Mostrando entradas con la etiqueta úrsula corberó. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta úrsula corberó. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de noviembre de 2018

EL ÁRBOL DE LA SANGRE

La última película de Julio Medem, El árbol de la sangre, es un extraño amalgama, una fusión entre varias películas que, a simple vista, no parecen casar demasiado.
De entrada, El árbol de la sangre cuenta la historia de una pareja que deciden escribir una novela sobre sus orígenes, la radiografía de dos familias de secretos oscuros y siniestros. Estamos, parece ser, ante un drama familiar que recuerda a las recientes Todos lo saben y Petra, un denominador común del cine español más reciente. La cosa, sin embargo, se complica cuando entra en la ecuación la guerra de bandas entre georgianos y rusos, el tráfico de órganos, las relaciones sexuales (¡cómo le gusta a Medem rodar pies entrelazados!), una cantante pop de la movida, sanatorios mentales, toros embistiendo…
Se dice de esta película que supone un regreso a las raíces por parte de Julio Medem, que renuncia al trascendentalismo que se desprendía de sus títulos más recientes, fracasos ante la crítica (aunque debo reconocer que a mi Ma ma sí me convenció), para reencontrarse con ese Medem primigenio donde sus personajes tenían más peso en la historia que sus propias ideas. Hay, sin embargo, en El árbol de la sangre un reflejo de sus principales tics, y por eso no va a terminar de satisfacer a sus principales detractores, que todo artista que se precie debe tenerlos hoy en día.
A mí, personalmente, que no soy suficientemente conocedor de su trabajo como para poder permitirme amarlo u odiarlo, la historia me llegó a convencer, yendo de menos a más (aburridilla al principio, hasta que se atreve a arrancar definitivamente) y encuentro notable el trabajo de sus protagonistas, pese a alguna escena concreta que no me termina de convencer. Todo parece muy absurdo y loco, como de culebrón pasado de vueltas, pero acepto con gusto el juego y me siento partícipe de él, entregado al enramaje de una historia que, como el árbol del título, tiene varias raíces que conforman un único tronco para volver a repartirse en cientos de pequeñas historias. Es la parte supuestamente más realista, la que pertenece al proceso creativo de los protagonistas, la que menos me convence, la que realmente no me llego a creer. ¿empezar a escribir una novela entre dos, un párrafo cada uno, sin conocer el final? ¿Ser pareja de enamorados y desconocer detalles cruciales de la familia del otro? Todo me huele demasiado a recurso fácil del guion para poder sorprender al espectador haciendo que los protagonistas sean los primeros en ser sorprendidos por las revelaciones. Un truco efectivo, no lo niego, pero tramposo.
Más allá de eso, que puede que solo sea una obsesión personal mía, la película se complica lo suficiente como para resultarme interesante. No me la llego a creer en ningún momento, pero tampoco me importa demasiado. Es la magia del cine, y si me dicen que esto es así, pues es así y punto. Por eso, pese a que la primera hora se me antojó algo anodina, a medida que se complicaba la cosa todo me empezaba a cuadrar, y aunque algunos giros requieren e más atención de la que em principio prestaba yo (o de un segundo reversionado, ¿quién sabe?), la cosa se pone suficientemente intensa como para mantener la mirada pegada a la pantalla.
La mezcla de géneros y de argumentos es tal que resulta difícil simpatizar con todo y con todos, por lo que no alcanza a ser una película redonda, y un análisis demasiado reflexivo invita a ver demasiados flecos en su trama, pero intuyo que, al final, a Medem le interesa más las sensaciones que la historia, el sufrimiento que la acción. Y en ese punto sí está bastante acertado.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 27 de abril de 2015

CÓMO SOBREVIVIR A UNA DESPEDIDA (3d10)

Si ya hace tiempo que hemos dejado atrás el (falso) sambenito de que el cine español son solo tetas y Guerra Civil y hemos superado la sensación de que el único cine de calidad podían ser comedias costumbristas e historias de terror, esta película supone un paso atrás en el prestigio de nuestra filmografía y a buen seguro dará buenos argumentos a aquellos espectadores indocumentados y patanes que aprovechan el más mínimo traspiés para echar pestes sobre el cine patrio cuando seguramente habrán pagado con gusto por ver basuras como Cincuenta sombras de Grey o comedietas americanas de medio pelo.
La realidad es que Cómo sobrevivir a una despedida es una película mala, rematadamente mala. Englobada en una nueva ola de comedias españolas que están cautivando al público tras estrenos recientes como Tres bodas de más o ¿Quién mató a Bambi? (porque no sólo de Ocho apellidos vascos vive en cine), Cómo sobrevivir a una despedida llegaba a las carteleras con la intención de convertirse en uno de los títulos de este año siguiendo una premisa bastante coherente: si el año pasado triunfaron las bodas (también hay que recordar el éxito de La gran familia española, toda ella situada durante la celebración de una), es hora de dar paso a las despedidas de soltero.
Por supuesto, el cine está plagado de películas sobre despedidas de soltero, pero si hay una que sin duda merezca pasar a la historia fue la que protagonizaron hace unos años Bradley Cooper y Zack Galifianakis entre otros y que se convirtió en exitosa trilogía: Resacón en Las Vegas. Podrían pensar ustedes que las comparaciones son odiosas y que hablar de Resacón en Las Vegas para analizar Cómo sobrevivir a una despedida es injusto por mi parte. Pues para nada.
Tras un irregular arranque en el que sin demasiada gracia y a medio camino entre el videoclip (hay momentos que la banda sonora parece un recopilatorio de Flash fm o algo así) y el publirreportaje (sin duda media película debe estar financiada por Turismo de Canarias) en el que se nos presenta a las cinco amigas protagonistas (cuatro chicas y un gay), una peña desde la infancia y a las que la vida ha distanciado y que con la excusa de la boda de ellas pretenden revivir juergas del pasado, la película da un salto en el tiempo de varias horas para trasladar al grupito protagonista a una serie de situaciones a cual más absurda y desquiciante sin que ninguno de ellos recuerden lo más mínimo de lo sucedido durante la noche (ya que sin saberlo ellos han consumido una potente droga) y deben dedicar la mañana siguiente a resolver los vacíos en sus recuerdos y componer el puzle que les permita salir del embrollo en que se han metido. ¿Les suena de algo?
Efectivamente, Cómo sobrevivir a una despedida no busca inspirarse, sino que copia descaradamente a Resacón en Las Vegas aunque sin la gracia de aquella, limitándose a proponer una serie de situaciones tan absurdas como previsibles tras otra, con toques de humor burdo y hasta desagradable, y con unos personajes a los que se quiere dotar de profundidad dramática pero que terminan siendo meros estereotipos, siendo Natalia de Molina (con el carisma que ya demostró en Vivir es fácil con los ojos cerrados) la única que se salva de la quema y donde no falta ni el cameo del famosillo de turno como hiciera Mike Tyson en la película fotocopiada.
Aun siendo su séptima película confieso no conocer de nada el trabajo de la directora, Manuela Moreno, pero se ha lucido en esta patochada que carece de gracia y llega, en algunos momentos, a insultar la inteligencia del espectador.
Me temo que, una vez más, los que disfrutan criticando al cine español tendrán en Cómo sobrevivir a una despedida un buen argumento.

sábado, 14 de marzo de 2015

PERDIENDO EL NORTE (6d10)

La nueva película de Nacho G. Velilla demuestra, ya de entrada, que tras Fuera de carta y Que se mueran los feos, el director zaragozano mejora en cada trabajo, resultando su  última obra la más redonda de todas las rodadas hasta la fecha.
Esto no significa, sin embargo, que Perdiendo en norte sea una película perfecta, desde luego. En realidad, queda lejos de estarlo, ya que aunque resulta simpática y fresca y contiene algún buen momento de humor no alcanza a ser tan divertida como la comedia que se le supone que es, mientras que los momentos dramáticos, que los tiene también, carecen de la fuerza suficiente para emocionar como es debido.
Ello se debe, en gran parte, a las debilidades de un guion que apuesta por lo seguro en todo momento, sin ninguna pretensión por arriesgar o innovar lo más mínimo, dando la sensación de que pese a que la película funcione perfectamente bien no es más que un refrito de cosas vistas anteriormente.
Nacida como actualización sin complejos del clásico patrio Vente a Alemania, Pepe, de Pedro Lazaga y de la que no por casualidad se recupera al gran José Sacristán, Perdiendo el norte funciona como triste demostración de lo poco que han cambiado las cosas en nuestro país, mostrándonos la historia de dos jóvenes que pese a estar sobradamente preparados para tener éxito en el mundo laboral deciden ir a ganarse las habichuelas a Alemania atraídos por los cantos de sirena de un programa de televisión, en vista de que en España las cosas no pintan demasiado bien, ya sea por culpa de la crisis o de la corrupción. 
Hay aquí un primer amago (centrado básicamente en los propios títulos de crédito) de hacer una denuncia social sobre la situación de nuestro país que termina diluyéndose cuando nuestros protagonistas llegan al país germano donde descubren que no es oro todo lo que reluce y sus aspiraciones laborales se van difuminando en pos de otros derroteros, hasta que la película termina tomando dos caminos diferentes siguiendo el curso de los dos protagonistas, la comedia romántica protagonizada por Yon González y Blanca Suarez y la comedia de situación y enredo en la que tan bien se desenvuelve Julián López y dónde forma un curioso triángulo con Malena Alterio y Younes Bachir.
Como ya he dicho, Velilla toma ideas prestadas de mil y un referentes, desde el arranque que rememora el principio de El lobo de Wall Street  o el recuerdo a films más o menos recientes de temática muy pareja como Un franco, catorce pesetas o La vida inesperada, permitiendo, quizá por culpa de su experiencia en sitcoms televisivas, que la historia se le vaya de las manos, perdiéndose el mensaje que pueda querer transmitir para terminar demasiado plano y previsible, lo cual no es necesariamente malo, aunque inevitablemente deja sensación de oportunidad desaprovechada.
Velilla rodea a sus protagonistas con secundarios de lujo (y amiguetes suyos) como Javier Cámara, Carmen Machi o Úrsula Corberó, aunque quizá quien roba las mejores escenas es Miki Esparbé, el personaje más puramente cómico de la función.
Al final, Perdiendo el Norte es agradable y entretenida, más floja de lo deseable y demasiado complaciente, dejando incluso alguna historia algo en el aire, pero a la que se le puede perdonar en pos a sus buenas intenciones y su simpático desarrollo.

martes, 19 de noviembre de 2013

¿QUIÉN MATÓ A BAMBI? (7d10)

Hace poco escuché un debate en un programa de radio sobre la mala pinta que tenía la película española Espérame en el infierno a juzgar por su trailer, afirmando que eso de los avances era un punto a mejorar de nuestro cine.
Algo así se podría decir de ¿Quién mató a Bambi?, film de Santi Amodeo, que al ver el trailer se puede intuir cierta gracia en su argumento pero que parece plagado de estrellas desganadas que recitan sus diálogos sin convencimiento alguno. Y, efectivamente, debo estar de acuerdo con los contertulios de la emisora: ¡qué mal se hacen los trailers en España!
Y es que pese al avance de situaciones sin sentido, diálogos mutilados y conversaciones sin gracia, lo cierto es que ¿Quién mató a Bambi? ha resultado ser una comedia tan absurda, desmedida y loca como divertida.
Partiendo de dos argumentos aparentemente separados vamos a conocer como Edu (Ernesto Alterio) y Gigi (Enrico Vecchi), compinchados con Mati (Clara Lago) planifican el secuestro del déspota jefe del padre de Edu (José Ángel Egido), interpretado por Pedro Mari Sánchez, para pedir un buen rescate por él. Por otro lado, David (Quim Gutiérrez) es novio de Paula (Úrsula Corberó), hija de la presunta víctima de los secuestradores, quien a su vez es el jefe de su futuro yerno. Durante una entrevista entre ambos el padre de Paula tiene un ataque y David busca la ayuda de su amigo Mudo (Julián Villagrán), pero cuando regresan al despacho de su jefe lo encuentran herido y en ropa interior. Asustados, deciden ocultar el cuerpo del hombre en el maletero del coche mientras deciden la mejor manera de llevarlo a un hospital sin ser acusados de nada. Mientras, el padre de Edu -que es quien ha robado el traje de su jefe, junto con otros objetos personales- se dispone a llevarse también su coche cuando, por error, es encapuchado y secuestrado por Edu y Gigi.
El lío está servido. Estos son solo los diez primeros minutos de esta comedia de enredo inspirada ligeramente en un film mexicano donde todo puede suceder y en la que las confusiones y equívocos irán en aumento hasta llegar a un hilarante final.
Nada tiene sentido en un guion pleno de ridiculeces e incoherencias donde cabe de todo, desde un abogado pastillero, un taxista bizco psicópata, un homenaje final a Resacón en Las Vegas y hasta la aparición especial de Andrés Iniesta. Pero da igual. Si aceptamos el dicho de que el fin justifica los medios,  el fin aquí es la sonrisa constante y la carcajada esporádica. Y eso lo consigue.
Sin más pretensiones que la de hacer pasar un buen rato, ¿Quién mató a Bambi? es por momentos tronchante, con un ritmo bien medido y un desarrollo paralelo de las dos historias bien configurado, con el único pero del montaje atropellado y con saltos en el tiempo de los primeros cinco minutos.
A partir de ahí, Santi Amodeo se luce pintándonos una sonrisa en el rostro.

Y eso siempre es de agradecer.