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domingo, 22 de octubre de 2017

LA SUERTE DE LOS LOGAN: recuperando a soderbergh

Steve Soderbergh es un director brillante pero harto irregular. Capaz de películas pequeñas pero engrandecidas por su calidad, como Traffic o Erin Brockovich, títulos puramente comerciales de gran éxito como la saga de Oceans Eleven, cosas discretas como Magic Mike o Efectos secundarios o experimentos rarunos como Solaris o las dos películas sobre el Che, cada poco tiempo anuncia que se retira de la dirección para desdecirse al poco tiempo.
Es por eso que cada nuevo estreno suyo ha dejado de llamar ya la atención, y fruto de ello es la escasa repercusión que ha tenido La suerte de los Logan, apenas publicitada y con una distribución bastante reducida. Y es una lástima, porque este último título es quizá una de sus mejores películas, quizá no a causa de su extrema profundidad reflexiva pero sí como brillante entretenimiento no falto de inteligencia.
Muchos han definido La suerte de los Logan como una especie de Oceans Eleven en versión paleta, y no les falta razón. De nuevo estamos ante una peli de atracos en el que un variopinto grupo se organiza para orquestar un golpe maestro, situando al espectador del lado del bribón. Sin embargo, estos no tienen ni la elegancia ni el estilo de la cuadrilla de George Clooney, aprovechando Soderbergh para hacer un retrato de la América profunda, de perdedores a los que la vida ha tratado mal y que aspiran a devolverle la jugada en busca de una especie de justicia poética que equilibre la balanza.
Gran parte del buen sabor de boca que deja el film se deba agradecer al reparto, donde de nuevo Channing Tatum ejerce de su actor fetiche (es la cuarta colaboración entre ambos), con un solvente Adam Driver y donde sobresale Daniel Craig en un papel bastante más caricaturesco de lo que nos tiene acostumbrados.
La suerte de los Logan narra el atraco a la cámara acorazada del circuito de la Nascar en Carolina del Norte por parte de Jimmy Logan y sus hermanos junto a unos nada recomendables compinches. Lejos de abordar la crónica social más amarga, la película tiene un tono de comedia casi absurda que la acerca al estilo de los hermanos Coen en su mejor época y aporta con apenas cuatro pinceladas la emotividad justa para poder funcionar sin apenas altibajos. Podría ser que, puestos a buscarle alguna deficiencia, en ocasiones lo narrado sea demasiado increíble teniendo en cuenta el aparente nivel intelectual de los protagonistas, pero basta un ligero ejercicio de suspensión de la incredulidad para dejarse llevar y disfrutar con una película de atracos muy divertida y emocionante.

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 16 de abril de 2015

LA DAMA DE ORO (5d10)

Basada en un reciente episodio de la historia europea, La dama de oro es una buena muestra de cómo lo mejor y lo peor puede confluir en una película dotando al resultado final de un agridulce regusto totalmente irregular, haciendo caer en la mediocridad algo que, con muy poquito esfuerzo, podría haber sido un film notable e, incluso, oscarizable.
Eso mismo debió pensar el bueno de Ryan Reynols, ese muchacho empeñado en ser un héroe de comic que no hace más que encadenar fracasos y que Masacre puede ser su última oportunidad para demostrar que es una estrella en firme, cuando le pasaron el guion. Parecía una oportunidad de oro para demostrar que también puede ser un “actor de verdad”, y que las alabanzas recibidas por Buried no fueron fruto de la casualidad. Sin embargo, su mera presencia ya parece intuir que no es oro todo lo que reluce, y que lo único que resplandece en la película es el papel de oro utilizado por  Gustav Klimt para su cuadro Retrato de Adele Bloch-Bauer I, su obra más famosa (fue definida como la Gioconda austriaca) cuyo nombre popular da título a la película.
Al lado de Reynols, que se esfuerza pero demuestra una falta de carisma total, aparecen un desaprovechado Charles Dance, el correcto sin más Daniel Brülh y una Katie Holmes que simplemente pasaba por ahí, actores de renombre que actúan como meros comparsas de la estrella de la función, la Oscarizada Helen Mirren que se come a todos sus compañeros de plano sin parecer esforzarse demasiado para ello.
Con un tono que recuerda a la amable Philomena de Stephen Frears, La dama de oro cuenta la historia de Maria Altmann, una austriaca que tuvo que abandonar su país y a su familia tras la invasión nazi y que, tras la muerte de su hermana que la convierte en la última superviviente de la dinastía familiar, decide emprender una lucha legal contra el gobierno austriaco para recuperar la colección de cuadros que los nazis saquearon durante la Segunda Guerra Mundial y que al término de la misma fueron expuestos en el museo Belvedere de Viena, considerándolos patrimonio familiar.
Podríamos decir que la película contienen todos los elementos para ser un gran film: una historia interesante (además de real), unos actores de calidad y una efectiva combinación de géneros, ya que pese al marcado tono dramático hay en el film elementos de comedia, intriga, conflictos bélicos, persecuciones y sobretodo, el siempre atractivo fondo judicial. Sin embargo, Simon Curtis (que en Mi semana con Marilyn ya se encargaba de retratar una historia real con bastante más acierto) fracasa estrepitosamente en el momento de dar forma a su historia, confiriendo a la función un claro tono de telefilm y abusando del recurso del flashback con más presencia del pasado de los que precisa la historia.
No consigue Curtis, en ningún momento, hacerse con el mando de la historia, haciéndola plana e insípida y transformando en aburrida una trama que deberías ser muy interesante, dotándola además de una dirección torpe y excesivamente simplista, con errores de encuadre y fallos de record clamorosos.
Y es que más allá de conocer la historia real (o por lo menos la versión de Altmann de lo que sucedió) de la pugna por la propiedad de unos cuadros (en especial el mencionado retrato de Adele, tía de la protagonista, que posee un valor sentimental más allá de su cotización económica). Lo que supuso la primer demanda judicial contra una nación entera, Curtis no sabe aprovechar la oportunidad de plantear un retrato sobre la codicia, el orgullo y la propiedad de los patrimonios culturales (¿pertenece una obra a su dueño legítimo o al pueblo que merece distrutar de la misma?), elementos todos ellos inherentes a la historia pero apenas pincelados.
Una lástima, porque los cimientos ya estaban plantados. Solo había que trabajarlos un poco.