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jueves, 30 de enero de 2020

1917

Sam Mendes siempre será recordado por dramas intensos y cargados de buenas interpretaciones como American Beauty o Revolucionary road (aunque mi película preferida de esa época sigue siendo Camino a la perdición). Por eso a muchos extrañó que fuese elegido para dirigir a James Bond, en concreto a la exitosa Skyfall y a la aparente (pero falsa) despedida de Daniel Craig del personaje en la inferior Spectre.
Parece ser que algo sacó de positivo el director de semejante experiencia, y en 1917 consigue aunar con efectividad el drama personal y la espectacularidad heroica al narrar la historia de dos jóvenes soldados que, durante la Gran Guerra, deben atravesar un amplio terreno enemigo para alertar a las tropas, preparadas para un ataque con tintes suicidas, de que la reciente retirada de los alemanes no es sino una trampa mortal.
Protagonizada por George MacKay (El secreto de Marrowbone) y con una serie de apariciones/cameos de lo más estimulantes (Colin Firth, Benedict Cumberbatch, Mark Strong…), la película arranca en una especie de “trinchera infinita” nada que ver con la claustrofóbica película española, con cierto aroma argumental a Salvar al soldado Ryan.
En su fondo, 1917 es una gran película bélica, pero es en sus formas donde mejor luce, estando compuesta por un eterno plano secuencia que, más allá de la pericia técnica que pueda suponer, consigue transmitir al espectador la angustia y el desasosiego del protagonista, convirtiendo la experiencia de ver la película en algo tan incómodo y aterrador como si fuésemos nosotros mismos quienes tuviéramos que esquivar las balas enemigas.
No se si estamos ante la mejor película del año (aunque el Oscar parece tenerlo casi garantizado), pero es sin duda una obra muy destacada y quizá el retorno de Mendes a los altares.

Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 13 de octubre de 2017

Sitges 2017: MARROWBONE

El secreto de Marrowbone (que es como se llamará la película en España) es la última gran apuesta de Telecinco, que ya empieza a sobresaturar sus espacios publicitarios con anuncios que quizá puedan adelantar demasiado de la trama. Con reparto internacional y filmada en inglés, supone el debut tras las cámaras de Sergio G. Sánchez, guionista de títulos tan taquilleros como El orfanato, Lo imposible o Palmeras en la nieve.
Sánchez sale airoso de su estreno con una película donde la ambientación y el clima que envuelve a los personajes lo es todo. Marrowbone es el apellido de soltera de una mujer que, huyendo de su pasado, inicia una nueva vida con sus cuatro hijos en un solitario caserón antigua propiedad de la familia.
Allí, los cuatro chicos, en compañía de una amistosa joven que vive relativamente cerca, deberán enfrentarse a los fantasmas de su pasado, que los acechará sin compasión, y a un terrible secreto que los atormenta en forma de aparente fantasma.
Marrowbone es una de esas películas en las que conviene saber lo menos posible de su argumento, dejando que la propia narración nos llevé por donde a Sergio G. Sánchez le plazca, engañándonos en ciertos momentos con escenas incompletas o aparentes errores de raccord que, como si fuesen esas piezas de un puzle que caen bajo la mesa, son agujeros que toman sentido al contemplar el resultado final.
En el aspecto interpretativo, todo el peso recae en esos cuatro muchachos de diversas edades entre los que destacan los ya curtidos George MacKay (Amanece en Edimburgo, Pride, Captain Fantastic) y Charlie Heaton (Stranger Things y la futura X-men: the new mutants), acompañados por Mia Goth y Matthew Stagg y con la nueva musa del género, Anya Taylor-Joy (La bruja, Morgan, Múltiple) completando la ecuación.
Marrowbone funciona como un engranaje de relojería, pero cuenta con un obstáculo que puede resultar insalvable para mucho aficionado. Teniendo en cuenta el currículo del guionista y estando J.A. Bayona detrás como productor, el resultado final, por interesante que sea, puede sonar un poco a más de lo mismo, desluciendo la sorpresa final y rozando la frontera de la previsibilidad.
No obstante, dejando de lado las comparaciones o el costumbrismo al que se está aferrando el género, El secreto de Marrowbone es sumamente entretenida y engancha con sus interrogantes hasta su conclusión final.

Actualización: Estrenada en España como El secreto de Marrowbone, una de las críticas que más se le está haciendo es su tramposo final. Ya he comentado más arriba que es importante no conocer su desenlace para disfrutar más de ella, pero pudiendola haber visto una segunda vez lo cierto es que, descubierto el secreto, la película continua funcionando perfectamente. Sánchez afila su guion con una exactitud de relojero y, fijándote en los detalles y buscando el más mínimo fallo, la experiencia resulta incluso superior.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

CAPTAIN FANTASTIC: Viggo, el padre del año.

El debut como director del actor Matt Ross no podría ser más prometedor, planteando una utopía familiar donde el padre de una manada de niños los aleja de la sociedad y enseña a vivir lejos de los prejuicios y la corrupción de la vida moderna en la profundidad de los bosques de noroeste americano. Casi una suerte de Robinsones Crusoes en tierra firme.
No vamos ahora a descubrir el gran talento de Viggo Mortensen, acostumbrado a elegir papeles arriesgados y comprometidos bastante alejados del Aragorn del Señor de los Anillos que le dio la fama, pero aun así sigue sorprendiendo comprobar la fuerza interpretativa y el carácter de un actor capaz de soportar sobre sus espaldas el peso de toda la película y salir casi siempre airoso del esfuerzo. En Captain Fantastic es el cabeza de familia que debe liderar a sus hijos tras la muerte de la madre, enfrentándolos (y enfrentándose él mismo) al resto del mundo, familia incluida.
Tiene la película un mensaje adoctrinador que se sostiene gracias al buen trabajo del director, que alterna con sabiduría pinceladas de humor con situaciones bastante dramáticas, y a su trabajo con las criaturas. Resultaría fácil pensar a priori que con tanto niño por ahí suelto alguno terminaría por resultar empalagoso o irritante, pero lo cierto es que aun dotándolos de personalidades bien diferentes el conjunto es perfecto y equilibrado.
Me surge la duda de si Ross ha flojeado en cuanto a su idealización del sueño de un padre por tener unos hijos con libertad intelectual y de pensamiento o si es un ejercicio intencionado en busca del debata y de dotar de pies de barro a este héroe contracorriente cuando la doctrina libertaria que ofrece a los niños se contradice con los métodos dictatoriales que él mismo emplea con ellos, obligándolos a seguirle como ovejas de un rebaño. Una paradoja que demuestra, quizá, que no existe un mundo perfecto por más que uno mismo se encargue de construirlo.
Hay alguna laguna en la historia, desde luego, como la inverosimilitud de que el hombre sea tan experto en todos los temas académicos como para ser capaz de enseñar por sí mismo a sus hijos desde literatura hasta física o historia, pero son pequeñas licencias que se deben perdonar a una historia tierna y amable que invita a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y conmueve con el mantenimiento de la ingenuidad en los chavales protegidos del consumismo desmedido de una sociedad a la que no han pertenecido nunca.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 13 de abril de 2015

PRIDE (8d10)

De tanto en tanto, perdida entre el maremágnum de superproducciones megataquilleras de discutible calidad, ya sean el Fast & Furiuos de turno, las perversiones de un tal Grey o la adaptación YA que toque, aparecen pequeñas joyas que pueden pasar más o menos desapercibidas debido a una promoción modesta (o poco arriesgada) y que solo con el boca-oreja pueden llegar a calar entre el gran público. Intentaré poner mi granito de arena…
Basada en una historia real, Pride (imagino que traducirla aquí de forma literal, Orgullo, podría resultar demasiado revelador para algunos) describe como durante los conflictos de 1984 que llevó al sector minero de Inglaterra a convocar una huelga indefinida en protesta por las presiones a que eran sometidos por el gobierno de Margaret Thacher. Repudiados por sus propios conciudadanos y maltratados por la policía y las fuerzas del orden, los mineros en huelga parecían haber sustituido en las primeras páginas de la prensa más sensacionalista al sector más marginal y maltratado hasta entonces, el cada vez más emergente colectivo gay. Esta curiosa similitud invita a un grupo de activistas gays a crear el grupo de apoyo LGSB (Lesbianas y Gays apoyan a los mineros) con el objetivo de recaudar dinero para las familias de los mineros, llegando a intercambiar visitas entre ambos colectivos a ya crear unos lazos inverosímiles que llegarían incluso a confluir en las manifestaciones del orgullo gay o en la mejora de los derechos legales de los Gays y Lesbinas (LGBT) gracias al apoyo del sindicato de mineros en las votaciones parlamentarias.
Partiendo de este referente el director Matthew Warchus y el guionista Stephen Beresford se sacan de la manga la historia de cómo se llegaron a relacionar dos sectores en priori tan diferentes entre sí convirtiendo a un pequeño pueblo de Gales (Onllwyn) y a un grupito de activistas en el eje central de la trama.
La película bordea por encima la trama social (en la que se le puede acusar de ser un poco manipuladora, resumiendo el conflicto como un éxito sindical cuando la historia nos cuenta que los mineros fueron en realidad los grandes derrotados en manos del férreo gobierno de la Thacher) y defiende sin tapujos la libertad sexual y el derecho a defender el orgullo gay, pero, por encima de todo, pretende ser una fábula sobre la amistad entre diferentes, en la maravillosa posibilidad de encontrar, siempre que hay voluntad, puntos en común entre “enemigos naturales” que se personifica aquí entre los “machos” mineros y las “reinonas” gays pero que igual podría estar hablando de cualquier otra supuesta minoría ya sea de origen racial, sexual, religioso o mental.
Pride es, pues, un alegato a la vida en forma de divertida y refrescante comedia que sólo el cine británico podría concebir y que pese a que podría caerse fácilmente en la tentación de definirla como un cruce entre Full Monty y la australiana Priscilla, reina del desierto, es inevitable encontrar evocaciones también de títulos rurales como El hombre que subió a una colina y bajó una montaña o la reciente La gran seducción, aprovechando también los contrastes entre la vida en la urbe y en un pequeño pueblo rural y ofreciéndonos ligeras pinceladas de las historias propias de sus protagonistas, junto con un retrato real de una época donde la homofobia y el SIDA estaba causando estragos en la comunidad gay en una nación cuya economía se tambaleaba peligrosamente.
Reivindicativa, emotiva y tierna, Warchus sabe alternar el humor liviano y sutil con momentos que invitan a aflorar la lagrimita sin caer, por ello, en la ñoñería, ni cayendo en el alegato político social propio de la obra de Ken Loach, optando por demostrar como la amistad, la solidaridad y, por supuesto, el orgullo, pueden derribar barreras.

lunes, 14 de julio de 2014

AMANECE EN EDIMBURGO (7d10)

Dirigida por Dexter Fletchet, británico que hasta ahora había destacado más en su faceta como actor, Amanece en Edimburgo es un excelente musical que se sirve de la discografía de The Proclaimers (cuyo mayor éxito fue la canción 500 miles) para construir una narración agridulce pero definitivamente optimista sobre las diversas relaciones alrededor de una familia escocesa con las miras puestas en el presente, pasado y futuro según sea la pareja en cuestión.
Todo arranca cuando Davy y Ally regresan después de un tiempo en el ejército y se reincorporan a la vida civil, no sin arrastrar con ellos alguna secuela de su paso por Afganistán. Así, Davy es arropado por sus padres, a punto de cumplir sus bodas de plata, y su hermana Liz, quien a su vez es la novia da Ally. Además, cuando conoce a una enfermera inglesa compañera de trabajo de Liz, Yvonne, quedará completamente enamorado de ella.
Todo parece sonreír a estas tres parejas hasta que durante la celebración del veinticinco aniversario de la boda de los padres todo amenaza con irse al traste: el descubrimiento de una hoja secreta fruto de una infidelidad hace veinticuatro años, el rechazo de Liz a la propuesta de matrimonio de Ally por las diferentes visiones de futuro que tienen cada uno de ellos y el miedo a ser heridos y la falta de comunicación entre Davy y Yvonne provoca que en un abrir y cerrar de ojos la frágil felicidad que se había construido sobre estos seis habitantes de Edimburgo se derrumbe.
Una historia sencilla, tierna y conmovedora que se adapta perfectamente al estilo musical de The Proclaimers y que sirve como lección vital sobre lo mucho que nos gusta complicar lo sencillo y lo proclives que somos todos a echar por tierra la felicidad que tanto ansiamos conseguir.
Sin hurgar demasiado en las heridas ni ahondar en exceso en el drama social (la tragedia de la guerra y sus consecuencias está simplemente apuntado, sin ser centro de atención ni motivo de debate), Fletcher ha apostado por la mirada más amable de una sociedad más proclive a guiarse por el amor y los sueños que a rendirse ante las dificultades, y lo hace merced a una película que a diferencia de otros musicales recientes como Mamma mia! (con la que todos se empeñan en comparar) o Los Miserables, no centra su atención en un reparto espectacular (aunque no sean actores debutantes no encontraremos aquí a ninguna gran estrella que actúe como reclamo publicitario) siendo los temas de The Proclaimers los verdaderos protagonistas del film, temas intensos y cargados de un punto de positivismo aun cuando traten sobre el dolor y el desamor (o incluso la muerte).
Es por ello que Amanece en Edimburgo es un canto a la vida, una película cargada de alegría y esperanza que nos invitará a sale del cine con el corazón alegre y cuyo clímax final,  por más que algunos hayan acusado a la escena del flashmob (baile improvisado en mitad de la calle) de excesivamente simplista y empalagosa, es fiel reflejo del espíritu que pretende impregnar toda la película, símbolo del “buenrollismo” de un pop ligero y pegadizo y de unos personajes con los que es fácil empatizar y encariñarse.