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sábado, 20 de octubre de 2018

LA CASA DEL RELOJ EN LA PARED

Estrella de la comedia hace una década, Jack Black llevaba un tiempo pasando desapercibido por la taquilla hasta que protagonizó Pesadillas, esa aventura juvenil de terror en la que daba vida al escritor R.L. Stine y que no estaba nada mal. Está a punto de estrenarse su secuela (que tiene una pinta horrible) y Black ha pasado de ella para protagonizar una película distinta pero muy en la línea de aquella y también con aspiraciones a ser el inicio de una nueva saga.

La casa del reloj en la pared podría ser una especie de mezcla entre esa Pesadillas y el mundo de Harry Potter, con un niño inadaptado socialmente que descubre que hay brujos en su familia y una amenaza del pasado a la que hay que hacerle frente.
Quizá lo que más llame la atención de esta películas sea la elección de su director. Eli Roth debutó a la sombra de Tarantino y se convirtió en un gurú del cine de terror más sangriento y desagradable, aunque con el paso de los años cada película suya ha ido perdiendo fuerza a la vez que adeptos. Poco parece quedar ya en él de su amor por lo macabro de Hostel, y posiblemente el fracaso de títulos como Toc Toc (Knock knock en su título original, no confundir con la comedia protagonizada por Paco León) lo han llevado a renunciar definitivamente a sus instintos más primarios para buscar la reconciliación con el público, algo que, al fin y al cabo, no es muy diferente de lo que han hecho otros antaño ilustres realizadores como Tim Burton, Guy Ritchie o Kenneth Branagh.
Al menos, algo de oscuridad queda en este director que, aún haciendo una película para niños, consigue momentos ligeramente inspirados que pueden llegar a recordar en algo a ese terror infantil que disfrutábamos en los ochenta y que ahora parecería tan inadecuado.
Sin embargo, no hay que buscar más de lo que ofrece, y La casa del reloj en la pared no es más que un simple divertimento que destaca gracias a sus dos protagonistas, el mencionado Black y la siempre efectiva Kate Blanchet, y a unos efectos especiales de nivel. Con estos elementos, Roth se las apaña para componer un divertimento que podrá gustar (e incluso asustar) a los más jóvenes y que no molestará a los adultos, funcionando como cine de evasión familiar y poco más, aunque espero que esto sea solo un alto en el camino y el realizador recupere algún día su fuerza perdida.

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 12 de julio de 2018

OCEAN'S 8

La maquinaria de Hollywood no para y cuando algo funciona (o se parece mínimamente a una moda) todos quieren subirse al carro. Tras los (por otra parte necesarios) movimientos reivindicativos feministas de los últimos años ha surgido una corriente por apostar por héroes femeninos dando el callo en pantalla, con resultados claramente desiguales. Wonder Woman funcionó francamente bien, Tomb Raider fue algo más discreta y la versión femenina de Cazafantasmas quedó claramente por debajo de las expectativas, pese a ser, posiblemente, la mejor de las tres (la más divertida, al menos).
En ese estilo se encuentra Ocean’s 8, una revisión (aunque continuista) de Ocean’s eleven y sus secuelas, de Steve Soderbergh, que a su vez era un remake de La cuadrilla de los once de Lewis Milestone, protagonizado por mujeres, con Sandra Bullock a la cabeza interpretando a Debbie Ocean (hermana del personaje que interpretara por tres veces George Clooney) aunque con Cate Blanchett robándole las escenas.
Ocean’s 8 no es más que lo que aparenta, una cara B del film de Clooney, Pitt, Dammon y compañía que no alcanza nunca la frescura de la original (Gary Ross es un director interesante, pero no a la altura del Soderbergh más inspirado) pero que sí puede competir sin sonrojarse con las dos secuelas. Ross, manteniéndose fiel a la marca, busca un estilo noventero para el film, con esas típicas cortinillas dividiendo la pantalla verticalmente y un uso casi desmedido de la banda sonora, logrando realmente la sensación de secuela directa, cosa a lo que también ayuda la presencia de Elliott Gould.
La trama es sencilla y funcional. Debbie, recién salida de prisión, reúne a una banda para perpetrar un gran atraco, en esta ocasión un valioso collar de Cartier. Quizá el mayor punto débil del film sea precisamente esa sencillez en su argumento. Es cierto que está repleto de los giros necesarios para tratar de desconcertar al personal, pero por un lado carece de un antagonista de peso que suponga una amenaza al equipo mientras que por el otro todo el plan parece ejecutarse con una sencillez tan pasmosa que le quita emoción al asunto, por más que sea lógico imaginar desde el arranque como va a terminar la cosa. Además, el propio título amenaza con destripar uno de los giros de guion que más pretenden sorprender.
Con todo, lo que no se le puede negar es que como entretenimiento funciona a la perfección. Es divertida y dinámica y las actrices, en un magnífico reparto y con espacio suficiente para que cada una tenga su momento de protagonismo, muestran una potente química entre ellas. Solo esto ya es justificación suficiente para acudir a los cines para disfrutar de un pasatiempo veraniego tan refrescante como olvidable.

Valoración: siete sobre diez.

sábado, 28 de octubre de 2017

THOR RAGNAROK, entre lo ridículo y lo divino.

Entre las eternas discusiones entre aficionados de cómic de DC y Marvel arece que siempre ha habido el mismo reproche hacia “la Casa de las Ideas”, y era su (a veces) descontrolado sentido del humor. 
Obviando siempre las películas de El Capitán América (apenas había chistes en El soldado de Invierno y Civil War, quitando la batalla del aeropuerto, tiene un importante cariz dramático), es cierto que en Marvel han apostado más por el desenfado y la diversión, alcanzando sus cotas más altas (hasta ahora) con Los Guardianes de la Galaxia.
En Thor Ragnarok han decidido no solo seguir en la misma línea sino dar incluso un paso más, alcanzando unas cotas de ridículo absurdo que no existían hasta ahora en Marvel y que pueden incluso ofender al fan más seguidor del Dios del Trueno. Es cierto que se mantienen todas las señas de identidad de la casa: hay peleas espectaculares, épica y diversos puntos de conexión con otras películas para recordarnos que estamos en un Universo Compartido, pero lo han hecho desmitificando a los héroes y con unos insospechados niveles de autoparodia que rozan la irreverencia.
El gran responsable de ello, sin duda, es Taika Waititi, el director, que pese a no estar acreditado como guionista sin duda ha impuesto su estilo y ha marcado las directrices en cuanto a la línea a seguir para el desarrollo de personajes. Y esto es otro cambio en Marvel. 
Hasta ahora habían apostado por directores jóvenes de estilos personales pero escasa trayectoria, a los que había terminado por manejar y modelar a su antojo, despojándolos de esas señas de identidad por las que lo habían contratado, y el fiasco de Edgar Wright en Ant Man es buena prueba de ello. Con Waititi, autor de las interesantes Lo que hacemos en las sombras y A la caza de los ñumanos, parece claro que le han dado rienda suelta para hacer lo que le ha dado la gana y, a juzgar por el resultado, desde luego que lo ha hecho.
Ya con los carteles y las primeras imágenes se auguraba una locura visual, e incluso esos dos avances llamados Team Thor indicaban por donde iban a ir los tiros, pero nadie podía imaginarse que todo iba a ser tan desquiciante y exagerado. Waititi no reniega, ni mucho menos, de los trabajos anteriores de Kenneth Branagh ni Alan Taylor, atando los cabos sueltos (de manera muy superficial, todo hay que decirlo) con el final de Los Vengadores: la era de Ultron. Así, Thor Ragnarok continúa la búsqueda de Thor por descubrir el significado de esos sueños premonitorios que en el film de Josh Wedon le provoca Wanda hasta llegar a la conclusión de que el Ragnarok, el fin del mundo de la mitología nórdica, está a punto de destruir su Asgard natal. La llegada de Hela, la Diosa de la Muerte, y su periplo en el planeta Saakar, donde se encuentra, también en consonancia con el final de La era de Ultron, con Hulk, le indicarán los pasos a seguir.
Waititi, como digo, construye su película sin renunciar a ser un peldaño más en la escalera del Universo Marvel que nos debe conducir a La Guerra del Infinito, pero no parece tampoco que esté tan atado a ello como para que su producto no tenga identidad propia, amparándose para ello en un montón de cómics a los que hace referencia directa, como Planeta Hulk, Contienda de Campeones o la propia saga de Ragnarok de la colección del Dios Nórdico. En lo que no es tan fiel Waititi es en el trato de los personajes, haciendo que tanto Thor como Hulk parezcan, por momentos, dos perfectos imbéciles. Peleas infantiles, caídas por escaleras, pelotazos en la cara... Situaciones absurdas impropias de unos héroes de este talante.
Dice el propio Waititi que casi el ochenta por ciento de la película se basó en improvisaciones, y el propio Mark Ruffalo no podía entender que les permitiesen llevar a los protagonistas a ese nivel, esperando durante todo el rodaje una llamada telefónica que los despidiera a todos. Pero, visto lo visto, Marvel decidió arriesgar y permitir todo lo que Waititi ha querido hacer y, sorprendentemente, la cosa funciona.
Podría haber sido un desastre, y estoy convencido de que muchos fans así lo pensarán y se tirarán de los pelos viendo la aberración que han hecho con sus héroes, pero una vez más hay que recordar que las películas no se hacen pensando en los cuatro frikis que leemos cómics, sino en el público general, y este va a quedar encantado con Thor Ragnarok.
Con un aroma que recuerda a Los Guardianes de la Galaxia, vol. 2, unos escenarios que parecen sobrantes de Star Wars (aunque algo de Blade Runner 2049 también hay) y mucha locura, Thor Ragnarok se pone al fin al servicio del Dios el Trueno para convertirlo en el absoluto protagonista, pese a los secundarios con los que forma equipo, y culminar su trilogía a lo grande. Este puede parecer el Thor más payaso de los tres que hemos visto hasta ahora, pero también el que al fin logra llegar a su evolución final y aspirar a ser el rey que Asgard necesita. Para ello Waititi ha contado con unos actores entregados y donde (una vez más) sobresale Tom Hiddleston, con una gran villana encarnada por Cate Blanchett cuya presencia sabe a poco y un histriónico Jeff Goldblum divertidísimo. Tengo alguna cosilla que echar en cara a Waititi, como la muerte demasiado ligera de ciertos personajes, la ausencia de otros o la aparición casi gratuita de Skurge, pero parece claro que todo vale en pos de la diversión, y si es esto lo que debemos valorar nadie le puede negar a Thor Ragnarok que es exageradamente divertida.
Al final, lo miremos como lo miremos, las virtudes superan con creces los defectos, y la película consigue ser todo lo que se propone, una locura desquiciantemente tronchante, capaz de elevar el interés hacia un héroe que todavía no lo había dado todo en el cine, mediante una fórmula que, aunque pueda no parecerlo a simple vista, innova mucho con respecto al llamado “método Marvel”, llegando a ser una apuesta realmente arriesgada y valiente.
No es, desde luego, la mejor película que ha hecho hasta la fecha Marvel, pero sí una de las más locas y divertidas, y aunque yo mismo estoy tratando todavía de salir del estupor que me ha provocado debo terminar por rendirme (no sin alguna objeción) a ella.. Y eso, tras dieciséis películas, no es fácil de conseguir. De momento, y contra todo pronóstico, la llama sigue viva. Y el camino hacia La Guerra del Infinito es cada vez más corto.
Valoración: Seis sobre diez.

martes, 18 de octubre de 2016

Sitges 2016: VOYAGE OF TIME, LIFE'S JOURNEY

Después del mal recibimiento que han tenido sus últimos trabajos (de ellos sólo El árbol de la vida tuvo una aceptable vida comercial, pero fue más debido al  morbo de la gente por saber por qué los cines permitían a sus clientes irse a la media hora de película que por su calidad como película) el director Terrence Malick ha decidido apostar por el documental, realizando una película, Voyage of Time: Life's Journey
, que puede verse en dos formatos: el cortometraje, apenas cuarenta minutos con narración de Brad Pitt, y el largometraje, una versión de hora y media donde es Cate Blanchett quien pone la ¿sugerente? voz en off.
La versión que llegará a los cines es la larga, evidentemente, y ha sido una de las películas más de relumbrón del festival de Sitges. Y ese es su primer gran problema: no es película para Sitges, y menos para una maratón final, donde causó bostezos durante el visionado y abucheos al final del mismo.
Pero, ¿qué es Voyage of Time? Pues sobretodo una muestra de la pretenciosidad de un director que nos tiene acostumbrado a una bella fotografía  cargada de reflexión y supuesta profundidad. Tras el interludio cósmico que regaba El árbol de la Vida, Malick ha decidido dedicar una película entera a profundizar en el origen del Universo y, por extensión, de la humanidad, y lo ha hecho con una obra tan hermosa y sugerente como vacía.
La película podría desgranarse en tres conceptos. Por un lado están las imágenes sobre la creación, bellas estampas cósmicas, paisajes a vista de pájaro y la evolución animal mediante creaciones por ordenador que resultan mucho más creíbles que cuando utiliza actores reales (el momento de los hombres primitivos con actores con musculatura de gimnasio roza el ridículo). Esto es lo mejor de la película y lo que se recuerda al finalizar la misma, pero por desgracia no es o único que hay.
El segundo concepto se basa en la incursión de imágenes de diversos puntos de vista de la sociedad actual, basándose en detalles cotidianos de culturas rurales filmadas en el sudeste de Estados unidos, Chile, Papau, Nueva Guinea… Estas imágenes rompen la belleza de las anteriores, salpicando la película de un mensaje que Malick sabrá cuál es y afeando el resultado final.
Y la tercera pata de esta mesa que cojea tanto es la narración de la Blanchett, donde la pretenciosidad se desborda definitivamente y la filosofía de baratillo re hace repetitiva y casi insoportable. Malick propone un diálogo entre la humanidad y la naturaleza que se supone debe invitar a la reflexión. Es aquí cuando se dice lo típico de: plantea muchas preguntas cuyas respuestas deben hallarse en nuestro interior. Si realmente es así, mi interior ya tiene la respuesta: “Malick, a mí ya no me la cuelas más”.
Porque no, Voyage of Time: Life's Journey no funciona para nada. No tiene el mensaje que se le supone y termina siendo tan solo una sucesión de bonitos, magníficos incluso, salvapantallas de ordenador en una época donde los powerpoints de paisajes ya han pasado a la historia. Voyage of Time: Life's Journey no pasa de ser un documental del montón de los que se pueden ver en cualquier cine IMAX pero rodado con más dinero y con el engreismo de Malick del que entiendo que quiere decirme algo pero sigo sin saber qué es eso que me quiere decir.
Una película, y más un documental como este, debe ser una comunicación entre el emisor (el director) y el receptor (el público). Y en este caso el receptor está deseando que Cate Blanchett se calle de una vez y el power point termine.
No dudo que en una sala IMAX y en su versión de cuarenta minutos la cosa no pueda ser incluso gloriosa. Pero como película es un error más en la cuenta de Malick.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 28 de febrero de 2016

CAROL: amor en estado puro

Dirigida por Todd Haynes y basada en la célebre novela de Patricia Highsmith, Carol es un dulce melodrama romántico muy heredera del estilo de Douglas Sirk que parece haber sido confeccionada con una exactitud milimétrica.
Todo en Carol está perfectamente medido, todo está calculado de manera que nada falta ni sobra en una apasionada historia de amor donde, a mi parecer, el hecho de que las enamoradas sean dos mujeres no constituye más que un simple detalle, una excusa para, como en La chica Danesa, demostrar las mentes cerradas de una sociedad (la América de los años cincuenta) que posiblemente no ha avanzado aún lo suficiente en cuestión de comprensión y tolerancia.
Más allá de eso, la película podría funcionar perfectamente igual si de un amor heterosexual se tratase. No deja de ser la clásica historia de un personaje roto, un ángel de infinita fragilidad y sueños perdidos (Rooney Mara, perfecta encarnación de la melancolía) que termina siendo seducida por la personalidad fuerte y cautivadora de alguien que, para colmo, está en una clase social superior a la suya (Cate Blanchet). Así, Therese, que es la protagonista de la novela, es como una nueva Cenicienta, mientras que Carol, personaje dominante en el film, es su mentora, quien le abre las puertas al mundo y la incita a romper con la esclavitud de un trabajo que no la satisface, un novio que no la comprende y unas fantasías (ser fotógrafa) por las que no se atreve a luchar.
Carol es una gran historia de amor, pero también es una gran historia humana, donde momentos aparentemente alejados de la trama principal, como la pugna entre Carol y su marido del que se está divorciando por la custodia de su única hija, brillan con luz propia, consiguiendo una película que mantiene su nivel desde el primer minuto hasta el último, con un trabajo de dirección impecable y una interpretación por parte de sus dos protagonistas abrumadora.
Carol es emoción en estado puro, y pese a aparentar ser una película relativamente pequeña y sin pretensiones muchos la consideran ya la ganadora moral en cuestión de premios, pues si bien no se espera que rasque nada en los Oscars sus seis nominaciones, junto a las cinco que tuvo en los Globos de Oro, las seis de los Bafta y otros tantos en los Spirit Awards (donde se llevó el de mejor fotografía), junto al premio a la mejor actriz para Mara en Cannes la consagran entre lo más alto del año.

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 19 de noviembre de 2015

LA VERDAD (7d10)

Igual que la película de James Vanderbilt tiene dos partes bien diferenciadas también hay dos formas diferentes de entender la historia que nos cuenta. La correspondiente a la forma y la referente al fondo.
Las formas son impecables. Con un guion del propio director basado en un libro autobiográfico de Mary Mapes con claras reminiscencias a Aaron Sorkin y una Cate Blanchett en estado de gracia (como casi siempre), bien secundada por Robert Redford, Dennis Quaid, Topher Grace y Elizabeth Ross, la película sigue con implacable precisión los pasos de la productora televisiva Mary Mapes empecinada en demostrar, en plena campaña electoral del 2004, la falsedad del presidente y candidato George Bush al mentir sobre su abuso de influencias para librarse de ir a combatir a Vietnam durante su instrucción militar. La película, pretensiosa heredera de Todos los hombres del presidente, contiene una frenética primera parte detectivesca, donde las investigaciones y entrevistas del equipo de producción, con el afamado presentador Dan Rather como cabeza visible, son relatadas al detalle, y una segunda en la que, una vez emitido el reportaje, se produce una verdadera caza de brujas contra Mapes y su equipo por la falta de corroboración de sus pruebas y las fuertes presiones a las que los someten desde la CBS así como de la propia opinión social. Es en este punto cuando la película se transforma en un drama, desgarrador, angustiante y doloroso, cuando los últimos periodistas auténticos, aquellos que luchan por descubrir la verdad tras la noticia en lugar de refugiarse en realitys como Supervivientes y compañía, son convertidos en mártires para ser despedazados por una maquinaria social que, cual buitres hambrientos, no van a permitir a nadie que les diga lo que no quieren oír.
Excelente ejercicio democrático y brillante defensa de la dignidad periodística.
Pero luego está el fondo. Y el fondo nos dice que es posible que Mapes no fuese tan buena en su trabajo como parecía. Que quizá su investigación sí fue chapucera y apresurada. Que a lo mejor su obsesión por evitar el triunfo electoral de Bush la hizo precipitarse, traicionando sus propios ideales y poniendo en tela de juicio esa verdad de la que tanto presume. Pero claro, eso, en la película, queda en segundo plano. Algo lógico si recordamos que la historia está explicada por la propia Mapes y que quien la interpreta es, a su vez, productora del film.
Así, lo que con personajes ficticios podría haber sido una excelente película se transforma para la ocasión en una perorata demócrata donde la CBS y el equipo de Bush son los malos, algo que la historia no ha podido todavía corroborar.
Brillante, intensa y emotiva película reivindicativa, pero quien sabe si no tiene en su propio título su premisa más discutible.

sábado, 4 de abril de 2015

CENICIENTA (8d10)

Como no es mi intención mentir ni tratar de engañar a nadie, no voy a ocultar mi total devoción hacia el cine de Kenneth Branagh, siendo Los amigos de Peter una de mis películas preferidas y considerando su Frankenstein o su Mucho ruido y pocas nueces como verdaderas obras maestras.
Cierto es que de un tiempo a esta parte el señor Branagh ha perdido parte de su magia, con algún patinazo como La huella, películas carentes de su sello personal como en Jack Ryan: Operación Sombra o embarcándose en blockbusters aparentemente alejados de su narrativa intimista y británica como el Thor que filmó para Marvel (una muy buena película con excelentes momentos en Asgard y por la que apenas se le ha reconocido a Branagh el mérito de ser el “descubridor” de Tom Hiddleston). Y por eso, cuando supe que iba a ser el encargado de dirigir una nueva adaptación en imagen real de un cuento de Disney me llevé las manos a la cabeza. Otro más que se vende al dinero fácil, pensé, tal y como sucedió con mi otrora admirado Tim Burton y su alucinógena Alicia en el país de las Maravillas.
Nada más alejado de la realidad. Argumentalmente hablando, Branagh no inventa nada, limitándose a transcribir en imágenes la historia clásica, paso por paso, añadiendo si cabe alguna pincelada con la que rellenar los huecos elípticos que la historia original poseía. Sin embargo, desde el punto de vista visual, Cenicienta es sencillamente sublime.
Innegablemente hermanada a Mucho ruido y pocas nueces (como en aquella, el compositor Patrick Doyle está especialmente inspirado), Cenicienta posee la fuerza visual que tanto me apasiona de Branagh y que, excepto en momentos fugaces de Thor, no veía desde Frankenstein. Movimientos de cámara impecables, travelings maravillosos, grandes panorámicas… Momentos como los de la transformación (el reencuentro de Branagh con Helena Bonham Carter tras su flirteo en Frankenstein nos permite recordar que bajo el excesivo maquillaje gótico con la que la inundaba Burton se oculta una hermosa mujer) de Cenicienta, el baile (nadie sabe filmar escenas de baile como el norirlandés), la sutil pero asfixiante madrasta que compone Cate Blanchet, la dulce fragilidad de la Cenicienta Lily James (poco conocida actriz rescatada de Downton Abbey y a la que pronto veremos en Orgullo y Prejuicio y zombies), todo brilla con luz propia en una película que consigue la magnificencia sin necesidad de (como sucedió con Maléfica, Mirrow, Mirrow o Blancanieves y la leyenda del cazador) inventarse caminos alternativos. Para ello, Branagh ha sabido rodearse, además, de buenos amigos y actores de la casa para papeles secundarios, como su eternamente idolatrado Dereck Jacobi, Nonso Anozie (a quien dirigió en Jack Ryan: Operación Sombra), Stellan  Skarsgärd (Thor), Hayley Atwell (la Agente Carter del Universo Marvel), y un plantel de secundarios básicamente británico.
Clásica hasta la extenuación, Branagh sabe cómo conjugar los momentos más delirantes del film de animación (incluyendo el protagonismo de los ratoncillos o las insufribles hermanastras) para que no desentonen en un cuento de hadas destinado a seducir a una nueva generación sin tener porqué dejar de interesar a los que crecieron con la versión animada del zapato de cristal.
No voy a negar que en los últimos tiempos hemos sufrido un abuso de revisiones de los cuentos clásicos, ya sea como nuevas adaptaciones o como invenciones del estilo de Into the Woods, pero la aparición de títulos como este valen por sí solos para justificar la basurilla que nos están haciendo tragar con calzador.
Nadie podría imaginar que una versión de la Cenicienta sería el film más taquillero de Kenneth Branagh en toda su carrera, y el mejor de las dos últimas décadas, pero así ha sido, y espero que suponga un punto de inflexión para el genial realizador y que sirva esto para revitalizar una carrera que estaba tomando un extraño rumbo.

lunes, 24 de febrero de 2014

THE MONUMENTS MEN (8d10)

Disparidad de opiniones la que genera la última película de George Clooney como director tras la magnífica Los Idus de marzo. Desde mis amigos del CSI (cuanto los echaba de menos) que la pusieron a caer de un burro en su paso por Cannes hasta los que fueron agraciados por pases de prensa hace un par de semanas y la definían como obra maestra.
Sin tener el punto de crítica reflexiva aquella tragicomedia política que tan brillantemente interpretaron Ryan Gosling y el tristemente desaparecido Philip Seymour Hoffman, creo que este episodio concreto de la II Guerra Mundial es un nuevo acierto de Clooney que logra con brillantez intercalar momentos de comedia con el drama que supuso el azote nazi y al amparo de talentosos intérpretes que acompañan a la estrella de la función, Matt Damon, como miembros de una coreografía, destacando a Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin y Bob Balaban, sin olvidar a la gran dama de Hollywood que no es otra que Cate Blanchett, por supuesto.
The Monuments Men cuenta la historia real –con las inevitables licencias, doy por supuesto- de un grupo de soldados sin formación militar que son enviados a la Francia ocupada, primero, y a la Alemania nazi después, en las acaballas de la guerra para intentar evitar si es posible robos de obras de arte por parte de los ejércitos de Hitler o, al menos, tratar de recuperar lo ya desaparecido. A simple vista puede parecer una frivolidad dedicarse a proteger unos cuadros cuando hay tantas muertes inocentes por medio, pero como muy bien justifica el personaje de Clooney al comienzo del film: “Pueden exterminar a toda una generación, arrasar sus casas, y aun así el pueblo se repondría, pero si destruyen su historia, si destruyen sus logros, eso es como si nunca hubieran existido”.
Quizá el problema que ha tenido esta película con la crítica ha sido la suposición por parte de algunos espectadores de que iban a encontrarse con un drama bélico al estilo de El tren, aquella película de John Frankenheimer con Burt Lancaster en su reparto, o con la acidez brutal de los Malditos Bastardos de Tarantino, pero si sólo se hubiesen molestado en visionar el tráiler se habrían dado cuenta de que la historia que Clooney quiere plasmar es en realidad una comedia sobre un grupo de personajes totalmente ajenos al mundo militar tanto por conocimientos como, en algunos de los casos, por edad que casi recuerda más a los Space Cowboys de Eastwood. 
No hay escenas bélicas ni apenas tiroteos, aunque eso no implica que no haya momentos de tensión o que la película ignore el drama de lo que sucedió en la vieja Europa por culpa de un dictador demente y sus cegados seguidores. Sencillamente, Clooney opta por centrarse en las andanzas de sus hombres, teniendo la habilidad de bastarse de pequeñas sutilezas (la mención al destino del hermano del personaje que interpreta Blanchett, la casa vacía de una familia judía, el bidón lleno de dientes de oro) sin necesitar recurrir a planos de cadáveres o a famélicos judíos encerrados en sus campos para hacer justicia a los caídos
Así, las propias obras de arte son una metáfora de las víctimas de la guerra, y los cuadros ardiendo bajo el fuego nazi representan todo aquello que se perdió en esa guerra. Y aun así, consigue hacernos sonreír, disfrutar con unos personajes simpáticos y efectivos a los que quizá la coralidad de la historia impide que se les saque todo el jugo posible, pero que funcionan en pantalla y transmiten su energía y positividad, que junto con la acertada composición de Alexander Desplat dan a la cinta un aire épico y emotivo.
Dirigida con un clasicismo que recuerda al Hollywood dorado, The Monuments Men no es, al fin, una película bélica, lo que muchos no han sabido perdonar a Clooney. Pero olvidan que al cine se va a disfrutar de la película que un señor (llámese George Clooney o llámese Perico de los Palotes) ha querido realizar, y no a ver lo que el propio espectador quiere ver. Nunca llueve a gusto de todos pero decir que The Monuments Men es una mala película es estar cegado por las fobias que asaltan a muchos críticos de opereta.
No es una obra maestra, pero tampoco se lo pedía.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE (8d10)

Aunque uno suele relacionar la palabra blue con el color azul, Blue Jasmine puede traducirse como Triste Jasmine. Y así es la nueva película de Woody Allen, triste.
Existe el debate sobre si Woody Allen ha vuelto o si nunca se había ido, pero lo cierto es que la ración anual del director neoyorquino recuerda mucho a sus piezas más clásicas, presentando una notable mejoría con respecto a sus trabajos de los últimos años, tales como Si la cosa funciona, Vicky Cristina Barcelona, Todo lo demás, Conocerás al hombre de tus sueños o A Roma con amor, todas ellas decepcionantes si tenemos en cuenta el historial de Allen. No es cuestión de resucitar a nadie ni devolverlo a los altares, pues es evidente que no estamos ante una película a la altura de Manhattan, Annie Hall o Maridos y mujeres, pero no nos engañemos, ese Allen nunca volverá lo mismo que nunca volverá el Coppola de El Padrino o el Spielberg de La lista de Schindler o los primeros Indiana Jones, y es que cuando un artista llega a lo más alto deja de competir contra otros directores, sino contra su propia y alargada sombra. Y esa lucha suele ser cruel.
Como cruel es esta película que si bien provoca en no pocas ocasiones la sonrisa lo cierto es que oculta un mensaje amargo, con uno de los personajes más maltratados por Allen en toda su filmografía, al que no concede un ápice de compasión.
Alternando presente y pasado con constantes flashbacks, Blue Jasmine explica por un lado como Jasmine viaja a San Francisco para rehacer su vida junto a su hermana adoptiva mientras por otro lado descubriremos cómo ha pasado de ser una dama de la alta sociedad neoyorquina a estar completamente arruinada por culpa de los negocios sucios de su marido.
Siempre se ha acusado a Allen de que a medida que su prestigio (y cuenta corriente) crecía lo hacía también la condición social de sus protagonistas, estando cómodo hablando de personajes con alma de bohemios pero residentes en lujosos lofts, habituales de galerías de arte y expertos en vinos y restaurantes caros. Ahora, sin embargo, afronta el descenso a los infiernos de Jasmine con un eficiente retrato de la clase obrera, mucho más terrenal que el ambiente donde se mueve el personaje de Alec Baldwin. Jasmine hace méritos para ser despreciada por todos los que la rodean, pero como un cachorro herido termina provocando compasión mientras la vida la obsequia constantemente de segundas oportunidades que ella sóla se encarga de dilapidar.
Allen no pretende hablar de la crisis económica actual (aunque cualquier español que se acerque a la película tendrá en mente en varios momentos a la infanta Cristina), sino de la crisis emocional de alguien que lo ha tenido todo sin esfuerzo alguno y no es capaz de aceptar la perdida y evolucionar. Y no es sólo dinero lo que Jasmine pierde...
No es una película redonda, pero sí muy correcta, aunque Allen parezca desde hace un tiempo demasiado cansado para arriesgar con la cámara.
Y luego está Cate Blanchett.
Enorme, inconmensurable, esta actriz de origen australiano es sin duda la gran dama del cine actual, hipnótica ya sea interpretando a una elfa, a una reina o a la mismísima Kathetine Hepburn y que aquí está sencillamente magistral, con una de las mejores interpretaciones que recuerdo en mucho tiempo y que responde con generosidad al regalo envenenado que le entrega Allen haciéndola dueña y señora de la película.
Blue Jasmine es una película de Woody Allen, pero merece ser recordada como una película de Cate Blanchett. Ella pone el alma en su interpretación. Y Hollywood se lo recompensará en los próximos Oscars.

La nominación, como mínimo, es obligada.