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lunes, 29 de diciembre de 2014

BIG EYES (7d10)

Para un gran defensor del cine de Tim Burton como yo, resulta preocupante reconocer que su mejor película en los últimos años sea la más opuesta al estilo visual que tanto le caracteriza. 
Más de actualidad últimamente por su vida sentimental que por sus trabajos cinematográficos, el otrora genial realizador ha tenido que alejarse de sus dos iconos eternos: Johnny Deep y Helena Bomhan Carter (sólo Danny Elfman sigue al pie del cañón) para poder centrarse más en la historia que en la estética de la misma, algo que últimamente flaqueaba en sus películas. No habiéndome desagradado Sombras Tenebrosas –porque hay que reconocer que su versión de Alicia en el País de las Maravillas era sumamente indigesta (una explosión de color tan solo comparable a su Charlie y la fábrica de chocolate)-, siempre he apreciado la destreza gótica del cineasta en títulos como Eduardo Manostijeras, Batman o Bitelchús (confirmada ya su secuela, por cierto), pero donde de verdad me ha cautivado es en títulos como Ed Wood o Big Fish. En ese estilo más intimista y pegado a la realidad se encuentra esta Big Eyes, aunque incluso carece de los toques de locura de aquellas, por más que los guionistas sean los mismos que dieron forma a la estrambótica historia del director de Plan nueve del espacio exterior. Aquí, el único elemento reconocible de la personalidad burtoniana son los cuadros pintados por Margaret Kenae y alrededor de los cuales gira toda la película, que bien podrían haber inspirado al propio Burton en el pasado cuando creó sus más afamados dibujos, como los que protagonizaron la película Pesadilla antes de Navidad o su libro de cuentos alrededor del Niño Ostra y su pandilla. No obstante, no encuentro nada de malo en que un director se aleje momentáneamente de un estilo visual rígidamente autoimpuesto si ello le permite crear una buena película. Sin duda, Big Eyes corre el peligro de no ser recordada bajo el estigma de ser “una película de Tim Burton”, pero a lo mejor tampoco es lo que se pretende. A lo mejor lo que de verdad interesa es que sea recordada como “una película de los niños de Keane”.
Margaret es una pintora aficionada que emprende una nueva vida junto a su hija adolescente (y musa de su obra) tras su divorcio. Es entonces cuando conoce a Walter Keane, también pintor aficionado, comercial inmobiliario de éxito y, sobre todo, un encantador embaucador. Es Walter quien empieza a promocionar la obra de su ahora esposa junto a la suya propia, pero cuando aquella empieza a triunfar decide apropiarse de los méritos de la misma, logrando fama mundial (pese a la oposición de algún crítico especializado) y gran riqueza y marginando cada vez más a la verdadera artista, obligada a trabajar casi encerrada para él y guardar para siempre su secreto.
Aunque con alguna comprensible licencia literaria, el guion es prácticamente un calco de la historia real de Margaret, a la que da vida con su sobriedad habitual Amy Adams, una artista de estilo hipnótico que quizá no era del agrado de todos pero logró abrir el debate, como su coetáneo Andy Warhol, entre calidad y comercialidad. Es su por entonces esposo, Walter, quien sale peor parado de la historia, con algún rasgo exagerado para conseguir mejor el rol de villano de la historia, apoyado por una interpretación quizá algo histriónica de Christoph Waltz.
Burton no inventa, se dedica simplemente a narrar una historia real que agradece los sutiles toques de humor por encima del drama y que permiten disfrutar de la obra con simpatía, asistiendo como telón de fondo a una guerra de sexos en una época donde la mujer todavía era poco más que un florero y con una sociedad donde las apariencias importan más que el contenido.
No será una obra redonda, pero en mi opinión, Burton ha vuelto al camino correcto, aunque para ello haya tenido que renunciar a su propia personalidad.
Y, afortunadamente, a la de Johnny Deep. Empieza una nueva era…

viernes, 22 de febrero de 2013

HITCHCOCK* (5d10)

Cuando se pretende realizar un biopic sobre uno de los más célebres e influyentes directores de la historia del cine lo menos que se puede hacer es pretender que su historia esté a la altura del personaje y que sea dirigida por alguien con unas capacidades demostrables para acercarse al menos al perfil del artista. Cuando en 1992 Sir Richard Attenbough acometió su biografía de Chaplin indagó en los recovecos de la mente de ese personaje que para el gran público no pasaba de ser un comediante con traje y bombín y bigotillo a lo Hitler, y gracias además, al impresionante trabajo de Robert Downey Jr. la película resultó un excelente ejercicio para acercarse a la personalidad del genial actor y director. Más fácil lo tuvo un par de años más tarde Tim Burton para descubrirnos a todos al que estaba considerado el peor director de la historia del cine, Ed Wood, en otra brillante recreación del Hollywood dorado y, Johnny Deep mediante, destripar una mente enfermiza y torturada del que apenas sabíamos nada aparte de su espantosa herencia fílmica. En el título que nos ocupa hoy, sin embargo, nada hay que pueda compararse a esas dos obras geniales que he citado. Ni el director Sacha Gervasi ni su actor protagonista, Anthony Hopkins, están a la altura de lo esperado, siendo los principales culpables de una película que se prometía interesante y termina flojeando más que un telefilm de sobremesa. Claro que eso es lo más fácil cuando el director debuta en ente oficio, después de que lo más destacado de su trayectoria en Hollywood sea el libreto de La Terminal, se Spielberg. Así, su dirección resulta plana y el ritmo de la acción es lento y soporífero, dando la sensación de no saber en ningún momento sacar partido del magnífico reparto que le han puesto entre manos. Sobre Hopkins, no voy a dudar aquí de su capacidad interpretativa – ¿qué duda cabe de que se trata de uno de los mejores actores que existen?-, pero o bien no se llega a creer nunca el personaje o la abusiva cantidad de maquillaje que le cubre el rosto le impide no ya interpretar con brillantes sino simplemente gesticular lo más mínimo (posiblemente ni andar siquiera, ya que apenas hay escenas de cuerpo entero del orondo director). Un maquillaje, por cierto, que ronda la caricatura y que recuerda más a productos patrios como Muchachada Nui o el clásico Força Barça de Alfonso Arús que a una superproducción de cine. Quizá el error haya sido buscar un gran actor y querer convertirlo a la fuerza en un clon del británico Alfred, cuando lo mejor habría sido o bien conformarse con que el parecido fuese mínimo a cambio de ganar calidad interpretativa o restar esa calidad pero buscar a un actor menos de mayor semejanza. Sea como sea, el resultado final es el mayor desaprovechamiento de un gran artista que se pueda recordar.
Pero quizá el mayor responsable de la decepción sea el guionista,  John J. McLaughlin, que a partir de un libro de Stephen Rebello pierde el rumbo al enfrentarse a la vida de Hitchcock sin tener bien claro lo que quiere contar. Una vez más estamos ante una película que podía haber tomado dos rumbos diferentes, y que querer abogar por ambos a la vez hace que el resultado sea pobre y simple. No estamos ante una biografía completa de Hitch, no nos explican sus orígenes, sus motivaciones, su etapa británica o sus primeras películas, pero tampoco es un estudio profundo y reflexivo de una etapa concreta, centrándose más en una faceta de su vida que en el conjunto, como trató de hacer con mayor fortuna Simon Curtis en Mi semana con Marilyn. La idea de centrarse más en el rodaje de Psicosis que en la vida de Alfred Hitchcock podría haber resultado adecuada si al salir de la proyección hubiésemos descubierto los secretos de dicho rodaje, pero tampoco es así, pues tras hora y media de película lo único que sacamos en claro es la obsesión del director por sus actrices (por amarlas y maltratarlas), sus desavenencias con una parte de la productora que no creían en el proyecto y la influencia de Alma Reville en él. Poca cosa para un personaje tan interesante y complicado, cuyas principales anécdotas reflejadas en el film son tan populares que es difícil que el cinéfilo medio descubra nada nuevo que le pueda sorprender.
Pese a todo, la película no es un despropósito total, claro está. El resto del reparto es tan impresionante que hacen subir el nivel de la media con su sola presencia, pero precisamente por ello se queda uno con la sensación de que con muy poquito esfuerzo se podría haber logrado algo mucho más interesante. No saber sacar apenas partido de la magnífica Hellen Mirren o el intenso Danny  Huston (¿qué tal si la película hubiese sido algo del tipo “Alfred y Alma” y se hubiese centrado más en la propia relación que en su faceta de director?), o permitir que Scarlett Johansson,  Jessica Biel o Tony Collette simplemente pasen por ahí, son errores casi imperdonables para el novato Gervasi que se ha estrenado en este mundillo con un proyecto que, desde el primer momento, le ha venido grande.

Habrá que esperar a que llegue a España la película para televisión The Girl, esta sí centrada en la relación entre Hitchcock (Tobey Jones) y Tippi Hedren (Sienna Miller) durante el rodaje de Los Pájaros, a ver si puede aportar algo nuevo a la figura tan conocida y desnudada hasta la saciedad del realizador de Con la muerte en los Talones.