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sábado, 2 de febrero de 2019

GREEN BOOK

Si me hubiesen dicho hace unos años que iba a ensalzar una película dirigida por alguien apellidado Farrelly no me lo habría podido creer. Cierto es que, trabajando los dos hermanos juntos, lograron clásicos como Algo pasa con Mary o Dos tontos muy tontos, pero su “magia” parecía haber caído en el olvido, limitándose a comedias sin gracia de humor grueso y chabacano. Dos tontos todavía más tontos es el mejor ejemplo de ello.
Sin embargo, dirigiendo por primera vez lejos de la sombra de su hermano, Peter Fallerry ha demostrado con Green Book que aún merece ser tomado muy en serio. Aquí, en un relato inspirado en una historia real (y cabe subrayar lo de inspirado, a raíz de las quejas de algunos de los implicados), Farrelly demuestra que no es necesario ser afroamericano para poder tratar el problema racial en los Estados unidos, y consigue un alegato en favor a la igualdad y la integración muy por encima de lo que propone Barry
Jenkis con la aburrida El blues de Beate Street.
Green Book narra la improbable relación entre Tony, un caradura y vividor matón, honesto y fiel a sus ideales, de ascendencia italiana, y el Doctor Don Shirley, un pianista negro de alta sociedad que decide contratarlo como chofer para realizar una gira por los estados sureños del país.
Con semejante premisa, y una construcción a medio camino entre la buddy movie y la road movie, Farrelly no se limita al típico juego de dos personas distintas que se acaban entendiendo entre sí. Habría sido muy fácil pintar a Tony como un racista descerebrado que a fuerza de convivir con Doc termina simpatizando con su causa. Aquí hay mucho más en juego, como las diferencias entre clases sociales (los negros también tienen de eso) y la capacidad por saber reconocer los orígenes propios y abrazarlos como tal. Y eso se demuestra en la figura del prestigioso pianista, que pese a realizar semejante gira para desafiar a unos estados racistas y demostrar la dignidad de su raza, tampoco es capaz de sentirse cómodo entre los suyos. Quizá sea por eso por lo que, pese a que toda la historia avanza al ritmo de Tony y que el trabajo de Viggo Mortensen es impresionante, se ha terminando reconociendo a Mahershala ali como el protagonista de la función.
Ciertamente, ambos actores estás sobresalientes, mostrando una gran química entre ellos y sabiendo aportar el punto de humor y humanidad quela historia necesitaba. Una historia que, pese a algunos momentos duros e indignantes, no deja de ser una comedia muy agradable, una de esas muestras de que conviene a veces cambiar de discurso para ser escuchado mejor (algo parecido a esa otra maravilla de hace un par de años que fue Figuras ocultas), sin caer en los tópicos de que ni todos los negros comen pollo frito ni todos los polis blancos son unos racistas de mierda.
Definitivamente, Peter Farrelly ha demostrado que saber hacer algo más que tontadas de medio pelo, consiguiendo una obra magnífica, tanto en su discurso como en su puesta en escena, de cuidado paisaje musical, con momentos de gran ternura (esas cartas que Tony escribe a su mujer), una historia que, por encima de la diferencia de raza, va sobre la amistad entre dos hombres de mundos diferentes y de como aceptarse a uno mismo y a sus semejantes.
Green Book, sin renunciar a señalar con el dedo (me parece escalofriante la existencia de un libro como el que refleja el título, dedicado a mostrar hoteles a los que puede ir un negro cuando viaja, todos ellos de ínfima calidad), es una historia humana, de esas que, una vez vista, invita a plantearse ser mejor persona.

Valoración: Nueve sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

CAPTAIN FANTASTIC: Viggo, el padre del año.

El debut como director del actor Matt Ross no podría ser más prometedor, planteando una utopía familiar donde el padre de una manada de niños los aleja de la sociedad y enseña a vivir lejos de los prejuicios y la corrupción de la vida moderna en la profundidad de los bosques de noroeste americano. Casi una suerte de Robinsones Crusoes en tierra firme.
No vamos ahora a descubrir el gran talento de Viggo Mortensen, acostumbrado a elegir papeles arriesgados y comprometidos bastante alejados del Aragorn del Señor de los Anillos que le dio la fama, pero aun así sigue sorprendiendo comprobar la fuerza interpretativa y el carácter de un actor capaz de soportar sobre sus espaldas el peso de toda la película y salir casi siempre airoso del esfuerzo. En Captain Fantastic es el cabeza de familia que debe liderar a sus hijos tras la muerte de la madre, enfrentándolos (y enfrentándose él mismo) al resto del mundo, familia incluida.
Tiene la película un mensaje adoctrinador que se sostiene gracias al buen trabajo del director, que alterna con sabiduría pinceladas de humor con situaciones bastante dramáticas, y a su trabajo con las criaturas. Resultaría fácil pensar a priori que con tanto niño por ahí suelto alguno terminaría por resultar empalagoso o irritante, pero lo cierto es que aun dotándolos de personalidades bien diferentes el conjunto es perfecto y equilibrado.
Me surge la duda de si Ross ha flojeado en cuanto a su idealización del sueño de un padre por tener unos hijos con libertad intelectual y de pensamiento o si es un ejercicio intencionado en busca del debata y de dotar de pies de barro a este héroe contracorriente cuando la doctrina libertaria que ofrece a los niños se contradice con los métodos dictatoriales que él mismo emplea con ellos, obligándolos a seguirle como ovejas de un rebaño. Una paradoja que demuestra, quizá, que no existe un mundo perfecto por más que uno mismo se encargue de construirlo.
Hay alguna laguna en la historia, desde luego, como la inverosimilitud de que el hombre sea tan experto en todos los temas académicos como para ser capaz de enseñar por sí mismo a sus hijos desde literatura hasta física o historia, pero son pequeñas licencias que se deben perdonar a una historia tierna y amable que invita a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y conmueve con el mantenimiento de la ingenuidad en los chavales protegidos del consumismo desmedido de una sociedad a la que no han pertenecido nunca.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 24 de junio de 2014

LAS DOS CARAS DE ENERO (5d10)

Decepcionante sería el primer adjetivo que a uno se le viene a la mente tras ver esta película. No es un producto malo, pero acontece de alma, de espíritu, y eso provoca que a mitas del visionado ya nos hayamos aburrido de la trama y nos importe un churro lo que le suceda a los personajes.
Viendo la carátula todo son buenas sensaciones. Un interesante reparto, compuesto por el siempre eficiente Viggo Mortensen, la generalmente desaprovechada Kirsten Dunst y una de las revelaciones del año pasado gracias a los hermanos Coen, Oscar Isaac; una premisa argumental de nivel, basada en una novela de Patricia Highsmith y dirigida por el que fuera guionista de aquella pequeña joya que era Drive, Hossein Amini. Estaban por medio, además, los productores de El Topo, pero como personalmente aquella ya me pareció un tostón mejor no lo destaco mucho.
El caso es que, y tratando de evitar las comparaciones con El talento de Mr. Ripley, posiblemente la mejor adaptación hasta la fecha de la obra de Highsmith hasta la fecha, lo cierto es que la película arranca bien, con un matrimonio de vacaciones en Atenas y la intromisión de un atractivo guía turístico que amenazará con quebrar el idílico mundo perfecto de la pareja. Pero un asesinato involuntario revelará que el mundo perfecto de la pareja no lo es tanto y que los secretos del pasado siempre regresan para acosar a sus víctimas, y el guía turístico pasará a convertirse de seductor a cómplice. Así, la historia avanza ahora con el periplo de este improbable trío de amigos unidos por las circunstancias en un intento de abandonar el país y mantener ocultos sus secretos.
El problema es que lo que pretende ser un thriller de intriga no lo es. La película es aburrida y mantiene al espectador con la constante sensación de que debe pasar algo inesperado sin que esto nunca llegue a suceder. Los personajes son planos y no avanzan en ninguna dirección, especialmente el de Mortensen, y el conjunto final es plano y se va desinflando a medida que nos acercamos al final.
Cierto es que en Drive, el trabajo que consagró a Amini, también pasaban muy pocas cosas, pero el director Nicolas Winding Refn conseguía crear una atmósfera de desasosiego apoyado en la interpretación pasiva de Ryan Gosling que funcionaba muy bien. En este caso, el salto de guionista a director de Amini no ha funcionado correctamente y ni los diálogos ni las situaciones consiguen transmitir la intriga y emoción que pretenden, consiguiendo que la película sea tan anodina como mucho de los habitantes de las propias islas griegas. Ni siquiera es capaz Amini de transmitir la belleza de los paisajes que lo rodean, demasiado pendiente, quizá, en resaltar que estamos en una historia ambientada en los años 60 y abusando por ello de una tonalidad ocre que transmite simpleza y tediosidad.
No es una película detestable, ni mucho menos (casi me atrevería a decir que es la mejor que he visto este fin de semana), y por simple que sea Amini con la cámara no es suficiente como para opacar por completo a tres grandes actores que se esfuerzan, en ocasiones de manera estéril, por demostrarlo.
Lo peor de todo es que, una vez más, estamos ante un ejemplo de historia que prometía mucho y, quizá sólo con un poco de esfuerzo más, habría podido ser muy estimulante. Y ese es el gran fracaso de Amini.