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lunes, 13 de mayo de 2019

KEEPERS, EL MISTERIO DEL FARO

Ya he comentado en alguna ocasión el peligro de que un actor tan solvente como Gerard Butler se encasille en productos de acción bastante ligeros que, en algunos casos, rozan la serie B, como eran los casos de Geostorm Hunter killer, por lo que hay que aplaudir que de vez en cuando se decida a hacer algún producto más arriesgado y de mayor valor interpretativo como la Keepers que nos ocupa.
Por otro lado, Keepers es una de esas películas trampa que se supone que está basada en una historia real cuando lo que propone es una simple especulación. Me explico: la película trata sobre el misterio de la isla de Flannan, cuando en 1900 los tres vigilantes el faro ubicado en la isla escocesa de Eilean Mor desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro. A partir de ahí, la película propone una historia sobre lo que podría haber sucedido, una ficción que, gracias al buen trabajo del realizador curtido en la televisión Kristoffer Nyholm y al intento de dotar de un gran realismo, sucio y malsano por momentos, a su versión de la historia.
La película trata sobre la soledad, la incomunicación (más allá de estar acompañado de más gente) y la persecución de los fantasmas del pasado, tres elementos que atormentan a los protagonistas y, cuando entra la codicia (y puede ser que los desvaríos provocados por la intoxicación por mercurio) en juego deviene en una espiral de violencia desagradable y cruel.
Es por ese buscado realismo que el film tiene un ritmo muy lento, casi letárgico, que deja el tema del misterio en segundo plano para centrarse más en la historia intimista alrededor de los tres protagonistas (brillantemente interpretados) y a la aridez que la propia isla provoca, algo que recuerda, aunque con menos efectismos, a la historia de La piel fría.
Cocinada a fuego lento, con un punto de sordidez y una fotografía muy destacable, la película es en el fondo una propuesta muy pequeña pero que cumple a la perfección como retrato de la vileza humana sin menospreciar el motivo del misterio en sí.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 9 de septiembre de 2014

HÉRCULES (6d10)

Posiblemente, sería muy diferente la apreciación de esta película si hace apenas unos meses no hubiésemos sufrido esa aberración que era: Hércules, el origen de la leyenda
Y es que sin ser una gran película, el nuevo título de Brett Ratner sería casi una obra maestra al lado del bodrio que Renny Harlin. Y eso que ambos directores podrían ser comparados por sus filmografías, ambos artesanos del cine de acción y espectacular que, sin dotar a sus obras de una personalidad propia, sí conseguían transmitir al público el sentido del espectáculo y la diversión pretendidas. Harlin, del cual hablo en pasado porque ciertamente su carrera está en peligroso declive, ha pasado por la saga de Jungla de Cristal, cuya secuela (La jungla 2: Alerta Roja) era evidentemente inferior a su predecesora pero suficientemente digna, mientras que a Ratner nunca le perdonaran su paso por X men: la decisión final, cuyo delito no era ya el hacer una película mala (que no lo era) sino competir con un pasado cargado por dos títulos realmente brillantes.
Pues bien, tras el enfrentamiento hercúleo entre estos dos realizadores, está claro quién es el vencedor, lo mismo que podríamos asegurar que Kellan Lutz no le llega a la altura de los zapatos a Dwayne Johnson.
Hércules, además, no parte de la mitología griega en sí, como es habitual en este tipo de péplums, sino que bebe de las fuentes del comic de Steve Moore, y eso se nota durante todo el rodaje, no ya sólo en su argumento sino en su planificación artística. Así, esta desmitificación del héroe viene definida por la unión (profesional y emotiva) con sus compañeros de equipo, casi convertidos en unos Vengadores clásicos y cuyas influencias son evidentes en las escenas de lucha.
Hércules no es un semidiós. Todo es una argucia publicitaria para crear un mito a partir de un (con todo) impresionante mercenario (influencias también del Conan de Howard) que vendía sus servicios al mejor postor hasta que una traición (no la revelaré aquí, pero tienen relación con la aparición fugaz –y aun así excesiva por sus limitadísimas dotes interpretativas- de la exageradamente publicitada Irina Shayk, con lo que se pretende relatar una especie de caída a los infiernos y resurrección de Hércules en un camino sin retorno de redención y olvido.
Pero no nos dejemos engañar. Todo lo que pueda oler a seriedad y dramatismo termina aquí ya que en el fondo Hércules es casi una comedia de acción, con momentos francamente divertidos (generalmente relacionados con el gran Ian McShane) y donde lo que prima es la espectacularidad. Y ahí Retner se siente en sus anchas y hace suyo el carisma de  Johnson para conseguir un divertimento digno y refrescante, una apuesta palomitera plagada de diversión y buenos efectos especiales y con un aroma a serie B clásica (ahí están la Furia de Titanes original) que nada tiene que ver con los pseudopéplums modernetes que nos trataban de vender últimamente con tonterías como las de Percy Jackson o los titanes de Sam Worthington y compañía.
Johnson no vale (como se dice en un momento del film) su peso en oro, pero su carisma y simpatía lo convierten en un Hércules perfecto y eso, para una película que no aspira más que a ofrecernos un buen rato de entretenimiento, es más que suficiente.
Y como colofón, la música de Fernando Velázquez. Para qué pedir más…

lunes, 14 de julio de 2014

AMANECE EN EDIMBURGO (7d10)

Dirigida por Dexter Fletchet, británico que hasta ahora había destacado más en su faceta como actor, Amanece en Edimburgo es un excelente musical que se sirve de la discografía de The Proclaimers (cuyo mayor éxito fue la canción 500 miles) para construir una narración agridulce pero definitivamente optimista sobre las diversas relaciones alrededor de una familia escocesa con las miras puestas en el presente, pasado y futuro según sea la pareja en cuestión.
Todo arranca cuando Davy y Ally regresan después de un tiempo en el ejército y se reincorporan a la vida civil, no sin arrastrar con ellos alguna secuela de su paso por Afganistán. Así, Davy es arropado por sus padres, a punto de cumplir sus bodas de plata, y su hermana Liz, quien a su vez es la novia da Ally. Además, cuando conoce a una enfermera inglesa compañera de trabajo de Liz, Yvonne, quedará completamente enamorado de ella.
Todo parece sonreír a estas tres parejas hasta que durante la celebración del veinticinco aniversario de la boda de los padres todo amenaza con irse al traste: el descubrimiento de una hoja secreta fruto de una infidelidad hace veinticuatro años, el rechazo de Liz a la propuesta de matrimonio de Ally por las diferentes visiones de futuro que tienen cada uno de ellos y el miedo a ser heridos y la falta de comunicación entre Davy y Yvonne provoca que en un abrir y cerrar de ojos la frágil felicidad que se había construido sobre estos seis habitantes de Edimburgo se derrumbe.
Una historia sencilla, tierna y conmovedora que se adapta perfectamente al estilo musical de The Proclaimers y que sirve como lección vital sobre lo mucho que nos gusta complicar lo sencillo y lo proclives que somos todos a echar por tierra la felicidad que tanto ansiamos conseguir.
Sin hurgar demasiado en las heridas ni ahondar en exceso en el drama social (la tragedia de la guerra y sus consecuencias está simplemente apuntado, sin ser centro de atención ni motivo de debate), Fletcher ha apostado por la mirada más amable de una sociedad más proclive a guiarse por el amor y los sueños que a rendirse ante las dificultades, y lo hace merced a una película que a diferencia de otros musicales recientes como Mamma mia! (con la que todos se empeñan en comparar) o Los Miserables, no centra su atención en un reparto espectacular (aunque no sean actores debutantes no encontraremos aquí a ninguna gran estrella que actúe como reclamo publicitario) siendo los temas de The Proclaimers los verdaderos protagonistas del film, temas intensos y cargados de un punto de positivismo aun cuando traten sobre el dolor y el desamor (o incluso la muerte).
Es por ello que Amanece en Edimburgo es un canto a la vida, una película cargada de alegría y esperanza que nos invitará a sale del cine con el corazón alegre y cuyo clímax final,  por más que algunos hayan acusado a la escena del flashmob (baile improvisado en mitad de la calle) de excesivamente simplista y empalagosa, es fiel reflejo del espíritu que pretende impregnar toda la película, símbolo del “buenrollismo” de un pop ligero y pegadizo y de unos personajes con los que es fácil empatizar y encariñarse.