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domingo, 12 de julio de 2015

TERMINATOR: GÉNESIS (7d10)

Una vez más, al acudir a una sala de cine a ver una secuela/remake/reboot de un clásico de nuestra infancia nos asalta la inevitable pregunta: ¿era necesario?
En el más puro sentido de la palabra la respuesta es un rotundo NO. Cuando una película es tan interesante y emocionante como Terminator y tiene una secuela absolutamente brutal y revolucionaria como Terminator 2: El juicio final, no hay ninguna necesidad de volver a remover las cenizas del pasado, aparte del hecho de que va a ser imposible estar a la altura (ya se intentó en dos ocasiones y una serie de televisión y no se logró).  Podría ser un caso parecido al de Jurassic World, imposible de estar a la altura de la primera pero mucho más entretenida que sus flojitas secuelas.
Pero, como con Jurassic World, hay una segunda respuesta válida: si de verdad hay que hacerlo, hagámoslo bien. Y conscientes de que no se va a repetir la magia ni la genialidad de las dos obras de James Cameron (no en vano es uno de los mejores cineastas de la historia) se han esforzado para hacer una historia coherente, acorde con el paso de los años y lleno de autoreferencias y homenajes a las películas de 1984 y 1991 respectivamente.
De algún modo se podría decir que los productores han aprendido de los errores anteriores. Si la primera película era tremendamente original, violenta y (por momentos) aterradora y la segunda era un espectáculo visual adrenalítico y sin dar un respiro al espectador, parecía que ya todo estaba dicho en un universo que ni Cameron ni el propio Schwarzenegger parecían interesados en recuperar. Cuando al fin se hizo Terminator 3: la rebelión de las máquinas en el 2003 se trató de avanzar algo en la historia, pero la película de Jonathan Mostow terminó siendo una simple historieta más de robots venidos del futuro con una T-X macizorra sustituyendo al T-1000 de  metal líquido y dejando a todo el mundo con las ganas de ver por fin la guerra del futuro que tan solo había insinuado brevemente Cameron. Tras el fiasco en taquilla hubo que esperar seis años más para ver por fin esa guerra del futuro, pero para ello se tuvo que renunciar a los dos pilares fundamentales de la franquicia: los viajes en el tiempo y el bueno de Arnie, liado en asuntos de política y al que solo se le ve digitalmente y de forma muy breve. Terminator: Salvation de McG fue la que peor funcionó en taquilla y obligaba o bien a finiquitar la saga o a replantearla de nuevo.
Tras el buen trabajo de J.J.Abrams en Star Trek y de Bryan Singer en X-men: días del futuro pasadoel camino a seguir parecía claro para el director Alan Taylor (recién salido de Thor: el mundo oscuro). Al fin y al cabo, si hay una saga con derecho a modificar su historia mediante viajes en el tiempo es esta, ¿no?
Así, la acción arranca tal y como lo hacía la primera, pero dando más detalles. En el futuro John Connor está a punto de derrotar a Skynet de manera que este hace un desesperado ataque final enviando a un T-800 a 1984 para asesinar a Sarah Connor, la madre de John, y evitar que el líder de los humanos llegue a nacer siquiera. Kyle Reese, el mejor amigo de John (y que todos menos él sabemos que es también su padre), deberá viajar tras el ciborg para salvar la vida de Sarah. Sin embargo, cuando llega a 1984 la historia, tal y como él la conocía, ha cambiado.
Me apasiona el tema de los viajes en el tiempo, considerando que, dentro de la ciencia ficción más fantasiosa, debe ser tomado como un simple divertimento. La opción de los guionistas Laeta Kalogridis    y Patrick Lussiern de crear diversas líneas temporales me resulta interesante, además de permitirnos ver (la magia del maquillaje y los efectos digitales) a tres Schwarzeneggers de distintas edades. Obviando (aunque tampoco creo que renegando, como se ha dicho por ahí) la tercera y cuarta parte de la saga el film de Taylor se compone de un complicado jeroglífico de  viajeros temporales que permite ver otra vez en acción al T-1000 (con otro actor, claro) y a un nuevo villano, aunque ni rastro de ningún T-X.  Lo malo de meterse en estos berenjenales es que las paradojas son casi inevitables (todo Terminator en sí es una gran paradoja, intencionada en un primer momento), y al final de la película se encuentra uno con demasiadas preguntas sin responder que pueden llegar a molestar, sobre todo por no saber si se deben a fallos de guion, vagueza de los guionistas o simples puertas abiertas de cara a futuras entregas.
En el apartado interpretativo, con un Schwarzenegger tan inmenso como siempre, podemos mirar con lupa a Emilia Clarke, que sale bien parada en su transformación en Sarah Connor. Aunque las comparaciones con Linda Hamilton sean odiosas hay que agradecer que su rol sea ligeramente diferente al de su predecesora para poderse distanciar un poco.
No funcionan mal los otros dos protagonistas, Jason Clarke y Jai Courtney, pese a que ninguno de los dos sean actores santos de mi devoción, de los cuales no hablaré demasiado por no entrar en spoilers (aunque la propia productora, incomprensiblemente, se ha empeñado en hacerlo, tanto en alguno de los posters –no los aquí reproducidos- como en el tráiler), aunque se echa en falta algo más de importancia en el papel del inmenso J.K. Simmons, recuperando al uno de los policías anónimos que sufrió el ataque del Terminator de la primera película.
En fin, que la historia, por más que se vuelve algo previsible hacia su final, es más que convincente, con todo lo que uno podría esperar de una secuela de Terminator y que no nos habían dado desde que Cameron dejó la franquicia. No es oro todo lo que reluce, por supuesto, y ni Taylor es Cameron ni su película está  a la altura de los dos primeros clásicos, pero la acción está bien filmada, no concede un respiro al espectador y está salpicada con ligeras dosis de humor como era menester. De nuevo en referencia a mi opinión de Jurassic World debo repetir que no tiene esta película (muy hija de su tiempo pese a todo) el alma ni la magia de aquellos primeros Terminators, pero como blockbuster veraniego cumple con creces.
Eso sí, para los que la vemos doblada, se echa mucho de menos el doblaje de Constantino Romero. Sin él, eso de “Volveré” no suena igual de bien.  




viernes, 15 de noviembre de 2013

THOR, EL MUNDO OSCURO (7d10)

Aun después de siete películas continúo quitándome el sombrero ante la maravillosa y arriesgada fórmula elegida por Marvel Studios para trasladar a la pantalla grande sus más celebres personajes (o por lo menos aquellos de los que mantienen sus derechos).
Como si de los propios comics se tratara han construido un Universo propio gracias al cual no solo encontramos referencias de unas películas a otras sino incluso cameos de sus actores para regocijo de fans.
En este panorama, Thor, el mundo oscuro forma el segundo eslabón de la cadena que nos conducirá hasta Los Vengadores: la era de Ultrón, situándose cronológicamente justo tras los sucesos de Los Vengadores y, por lo tanto, a la par de Iron Man 3. Además, en ella se dan pistas que no voy a revelar aquí sobre Guardianes de la Galaxia, que llegará justo a continuación de Capitán América: el Soldado de Invierno. Para rizar más el rizo algo de lo que en esta película sucede tendrá consecuencias (como pasará también en la segunda aventura del Capi) en la serie de televisión de Shield.
Pero centrándonos solo en este film lo primero que destaca es que los mandos han cambiado de manos. La ausencia de Kenneth Branagh en la silla de dirección implica un distanciamiento al tono shakesperiano que tan al dedo iba para definir la relación amor/odio entre Thor y su padre Odín, restando brillo a la magnífica Asgard vista en la primera película, aunque la experiencia de su sustituto, Alan Taylor, como realizador de diversos capítulos de Juego de Tronos se traduce en un mejor dominio de la narrativa bélica. Obviamente, Taylor está más interesado en la acción pura y dura que en las intrigas de palacio, y es que el conflicto que Branagh nos mostró entre Thor, Odín y Loki ya ha quedado atrás. El Dios del trueno ha madurado y es ahora un digno heredero del padre de todos, mientras que los sucesos de Nueva York narrados en Los Vengadores han dejado a Loki en una  situación de no retorno, encarcelado y repudiado por su propio padre.
Tampoco es necesario perder tiempo con la relación entre Thor y Jane Foster, pues una vez reencontrados podrán reanudar su amor interrumpido tras la marcha de Thor al final de la primera película (ahora sabemos que tras la destrucción del Bifröst ha estado recorriendo los Nueve Reinos para restaurar la paz) mientras forman alianza para salvar Midgard y, posiblemente, el universo entero.
Y de eso precisamente trata Thor, de las alianzas. Mucho más coral que otras películas Marvel el hijo de Odin deberá recurrir a la ayuda de sus compañeros de armas, Fandral, Volstagg, Heimdall (Hogun se mantiene en esta ocasión en un segundo plano), y la enamorada Sif (Jaimie Alexander, verdadera fémina de la película, mucho más interesante que una desganada Natalie Portman) por un lado, contará de nuevo con la colaboración terrestre del profesor Erik Selvig, Darcy y la propia Jane (a quien se les une un nuevo personaje, el becario Ian), mientras que uno de los puntos álgidos del film será la necesidad de tener que confiar en su traicionero hermanastro Loki.
Olvidados los Hombres de Hielo, los villanos en esta ocasión volverán a ser originarios de la mitología asgardiana: los Elfos Oscuros, una raza tan antigua como la existencia misma que ya fueron derrotados en el pasado por el padre de Odín, Bor, y que tratarán de nuevo de extender su oscuridad por todo el universo, siempre comandados por el pérfido Malekith. Es en este punto donde encontremos quizá lo más flojo de Thor, el mundo oscuro, pues tanto el origen como las motivaciones de Malekith y su raza queda bastante desdibujada, obligándonos a afrontar el hecho de que son los malos de la historia sin darle más vueltas.
Con Christopher Eccleston en el papel de villano, el resto del elenco es prácticamente el mismo que en la primera parte, con Chris Hemsworth totalmente amoldado al papel y un Tom Hiddleston que de nuevo es lo mejor de la película, logrando que su Loki, pese a contar con menos metraje que en Thor o en Los Vengadores, vuelva a ser la estrella de la función. Solo Natalie Portman parece desentonar con una actuación más floja de lo que nos tiene acostumbrados, quizá debido a sus discrepancias iniciales con la productora por la elección del director o que, simplemente, tras su merecido Oscar por Cisne Negro ha aprendido a actuar con el piloto automático puesto en estas producciones que si bien le van a llenar los bolsillos no van a proporcionarle premios ni alabanzas por mucho que se esfuerce. O a lo mejor simplemente es que su papel no da para más porque esta vez, por encima de todo, lo importante es la aventura. Hay drama, desde luego, vuelven los conflictos familiares e incluso alguna muerte que no es cuestión de desvelar ahora, pero lo más destacado de esta secuela es que Thor, por fin, en Thor. No tiene que adaptarse a Midgard, como le sucediera en la primera parte, o a sus nuevos aliados, como fue el caso de Los Vengadores. Ahora, al fin, vemos al superhéroe dándolo todo en el campo de batalla, volando, peleando y lanzando el martillo como los lectores de los cómics llevan tiempo esperando. Además, el detalle de trasladar la acción del ya sobradamente machacado Nueva York hasta Londres (un Londres, por cierto, menos tópico de lo habitual en Hollywood) imprime un nuevo soplo de aire fresto.
Por eso, pese a alguna carencia argumental, Thor, en el mundo oscuro, es un disfrute total, con mucha acción pero muy bien gestionada y un humor que no puede faltar en las producciones Marvel perfectamente incorporado al ritmo narrativo.
Chris Hemsworth (el más desconocido de los actores que conforman la plantilla de héroes de Marvel) es, definitivamente, Thor, y –tal y como pasa con su compañero de fatigas Robert Downey Jr.- no es posible ya imaginar al futuro rey de Asgard con otro rostro.

Thor: larga vida al rey. Larga vida al Vengador.