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martes, 30 de septiembre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (8d10)

Dirigida por Alberto Rodríguez, quien ya sorprendiera en el 2012 con Grupo 7, y protagonizada por unos excelentes Javier Gutierrez y Raul Arévalo, que rompen aquí con sus interpretaciones habituales (más dirigidas a la comedia) para componer unos personajes complejos y reflexivos, La Isla Mínima es un excelente ejercicio de autor, una obra milimétricamente calculada para que todo cuadre con una precisión milimétrica, consiguiendo que una historia angustiosa y perturbadora no sea en realidad más que el telón de fondo para indagar en la personalidad de dos hombres contrapuestos y, por extensión, en la realidad de una sociedad, la española, que en aquel lejano ya 1980 luchaba todavía por encontrar su sentido en una época de transición y cambios.
La trama arranca cuando Juan y Pedro, dos policías completamente fuera de su ambiente, llegan a un perdido pueblo ubicado en las marismas del Guadalquivir a investigar la desaparición de dos niñas. Rodeados por un ambiente que, pese a sus espacios abiertos, resulta claustrofóbico, los agentes deberán mimetizarse con un pueblo cerrado y hostil donde nada será lo que parece y los secretos parecen aflorar en cada esquina, incluso entre ellos mismos.
La Isla Mínima es un relato sobre la España rural, esa España alejada de las grandes urbes para la que el tiempo parece transcurrir de forma diferente a la del resto de la sociedad y donde sus habitantes están dispuestos a hacer lo que sea con tal de escapar del lugar. Algo parecido a los relatos sobre la América Profunda que tanto gustan al otro lado del charco y sobre la que la semana anterior tuvimos un buen ejemplo con Joe. Por ello, el primer elemento que destaca del film es la espectacular fotografía de Alex Catalán que consigue mostrar la hipnótica belleza del lugar mediante planos cenitales para luego arrastrarnos en un paisaje  radicalmente contrapuesto cuando nos lleva a pie de suelo.
Muchos han querido ver referencias de Paul Schrader o John Sturges, pero yo no me voy tan lejos y reconozco en Rodríguez dejes del mejor David Fincher, con retazos de Zodiac y alguna imagen que evoca a la inminente (y esperada) Perdida. Pero el mayor hándicap con que se va a encontrar La Isla Mínima (tal y como le sucediera hace unos años a la Blancanieves de Pablo Berger con respecto a The Artist) es la inevitable comparación con la serie de la HBO True Detective. Y no es para menos. No cabe duda que es cuestión de casualidad y suerte (mala) el haber coincidido en el tiempo, y aunque ninguna de las dos ha podido mirarse en la otra las similitudes son apabullantes, como si pertenecieran a las caras opuestas de un mismo espejo.
Ambas versan sobre la relación de dos policías de caracteres e ideologías contrapuestas, se basan en una atmósfera malsana y enfermiza para explicarnos una historia de asesinatos de chicas jóvenes y, lo más importante, en ambos casos la investigación policial no es más que una mera excusa para enseñarnos esas historias secundarias, esos relatos que no están totalmente presentes pero se palpan en el ambiente, contagiándonos y angustiándonos. Sin embargo, mientras en aquella la relación entre los personajes se establecía mediante conversaciones en ocasiones interminables y a menudo cargadas de una pomposidad y pedantería extrema, en esta se suple con silencios y miradas. Tal es la genialidad de los actores que no necesitan más.
Podríamos hablar de la muerte de la inocencia, de la depravación del ser humano, centrándonos para ello en una trama criminal que, quizá sea lo que más flojea en su resolución final, pero, como en la serie de Nic Pizzolatto, hay cosas más importantes que contar. Y todo ello teniendo en cuenta que apenas sabemos nada de los protagonistas y lo poco que se nos explica es a pinceladas ligeras que nos deja con ganas de saber más, aunque no lo necesitemos para poder comprenderlos.
Ligeramente inspirada en el caso de las Niñas de Alcácer, La Isla Mínima remite a esa época postfranquista donde cada uno está buscando todavía su lugar en la nueva sociedad, en una ruptura entre lo viejo y lo nuevo, que se define de forma metafórica en las identidades y pensamientos de Juan y Pedro.
Para ello, los actores demuestran encontrarse en estado de gracia, con interpretaciones contenidas llenas de matices e intenciones cargadas de claro sombras, llegando a desconcertar por momentos. Junto a ellos, destacan también Antonio de la Torre, inquietante, y Jesús Castro, que como ya le sucediera en El Niño, consigue transmitir lo que su personaje le pide pero demostrando sus limitaciones hasta el punto que sus tics en ambas películas son prácticamente los mismos.
En resumen, La Isla Mínima va más allá de una simple historia de asesinatos. Es adictiva y emocional y tiene algunas secuencias bestialmente arrebatadoras, consiguiendo conformar una película indudablemente excelente, casi de lo mejor del año.
Pero claro, siempre habrá el que siga diciendo que el cine español solo son tetas y Guerra Civil… En fin…



domingo, 31 de agosto de 2014

EL NIÑO (8d10)

Pocas veces una película española había creado tanta expectación como El niño. Tras un complicado proceso de producción (básicamente para conseguir financiación) de más de cinco años al fin se estrena la nueva película de Daniel Monzón, el nuevo niño mimado del cine patrio tras la exitosa Celda 211.
Pero todo lo bueno que conlleva un gran hype (la película va a ser un éxito de taquilla sin ningún género de dudas) también se convierte en un inconveniente ante lo fácil que le puede resultar decepcionar tanto a los más ansiosos como a los típicos buitres carroñeros (y de esos en nuestro cine hay muchos) que están atentos al menos signo de debilidad para saltar sobre la yugular de Monzón y cebarse con su película (cuanta envidia hay en este país y como se desprecian a los que tienen éxito).
¿Y cuál es la realidad sobre este film policiaco ambientado en Gibraltar y con las redes de tráfico de drogas como telón de fondo? Pues así, a bote pronto, antes de entrar en valoraciones más detalladas, hay que decir que la cinta es excelente. Tras la maestría que Monzón demostró en el rodaje de interiores durante la claustrofóbica Celda 211, ahora sale al aire libre para lucirse con persecuciones, tiroteos y peleas varias donde la cámara se mueve con libertad demostrando que el realizador balear no tiene límites. Su firmeza a la hora de dirigir es indiscutible y los actores cumplen a la perfección (algunos como Tosar con la brillantez que le caracteriza) mientras que el guion es interesante y los diálogos están a la altura.
¿Es, entonces, una película perfecta? Pues lo cierto es que no. He dicho que el guion es interesante, pero no magistral, y ahí está el eslabón más débil de esta cadena de aciertos que es El Niño. Y es que la trama se maneja mediante dos historias paralelas, casi como si des dos películas diferentes se tratase, que terminan por confluir , y mientras una es brillante y mantiene al espectador en constante tensión (la investigación policial, con todos los tópicos del género muy bien aprovechados, como las misiones fallidas, las lealtades más allá de lo profesional y las posibles filtraciones por culpa de algún poli corrupto), la otra, la que pertenece al personaje llamado Niño es más débil y carece de la fuerza de la primera, con unos personajes más flojos y una relación sentimental que quizá distrae en exceso de la historia principal. Y no creo que sea casualidad que las mejores interpretaciones correspondan también a la primera trama.
El Niño y el Compi son dos amigos hijos de su generación, sin trabajo de futuro y con el deseo (y el sueño de lograr mucho dinero por el camino fácil. Por eso no se asustan cuando a través de un tercer chaval, Rachid, entran en el negocio del narcotráfico. Cuando tras una primera misión más exitosa para sus jefes que satisfactoria para ellos deciden montarse el negocio por su cuenta, entrarán en un mundo que les viene grande.
El Niño debe ser interpretada como una película coral, como una colección de personajes muy interesantes, cada uno con su propia historia y problemas, que se entremezclan de manera más o menos casual: agentes encargados de combatir el tráfico de drogas, la policía fronteriza, los traficantes marroquís, un capo mafioso apodado El Inglés, una nueva banda de kosovares y, en medio de todo este fregado, los tres chavales y Amina, la hermana de Rachid, contacto de los chicos en Marruecos y, a la postre, objeto del deseo del Niño. El error de Monzón (y por extensión de la productora y distribuidora –estando Telecinco tras la producción la publicidad televisiva en Mediaset ha sido casi omnipresente este verano) ha sido pretender centrar toda la atención en el Niño y Amina, quizá queriendo ampliar su carrera comercial y convenciendo al público femenino que la historia de amor es tan potente como la historia de cuerpos decapitados colgando del puente o las palizas que los kosovares propinan a sus enemigos. Monzón parece ser un maestro no ya en descubrir talentos (como nos lo quieren vender) sino en sacar el máximo partido de sus actores. Lo hizo con Alberto Ammann, que brillaba en Celda 211 pero prácticamente no ha vuelto a destacar, y lo ha repetido ahora con Jesús Castro, un debutante en esto del cine con una profunda mirada que brilla como Niño pero al que no le auguro mucho futuro comercial en un futuro cercano, más allá de la popularidad que este papel le pueda otorgar. La suya es una interpretación de carácter, por lo que funciona mucho mejor cuando trata de desafiar a la policía o intimidar a los marroquíes mejor que en las escenas románticas, las cuales las comparte con una Mariam Bachir cumplidora pero que tampoco aporta un carisma espectacular.
Por eso, pese a que el foco mediático esté sobre Jesús Castro, donde Monzón pone toda la carne en el asador es en la otra película, la policiaca, donde Luis Tosar está tan magistral como siempre (en un papel, por cierto, totalmente antagónico al de Malamadre) y magníficamente secundado por talentos como Sergi Lopez, Eduard Fernández y la habitualmente desaprovechada Bárbara Lennie, consiguiendo que, tras 130 minutos de película que en ningún momento aburren, uno desee incluso más minutos para saber algo más de ellos, conocer sus conclusiones, adivinar si alguna vez hubo algo más que amistad entre los personajes de Tosar y Lennie… Y para redondear el tema, el gran Ian McShane como el terrible villano, el Inglés, en un personaje que también sabe a poco y que se podría imaginar que sus pocas escenas se deben más al temor de alargar en exceso el metraje de film que a otra cosa.
Como sea, no tengo nada que reprochar a la película (quizá me habría agradado más un final menos dulce, pero eso es ya una cuestión personal), que con sus carencias y defectos me ha entusiasmado (muchos directores americanos deberían aprender de Monzón a filmar persecuciones en coche, lancha o helicóptero…) y ni siquiera las desviaciones argumentales con trasfondo comercial me han molestado. Para que me entendáis es como querer imaginar Titanic sin la trama amorosa.
Yo aplaudo a Monzón y recomiendo su película con los ojos cerrados. Es cine del bueno y una de las mejores películas españolas de los últimos tiempos. Y quien no lo quiera ver… Bueno, el que tiene un problema es él, no Monzón.