Mostrando entradas con la etiqueta daniel grao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta daniel grao. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de noviembre de 2019

EL ASESINO DE LOS CAPRICHOS

En la historia del cine el género negro ha sido siempre uno de los más destacados, pero, aunque el uso de los asesinos en serie ha sido recurrente en no pocos thrillers policiacos, no ha sido hasta El silencio de los corderos y, sobre todo, Seven, que el subgénero se puso de moda.
El asesino de los caprichos bebe mucho de esos films, en especial de la obra de David Fincher. En ella, Gerardo Herrero copia el concepto del asesino ritual recreando unas composiciones muy específicas en sus crímenes (en este caso representaciones de las obras pictóricas de Goya comprendidas en su colección de Caprichos) y de la pareja de investigadores que deben resolver el caso. El único toque de originalidad está en cambiar el rol protagonistas, dejando que sean dos mujeres, bastante enfrentadas entre sí, quienes se ocupen del caso, pero ni aún así consigue Herrero romper del todo con los estereotipos, pues la detective encarnada por Maribel Verdú cumple todos los estereotipos del género más simplón (es una solitaria alcohólica, amargada y algo promiscua en la cama) solo que en la vertiente femenina.
El problema de la película radica, sobre todo, en el pobre guion de Ángela Armero, que no consigue en ningún momento construir una historia creíble y siembra de errores todo el libreto. Ni los personajes están bien construidos (tener a Aura Garrido y a Maribel Verdú y desaprovecharlas así es casi tan horrible como los propios asesinatos), ni la trama policiaca se sigue con sencillez (sobre todo por culpa de un final algo torpe y apresurado) ni tiene ningún sentido, una vez descubierto el secreto final, el detalle de los caprichos aparte de dar sentido al título y dotar de cierto empaque al arranque.
Muchas tonterías que solo actúan en contra de las protagonistas, que terminan por caer ligeramente mal, y un ritmo algo anodino provocan que se desconecte con la investigación y se distancie uno mucho de lo que sucede en pantalla, por más que algún que otro giro de guion inesperado pretendan alertar la atención el espectador.
En resumen, una película bastante pobre que no solo está a años luz del trabajo de Fincher en que se inspira, sino que se sitúa muy por debajo también de las cientos de imitadoras que surgieron a raíz del éxito de Seven. Una pena, pues sobre el papel parecía interesante la propuesta.


Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 11 de noviembre de 2018

EL ÁRBOL DE LA SANGRE

La última película de Julio Medem, El árbol de la sangre, es un extraño amalgama, una fusión entre varias películas que, a simple vista, no parecen casar demasiado.
De entrada, El árbol de la sangre cuenta la historia de una pareja que deciden escribir una novela sobre sus orígenes, la radiografía de dos familias de secretos oscuros y siniestros. Estamos, parece ser, ante un drama familiar que recuerda a las recientes Todos lo saben y Petra, un denominador común del cine español más reciente. La cosa, sin embargo, se complica cuando entra en la ecuación la guerra de bandas entre georgianos y rusos, el tráfico de órganos, las relaciones sexuales (¡cómo le gusta a Medem rodar pies entrelazados!), una cantante pop de la movida, sanatorios mentales, toros embistiendo…
Se dice de esta película que supone un regreso a las raíces por parte de Julio Medem, que renuncia al trascendentalismo que se desprendía de sus títulos más recientes, fracasos ante la crítica (aunque debo reconocer que a mi Ma ma sí me convenció), para reencontrarse con ese Medem primigenio donde sus personajes tenían más peso en la historia que sus propias ideas. Hay, sin embargo, en El árbol de la sangre un reflejo de sus principales tics, y por eso no va a terminar de satisfacer a sus principales detractores, que todo artista que se precie debe tenerlos hoy en día.
A mí, personalmente, que no soy suficientemente conocedor de su trabajo como para poder permitirme amarlo u odiarlo, la historia me llegó a convencer, yendo de menos a más (aburridilla al principio, hasta que se atreve a arrancar definitivamente) y encuentro notable el trabajo de sus protagonistas, pese a alguna escena concreta que no me termina de convencer. Todo parece muy absurdo y loco, como de culebrón pasado de vueltas, pero acepto con gusto el juego y me siento partícipe de él, entregado al enramaje de una historia que, como el árbol del título, tiene varias raíces que conforman un único tronco para volver a repartirse en cientos de pequeñas historias. Es la parte supuestamente más realista, la que pertenece al proceso creativo de los protagonistas, la que menos me convence, la que realmente no me llego a creer. ¿empezar a escribir una novela entre dos, un párrafo cada uno, sin conocer el final? ¿Ser pareja de enamorados y desconocer detalles cruciales de la familia del otro? Todo me huele demasiado a recurso fácil del guion para poder sorprender al espectador haciendo que los protagonistas sean los primeros en ser sorprendidos por las revelaciones. Un truco efectivo, no lo niego, pero tramposo.
Más allá de eso, que puede que solo sea una obsesión personal mía, la película se complica lo suficiente como para resultarme interesante. No me la llego a creer en ningún momento, pero tampoco me importa demasiado. Es la magia del cine, y si me dicen que esto es así, pues es así y punto. Por eso, pese a que la primera hora se me antojó algo anodina, a medida que se complicaba la cosa todo me empezaba a cuadrar, y aunque algunos giros requieren e más atención de la que em principio prestaba yo (o de un segundo reversionado, ¿quién sabe?), la cosa se pone suficientemente intensa como para mantener la mirada pegada a la pantalla.
La mezcla de géneros y de argumentos es tal que resulta difícil simpatizar con todo y con todos, por lo que no alcanza a ser una película redonda, y un análisis demasiado reflexivo invita a ver demasiados flecos en su trama, pero intuyo que, al final, a Medem le interesa más las sensaciones que la historia, el sufrimiento que la acción. Y en ese punto sí está bastante acertado.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 28 de octubre de 2018

ANIMALES SIN COLLAR

Jota Linares es un director y guionista especializado en cortos que debuta en el largometraje con Animales sin collar, una especie de thriller político con tintes de drama familiar que parece concebido para mayor gracia de Natalia de Molina.
Con semejantes argumentos, podríamos tener en mente algunos de los éxitos del cine español más reciente, de manera que Animales sin collar hereda de Todos lo saben y Petra ese aroma de enredo familiar con secretos que regresan del pasado para atormentar a los protagonistas junto con la crónica de denuncia política que tenía El reino.
Animales sin collar propone la existencia de un político honrado, un hombre de ideales claro que aspira a progresar con limpieza en su carrera, siempre de la mano de su amante esposa. Pero no todo termina por ser lo que parece, y la situación terminará por escapársele de las manos.
Por mucho que pueda interesar la idea de un político decente, y el buen trabajo de Daniel Grao dándole vida, es el personaje de su mujer, con el siempre excelente trabajo de Natalia de Molina detrás, quien centra la atención del relato, hasta cierto punto que es ella, con sus actos y sus cambios de carácter, quien lleva el propio ritmo del film y lo transforma a medida que avanza la trama.
Lo que en principio parecía una simple intriga palaciega que iba a derivar en la moraleja de que no hay nadie limpio en el mundo de la política resulta finalmente un cuento sobre la hipocresía y los dobles valores y se impone como propuesta casi feminista con el consabido empoderamiento de la esposa del político, una figura siempre en las sombras que, una vez liberada del metafórico collar del título, juega su papel clave en la historia.
Linares consigue mantener el interés de la película en todo momento, consiguiendo una propuesta interesante que, sin embargo, queda muy por debajo de las tres películas anteriormente mencionadas y que, por su proximidad en su estreno, es imposible obviar. Por ello, Animales sin collar queda como una simple propuesta más para dibujar la España actual (en este casi en su versión más rural) que no termina por despuntar en ningún momento y a la que le falta un poquito de garra para conseguir llegar a ser una película realmente recordable.
Interesante y muy correcta, plagada de buenos trabajos interpretativos, pero con poco más que aportar.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

JULIETA: vuelve el mejor Almodóvar.

De nuevo una semana más, como ya me sucediera con Kiki, el amor se hace, me acerco al cine a ver una película española con cierta desconfianza. Y una vez más, salgo de la misma gratamente sorprendido. Y no porque la temática de Julieta me produjera resquemor, ni mucho menos, sino por el infausto recuerdo que tengo de la última película de Almodóvar, esos espantosos Amantes pasajeros herederos del humor más vulgar y vergonzoso de nuestra filmografía.
Está claro que Almodóvar lleva unos años mucho más inspirado cuando crea melodramas (siempre con un cierto aroma al Hollywood crepuscular con Douglas Sirk como principal referente) que en la comedia.
Julieta, además, se sostiene firme sobre la intensa interpretación de sus dos protagonistas, unas Adriana Ugalte y Emma Suárez que dan vida al mismo personaje en dos etapas diferentes de su vida.
Aun con toques muy sutiles de humor, Julieta es la historia de la dolorosa relación entre una madre y una hija, explorando el manchego el terreno de la incomunicación y el distanciamiento emocional y plasmando en imágenes el dolor de forma magistral. 
No es Julieta una película redonda, desaprovechando algunas analogías que podrían haber dado mucho juego (el distanciamiento entre Julieta y su padre es debido a una situación muy parecida a la que ha vivido ella misma con el padre de su hija, por ejemplo, aunque ello no repercute en la trama, como si no fuese más que algo casual), pero acierta en dar el tiempo justo en pantalla a cada actriz, consiguiendo que las escenas de flashbacks correspondientes a Ugalte no rompan el ritmo narrativo del presente de Suárez y viceversa.
Tiene Julieta todos los síntomas propios de su director, pero a la vez es posiblemente la película menos almodovariana de su filmografía, como si, consciente del mal sabor de boca que dejó su última película (y el enfrentamiento de críticos que provocó la anterior, La piel que habito, que a mí me apasionó), hubiese decidido dar un golpe sobre la mesa y demostrar que todavía tiene mucho que contar, desgranando con su eficacia habitual los recovecos femeninos e implicando emocionalmente al espectador, que sentirá a Julieta como parte de ellos mismos.
Me resulta curioso, además, el juego que Almodóvar propone desde el primer momento, apoyado en la música de su fiel Alberto Iglesias, que invita a pensar que la película va por el terreno del thriller. Algo hay en el desconcierto de los primeros planos que nos hacen sospechar que algo está a punto de torcerse, y aunque no sea éste el camino elegido ayuda en gran medida a mantener la intensidad dramática. Julieta es triste, dolorosa y sensible, pero se disfruta como un chocolate amargo cuyo sabor permanece en nuestro recuerdo durante mucho tiempo.

Valoración: Ocho sobre diez.