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sábado, 24 de noviembre de 2018

EL VEREDICTO (LA LEY DEL MENOR)

Basada en una novela de Ian McEwan que el mismo guioniza y dirigida por Richard Eyre, El veredicto (la ley del menor) narra la historia de la jueza de la corte Fiona Maye, que debe implantar justicia sobre un delicado caso en el que un menor puede morir de leucemia por su negativa (y la de sus padres) de aceptar una transfusión de sangre por ser Testigo de Jehová mientras trata de lidiar con un complicado bache de su matrimonio.
Apoyada sobre todo en el trabajo interpretativo de Emma Thompson (bien arropada por nombres como Stanley Tucci o Ben Chaplin), la película plantea un dilema moral relacionado con la dificultad entre saber elegir entre la entrega a la Fe y la propia supervivencia, agravando el caso al tratarse de un menor, reflexionando además con el planteamiento alrededor de como la vida personal de un juez puede llegar a influir en sus decisiones. Sin embargo, más allá de este interesante planteamiento, la película amenaza en numerosos momentos en diluirse ante una pretenciosa carga de trascendencia de la que su director no logra salir bien parado.
Lo que a priori parece un ejercicio bien planificado y ejecutado con la precisión de un mecanismo de relojería cae en ciertas ínfulas de pretenciosidad que derivan su drama en algo gélido que se termina por apreciar desde la distancia.
Es todo tan señorial y formal en esos pasillos de la Corte Suprema, con sus togas y pelucas, que a la película termina por sucederle exactamente lo mismo que al matrimonio de la jueza, que le falta pasión para mantenerla con vida. Por eso, pese al esfuerzo de la Thompson, resulta todo demasiado artificial, desde la naturalidad con la que su marido le anuncia que va a serle infiel hasta la posibilidad de que ella misma se vea con la posibilidad de pagarle con la misma moneda, sin acabar de quedar claro si lo que Eyre y McEwan pretenden con esta historia es presentarnos la deconstrucción de un matrimonio, denunciar el fanatismo mortal de ciertos cultos o reflexionar sobre los límites del poder, comparando el poder superior de Dios con el poder superior de un Juez de la Corte. Y lo peor de todo es que todos estos planteamientos se hacen sin invitar al espectador a tomar partido en el debate, dando la sensación de que lo que se pretende no es invitar a la reflexión, sino mostrar unas posiciones preestablecidas.
Así, aunque no niego el atractivo de una historia que mantiene su interés hasta su resurrección final, permitiendo incluso obviar algún momento ligeramente ridículo, tampoco consigue dejar el poso que posiblemente pretendían sus autores, resultando ser finalmente un drama judicial del montón, solo mantenido por el talento de sus protagonistas, y sin la absorbente pasión que desprenden, por ejemplo, las adaptaciones de Grisham.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 4 de abril de 2015

CENICIENTA (8d10)

Como no es mi intención mentir ni tratar de engañar a nadie, no voy a ocultar mi total devoción hacia el cine de Kenneth Branagh, siendo Los amigos de Peter una de mis películas preferidas y considerando su Frankenstein o su Mucho ruido y pocas nueces como verdaderas obras maestras.
Cierto es que de un tiempo a esta parte el señor Branagh ha perdido parte de su magia, con algún patinazo como La huella, películas carentes de su sello personal como en Jack Ryan: Operación Sombra o embarcándose en blockbusters aparentemente alejados de su narrativa intimista y británica como el Thor que filmó para Marvel (una muy buena película con excelentes momentos en Asgard y por la que apenas se le ha reconocido a Branagh el mérito de ser el “descubridor” de Tom Hiddleston). Y por eso, cuando supe que iba a ser el encargado de dirigir una nueva adaptación en imagen real de un cuento de Disney me llevé las manos a la cabeza. Otro más que se vende al dinero fácil, pensé, tal y como sucedió con mi otrora admirado Tim Burton y su alucinógena Alicia en el país de las Maravillas.
Nada más alejado de la realidad. Argumentalmente hablando, Branagh no inventa nada, limitándose a transcribir en imágenes la historia clásica, paso por paso, añadiendo si cabe alguna pincelada con la que rellenar los huecos elípticos que la historia original poseía. Sin embargo, desde el punto de vista visual, Cenicienta es sencillamente sublime.
Innegablemente hermanada a Mucho ruido y pocas nueces (como en aquella, el compositor Patrick Doyle está especialmente inspirado), Cenicienta posee la fuerza visual que tanto me apasiona de Branagh y que, excepto en momentos fugaces de Thor, no veía desde Frankenstein. Movimientos de cámara impecables, travelings maravillosos, grandes panorámicas… Momentos como los de la transformación (el reencuentro de Branagh con Helena Bonham Carter tras su flirteo en Frankenstein nos permite recordar que bajo el excesivo maquillaje gótico con la que la inundaba Burton se oculta una hermosa mujer) de Cenicienta, el baile (nadie sabe filmar escenas de baile como el norirlandés), la sutil pero asfixiante madrasta que compone Cate Blanchet, la dulce fragilidad de la Cenicienta Lily James (poco conocida actriz rescatada de Downton Abbey y a la que pronto veremos en Orgullo y Prejuicio y zombies), todo brilla con luz propia en una película que consigue la magnificencia sin necesidad de (como sucedió con Maléfica, Mirrow, Mirrow o Blancanieves y la leyenda del cazador) inventarse caminos alternativos. Para ello, Branagh ha sabido rodearse, además, de buenos amigos y actores de la casa para papeles secundarios, como su eternamente idolatrado Dereck Jacobi, Nonso Anozie (a quien dirigió en Jack Ryan: Operación Sombra), Stellan  Skarsgärd (Thor), Hayley Atwell (la Agente Carter del Universo Marvel), y un plantel de secundarios básicamente británico.
Clásica hasta la extenuación, Branagh sabe cómo conjugar los momentos más delirantes del film de animación (incluyendo el protagonismo de los ratoncillos o las insufribles hermanastras) para que no desentonen en un cuento de hadas destinado a seducir a una nueva generación sin tener porqué dejar de interesar a los que crecieron con la versión animada del zapato de cristal.
No voy a negar que en los últimos tiempos hemos sufrido un abuso de revisiones de los cuentos clásicos, ya sea como nuevas adaptaciones o como invenciones del estilo de Into the Woods, pero la aparición de títulos como este valen por sí solos para justificar la basurilla que nos están haciendo tragar con calzador.
Nadie podría imaginar que una versión de la Cenicienta sería el film más taquillero de Kenneth Branagh en toda su carrera, y el mejor de las dos últimas décadas, pero así ha sido, y espero que suponga un punto de inflexión para el genial realizador y que sirva esto para revitalizar una carrera que estaba tomando un extraño rumbo.