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domingo, 27 de enero de 2019

CREED II

Después del buen sabor de boca que dejó Creed, de Ryan Coogler, perecía claro que íbamos a tener secuela y que el hijo pródigo de Apolo Creed estaba destinado a encabezar su propia saga, lejos ya de la sombra de Rocky.
 Sin embargo, lo primero que deja entrever esta secuela, ahora en las manos del director Stephen Caple Jr. (prácticamente un debutante) es que esa sombra es demasiado alargada. Si bien en España se sigue abusando del subtítulo “la leyenda de Rocky” para promocionar la película, lo cierto es que la historia no permite que nos olvidemos nunca del famoso púgil, estando en todo momento en el centro de la trama y evitando con ello que Adonis Creed pueda volar solo.
Tiene un cierto aroma de despedida, no sé si del personaje de Rocky solamente o de la propia saga (que está funcionando bien en taquilla, pero tampoco ha sido para echar cohetes), pero habría estado bien saber hasta donde el personaje encarnado por Michael B. Jordan con gran eficacia podría haber llegado por sí solo. Sin embargo, pese a que Creed II tiene un gran nivel desde el punto de vista emocional y goza de momentos de gran espectacularidad, la sensación de seguir arrastrando los fantasmas del pasado pesa demasiado para lograr ser todo lo épica que podría. Ya se suponía que Creed era el punto de partida y la despedida a la vez del personaje que hizo grande a Stallone, por lo que esta debía ser, tal y como prometía, una secuela de ese film, y no el octavo capítulo de la saga Rocky, una saga, por cierto, con más despedidas de las que uno pueda recordar.
Y no es el retorno de Ivan Drago (recurso fácil pero eficaz) el problema, sino esa sensación de estar viendo más de lo mismo. Allí donde Creed arriesgaba (incluyendo ese magnífico plano secuencia de su final), Creed II se limita a cumplir, y si bien el resultado final está por encima de la mayoría de secuelas del Rocky original termina sabiendo a poco, quizá más por lo que podría haber ofrecido que por lo que finalmente da.
Con todo, se agradece el lujo de una producción que, pese a que no puede aspirar a sorprender en ningún momento, hace suficiente hincapié en las historias personales de sus protagonistas como para mantener la emoción y nervios en las escenas de lucha, elegantemente filmadas. Aunque predomine el sentido del espectáculo, el retorno de unos fantasmas del pasado (hay que recordar que fue Drago quien mató a Apollo Creed en combate en la lejana Rocky IV y es su hijo quien ahora pretende enfrentarse al hijo de aquel) ayudan a dar trasfondo a una historia quizá demasiado trillada y esquemática.
Lo mejor, de nuevo, las interpretaciones. Quizá Stallone esté un poco con el piloto automático (no en vano es la octava vez que da vida al personaje, nueve si incluimos a esa versión apócrifa que fue La gran revancha), pero tanto Jordan como Thessa Thompson están a un gran nivel, mientras que Dolph Lundgren (que después de su participación en Aquaman cierra un 2018 de ensueño) es todo carisma, haciendo lamentar que quizá fuese el gran desaprovechado e toda esa galería de actores hipermusculados que reinó en los ochenta, siempre a la sombra de Stallone y Schwarzenegger).
Es esta Creed II, en fin, una buena continuación de la saga, que parece una despedida sin llegar a serlo (de nuevo la fanfarria de Rocky suena tras un combate), con ecos del pasado y un Stallone que ha llegado a cerrar las puertas a un futuro retorno en twitter, pero que pierde fuerza en comparación a su predecesora y que hace que se añore la cámara virtuosa de Coogler y un guion algo menos acomodativo.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 23 de diciembre de 2018

AQUAMAN

Cada vez se me hace más difícil acercarme a una película del DCEU, y mucho más hablar sobre uno de sus estrenos. Tras el desastre que supuso Liga de la Justicia, había muchas dudas de hacia donde debía encaminares en Universo Expandido de DC, y solo el éxito (y sobre todo buen sabor de boca) que dejó Wonder Woman impidió que se replantearan ciertamente hacer un borrón y cuenta nueva y comenzar de cero, aunque Aquaman se preveía como el toque de atención definitivo. De su éxito o su fracaso se levantaría el futuro de la franquicia.
Pues bien, si se trata solo de dinero, la cosa está clara. En su estreno en China Aquaman arrasó, y no le está yendo nada mal en el resto de países donde se ha podido ver ya, así que en Warner pueden respirar tranquilos: hay futuro.
Pero si se trata del aspecto cinematográfico… Ahí la cosa se pone peliaguda. Podría despacharme a gusto con la obra de James Wan y decir que es una película horrorosa, podría argumentarlo durante varios párrafos y nadie podría quitarme la razón sobre mis argumentaciones. Y, a la vez, podría defenderla a capa y espada y decir que se trata de una de las mejores películas de la saga, que es tremendamente divertida, alucinante y todo un placer sensorial y tampoco se me podría reprochar nada.
¿Es posible esto? ¿Puede Aquaman ser la mejor y peor película de una franquicia a la vez? Pues resulta que sí. Y es que con la libertad creativa que han dejado en manos de Wan (es lo que tiene cuando se contrata a un director de renombre en las horas más bajas de DC) les ha salido un extraño híbrido, una obra sumamente entretenida, que se disfruta con los ojos como platos y que resume todo lo que debería ser una película de superhéroes: emocionante, épica, espectacular y con mucha diversión, pero lo ha hecho despojándose de sus complejos de una manera tan atroz que no solo roza, sino que se zambulle directamente en el ridículo en muchos momentos de su metraje, con una puesta en escena que es por momentos de vergüenza ajena y que supone la parodia más absurda y tosca de toda la serie, robando ideas ajenas y metiéndolas en una batidora y situándose en las antípodas de películas “serias” y cargadas de trascendentalismo como fue El hombre de acero, resultando incoherente que ambas `producciones puedan compartir una misma saga.
Esa es, probablemente, la mejor palabra que define a Aquaman: ridícula. Ya cuando se anunció el proyecto abundaron los memes con imágenes del comic en el que el héroe (en las viñetas un rubito bien aseado y bastante melodramático) contaba sin complejos a lomos de un caballito de mar. Wan, en la versión más “garrula” del héroe, desmelenado y barbudo como ya se mostró en Liga de la Justicia, tiene las narices de replicar la escena, buscando también una fidelidad en ciertos uniformes (Manta Negra o El Señor del Océano, sin ir más lejos) que provocan también estupor y risa ajena.
Wan y sus guionistas, como ya he dicho, copian todo lo que pueden, y su película parce por momentos una variante del Thor de Kenneth Branagh, con esa lucha shakesperiana entre hermanos por heredar el trono del reino (aunque en este aspecto Branagh es perro viejo y ganaba la partida al director malayo), que ya se vio también, por cierto, en Black Panther, con un origen a modo flashback que evoca a Romeo y Julieta. Pero es que en esta aventura submarina (con una Atlantis que bien podría haber compartido plató con la producción de alguna de las secuelas de Avatar) también se inspira (sin demasiados disimulos) en los mitos artúricos, se hacen expediciones muy propias de Indiana Jones y se lucha contra monstruos xenomorfos, se visita una playa sacada de Jurassic World, se presenta un monstruo al más puro estilo Kaiju y eso sin contar conque la primera manifestación de los poderes del héroe se muestran de manera casi idéntica a cómo lo hiciera Harry Potter en La Piedra Filosofal.
Los efectos visuales también son bastante bipolares, yendo de lo sublime a lo mediocre, estando la gente de Warner todavía muy por debajo de Marvel en lo que a rejuvenecimiento por CGI se refiere (me dolía cada vez que aparecía en pantalla el inexpresivo Willem Dafoe de los flashbacks), y con una puesta en escena decididamente hortera, con influencias del Flash Gordon de Mike Hodges o incluso de los Power Rangers más alucinógenos. Pero el gran mérito del film es que todo esto lo hace Wan sin complejos, conocedor de que se la está jugando con estos excesos de LSD que terminan por revertir la situación y convertirse en algo positivo. Al final, los aparentes horrores de Aquaman se vuelven hipnóticos y uno puede hasta llegar a disfrutar de un espectáculo de luces y colores bastante adictivo.
Con un reparto correcto pero sin grandes alardes y una historia que, más allá de los refritos ya comentados, no es especialmente atractiva (aunque al menos no se pierde en subtramas que no van a ninguna parte ni en personajes decorativos, como le pasaba a la reciente Mortal Engines), con un Momoa carismático en su papel de canalla gracioso y una Amber Heard que por momentos parece incluso más protagonista que él mismo, la gran estrella de la función es Wan que, en medio de todo este delirio pirotécnico, resalta como el gran director que es y consigue alguna de las mejores secuencias de acción de toda la franquicia. Además, apuesta por el amor por el exceso también en cuanto a ritmo se refiere, planteando combates que en cualquier otro film podrían ser parte del clímax y que aquí es tan solo un aperitivo de lo que está por llegar.
Así, Aquaman es como una montaña rusa con constantes subidas y bajadas que hace que uno permanezca pegado a la butaca y se deje arrastrar por el absurdo sin llegarse a plantear en ningún momento el porqué de las cosas, aceptando todo lo que le está entrando por los ojos y disfrutando con un héroe que se dedica a “dar estopa” y que prefiere pelear con espada que con ese “tenedor” que heredó de su madre.
Pues ya lo saben: Aquaman puede ser una película espantosa, pero gracias al buen hacer de James Wan (y parte del mérito habría que dárselo también a una gran banda sonora de Rupert Gregson-Williams) y la total falta de complejos y carencia de sentido del ridículo, se convierte en un espectáculo muy entretenido, una divertida locura de más de dos horas que, al final, pasan en un suspiro. Y, al final, de esto es de lo que se trata, ¿no? De ir al cine a disfrutar.
De manera que al final puede que en Warner/DC lo estén haciendo bien y, tras hacer un cambio de rumbo de 180º, al fin hayan encontrado el camino correcto. La pregunta, ahora, es si sabrán seguir en esa dirección o volverán a los tumbos habituales. Eso, solo el tiempo lo dirá…

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 22 de agosto de 2014

LOS MERCENARIOS 3 (5d10)

Floja, muy floja la segunda secuela de aquella gamberrada cargada de testosterona y hormonas que parió en 2010 Sylvester Stallone con la excusa de reunir a todas las viejas glorias (y amigos de juergas y Planet Hollywood varios) del cine de acción de los 80, por más que en aquella ocasión las aportaciones de nombres como Schwarzenegger o Willis fuese puramente anecdótica.
En 2012, ya con Stallone fuera de la silla de director, se trató de repetir la jugada, sumando más carnaza a la ecuación y con un sentido del humor que compensaba las carencias de guion.
Aun sin ser verdaderas rompetaquillas el invento parece funcionar y el grupo de “abueletes” se ha vuelto a reunir de nuevo para seguir sumando nombres hasta completar un casting de verdadero infarto (lástima que el propio Bruce Willis y Chuck Norris se hayan bajado del carro). Así, tenemos de nuevo a la pareja protagonista formada por Stallone y Jason Statham bien rodeada por Dolph Lungren, Randy Couture, Terry Crews, Arnold Schwarzenegger y, en menor medida, Jet Li, a los que se le suman Wesley Snipes, Kelsey Grammer, Harrinson Ford y Antonio Banderas en una aventura que quiere plantear un recambio generacional totalmente fallido y en la que las apuestas jóvenes resultan lo más insulso del film, ya que la excusa argumental obliga a prescindir también de la figura emergente de Liam Hemsworth y en su lugar apostar por los desconocidos Victor Ortiz, Glen Power, Ronda Rousey y como supuesta “estrellita”, el “crepuscular” Kellan Lutz, el que protagonizó aquella espantosa versión de Hércules.
Con  todo, y como ya sucediera en Machete Kills, quien se lleva el gato al agua y se come –literalmente- a todos sus compañeros de reparto, es Mel Gibson como el villano de la función. Gibson, una causa perdida para Hollywood, es junto a Statham el único con el carisma suficiente como para mantener el tipo y a él le pertenecen los mejores diálogos y escenas, siendo una lástima que el inevitable (y estúpidamente previsible) duelo final no sea entre estos dos grandes actores, ya que –por muy coral que quiera ser la apuesta-, el único y definitivo gallo del corral debe ser un Stallone cada vez más mermado y caricaturesco.
Como no puede ser de otra manera, la película es una sucesión de escenas de acción a cual más inverosímil, una montaña rusa que desborda adrenalina por doquier y que, por lo tanto, entretiene sin muchas complicaciones, siempre y cuando uno esté dispuesto a dejarse el cerebro en la puerta del cine. Y por ello su mayor problema (aparte de la cobardía de la productora de apostar por una calificación PG-13, que implica que haya mucha menos sangre y violencia de la que el film se merece) es la pretensión de su director, Patrick Hughes, de querer tomarse demasiado en serio el tema, con algunos momentos supuestamente reflexivos sobre el paso del tiempo y las oportunidades perdidas que rechinan por su carencia de emotividad y provocan que se eche demasiado en falta el humor absurdo y delirante de su predecesora, ese cachondeo total que confería a la película más la sensación de fiesta entre amigos de gimnasio que de historia seria y con trasfondo. 
En esta ocasión, Hughes (siempre bajo la batuta de un Stallone empeñado en querer ser guionista) parece querer decir algo profundo, sin conseguirlo en ningún momento y sólo el personaje de Banderas y momentos a cuentagotas de Schwarzenegger, aportan el humor deseado para el tono de la franquicia. 
Además, la nueva oleada de actores que pretenden representar a la jovial futura generación de Mercenarios no aporta nada especial al film, estando todos ellos vacuos de carisma ni personalidad, y demostrando que pese a la supuesta coralidad del film los únicos que de verdad suman son la pareja formada por el omnipresente Stallone y el siempre solvente Statham (hace gracia que se encuentre en el bando de los “acabados” cuando es de lejos el actor que más trabaja actualmente de todo el reparto). 
Una trama sin pies ni cabeza, unos diálogos deficientes y unas interpretaciones demasiado poco esforzadas (cuanto tiempo hace que Harrinson Ford perdió su estrella…) hacen que Los Mercenarios 3 sea la más floja de la saga y que evidencie unos síntomas de cansancio que ponen en serias dudas la posibilidad de que haya una cuarta entrega. Y si la hubiera, mi humilde consejo sería que se olviden de pipiolos insulsos que no conectan ni con el público ochentero (que no nos engañemos, es al único que le puede interesar estas películas) ni al juvenil de hoy en día y apuesten por el despiporre y por seguir metiendo carnaza en pantalla: ¿qué tal unos nuevos Mercenarios con Dwayne Johnson, Vin Diesel, Steven Segal y Jackie Chan? Y si se inventan como resucitar a Van Damme, mejor.
Esto es, a la postre, lo que todos queremos: basura casposa y geriátrica pero con cachondeo.