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domingo, 22 de octubre de 2017

EL MUÑECO DE NIEVE, tan gélida como fallida.

Con apenas dos películas Tomas Alfredson se había labrado una posición de honor en el limbo del cine. Tanto Déjame entrar como El topo son grandes películas, y El muñeco de nieve debería haber supuesto su consagración definitiva. Sin embargo, este intento de unificar las culturas anglosajonas y suecas no llega a funcionar en ningún momento, y pese al brillante aunque ecléptico reparto la película, sin ser tampoco espantosa, naufraga a medida que se acerca a su desenlace.
Basada en una novela de Jo Nesbø, la película aspira a ser un thriller negro sobre un policía con múltiples problemas en su entorno personal y la investigación de un asesino en serie que tiene un muñeco de nieve como firma de autor. En este sentido, se agradece que en la primera mitad del film haya un retrato de personajes bastante profundo, sin que estos sean meros estereotipos. El policía al que da vida Michael Fassbender tiene toda una historia detrás y Alfredson le dedica su tiempo a mostrárnosla, desnudándolo ante la cámara y describiendo sus debilidades y temores. No es suficiente con ello, sin embargo, quizá debido a que su referente literario tenía seis novelas antes de esta El muñeco de nieve y eso le supone un bagaje demasiado complejo para resumirlo en apenas sesenta minutos. Es por ello que a medida que avanza la investigación y la trama del asesino cobra importancia el desarrollo del personaje queda en el olvido el interés se pierde hacia una resolución cercana al ridículo.
Hay demasiados elementos en la historia que chocan entre sí,. casi tanto como el reparto excesivamente internacional para una historia tan enmarcada en un paisaje, el de Suecia, que forma parte indisoluble de la acción. Así, al protagonista Fassbender, de origen alemán, le acompaña una exnovia, Charlotte Gainsboug, que pese a haber nacido en Londres tiene clara ascendencia francesa. Están también J.K.Simpson, nacido en Detroit, ejerciendo como alcalde de una localidad noruega, al californiano Val Kilmer (aunque hay que reconocerle la ascendencia sueca) como un antiguo policía de Bergen) y a los británicos Toby Jones y James D’Arcy también pululando por ahí como gentes locales. Curiosamente, la única sueca del reparto principal, Rebecca Ferguson, está tan acomodada al cine de Hollywood que es fácil olvidarse de sus orígenes. Y no quiero decir con esto que vea imprescindible que los actores tengan que ser fieles a los orígenes de sus personajes (Mucho ruido y pocas nueces es una de mis películas favoritas y allí Denzel Washington hacía de Príncipe de Aragón), sino que sirve como ejemplo del camino al desastre que ofrecía la película desde su comienzo.
Se puede apreciar en ella el impecable estilo visual de Alfredson, y durante su primera mitad el misterio sobre los asesinatos se sostiene bastante bien. Aunque se empieza a apreciar ya una diversidad de temas tan amplia que se intuye que puedan no llegar nunca a buen puerto. Es durante el desenlace cuando todo se va al trate, la resolución es confusa y torpe y el trasfondo de los personajes queda en el olvido.
Es, pues, El muñeco de nieve, una película que se puede llegar a ver sin demasiadas pretensiones, pero que teniendo en cuenta el gran talento que se había reunido delante y detrás de las cámaras resulta una tremenda decepción y un film algo anodino y, a la postre, rutinario.

Valoración: Cinco sobre diez. 

sábado, 15 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS, dolorosa pero emotiva realidad

Después de El único superviviente y Marea negra, Día de patriotas es la tercera colaboración entre el actor reconvertido en director Peter Berg y Mark Wahlberg, basada, de nuevo, en un episodio real de la historia americana reciente.
Resulta curioso como las noticias que se nos antojan lejanas pueden caer fácilmente en el olvido. Seguramente todo el mundo recuerda los atentados en Boston, junto en la línea de meta de su popular maratón, pero sin duda serán solo unos pocos los que tengan conocimiento del acoso y derribo que sufrieron los terroristas hasta ser localizados y neutralizados, llegando a paralizarse todos los medios de transporte de la ciudad e indicando a los ciudadanos que permanezcan encerrados en sus casas hasta detener a los terroristas.
Aunque Tommy Saunders, el policía al que interpreta Wahlberg, es una invención resultante de unir detalles de varios agentes, todos los demás protagonistas de la historia son reales, así como muchas de las imágenes de archivo que Berg intercala con la ficción, dando una mayor sensación de realismo a la par que angustia.
Con el handycap de que la (supuesta) escena más espectacular (la del atentado) se produce al inicio del film, Berg sabe mantener la intensidad y la emoción durante las dos horas y cuarto que dura la película que, contra todo pronóstico, no se hacen nada excesivas. Para ello, Berg presenta a los protagonistas, víctimas, policías y terroristas, con breves pero firmes pinceladas, casi al estilo de las películas corales de catástrofes (ese ritmo de pelo de catástrofes ya lo tenía también en Marea negra), ayudando así a implicarse emocionalmente al espectador y sufrir tanto como los propios protagonistas.
Más allá del buen hacer de Berg y del brillante elenco reunido (junto a Wahlberg se encuentran también Kevin Bacon, John Goodman, Michelle Monaghan o J.K. Simmons), la película se nutre de ese dolor que le supone el ser un hecho real, un acto de violencia tan gratuito e injustificado y perpetrado, además, por dos tipos tan absolutamente imbéciles (insisto en el hecho de que es una historia real, de no ser así casi parecerían bufones) que provoca más miedo incluso que cuando los villanos son los clásicos asesinos fríos y calculadores.
Cierto es que en algunos momentos Berg, que ha contado también con la participación de supervivientes reales del atentado, busca provocar la sensibilidad del espectador con escenas de lágrima fácil y emoción desatada, y que el final puede atufarles a algunos de patriotismo propagandístico (aunque, si como se dice, fue así realmente, yo lo compro). Sin embargo, es justo señalar que toda esa exaltación patriótica no se realiza, por una vez, en nombre de los grandes y solidarios Estados unidos, sino que es de la unión entre los ciudadanos de Boston y su policía de lo que se presume. Y viendo cómo reaccionó Nueva York tras el 11S, no me cabe le menor duda de que fue así.
Esta es, quizá, la mejor lección que nos ofrece una película que, de otra manera, podría provocar miedo por lo indefensos que estamos ante la locura de unos pocos: que en casos de necesidad el ser humano sí es, pese a todo, solidario. Solo con ese consuelo podemos seguir siendo capaces de enfrentarnos al terror.

Valoración: Siete sobre diez

sábado, 14 de enero de 2017

LA LA LAND, CIUDAD DE ESTRELLAS. Hermosa canción de amor al cine.

Al fin se ha estrenado en España La la land: Ciudad de estrellas, la indiscutible ganadora de los recientes Globos de Oro y máxima favorita (aunque no empiecen a apostarlo todo todavía) para los Oscars de este año.
Dirigida por Damien Chazelle, que ya triunfó con la (para mí) sobrevalorada Whiplash, La la land: Ciudad de estrellas es un canto de amor al género musical y al Hollywood dorado (por más que esté ambientada en el actual), ya que utilizando como excusa una historia de amor para nada destacable ni novedosa (se repite el esquema de aspirante a artista que va a Hollywood a perseguir su sueño, esta vez por partida doble) hace un recorrido por diversos estilos musicales, referencias cinéfilas y desnuda las luces y las sobras de la fábrica de los sueños.
Es, posiblemente, su guion el eslabón más débil de la película, haciendo que en algún momento se alargue en exceso y tenga un último tercio con un nivel bastante más bajo que el resto de la película, aunque se redime en un final bastante redondo y me logró sorprenderme, lo cual no es poco hoy en día.
La película sigue las andanzas de una chica que aspira a ser actriz y un pianista que se niega a aceptar la muerte del jazz clásico. Se conocen, se enamoran y comparten sus sueños hasta que estos terminan por enfrentarlos. Una historia bastante clásica como, por otro lado, no podía ser menos.
Posiblemente el secreto de la película no sea que se trate de una obra maestra (para mí está muy lejos de serlo) sino que contenga un mensaje tan optimista y lo haga mediante unas canciones pegadizas que saben transportarnos mediante la nostalgia a esa meca del cine con la que todos los aficionados, de una manera u otra, hemos soñado alguna vez. En ese sentido, salvando las distancias sonoras evidentes, me recuerda en gran medida a The Artist, de Michel Hazanavicius, a mi parecer algo superior a esta por la dificultad añadida de la ausencia de diálogos.
Es, por tanto, el trabajo de Chazelle y, sobretodo, de sus intérpretes, lo que hacen que la película sea todo lo grande que parece ser. Chazelle mueve la cámara con un virtuosismo que ya se le intuía en Whiplash, y solo el tema musical que abre la película, en un imposible plano secuencia, sirve como verdadera declaración de intenciones. Y luego hay que hablar de Emma Stone y Ryan Gosling que están sencillamente maravillosos. Actúan, cantan, bailan y se enamoran con una facilidad pasmosa, haciendo que me pregunte si no es mucho más meritorio lo que ellos (que no son bailarines de verdad) son capaces de hacer aquí que lo que hicieran en su época tipos como Fred Astaire, Ginger Rogers o Gene Kelly (y perdonen por la blasfemia). Ellos son los que convierten la película en esa joya del 2016 y los que provocan que uno salga de la sala del cine silbando las primeras notas del tema City of stars que da nombre a la versión española del título y con el corazón más feliz.
Pero no todo es perfecto en el film. Chazelle es un enamorado del jazz y eso se nota demasiado. En ocasiones, he llegado a echar en falta más canciones (esto es un musical, recuerden) y me han sobrado algunos temas de piano. Y es que, contradiciendo al personaje de Gosling, no todo el mundo tiene porqué amar el jazz.
Y estos pequeños detalles (música, guion, ritmo) que hicieron que en algún momento se me hiciera un poco pesada hacen que me plantee si estamos de verdad ante la mejor película del año. A falta de un puñado de estrenos fuertes (Manchester frente al mar, Lion, Loving, Fences, etc.) me atrevería a apostar que el trabajo como director de Chazelle bien merece todos los premios, y lo mismo puedo decir de Gosling y Stone, pero si analizamos la película en su conjunto, no me parece que La la land: ciudad de estrellas sea mejor que La llegada, por ejemplo, ni mucho menos que Hasta el último hombre. Aunque me temo que ninguna de las dos va a entrar en las quinielas finales.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

EL CONTABLE: Ben Affleck puede con todos.

El Contable es un interesante thriller de acción ideado a mayor gloria de Ben Affleck, cuya habitual expresividad le sienta a su personaje como un guante, pero al que han rodeado de un buen puñado de grandes actores para completar la función.
Siendo algo simplistas, podíamos definir la película como la respuesta a la pregunta de qué pasaría si Sheldon Cooper hubiese sido educado por un estricto padre de formación militar. Y es que, con un trasfondo presuntamente dramático, El contable cuenta la historia de Christian Wolff, un asesor fiscal con síntomas de autismo y síndrome de asperger que lo convierten en un ser asocial y falto de empatía, a la par que un genio con los números, pero al que la dureza de su pasado le reserva sorprendentes secretos.
Bueno, para hacer honor a la verdad lo cierto es que de sorprendente tienen poco, ya que la gran revelación de aguarda al final del film se intuye en sus primeros compases, pero en realidad no es algo que importe demasiado. Tampoco la trama empresarial que hay de fondo. Lo interesante es la ambición de su director, Gavin O'Connor (del que recientemente pudimos ver Lavenganza de Jane), que busca un trasfondo dramático a una historia de acción que rememora en cierto modo a los justicieros implacables de los años ochenta, con un violento e insensible Ben Affleck que recuerda por momentos al Equalizer al que dio vida Denzel Washington en la película de Antoine Fuqua.
Junto a Affleck aparecen grandes figuras como J.K.Simmons, John Lithgow, Jeffrey Tambor, Jon Bernthal y una sorprendente Anna Kendrick bastante alejada de los papeles más cómicos o musicales habituales en ella.
Es El Contable una película con más ambición que méritos, y su guion no es tan redondo como pretende, pero siempre se agradece un buen film de acción que ofrezca un análisis algo más profundo de su protagonista y dote de  una vida tras la máscara de tío duro al protagonista, aunque es cierto que deja con cierta sensación de que se podría haber sacado algo más con estos elementos. Al final, queda una especie de versión pobre de Jason Bourne, otro héroe de acción moderno con problemas de personalidad, aunque por diferentes motivos.
Como sea, Affleck convence y la dirección de O’Connor es electrizante y elegante, lo cual basta para disfrutar de un buen entretenimiento con buenas dosis de acción.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 12 de julio de 2015

TERMINATOR: GÉNESIS (7d10)

Una vez más, al acudir a una sala de cine a ver una secuela/remake/reboot de un clásico de nuestra infancia nos asalta la inevitable pregunta: ¿era necesario?
En el más puro sentido de la palabra la respuesta es un rotundo NO. Cuando una película es tan interesante y emocionante como Terminator y tiene una secuela absolutamente brutal y revolucionaria como Terminator 2: El juicio final, no hay ninguna necesidad de volver a remover las cenizas del pasado, aparte del hecho de que va a ser imposible estar a la altura (ya se intentó en dos ocasiones y una serie de televisión y no se logró).  Podría ser un caso parecido al de Jurassic World, imposible de estar a la altura de la primera pero mucho más entretenida que sus flojitas secuelas.
Pero, como con Jurassic World, hay una segunda respuesta válida: si de verdad hay que hacerlo, hagámoslo bien. Y conscientes de que no se va a repetir la magia ni la genialidad de las dos obras de James Cameron (no en vano es uno de los mejores cineastas de la historia) se han esforzado para hacer una historia coherente, acorde con el paso de los años y lleno de autoreferencias y homenajes a las películas de 1984 y 1991 respectivamente.
De algún modo se podría decir que los productores han aprendido de los errores anteriores. Si la primera película era tremendamente original, violenta y (por momentos) aterradora y la segunda era un espectáculo visual adrenalítico y sin dar un respiro al espectador, parecía que ya todo estaba dicho en un universo que ni Cameron ni el propio Schwarzenegger parecían interesados en recuperar. Cuando al fin se hizo Terminator 3: la rebelión de las máquinas en el 2003 se trató de avanzar algo en la historia, pero la película de Jonathan Mostow terminó siendo una simple historieta más de robots venidos del futuro con una T-X macizorra sustituyendo al T-1000 de  metal líquido y dejando a todo el mundo con las ganas de ver por fin la guerra del futuro que tan solo había insinuado brevemente Cameron. Tras el fiasco en taquilla hubo que esperar seis años más para ver por fin esa guerra del futuro, pero para ello se tuvo que renunciar a los dos pilares fundamentales de la franquicia: los viajes en el tiempo y el bueno de Arnie, liado en asuntos de política y al que solo se le ve digitalmente y de forma muy breve. Terminator: Salvation de McG fue la que peor funcionó en taquilla y obligaba o bien a finiquitar la saga o a replantearla de nuevo.
Tras el buen trabajo de J.J.Abrams en Star Trek y de Bryan Singer en X-men: días del futuro pasadoel camino a seguir parecía claro para el director Alan Taylor (recién salido de Thor: el mundo oscuro). Al fin y al cabo, si hay una saga con derecho a modificar su historia mediante viajes en el tiempo es esta, ¿no?
Así, la acción arranca tal y como lo hacía la primera, pero dando más detalles. En el futuro John Connor está a punto de derrotar a Skynet de manera que este hace un desesperado ataque final enviando a un T-800 a 1984 para asesinar a Sarah Connor, la madre de John, y evitar que el líder de los humanos llegue a nacer siquiera. Kyle Reese, el mejor amigo de John (y que todos menos él sabemos que es también su padre), deberá viajar tras el ciborg para salvar la vida de Sarah. Sin embargo, cuando llega a 1984 la historia, tal y como él la conocía, ha cambiado.
Me apasiona el tema de los viajes en el tiempo, considerando que, dentro de la ciencia ficción más fantasiosa, debe ser tomado como un simple divertimento. La opción de los guionistas Laeta Kalogridis    y Patrick Lussiern de crear diversas líneas temporales me resulta interesante, además de permitirnos ver (la magia del maquillaje y los efectos digitales) a tres Schwarzeneggers de distintas edades. Obviando (aunque tampoco creo que renegando, como se ha dicho por ahí) la tercera y cuarta parte de la saga el film de Taylor se compone de un complicado jeroglífico de  viajeros temporales que permite ver otra vez en acción al T-1000 (con otro actor, claro) y a un nuevo villano, aunque ni rastro de ningún T-X.  Lo malo de meterse en estos berenjenales es que las paradojas son casi inevitables (todo Terminator en sí es una gran paradoja, intencionada en un primer momento), y al final de la película se encuentra uno con demasiadas preguntas sin responder que pueden llegar a molestar, sobre todo por no saber si se deben a fallos de guion, vagueza de los guionistas o simples puertas abiertas de cara a futuras entregas.
En el apartado interpretativo, con un Schwarzenegger tan inmenso como siempre, podemos mirar con lupa a Emilia Clarke, que sale bien parada en su transformación en Sarah Connor. Aunque las comparaciones con Linda Hamilton sean odiosas hay que agradecer que su rol sea ligeramente diferente al de su predecesora para poderse distanciar un poco.
No funcionan mal los otros dos protagonistas, Jason Clarke y Jai Courtney, pese a que ninguno de los dos sean actores santos de mi devoción, de los cuales no hablaré demasiado por no entrar en spoilers (aunque la propia productora, incomprensiblemente, se ha empeñado en hacerlo, tanto en alguno de los posters –no los aquí reproducidos- como en el tráiler), aunque se echa en falta algo más de importancia en el papel del inmenso J.K. Simmons, recuperando al uno de los policías anónimos que sufrió el ataque del Terminator de la primera película.
En fin, que la historia, por más que se vuelve algo previsible hacia su final, es más que convincente, con todo lo que uno podría esperar de una secuela de Terminator y que no nos habían dado desde que Cameron dejó la franquicia. No es oro todo lo que reluce, por supuesto, y ni Taylor es Cameron ni su película está  a la altura de los dos primeros clásicos, pero la acción está bien filmada, no concede un respiro al espectador y está salpicada con ligeras dosis de humor como era menester. De nuevo en referencia a mi opinión de Jurassic World debo repetir que no tiene esta película (muy hija de su tiempo pese a todo) el alma ni la magia de aquellos primeros Terminators, pero como blockbuster veraniego cumple con creces.
Eso sí, para los que la vemos doblada, se echa mucho de menos el doblaje de Constantino Romero. Sin él, eso de “Volveré” no suena igual de bien.  




domingo, 1 de febrero de 2015

WHIPLASH (6d10)

Estrenada bajo una aureola de obra maestra y llamada a ser una de las máximas favoritas en la inminente edición de los Oscars, Whiplash es una nueva vuelta de tuerca a la difícil relación entre un educador y un alumno, ahondando en la enfermiza obsesión de cada uno y siguiendo literalmente la máxima aquella que decía que la letra con sangre entra.
Con una dureza que podría en ridículo a aquellos recordados profesores de Fama y que lo acercan más al sargento Hartman de La chaqueta metálica, el profesor Fletcher es un veterano músico de jazz que, con la esperanza de encontrar un diamante en bruto al que poder pulir, dirige una banda en una de las más prestigiosas academias de música de California. Cuando se encuentra con Andrew, un joven con talento para la batería, se crea un vínculo de amor/odio entre ellos que los llevará a un enfrentamiento tanto físico como psicológico que a la vez que forzara a que uno aprenda del otro podría llegar a destruirles.
Invitando a la reflexión sobre cuáles son los limites en un mentor cuando tanto es lo que hay en juego (hablamos de la grandeza musical, la perfección y hasta la inmortalidad), la película se me hace en algún momento ligeramente cansina, más cuando pudiendo llegar a apreciar el jazz (aun sin ser ni de lejos un gran conocedor) no digiero con facilidad tanto exceso “bateristico” ni logro ningún tipo de empatía con el joven protagonista, mientras que el actor que lo interpreta, Miles Teller, pese a sus evidentes esfuerzos, no es para nada santo de mi devoción. No estamos, por lo tanto, ante una de mis favoritas para el Oscar, no llegando a compartir siquiera la idea de que merezca estar entre las nominadas, siendo un producto de entretenimiento más con un trasfondo visto mil veces en el cine y al que solo hay que sustituir la batería dichosa por cualquier otro instrumento de grandeza para un chaval que, visto lo visto, podrá tener las aptitudes, pero nunca las actitudes para merecer el triunfo.
Afortunadamente, J.K Simmons sí logra brillar hasta límites insospechados en su interpretación de esta especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde que es el profesor Fletcher, en una actuación memorable y que logra poner los pelos de punta en numerosas ocasiones, haciendo que todos los aplausos que se dirijan a la película sean casi exclusivos para él. Simmons logra mantener la fuerza y el ritmo de la narración (logrando estar presente incluso en las escenas en las que no aparece) y crear una atmósfera tan acongojante que traspasa la pantalla y consigue incomodar al propio espectador.
Whiplash es J.K.Simmons. Sin él, solo tendríamos los lloriqueos de un niñato y mucha, demasiada, batería en una obsesión tan enfermiza que no todo el mundo logrará comprenderla.
Yo, desde luego, no lo logré.









domingo, 30 de marzo de 2014

UNA VIDA EN TRES DÍAS (4d10)

Cuando en 2007 Jason Reitman estrenó Juno (aunque ya se había dado a conocer con Gracias por fumar) todo el mundo intuía que se trataba de un nuevo gurú del cine indie, cosa que pareció confirmarse con su siguiente título, la excelente Up in the air. Ahora, cuatro años después del título protagonizado por George Clooney, su globo parece haberse desinflado,  y el retoño de Ivan Reitman (el creador de tantas comedias geniales de los ochenta que ahora es injustamente ninguneado por aquellos cabestros que aseguran que el bueno de la familia es el niño Jason) se encuentra artísticamente estancado demostrando que todo lo que tenía de buen director lo tiene de mal guionista y que sus pretensiones de genio no hacen sino aumentar la tediosidad aburrida y casi insoportable de su último trabajo.
Pero vayamos por partes. Una vida en tres días, película tan mala como su título en español (textualmente habría sido más acertado algo parecido a El puente del día del trabajo, ya que la acción transcurre a lo largo de cinco días), cuenta la historia de Adele y su hijo Henry que viven solos en una casita a las afueras de un apacible pueblo de Massachussets hasta que se cruza en sus vidas Frank, un fugitivo recién escapado de prisión que les obliga a ayudarle primero para, en apenas unas horas, pasar a ser el hombre de la casa y ejercer de padre para Henry y marido para Adele, teniendo tiempo (mientras se esconde de los vecinos y la policía, recordemos) para arreglar el porche, bailar con la música a todo volumen o enseñar a jugar a béisbol al insípido del niño. Por no mencionar una de las escenas más ridículas de la historia del cine que convierte la realización de un pastel de melocotón en el gran leif motiv de la película, con bochornoso recuerdo a la escena con el barro de Ghost incluida.
Pero lo peor de la película no es que resulte espantosamente aburrida y que carezca del más mínimo sentido del ritmo (la historia del fugitivo no es más que un pretexto para desarrollar una historia de amor pastelosa y totalmente falta de pasión) y que nada tiene que ver con Sin escape, aquel thriller de Van Damme, Rosanna Arquette y uno de los Culkin que partía de la misma base argumental que esta). Tampoco lo es la absoluta falta de química de la pareja protagonista, un Josh Brolin tan acartonado como de costumbre y una Kate Winslet demasiado parecida a la de Revolucionary Road. Ni siquiera lo es que se desaproveche a algunos actores interesantes como Clark Gregg o el siempre genial J.K.Simmons (también se deja ver por ahí Tobey Maguire, pero corramos un tupido velo).
No, lo peor de todo es que el bueno de Jason Reitman se ha creído que es un genio de la narrativa y un poeta con imágenes, y como si se tratase de un Terrence Malick de oferta mezcla sin complejos la historia narrada con flashbacks al principio incomprensibles (y cuando se completa el puzzle y se pueden interpretar pierden el poco interés que pudiesen tener) con metáforas visuales sobre el amor y la pasión. Esto hace que esta historia previsible y aburrida que en buena lógica no debería pasar de ser más que un simple telefilm de media tarde sea además pretenciosa y pedante, aspirando a una profundidad metafísica que produce más vergüenza que reflexión.
Ya he comentado la metedura de pata del título en español, pero reincido en ello porque cuando aparece en pantalla unos créditos que indican que comienza el domingo (cuando la acción empieza en viernes) uno se hace esperanzas de que la cosa esté a punto de terminar, por lo que al comprobar que tan solo estamos a mitad del metraje la desesperación puede ser terrible.
Resulta curioso que estemos echando de menos a esa actriz porno con pretensiones de guionista llamada Diablo Cody, pero lo cierto es que de su mano las historias de Reitman funcionan mucho mejor, con un desarrollo de personajes mínimamente comprensibles a los que podemos llegar a comprender o con los que identificarnos. No es el caso de Una vida en tres días, donde la forma de actuar de los personajes (ni aun aceptando la depresión de ella o lo que se revela en los flashbacks totalmente superficiales y mal filmados) carece de toda lógica, por lo que la empatía que desprenden es nula.

Una colección de bostezos y poco más.

domingo, 22 de septiembre de 2013

JOBS (4d10)

Quizá demasiado reciente en el recuerdo la brillante exposición que David Fincher y Aaron Sorkin hicieron sobre Mark Zuckerberg y la creación de Facebook, uno esperaría que la aproximación a la figura de Steve Jobs, cofundador de Apple siguiese los mismos derroteros, pero por desgracia no es así, quedando a años luz de distancia de La red social, en la cual podía uno simpatizar más o menos con el personaje que interpretaba Jesse Eisenberg, pero al menos se salía del cine conociendo al personaje y sus motivaciones.
No es así con Jobs, ya que para empezar no se sabe si admirar o despreciar a ese tipo larguirucho y desgarbado demasiado pagado de sí mismo que logra hacerse millonario sin saberse muy bien cómo. Y es que dejando de lado los conocimientos que uno pueda tener sobre el mundo de Apple (o lo que nos pueda interesar), no queda bien definida en la cinta la aportación de Jobs en la industria, quedando (a manos de un profano como yo) la sensación de que se trata de un simple charlatán que se aprovecha del éxito de otros, inicialmente de su amigo y socio Steve Wozniak (Josh Gad).
El primer problema de la película está en la elección del director, Joshua Michael Stern,  un desconocido con apenas un par de títulos en su currículo, con lo que se indica por dónde van los derroteros en cuanto a ambición cinematográfica se refiere, y al que le tiembla la mano a la hora de confeccionar una biografía totalmente carente de épica.
Continuamos con el guion. No voy a insistir en comparaciones con la magnífica película de Fincher (tampoco sería justo), pero cualquier biopic que se precie debe conseguir transmitirnos algo del personaje a tratar, y la narración no lo consigue en ningún momento. Es decisión del guionista decidir si quiere dar un esbozo de toda una trayectoria (se me ocurren los ejemplos de Chaplin o Ed Wood), centrarse en una época determinada (como con Jerry Lee Lewis en Gran bola de fuego) o incluso minimizar la cosa y centrarse en apenas unos días (Mi semana con Marilyn). También conviene saber de qué se quiere hablar, si de su trayectoria profesional, su vida personal o de todo en general, dando importancia al hombre por encima del personaje. Esto son cosas que se deben decidir en reuniones previas al comienzo del rodaje, de manera que todos los miembros importantes del equipo (guionista, director y productor) sepan que están en la misma onda. Obviamente, en el caso de Jobs esas reuniones no existieron, pues o bien estamos ante una película recortada que debería durar cuatro horas más o hay tantas lagunas en la historia que solo la tremenda incompetencia de sus autores puede justificarlas. Y ¡ojo! no estoy haciendo prevalecer mis deseos. No debe ser el espectador quien decida si le apetece más saber detalles truculentos de la vida privada de Jobs o prefiere una película de enredos empresariales. Pero lo que es inaceptable es que se entretengan en explicarnos detalles íntimos como la relación de Steve con una novia a la que deja embarazada para renegar luego de su hija para luego no volver a saber de ella, se nos plantee una semilla de drama con la (mala) relación entre Steve Jobs y su amigo Daniel Kottke (Lukas Haas) para que luego este personaje desaparezca por arte de magia, o que de repente nos encontremos sin saber cómo con un Jobs casado y con hijos. Por no mencionar que se ignora por completo cualquier detalle sobre su enfermedad. Por otro lado, el recorrido de Jobs como dueño de Apple se centra más en su mala relación con el presidente de la junta de accionistas Arthur Rock que en sus logros tecnológicos.
La película comienza con una imagen de Jobs ya mayor en la presentación del iPod, pero esa secuencia solo parece servir para presumir de los buenos maquilladores que hay en la película y en como consiguen que Ashton Kutcher se parezca a Steven Jobs, al cual si hubiésemos visto directamente joven no habríamos podido identificar, ya que tampoco avanza la historia hasta la creación del susodicho iPod, así como no hay referencia alguna (ni siguiera en forma de títulos de crédito finales explicativos) de la creación del iPhone, de iTunes o de la productora de cine Pixar.
Dejando aparte las evidentes limitaciones interpretativas de Kutcher, que tal y como Daniel Day Lewis hacía en Lincoln se reduce a pasear encorvado y con andares de gallina clueca por toda la película, Stern –que apenas consigue un film digno para la televisión- parece creer que un buen reparto lo soluciona todo, y así vemos deambular por aquí a Dermot Mulroney,  Matthew Modine, J.K.Simmons, Leslie Ann Warren y un visto y no visto James Woods. Además, la decisión de contratar como protagonista a Kutcher pesa mucho y está claro que el papel le viene grande a un actor que ya hace tiempo que parecía haber renunciado a triunfar en cine (por cierto, una curiosidad: para demostrar la supuesta madurez del personaje se usa la metáfora de ver al protagonista cortándose algo el cabello y quitándose la barba, justo lo mismo que hacía Kutcher con su personaje en Dos hombres y medio).
Quizá el verdadero problema estribe en lo reciente de la muerte de Jobs, un personaje demasiado cercano como para no tener a todos sus herederos revoloteando alrededor de la película, obligando a dar una imagen del informático demasiado amable, pues si bien se dan algunos retazos de su carácter ególatra y dictatorial, el resumen lo deja como un idealista, un creador de sueños, ignorando las muchas denuncias que tenía por explotación y sus malos modos empresariales.

Me duele dar una  nota tan baja a una película que tampoco es tan horrible, poro asistir a un biopic que te deja con más preguntas que antes de verla no puede merecer un aprobado. Esperemos que la aproximación a Wikileaks que se está ultimando en Hollywood cumpla con las expectativas. Jobs no lo ha hecho.