Mostrando entradas con la etiqueta adriana ugarte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta adriana ugarte. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de diciembre de 2018

DURANTE LA TORMENTA

Oriol Paulo es un eficaz director que se ha movido siempre en el terreno del thriller más retorcido, siendo El cuerpo y Contratiempo sus dos ejemplos más recientes, a los que hay que sumar otros trabajos como guionista como Los ojos de Julia y la algo inferior Secuestro.  
Durante la tormenta, escrita mano a mano con Lara Sendin (con quien ya trabajó en El cuerpo), sigue en esa línea de misterio y crímenes difíciles de esclarecer, pero metiendo por medio un elemento tan propio de la ciencia ficción como son los viajes en el tiempo. O, más concretamente, las paradojas temporales.
No está Durante la tormenta en la línea de films como Regreso al futuro, ni mucho menos, pero sí guarda muchas similitudes con Frequency, película de Gregory Hoblit que unían a un padre y un hijo (Dennis Quaid y Jin Caviezel) desde diversas líneas temporales a través de un aparato de radio.
En esta ocasión son un viejo televisor y una cámara de vídeo los que, durante la tormenta a la que alude el título, conectan a una mujer y un niño que están veinticinco años separados en el tiempo.
Como gran entusiasta de las historias sobre las alteraciones de la corriente temporal (de hecho estoy trabajando en una novela que sigue esos patrones), estaba especialmente intrigado en cómo se iban a desenvolver Paulo y Sendin para saber jugar con las diversas líneas temporales que se crean durante la película, y aunque algunas decisiones podrían ser discutibles (y desde aquí invito a sus guionistas a un debate que no es posible plantear e este comentario por no caer en el spoiler), lo cierto es que han sabido esquivar con habilidad los errores que el abuso de las paradojas suele provocar.
Así, más allá de que el concepto “casualidad” obligue a un cierto abuso de la suspensión de la credulidad, Durante la tormenta es un interesante puzle en el que todas las piezas terminan por encajar con cierta frescura y que, pese a su claro tono dramático, supone toda una diversión para los amantes del género. Paulo fuerza ciertas situaciones para su conveniencia, eso es cierto, pero nada de lo que sucede es completamente aleatorio y todo tiene una justificación (que sea del agrado de uno o no depende ya de cada espectador en cuestión), que es lo mínimo que se debe exigir a un producto de estas características. Es muy sencillo imaginar historias con varias líneas temporales, pero no lo es tanto evitar los errores de coherencia y abusar de esas paradojas que, por ser productos de la ficción (a menos que alguien demuestre lo contrario) se suelen deformar al antojo de muchos guionistas y escritores.
Bien apoyada en unas solventes interpretaciones de Chino Darín y Álvaro Morte, con la colaboración estelar de Javier Gutiérrez y Belén Rueda, Adriana Ugarte es la gran estrella de la función, soportando con brío el peso dramático de una madre a la que se lo han arrebatado todo. Además, la película es suficientemente sincera para mostrar sus cartas casi desde el inicio y no jugar apenas con la idea de que todo sea producto de la mente enferma de la protagonista, con lo que es más fácil entrar en harina y dejarse arrastrar por la fantasía de la historia, siendo las posibles consecuencias psicológicas de lo sucedido donde encuentro más reparos.
Suficientemente clara para que pueda ser comprendida por los más ajenos a la materia, pero suficientemente enrevesada para mantener la atención en todo momento, Durante la tormenta funciona perfectamente como historia de intriga y misterio, dejando que el tema fantástico quede en muchos momentos en segundo plano y permitiéndose coquetear, en algún momento, con disfrazarse de historia romántica más intimista de lo previsto, pero sin alcanzar el nivel de ñoñería.
Paulo y Sendin han demostrado haberse estudiado bien las consecuencias del efecto mariposa, y Durante la tormenta es una interesante y muy entretenida muestra de ello.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 6 de octubre de 2018

ENAMORADO DE MI MUJER

Enamorado de mi mujer es la nueva película de Daniel Auteuil, en la que repite de nuevo como actor y director, para la que ha contado con Gerard Depardie, con quien ya trabajó como actor en la cínica y ya clásica Salir del armario, y con Sandrine Kiberlain, aunque la única razón para ver esta comedieta insuficiente y algo ridícula es la presencia de nuestra Adriana Ugarte, que consigue gracias a este título abrirse camino en la filmografía francesa, aunque su aportación aquí, por designios del director, sea más la de tener un físico precioso que por sus dotes interpretativas.

Daniel e Isabelle son un matrimonio feliz pero algo aburridos ya uno del otro que se ven obligados a invitar un día a cenar a un amigo de él, Patrick, con la excusa de que les presente a su nueva novia, Emma. Todo apuntaba a que la velada sería tensa, pues Patrick había abandonado a su esposa, una de las mejores amigas de Isabelle, por Emma, pero apenas conocerla Daniel se siente fuertemente atraído por ella y empieza a fantasear con tener una aventura juntos.
La película arranca con un tono algo teatral, con la típica ambientación centrada en un solo escenario que tan bien funcionaba en películas como Un Dios salvaje, The Party o Perfectos desconocidos, pero que sale al mundo exterior gracias a las ensoñaciones de Daniel, que juegan a confundir realidad y ficción, estableciendo por tanto dos líneas temporales que se entremezclan, la real y la imaginaria. Esto es un recurso muy manido en el cine y muy efectivo tomado en su justa medida (¿recuerdan Mentiras Arriesgadas de James Cameron?), pero que aquí se convierte en la razón de ser del film y que termina por saturar, sobretodo por la torpeza de Auteuil en la puesta en escena. Una vez superada la gracia inicial, el recurso agobia, terminando por aburrir y hasta confundir. Hay un momento en que cuesta distinguir se se está viendo la realidad o la fantasía, o incluso se llega a dudar a quién pertenece dicha fantasía, con lo que el experimento resulta un fracaso y se pierde todo el interés en el film. 
Al final, la cosa intenta remontar, con una moralina también previsible y aleccionadora, pero ya es tarde y el público ha perdido definitivamente el interés en la propuesta, debiéndose conformar uno tan solo en esperar las apariciones de Ugarte y poco más.
Simple, muy simple.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

JULIETA: vuelve el mejor Almodóvar.

De nuevo una semana más, como ya me sucediera con Kiki, el amor se hace, me acerco al cine a ver una película española con cierta desconfianza. Y una vez más, salgo de la misma gratamente sorprendido. Y no porque la temática de Julieta me produjera resquemor, ni mucho menos, sino por el infausto recuerdo que tengo de la última película de Almodóvar, esos espantosos Amantes pasajeros herederos del humor más vulgar y vergonzoso de nuestra filmografía.
Está claro que Almodóvar lleva unos años mucho más inspirado cuando crea melodramas (siempre con un cierto aroma al Hollywood crepuscular con Douglas Sirk como principal referente) que en la comedia.
Julieta, además, se sostiene firme sobre la intensa interpretación de sus dos protagonistas, unas Adriana Ugalte y Emma Suárez que dan vida al mismo personaje en dos etapas diferentes de su vida.
Aun con toques muy sutiles de humor, Julieta es la historia de la dolorosa relación entre una madre y una hija, explorando el manchego el terreno de la incomunicación y el distanciamiento emocional y plasmando en imágenes el dolor de forma magistral. 
No es Julieta una película redonda, desaprovechando algunas analogías que podrían haber dado mucho juego (el distanciamiento entre Julieta y su padre es debido a una situación muy parecida a la que ha vivido ella misma con el padre de su hija, por ejemplo, aunque ello no repercute en la trama, como si no fuese más que algo casual), pero acierta en dar el tiempo justo en pantalla a cada actriz, consiguiendo que las escenas de flashbacks correspondientes a Ugalte no rompan el ritmo narrativo del presente de Suárez y viceversa.
Tiene Julieta todos los síntomas propios de su director, pero a la vez es posiblemente la película menos almodovariana de su filmografía, como si, consciente del mal sabor de boca que dejó su última película (y el enfrentamiento de críticos que provocó la anterior, La piel que habito, que a mí me apasionó), hubiese decidido dar un golpe sobre la mesa y demostrar que todavía tiene mucho que contar, desgranando con su eficacia habitual los recovecos femeninos e implicando emocionalmente al espectador, que sentirá a Julieta como parte de ellos mismos.
Me resulta curioso, además, el juego que Almodóvar propone desde el primer momento, apoyado en la música de su fiel Alberto Iglesias, que invita a pensar que la película va por el terreno del thriller. Algo hay en el desconcierto de los primeros planos que nos hacen sospechar que algo está a punto de torcerse, y aunque no sea éste el camino elegido ayuda en gran medida a mantener la intensidad dramática. Julieta es triste, dolorosa y sensible, pero se disfruta como un chocolate amargo cuyo sabor permanece en nuestro recuerdo durante mucho tiempo.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 29 de diciembre de 2015

PALMERAS EN LA NIEVE (6d10)

Conectando directamente con la entrada anterior, en la que apuntaba que el excesivo hype de Carliots y Snoopy podría haberme aguado un poco la fiesta, con Palmeras en la nieve pasa justamente lo contrario: era tan malo todo lo que había llegado a mis oídos que la película me sorprendió gratamente.
Creo que se ha sido muy injusto con un film que sí, que tiene muchas deficiencias que no voy a obviar en mi opinión, pero que es una propuesta emotiva y de impecable factura que describe la situación de las colonias españolas en África y nos traslada a una época no demasiado lejana en el tiempo pero que se me antoja infinita en la memoria.
Basada en la exitosa novela de Luz Gabás y dirigida por Fernando González Molina (que repite por cuarta vez con Mario Casas), Palmeras en la nieve explica, a golpe de flashbacks, dos historias paralelas separadas sesenta años en el tiempo, centradas en el esfuerzo que Killiam debe hacer para adaptarse a su nueva vida en la isla de Fernando Poo (en la Guinea española) donde nació y en su posterior historia de amor prohibido con una oriunda del lugar, Bisila, una historia que su sobrina, en el presente, irá descubriendo a la vez que se descubre a sí misma.
Palmeras en la nieve es la gran apuesta del cine español para despedir el año, una ambiciosa producción que no ha tenido miedo a correr el riesgo de competir en pantalla con Star Wars: el despertar de la fuerza y que tiene en la figura de Mario Casas su mejor baza. La película de Fernando González Molina es un relato épico, con gran dramatismo y sensibilidad, pero que peca de un sentido narrativo demasiado televisivo. Pese a ser la cuarta película de su director, este parece seguir demasiado apegado al mundo de las series  de donde proviene como para saber diferenciar los tiempos de cada medio. Así, con un metraje excesivo que se convierte en la principal lacra de la película (163 minutos a todas luces agotadores), la adaptación habría funcionado mucho mejor como miniserie que como películas, teniendo que emplear mucho tiempo para contar su drama y dejando encima con la sensación de que muchos detalles de interés (sobre todo lo relacionado al contexto histórico) han sido tocados muy de puntillas.
El reparto es interesante y funcional, correcto sin llegar a brillar. La historia río funciona, quizá mejor en su parte de flashbacks que en el presente. Y la apuesta, arriesgada en su concepto, por presentarnos una película ambientada en las colonias españolas tiene por sí sola un valor documental que no es nada despreciable.
No es redonda. Quizá hasta le falte mucho para aspirar a serlo. Pero sí es una película sumamente interesante y con más valores de los que muchos le han querido ver. Un drama bien desarrollado y que, en algunos pasajes, llega a emocionar.