aprenderán a enterrar el pasado (referencias a la crisis económica y a los recortes empresariales) y a llegar, incluso, a poder ser buenos amigos. Si es que existe un futuro que lo haga posible, claro.
Los hermanos Pastor escriben y dirigen con mano firme, manteniendo el ritmo y la tensión y transmitiendo al espectador la propia claustrofobia de los protagonistas. El cuarto actor de la película (no contaré a una desaprovechada Leticia Dolera) es sin lugar a dudas la propia Barcelona,  pues contemplar sus lugares más emblemáticos totalmente abandonados o directamente devastados (algo novedoso, estábamos acostumbrados a que lo primero que se destruía siempre en el cine era o bien la Casa Blanca o en su defecto la Estatua de la Libertad) es el plato fuerte de la película.

Pero no todo es perfecto es el film de los Pastor. En su presentación, dijeron los realizadores que pretendían hacer una película optimista, y ello es harto difícil cuando estamos hablando de la extinción de la humanidad. Así que para conseguir sus objetivos tuvieron que dar un giro final que perjudica seriamente a la película, actuando como lastre de una historia dramática muy bien construida hasta ese momento.
Sería injusto analizar Los últimos días y obviar ese final, así que aviso que lo que comento a continuación es claramente un SPOILER, así que quedáis avisados por si no queréis conocer el desenlace del film.

Tres son las partes de las que se compone la película, casi como si se quisiera hacer una trilogía con ella. La primera, la que compone realmente la película, termina con Marc encontrando viva a Julia y reuniéndose con ella. Si en este momento terminase la acción  nos encontraríamos con un final más o menos feliz, claramente abierto a la imaginación del espectador, ya que de él dependería suponer e iban a tener un futuro en esa nueva Barcelona o si bien su reencuentro solo les permitiría poder morir juntos. Comienza entonces una nueva película, breve pero concisa, en la que veremos cómo Marc y Julia se adaptan, logran cultivar su propio huerto y sobrevivir al paso del tiempo, viendo nacer a un hijo y creciendo este aparentemente sano. Sobra decir que tras las miserias soportadas por Marc y Enrique durante toda la película todas estas escenas de la feliz vida del matrimonio son poco menos que ridículas e increíbles, y denotan una búsqueda forzada y artificial del mensaje optimista con el que los Pastor arrojan piedras sobre su propia película. No contentos con ello, hay un tercer desenlace, en el que el niño, ya algo crecidito, demuestra no haber heredado de sus padres la fobia a los exteriores, terminando el metraje con un grupo de muchachos harapientos viniendo en su búsqueda y llevándoselo a crear una nueva sociedad al más puro estilo de El señor de las Moscas.  Un nuevo giro de guion que desprecia todo lo bueno visto hasta ahora y que hace que salgamos del cine con una sensación extraña, con un recuerdo final que no convence para nada, alargado y poco creíble. Una lástima, ya que, insisto, si nos quedamos con el primer y lógico final la película estaba siendo francamente interesante.