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lunes, 10 de julio de 2017

BABY DRIVER, granujas a todo ritmo

Desde siempre, la música ha sido un componente básico en el mundo del cine, antes incluso de que los actores tuviesen voz. 
Algunas películas han destacado, casi por encima de por su propia trama, por las canciones que las acompañaban (como American Graffity, Los amigos de Peter o Forrest Gump, por poner algún ejemplo) y hay directores que han hecho del arte de elegir bien sus canciones sus propias banderas. No sería de extrañar que autores como Quentin Tarantino o Peter Gunn escribiesen sus guiones comenzando por la selección musical y el genial Edgar Wright ha sido el último en subirse al carro.
En Baby driver, su última película, las canciones son parte fundamental de la trama, integradas en el argumento con más habilidad aún que en Los Guardianes de la Galaxia y su secuela y con un gusto bastante menos irregular que el del creador de Pulp Fiction. Baby driver no es un musical, desde luego, pero poco le falta. Escenas como la del protagonista tecleando un piano invisible mientras le cuentan el plan de un atraco o el plano secuencia que lo sigue por la calle cuando va a por café son dos claros ejemplos de las intenciones de Wright de conseguir una comunión perfecta entre el personaje y sus referentes melómanos, convirtiendo las canciones en algo tan básico para él como el comer.
Visualmente, Baby driver puede parecer seguir los esquemas básicos de las películas de atracos, recordando en su punto de partida a las bandas perfectamente organizadas como las de Oceans Eleven o Ahora me ves, pero mientras en aquellos casos se trataban de un grupo que termina convirtiéndose en amigos aquí está bien claro desde el principio que cada uno vuela por su cuenta, y solo la presencia de Doc (Kevin Spacey) logra a duras penas mantenerlos a raya. En un conjunto de desquiciados perdedores, ambiciosos y perturbados, Baby es un chico atrapado en un mundo que no es el suyo, arrinconado por los fantasmas de su pasado y por una serie de malas decisiones que lo perseguirán para siempre. Es tímido y reservado, casi como el Ryan Gosling de Driver (otra peli de un conductor donde la música era muy importante, aunque en las antípodas -en todos los sentidos- de esta), pero que cuando se pone al volante podría dejar en ridículo a los Torete y compañía de Fast & Furious. 
Y cuando conoce a Debora parece que el amor va a poder entrar en su vida y que va a conseguir escapar de lo que es ahora. Parece…
Aunque algo alejado del humor absurdo y frenético de la llamada “trilogía del cornetto”, están en Baby Driver algunas de las señas de identidad de Wright, mucho más comedido en el aspecto surrealista que en el caso de Scott Pilgrim, pero sin perder (quizá incluso incrementando) su potencia visual. Esta podría ser la mejor muestra del talento narrativo de Wright, que consigue exprimir al máximo a sus actores (sorprendente Ansel Elgort, capaz de alternar momentos de desquiciante pasividad con excesos interpretativos al ritmo de su música), y hasta Jimmy Foxx, muy desaprovechado en alguna de sus últimas películas, como Amazing Spider-man 2 o Noche de Venganza, está estupendo.
Puestos a ponerse puntillosos, quizá se podría criticar algo del recurso fácil empleado para confeccionar la escena final, pero es pecatta minuta para un film repleto de buen humor, acción desenfrenada y espectaculares escenas de persecuciones callejeras. Wright, tras el desengaño con Marvel que le llevó a abandonar Ant-man, ha tenido plena libertad para hacer “su” película, y el director ha sabido recompensar esa confianza pariendo una gran obra, un relato violento y oscuro que se disfruta con una sonrisa e invita al optimismo.
Quizá sea injusto juzgar a una película por su banda sonora (al final, no es tan complicado hacer una buena selección musical). El mérito real está en saber vincularla tan magníficamente en la acción. Y en ese aspecto, Wright ha demostrado ser un maestro.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 12 de marzo de 2016

LA SAGA DIVERGENTE: LEAL. La última soseria utópica, parte uno.

En una época en la que mes sí, mes también, nos encontramos con alguna adaptación del tres al cuarto de esas novelitas para adolescentes femeninas que se engañan creyendo que fantasear con los machos alfa de estas obras (evidentes sucedáneos de los Vales, Superpops y pegatinas forracarpetas de otras generaciones) es el equivalente a consumir literatura de verdad (guiño, guiño) no voy a hacerme el sorprendido por la apatía total y absoluta que desprende este título, penúltima entrega de una saga que no debió pasar de la primera.
Con no pocas similitudes con la referente LosJuegos del hambre (aunque también podría llegar a salvar ciertos momentos de El Corredor del Laberinto), La saga Divergente copia sin rubor los esquemas de las andanzas de la pizpireta Jennifer Lawrence, pero centrándose en sus defectos e ignorando sus virtudes. O, si acaso, corrompiéndolas.
Con una distopía en la que la metáfora politicosocial implícita (el poder corrompe) se repite hasta en dos ocasiones en la misma película (y eso que se supone que solo adapta la mitad de la novela), no hay espacio para la sorpresa en esta sucesión de clichés tan mal dirigida como interpretada. Si en Los Juegos del Hambre se jugaba a que el personaje encarnado por Julianne Moore terminaba siendo tan dañino como el villano que era Donald Sutherland, en esta ocasión es Naomi Watts quien tras derrocar a Kate Winsley termina alzándose con el papel de villana para que luego pase a manos de Jeff Daniels. Y ojo, no estoy soltando ningún spoiler. No solo salta a la legua desde el primer minuto que entra en escena (y por si no somos muy perspicaces el guaperas de la función, Cuatro, se asegura de recordarlo constantemente) sino que incluso se puede ver en el propio tráiler.
Sin ánimos ya de encontrar más contenido que el ofrecido en la capa más superficial de su historia, podría quedarnos el consuelo de al menos estar ante un buen entretenimiento, pero tampoco. Hay demasiados peros que impiden disfrutar de una película que se repite continuamente de manera cíclica y sin espacio para el más mínimo riesgo. La poca espectacularidad que ofrece se debe más al dinero que al talento, y tampoco es que el abuso de digitalización de para mucho. Además, el director maneja tan mal los ritmos que ni siquiera consigue que la muerte de un supuesto protagonista tenga el más mínimo valor dramático.
Resulta curioso además, como la supuesta necesidad de partir en dos la novela para poder adaptarla mejor no consiga que lo poco que se puede rascar de la historia quede bien explicado. Mientras la protagonista Tris y sus amiguitos campan a sus anchas al otro lado del muro (empeñados en realizar acciones sin sentido y poco acordes con sus propios personajes), la historia de la lucha que se produce en Chicago, aquella que han dejado atrás, entre las fracciones de Naomi Watts y la de Octavia Spencer , es narrada de forma confusa y apática, mientras que los esfuerzos por infantilizar tanto la cosa impiden que se vea la más mínima gota de sangre incluso tras un disparo en la nuca a bocajarro, lo que resta el pretendido dramatismo de las muertes.
Los actores, por su parte, no solo están horrendos, sino que pueden estar cavando su propia tumba, demostrando que están en esta película por obligaciones contractuales o por simple dinero. Ni Jeff Daniels ni Naomi Watts parecen creerse nunca sus papeles. Theo James, Zoë Kravitz y Ansel Elgort no merecen pasar de fugaces estrellas postadolescentes y los cabeza de cartel, la Shailene Woodley que asombró en Los descendientes y el Miles Teller que se metió a la crítica en el bolsillo por su papel de batería llorón en Whiplash (aunque ese mismo año se granjeó el odio de la crítica por su papel de superhéroe llorón en 4 Fantásticos), apuntan peligrosamente a unas carreras tan erráticas que amenaza con encasillarles en papeles vacíos y sin carácter.
Y es que si algo demuestra el anodino papel de Tris en este tercer capítulo de la saga es su total falta de carisma y personalidad, limitándose a ser una marioneta que se aleja sin pretenderlo del papel de líder al que debía someterse la Katniss de Los Juegos delHambre.
Quizá la única virtud de la película sea el esfuerzo por disimular que se trata de una mitad de película y darle una entidad más episódica que la saga inspirada en las novelas de Suzanne Collins o el desenlace de la franquicia de Harry Potter no supieron hacer. Pequeño mérito ante tan enorme despropósito plano y sin garra suficiente para llegar al menos a entretener.

Valoración: tres sobre diez.

sábado, 4 de abril de 2015

INSURGENTE (4d10)

Cansado como estoy de la invasión de películas basadas en noveluchas de las llamadas YA (Young adults) que surgieron con el deseo de emular el (incomprensible) éxito de la saga Crepúsculo, poco podía haber en este título capaz de interesarme lo más mínimo, más teniendo en cuenta lo indiferente que me dejó su primera entrega (Divergente), una fotocopia aburrida de Los Juegos del Hambre y visualmente mucho menos imaginativa que El corredor del laberinto.
Quizá lo único destacable de este exceso digital sea su reparto, encabezado de nuevo por una Shailene Woodley que ya había logrado su mejor papel antes de Divergente gracias a Los descendientes pero que hace poco logró convencer con su sufrida interpretación en Bajo la misma estrella. Con Kate Winsley repitiendo como villana (parece que toda saga YA que se precie debe tener su estrellita para que se limite a cobrar su cheque por rodar cuatro muecas), la película repite el mismo elenco de secundarios que su antecesora, con la diferencia que los apenas conocidos por aquel entonces Ansel Elgort (resaltando su lado más pedante y/o formal en la ya mencionada Bajo la misma estrella o en la fallida Hombres, mujeres & niños), Miles Telles (ahora niñato de moda por su participación en la gran Whiplash, aunque quien sabe si odiado por los mismos que ahora lo adoran cuando se estrene la polémica Los 4 Fantásticos),  Jai Curtney (que tras hundir la saga de La Jungla intentará hacer lo mismo con la de Terminator y el año que vienen meterá su careto en el Suicide Squad de DC) empiezan a sonar fuerte en Hollywood. Junto a ellos, los fichajes estelares de Daniel Dae Kim (¿alguien más añora Perdidos?) o Naomi Watts (¿pero a ti qué se te ha perdido por aquí, hija de mi alma?), aparte de Ashley Judd que de nuevo pasaba por ahí.
Como se puede ver, muchos de los actores han subido su caché desde el estreno de Divergente (no he nombrado a Theo James porque sigue tan perdido fuera de la saga como cabría esperar), pero es tal la apatía con la que se enfrentan a sus personajes que ni por asomo logran transmitir lo más mínimo, resultando tan insustanciales como el propio argumento.
Donde sí hay un cambio es en la silla del director, pues el Neil Burger de Divergente (que quitando El Ilusionista no es que haya hecho nada destacado) ha sido sustituido por Robert Schwentke, cuyo último trabajo ha sido (perdonen si se me escapa la risa) R.I.P.D., Departamento de policía mortal, y que también se encargará de Leal (o como sea que se llame Allegiant en España) última película de la saga (o no, porque también amenazan con dividirla en dos partes). Claro que para el caso ya podría estar dirigida por un macaco borracho, porque el único esfuerzo que parece haberse desempeñado en la película (y tampoco demasiado, no crean), es en el apartado infográfico. Casi se diría que los actores han podido rodar desde sus casas y que cuatro nerds desde sus ordenadores se han hecho cargo de toda la filmación, copiando, eso sí, el estilo visual de Transcendence, aunque ya en aquella película se pudo comprobar que no era un estilo efectivo (y es que estos de Hollywood no aprenden), resultando totalmente artificial y con la sensación de que se han gastado cuatro duros mal contados.
Insurgente no es, a la postre, ni mejor ni peor que Divergente. Solo es más de lo mismo, igualmente plana y vacía, por mucho que esos mundos distópicos quieran invitarnos a la reflexión. No hay ningún intento de disimular las carencias narrativas de la obra literaria ni las similitudes con el resto de mundos distópicos del resto de productos YA, invitándome a plantear la hipótesis de (en plena moda de los Universos Compartidos que hasta la fecha sólo Marvel ha logrado fraguar con éxito) esperar una película que nos revele que las historias de Los Juegos del Hambre, El Corredor del laberinto y Divergente transcurren en un mismo Universo, y que podrían llegar a juntarse Tris, Katniss y Teresa para liarse a tortas mientras son observados desde el espacio por un tal Ender y un puñado de vampiros fosforescentes esperan ansiosos para enrollarse (en forma triangular, por supuesto), con la vencedora. ¿Les parece absurdo? Bueno, tiempo al tiempo…

lunes, 19 de enero de 2015

HOMBRES, MUJERES & NIÑOS * (3d10)

Cuando se estrenó la nueva película de Jason Reitman y vi la poca distribución que tenía en las salas españolas sentí uno de mis habituales arrebatos de furia contra los que deciden qué tenemos que ver y qué no en las salas de cine, sintiéndome obligado a recurrir a otros formatos poco aconsejables para poder ver la película  (ya no es sólo las pocas salas en las que se estrenó, sino lo poco que la mantuvieron en cartel).
Costaba imaginar la poca confianza que se tenía en el hijo de Ivan Reitman, pese al patinazo de su última peli (la aburridísima Una vida en tres días), más teniendo en cuenta que en el reparto de esta última se encontraban nombres tan interesantes como Adam Sandler, Jennifer Garner, Rosemarie DeWitt o uno de los niñatos de moda, Ansel Elgort, pero debo reconocer que, una vez vista, entiendo y agradezco la escasa repercusión que ha tenido. Está claro que el bueno de Reitman ha perdido la magia que parecía demostrar en Gracias por fumar, Juno o Up in the air, película con la que parece tocó techo y desde la que no ha hecho más que caer.
Hombres, mujeres & niños pretende ser una fábula moderna sobre la incomunicación y los peligros de la red. Vivimos en un mundo interconectado, eso es cierto, y quizá sí que algunos exageramos con la dependencia que podemos sentir hacia nuestros móviles, tablets o iphones, pero de ahí a que el señor Reitman se pase dos horas aleccionándonos sobre un sistema de comunicación que, por lo visto, ha sido concebido por el mismísimo Lucifer es pasarse tres pueblos.
Y es que de eso va la peli, por más que se quiera disfrazar de conflicto intergeneracional y pretenda (no sin cierta pedantería) ofrecer su particular punto de vista sobre las relaciones humanas, ya sea entre padres e hijos o entre parejas sentimentales. Con unas imágenes intercaladas de la sonda Voyager viajando por el espacio que sobrealimentan la pomposidad de Reitman (tal y como sucediera con la Lucy de Besson), la película es un alegato casi fanático contra esa nueva sociedad que vive pendiente de “la nube”, una nube que, a ojos del director, solo parece servir para buscar pornografía.
Más allá del mensaje que este buen hombre nos quiera imponer y de que pueda yo estar más o menos de acuerdo con él o no, lo realmente malo de la película es que aburre tanto o más que aquella pastelada de Kate Winslet y Josh Brolin del año pasado, con unos personajes carentes de interés y unas tramas que quieren abarcar tanto que apenas parecen avanzar, consiguiendo que, a mitad de la película, perdamos el interés en todos ellos y nos importe un pepino lo que les sucedan.
Básicamente, Hombres, mujeres & niños es una pérdida de tiempo. Y una decepción más en manos de un director que prometía mucho y se está desinflando como el agua.
Internet sirve para muchas más cosas que el porno o los contactos sexuales, señor Reitman. Por ejemplo, para descargarse su película y no tirar ocho euros a la basura.
Bendita ironía.

martes, 15 de julio de 2014

BAJO LA MISMA ESTRELLA (7d10)


No es nada novedoso combinar en una misma película drama y romance, más si el drama viene provocado por la existencia de una enfermedad terminal. 
De hecho, cada generación posee su propio ejemplo y aunque ninguna logrará superar a Love Story (no ya por su calidad sino por su trascendencia social que la convirtieron, junto a su tema musical, en un clásico imperecedero) me vienen a la mente títulos como Elegir un amor con Julia Roberts o Un pedacito de cielo con Kate Hudson (de hecho este mismo fin de semana se ha estrenado, coincidiendo en cartelera con Bajo la misma estrella, Ahora y siempre, con Dakota Fanning enferma de leucemia.
Sin embargo pocas películas de este amargo género tienen el acierto de saber disfrazarse de comedia para enfrentarse a la enfermedad desde el humor (muy negro, por supuesto) y la ironía.
Hazel Grace es una adolescente que lucha a diario contra un cáncer de tiroides que se le ha extendido por los pulmones. Sin embargo, su mayor preocupación no es enfrentarse al dolor y la muerte, sino la imposibilidad de llevar una vida normal, tanto en la relación con sus propios padres como ante la posibilidad de encontrar amigos que la comprendan en lugar de comparecerla. Su única vía de escape es la novela Un dolor imperial, del americano afincado en Ámsterdam Peter Van Houten, al que se aferra como si fuese un bote salvavidas pese a lo abrupto de su final. Pero todo cambia cuando conoce a Gus Waters, que aparentemente ha derrotado a un osteosarcoma que se ha llevado por delante su pierna derecha, y obsesionado por no ser olvidado. Pronto entablan una gran amistad (a la que hay que sumar a Isaac, el mejor amigo de Gus, cuyo cáncer de ojos lo acerca a una irremediable ceguera) que, naturalmente, terminará derivando en amor.
Teniendo en cuenta estos elementos y el detalle de que todo parte de una exitosa novela juvenil de John Green, el director Josh Boone lo tenía muy fácil para caer en la tentación del melodrama de lágrima fácil y romance adolescente empalagoso,  pero la película prefiere apostar por el optimismo y el deseo de vivir que ya reflejaba la novela, huyendo del abuso de escenas de hospital y momentos de sensiblera fácil para construir una historia de amor dónde las alegrías pretenden superar a las tragedias y donde de lo que se trata es de saber vivir, no de saber morir, y con el romántico viaje a Ámsterdam para conocer al escritor como punto álgido de la historia.
Posiblemente el gran acierto del film haya que encontrarlo en su pareja protagonista, con una gran Shailene Woodley, que está sensacional cargando con todo el peso de la película (y que demuestra que puede ser una gran actriz dramática como se vio en Los descendientes mejor que la heroína aplaudida por muchos entre los que no me incluyo por esa tontería de Divergente) y con un Ansel Elgort (precisamente su hermano en la mencionada distopía) que no se queda atrás, y con el toque de calidad que aportan dos veteranos como Laura Dern y Willem Dafoe en roles secundarios. 
Woodley y Elgort poseen una química innegable que traspasa la pantalla y logran que sus personajes resulten creíbles y transmitan toda la carga emocional precisa para poder empatizar con ellos.
Pero al fin, por muchos momentos distendidos y pese a tener a dos adolescentes descubriendo el amor, el verdadero y gran protagonista es el cáncer y ello obliga a que, irremediablemente, todo tenga que derivar hacia el drama. Ya lo avisa Hazel Grace en la escena inicial: la vida real no es como en las películas y no todo puede arreglarse con una canción de Peter Gabriel.
Así que nadie se lleve a engaños: la historia de Hazel Grace y Gus nos hará reír, emocionarnos, enamorarnos y hasta soñar. Pero también nos hará llorar, no lo dudéis. Porque, al fin y al cabo, llega un momento en que la realidad debe tomar el mando.
Con la única pega de un metraje quizá algo excesivo y un ritmo algo errático (el viaje a Ámsterdam es un punto clave de la historia, pero está situado apenas a mitad de la película: aquí alguien debería haberle hablado a Josh Boorne de la diferendia entre el ritmo narrativo de una novela y el de una película) , Bajo la misma estrella (título que homenajea al propio Shakespeare) es emocionante y apasionada y merece ser vista tanto por lo que es como por saber evitar lo que podría haber sido.
Y es que por fin alguien ha entendido que una película protagonizada por adolescentes no debe ir dirigida sólo a adolescentes. Y más mientras Hollywood siga tratando a los adolescentes como a imbéciles. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

CARRIE (2013) (6d10)

De nuevo nos encontramos ante la adaptación de una novela, por lo que entramos de nuevo en el debate de si hay que valorar a la película por su calidad artística individual o por lo bien adaptada que pueda (o no) estar. Pero en esta ocasión tenemos ya una adaptación anterior de la novela de Stephen King, y no una adaptación cualquiera, sino todo un clásico del cine de terror (una reciente encuesta a coronado al Carrie de Brian De Palma como la película preferida para ver la noche de Halloween en Estados unidos).
No se trata, como en los casos más recientes (aun en cartelera) de Los Juegos de Ender y Los Juegos del Hambre: En llamas, de una novela juvenil, aunque hay que reconocer que cuando la escribió King tenía veintipocos años y la trama versa sobre una adolescente y su baile de graduación. Es, más bien, una mezcla de terror puro con drama, reflejando no solo la dureza (a veces destructiva) que pueden guardar en sus corazones los niños (y así es como se comportan los jóvenes americanos cuando les hablan del baile de graduación, como niños) sino los peligros que la religión puede contener cuando se confunde devoción con fanatismo.
Dejando de lado la novela (considerando el resto de su vasta obra, Carrie posiblemente sea la historia más fácil de adaptar de Stephen King), las comparaciones con el film de De palma del 76 son inevitables, no solo por contar la misma historia sino por la forma de hacerlo.
Agradeciendo siempre la fidelidad hacia la obra original, lo cierto es que el guion escrito por Rodrigo Aguirre-Sacasa es prácticamente un calco del libreto de Lawrence D. Cohen, hasta el punto que el autor de la versión del 76 consta como coguionista del remake actual. Es entonces, cuando la innovación se reduce a la utilización de los teléfonos móviles y los videos de youtube, cuando uno se pregunta la necesidad de hacer otra versión de una historia que, por cierto, ha envejecido francamente bien.
Kimberly Peirce, una directora sin apenas experiencia, se encuentra tras las cámaras, y aunque es cierto que tampoco De palma tenía en su haber ningún gran éxito con anterioridad a su Carrie, se le nota a la Peirce na cierta falta de contundencia, en una realización siempre correcta pero poco arriesgada, casi televisiva, sobresaliendo algo en las escenas de sangre pero patinando en la secuencia de más acción.
La historia es de sobras conocida: educada con extrema sobreprotección por su ultra religiosa madre, Carrie es una inadaptada social, sin amigas en la escuela, cuyo máxima humillación le llega cuando es objeto de burla de sus compañeras al tener su primera regla mientras se ducha en el gimnasio del colegio y reaccionar aterrada ante lo que piensa que es una hemorragia interna. La señorita Desjardin será (o intentará serlo) su única aliada, imponiendo un duro castigo a las muchachas por su crueldad y provocando, inconscientemente, que Carrie se gane su primera gran enemiga. Lo que nadie sospecha es que Carrie está desarrollando poderes telequinéticos. Y no tardará en aprender a utilizarlos.
Chloë Grace Moretz cumple bien en su papel de Carrie, quizá algo sobreactuada en los momentos más dolorosos, aunque su candidez y esa facultad que, aún sin ser una gran belleza, tiene para seducir las cámaras (como ya demostrara en Kick-Ass) es lo que más brilla en el film, en perfecto contraste con la oscuridad amarga de Juliane Moore, aunque poco se puede destacar del resto de protagonistas, un puñado de chavales que bien podrían haber salido de cualquier canal juvenil y a los que ni se espera ni se exige nada especial.
No es, entonces, una mala película, pero –aun olvidándonos de su predecesora- resulta demasiado sosa, le falta algo para emocionar con todo lo que la historia podría dar de sí. Y es una lástima, porque los medios para hacerlo estaban ahí.

Inquieta, pero no aterra.