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miércoles, 2 de noviembre de 2016

OZZY, animación de segunda fila

Ozzy es una producción animada española (aunque cuenta con la colaboración de una productora canadiense) bastante más simple que películas recientes como las de enrique Gato (Las aventuras de Tadeo Jones y Atrapa la bandera) o Mortadelo y Filemón contra Jimmy elCachondo de Javier Fesser.
Dirigida por Alberto Rodríguez (nada que ver con el director de La Isla Mínima y El hombre de las mil caras) y Nacho La Casa, ambos debutantes, la factura técnica denota demasiado las limitaciones presupuestarias. No es plan de comparar con una producción Disney, por supuesto, pero el terreno de la animación ha mejorado tanto últimamente que ver la artificialidad de los movimientos de los humanos o el acabado vasto de los animales rechina bastante.
Ozzy cuenta la historia de un perro al que su familia debe dejar en un hotel especial mientras realizan un viaje de trabajo sin saber que en realidad se trata de una tapadera para una cárcel de animales. Así, el protagonista deberá aprender a adaptarse a un mundo cruel y aterrador donde los celadores son canes desalmados y el alcaide esconde un lucrativo secreto.
Efectivamente, estamos ante una modalidad infantil de la clásica historia de cualquier película carcelaria, con múltiples referencias a cualquiera de ellas, siendo Cadena perpetua la más evidente. Eso es lo único que puede animar una película que, pese al tema, es terriblemente infantil y que apenas aspira a entretener a un ocasional público adulto que, más allá del discurso final inevitable sobre la pérdida de la identidad y la lucha por la libertad individual no propone nada estimulante, aunque también en ese final se pueda ver un reflejo de lo ofrecido hace poco en Mascotas.
Puede que sirva como entretenimiento de los niños en una tarde en casa, pero tampoco creo que los más pequeños vayan a disfrutar especialmente en una sala de cine, más teniendo en cuenta las múltiples opciones que hay ahora mismo en cartelera.

Valoración: Cuatro sobre diez.

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS: la edad de la picaresca.

El hombre de las mil caras es la nueva película de Alberto Rodríguez tras La Isla Mínima y así se está promocionando. Craso error. Primero, porque Rodríguez ya tenía alguna otra estupenda película antes de esa, como Grupo 7. Segundo, porque El hombre de las mil caras no tiene nada que ver con La Isla Mínima y eso puede hacer que termine perdiendo injustamente en las comparativas.
Y es que El hombre de las mil caras no tiene la belleza visual ni la calma tensa de la que fue la gran triunfadora de los Goya del año pasado, ni tampoco lo pretende. Cada historia precisa de su atmósfera, y en esta Rodríguez elige acertadamente una atmósfera más americana, jugando con las músicas y las cámaras lentas en un estilo que tiene algo del Tarantino inicial de Reservoir dogs aunque tampoco tenga esta película ningún punto en común más con aquella.
El hombre de las mil caras tiene un poco de todo: es una ficción, un retrato social de una época, una historia real, un thriller de intriga, un documental, un drama con toques de comedia… Una mezcla que, no obstante, tiene personalidad propia y de la que Rodríguez sale airoso casi en todo.
Y digo casi en todo porque algo falta para lograr la perfección. Quizá la complicada tarea de ficcionar unos personajes reales, de rellenar los huecos de la historia que nunca sabremos, impiden que se pueda profundizar más en unos protagonistas a los que no llegamos a conocer realmente. Las motivaciones de Francisco Paesa y Jesús Campoes (más allá del amor por el dinero) quedan algo turbias al pasar tan de puntillas por su vida personal, pero la magníficas interpretaciones de Eduard Fernández y José Coronado hacen que esos pequeños problemas quede de lado y podamos empatizar con la frialdad de Paco y con la narración cargada de ironía de Jesús.
El hombre de las mil caras no cuenta la historia de Luis Roldán y su fuga (de hecho, no se termina en profundizar el alcance de su delito, más allá de recalcar su patrimonio de mil quinientos millones) sino la del hombre que le ayudó, un Francisco Paesa que actúa como hombre en la sombra y termina siendo más interesante que el propio Roldán, sobre quien estaban todos los focos de la época. Por cierto, que Carlos Santos y Marta Etura también lo bordan como el exdirector de la Guardia Civil y su esposa Nieves.
Hace unos días comentaba la dudosa fidelidad de Los hombres libres de Jones a la realidad. Aquí, Rodríguez se pone la venda antes de la herida y comienza su película advirtiendo que esto es una ficción basada en hechos reales. Esto es, no sabemos si las cosas sucedieron exactamente igual que en la película, amén de que la relación entre Roldán y Paesa y entre Paesa y el gobierno tiene más miga de la que se refleja en la película, mientras que hay más oscuridad en un Roldán que aquí casi llega a convertirse en la víctima del sistema, pero en eso consiste el cine, en maquillar la realidad sin traicionarla. Y lo que Alberto Rodríguez refleja con total fidelidad es la corrupción, la ambición política y la codicia que ha definido siempre a un país donde los ladrones han sido héroes y la picaresca se aplaude.
Insisto, El hombre de las mil caras no es La Isla Mínima ni lo pretende ser. No hay aquí hermosos planos cenitales ni se juega con las miradas y los silencios, pero eso no quita para que sea una pieza magnífica, que demuestra que lo de Rodríguez no es flor de un día, que es una magnífico realizador, guionista, director de actores y que sabe coronar su trabajo con un equipo que rinde a la perfección, visual y sonoramente.
El otro punto negativo del film es el detalle de que ya conozcamos de antemano (más o menos) el final de la historia, pero eso ya no es culpa de Alberto Rodríguez. Es lo que tiene jugar con la historia.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 30 de septiembre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (8d10)

Dirigida por Alberto Rodríguez, quien ya sorprendiera en el 2012 con Grupo 7, y protagonizada por unos excelentes Javier Gutierrez y Raul Arévalo, que rompen aquí con sus interpretaciones habituales (más dirigidas a la comedia) para componer unos personajes complejos y reflexivos, La Isla Mínima es un excelente ejercicio de autor, una obra milimétricamente calculada para que todo cuadre con una precisión milimétrica, consiguiendo que una historia angustiosa y perturbadora no sea en realidad más que el telón de fondo para indagar en la personalidad de dos hombres contrapuestos y, por extensión, en la realidad de una sociedad, la española, que en aquel lejano ya 1980 luchaba todavía por encontrar su sentido en una época de transición y cambios.
La trama arranca cuando Juan y Pedro, dos policías completamente fuera de su ambiente, llegan a un perdido pueblo ubicado en las marismas del Guadalquivir a investigar la desaparición de dos niñas. Rodeados por un ambiente que, pese a sus espacios abiertos, resulta claustrofóbico, los agentes deberán mimetizarse con un pueblo cerrado y hostil donde nada será lo que parece y los secretos parecen aflorar en cada esquina, incluso entre ellos mismos.
La Isla Mínima es un relato sobre la España rural, esa España alejada de las grandes urbes para la que el tiempo parece transcurrir de forma diferente a la del resto de la sociedad y donde sus habitantes están dispuestos a hacer lo que sea con tal de escapar del lugar. Algo parecido a los relatos sobre la América Profunda que tanto gustan al otro lado del charco y sobre la que la semana anterior tuvimos un buen ejemplo con Joe. Por ello, el primer elemento que destaca del film es la espectacular fotografía de Alex Catalán que consigue mostrar la hipnótica belleza del lugar mediante planos cenitales para luego arrastrarnos en un paisaje  radicalmente contrapuesto cuando nos lleva a pie de suelo.
Muchos han querido ver referencias de Paul Schrader o John Sturges, pero yo no me voy tan lejos y reconozco en Rodríguez dejes del mejor David Fincher, con retazos de Zodiac y alguna imagen que evoca a la inminente (y esperada) Perdida. Pero el mayor hándicap con que se va a encontrar La Isla Mínima (tal y como le sucediera hace unos años a la Blancanieves de Pablo Berger con respecto a The Artist) es la inevitable comparación con la serie de la HBO True Detective. Y no es para menos. No cabe duda que es cuestión de casualidad y suerte (mala) el haber coincidido en el tiempo, y aunque ninguna de las dos ha podido mirarse en la otra las similitudes son apabullantes, como si pertenecieran a las caras opuestas de un mismo espejo.
Ambas versan sobre la relación de dos policías de caracteres e ideologías contrapuestas, se basan en una atmósfera malsana y enfermiza para explicarnos una historia de asesinatos de chicas jóvenes y, lo más importante, en ambos casos la investigación policial no es más que una mera excusa para enseñarnos esas historias secundarias, esos relatos que no están totalmente presentes pero se palpan en el ambiente, contagiándonos y angustiándonos. Sin embargo, mientras en aquella la relación entre los personajes se establecía mediante conversaciones en ocasiones interminables y a menudo cargadas de una pomposidad y pedantería extrema, en esta se suple con silencios y miradas. Tal es la genialidad de los actores que no necesitan más.
Podríamos hablar de la muerte de la inocencia, de la depravación del ser humano, centrándonos para ello en una trama criminal que, quizá sea lo que más flojea en su resolución final, pero, como en la serie de Nic Pizzolatto, hay cosas más importantes que contar. Y todo ello teniendo en cuenta que apenas sabemos nada de los protagonistas y lo poco que se nos explica es a pinceladas ligeras que nos deja con ganas de saber más, aunque no lo necesitemos para poder comprenderlos.
Ligeramente inspirada en el caso de las Niñas de Alcácer, La Isla Mínima remite a esa época postfranquista donde cada uno está buscando todavía su lugar en la nueva sociedad, en una ruptura entre lo viejo y lo nuevo, que se define de forma metafórica en las identidades y pensamientos de Juan y Pedro.
Para ello, los actores demuestran encontrarse en estado de gracia, con interpretaciones contenidas llenas de matices e intenciones cargadas de claro sombras, llegando a desconcertar por momentos. Junto a ellos, destacan también Antonio de la Torre, inquietante, y Jesús Castro, que como ya le sucediera en El Niño, consigue transmitir lo que su personaje le pide pero demostrando sus limitaciones hasta el punto que sus tics en ambas películas son prácticamente los mismos.
En resumen, La Isla Mínima va más allá de una simple historia de asesinatos. Es adictiva y emocional y tiene algunas secuencias bestialmente arrebatadoras, consiguiendo conformar una película indudablemente excelente, casi de lo mejor del año.
Pero claro, siempre habrá el que siga diciendo que el cine español solo son tetas y Guerra Civil… En fin…