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sábado, 30 de diciembre de 2017

THE DISASTER ARTIST, la inexplicable magia del cine.

The Room es una película que Tommy Wiseau pagó de su propio bolsillo con tal de poder dirigir y protagonizar su propio guion. O quizá considerarla película se demasiado generoso. Lamento profundamente no haber podido “disfrutar” Todavía de ella, pero parece ser un engendro tal que merece el nombramiento de “peor película de la historia”. Sin embargo, tiene algo mágico, algo tan horriblemente encantador que, una vez superado el shock inicial, se convierte en una comedia involuntaria que miles de fans entregados han disfrutado en sesiones especiales hasta convertirla en obra de culto.
James Franco es uno de esos fans entregados, y tras leer el libro autobiográfico The disaster artist: my life inside the room, the greatest bad movie ever made que Greg Sestero, el mejor amigo de Wiseau amén de coprotagonista de The Room, escribió sobre ese infernal rodaje, decidió convertirlo en su próximo proyecto como director (y el primero que se estrena en nuestro país).
Quizá como trabajo cinematográfico The disaster artist sea algo limitado (a Franco le queda aún mucho camino por recorrer), pero como muestra de la magia que puede encontrarse en esta locura que es el mundo del espectáculo resulta casi una obra maestra.
Es tentador comparar The disaster artist con el Ed Wood de Tim Burton, ya que ambas juegan a lo mismo, a utilizar la figura de un supuesto artista, totalmente incompetente y falto de talento, para hacer una oda al mundo del espectáculo, a eso tan difícil de definir que solemos calificar como “la magia del cine”. Por eso, The disaster artist, además de ser una comedia tronchante y servir como crónica de un rodaje y retrato agridulce de un creador, es una lección sobre como luchar por cumplir los sueños, en una alegoría sobre la superación y la amistad y la demostración de que los sueños, como en algunos cuentos de hadas, sí pueden hacerse realidad.
Wiseau, como Wood, es un tipo excéntrico, alguien por quien nadie en su sano juicio daría un duro, y que solo con el apoyo de un aspirante a actor sin demasiado talento como Sestero (en un soporte anímico similar al de Lugosi respeto a Wood) es capaz de seguir peleando. Como James Dean, ambos creen en sí mismos, por más que el resto de la industria les desprecie. Claro que ninguno de ellos es James Dean...
Franco no está a la altura de Burton, y es por ello que su película tiene alguna carencia visual, quizá demasiado plana para lo que el resto del conjunto merece, pero su interpretación es tan perfecta, y la recreación del mundo (y la película, lo que es más o menos lo mismo) de Wiseau es tan exacta que todo lo demás se le puede perdonar. De hecho, su mayor virtud es saber imitar a un tipo tan caricaturesco sin caer, precisamente, en la caricatura, y convertir su adaptación en un homenaje. Y es que, al fin de cuentas, la visión de Franco sobre Wiseau está hecha desde el respeto y la admiración.
Y es que, al final, no deja de tener su mérito conseguir hacer una película de culto, tal y como atestiguan algunos rostros reales (aparte de los cameos que se dejan ver por la película) dando sus impresiones sobre The Room.

Valoración: Ocho sobre diez.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LOS JUEGOS DEL HAMBRE: SINSAJO, PARTE DOS (8d10)

Cuando se estrenó la primera parte de Los juegos del Hambre: Sinsajo (a partir de ahora vamos a dejarlo en Sinsajo, si os parece), ya adelanté que la película parecía más una especie de prólogo excesivamente largo que terminaba en una especie de coitus interruptus, que dejaba totalmente insatisfecho al espectador, casi con la sensación de que le habían tomado el pelo. Vista de nuevo, compruebo que algo de razón tenía, más cuando recordaba con agrado las dos primeras entregas de la saga mientras que esta tercera había caído completamente en el olvido en mi ya de por sí caótica memoria, pese a ser la vista más recientemente.
Sin embargo, vivida la experiencia de realizar una mini-maratón con las dos partes de Sinsajo seguidas, lo cierto es que de no ser por la duración esa primera parte gana bastantes enteros, demostrándose así que no tenía mucho sentido sin el visionado inmediato de su continuación pero que sentaba bien las bases para comprender en qué se había convertido Panem tras la conclusión de los Juegos descritos en En llamas y la rebeldía de Katniss.
Ya entrados en harina, esta última película que cierra de manera triunfal la saga retoma la acción en el punto exacto en la que finalizó la primera parte de Sinsajo, amenazando con ofrecer más de lo mismo, con Katniss convertida en un icono publicitario y dejando la guerra en un despreciable segundo plano. Sin embargo, Francis Lawrence no decepciona y Katniss, después de rebelarse contra el sistema al principio de la saga, se rebelará también contra sus nuevos aliados con una sola idea en la cabeza: matar al Presidente Snow.
Sinsajo, parte dos tiene un marcado carácter de fin de fiesta, una despedida por todo lo alto donde todos los personajes protagonistas deben tener su pequeño momento de gloria siempre sin llegar a eclipsar a Jennifer Lawrence (por supuesto) y dónde, más allá del final de la rebelión, se deben clausurar el resto de tramas secundarias en las que no puede faltar, me temo, el imprescindible triángulo amoroso de la protagonista, un tema sobre el que gira parte de la trama pero que ni mucho menos terminará por contaminar la película como para lastrarla con sensiblería de baratillo. Sinsajo, parte dos, sigue siendo una película para adolescentes, pero no por ello reúsa a mostrar la cara más realista de una guerra, con las suficientes dosis de dramatismo como para que, pese a la ausencia de escenas realmente truculentas, esto no sea para nada un cuento de hadas. Los juegos del Hambre nacieron con la pretensión de ser una metáfora social y no van a perder ese rasgo en su tramo final.
Como no puede ser de otra manera, repiten todos los viejos conocidos, algunos fieles compañeros de viaje desde la primera película, aunque se echa en falta algo más de presencia del gran Stanley Tucci, que ya en Sinsajo, parte uno, estaba muy desaprovechado. De todas formas, por más que la mayoría de sus tomas parecen haberse podido aprovechar, un deje de tristeza colma al espectador cada vez que el malogrado Philip Seymour Hoffman copa la pantalla, resintiéndose su personaje de la trágica muerte del actor solo en el desenlace final, donde se echa en falta una emotiva despedida tan merecida y necesaria como la que tuvo Paul Walker en Fast&Furious 7 (claro que Walker era protagonista y Hoffman un simple secundario de lujo).
Todos los intérpretes rallan a magnífico nivel, incluso aquellos que están de paso, posiblemente más interesados en cobrar un lucrativo cheque y acercarse a las nuevas generaciones que a desarrollar un desafío interpretativo, caso de Julianne Moore o Donald Sutherland, mientras resulta curioso que Liam Hemsworth tenga que dar un paso atrás para dejar espacio a un mayor lucimiento de Josh Hutcherson mientras en la vida real es el hermanísimo de Thor quien parece tener una carrera más encauzada.
Aunque hay quien define la tercera entrega de la saga literaria como la más floja de las tres la película recrea con notable fidelidad los pasajes principales, siendo lógicamente algo más sutil en el trasfondo político aunque sin rechazar hablar de las tentaciones y las atrocidades que se pueden llegar a cometer por atesorar y mantener una posición de poder (algo previsibles en pantalla, por otra parte). Metáforas sociales aparte, Sinsajo, parte dos, es una muy entretenida película, mucho más espectacular y palomitera que su antecesora, aunque algo abusiva en su duración. Como si de una obra estirada de Peter Jackson se tratase nada hay en el argumento (y recuerdo que he podido ver las dos partes de Sinsajo seguidas) que me indique que fuese imposible hacer una sola película, y ese es el principal punto negativo para una obra que, en su totalidad, ha necesitado de doscientos sesenta minutos para contar su final.
Los juegos han terminado, esta vez para siempre. Aunque eso, en el mundo de Hollywood (que se lo digan al entorno de Harry Potter) es mucho decir. Sí han terminado, al menos, para Phillip Seymour Hoffman, y esta obra es una buena despedida. Vaya con Dios…

lunes, 24 de noviembre de 2014

LOS JUEGOS DEL HAMBRE: SINSAJO, PARTE 1 (5d10)

Se estrenó al fin uno de los títulos más esperados (y largos, permítanme que a partir de ahora la denomine simplemente Sinsajo parte uno) del año, sobre todo por las fans femeninas que han tomado esta saga literaria de Suzanne Collins como su máximo referente muertas ya las tontadas crepusculares  y arañando también fans de la otra gran adaptación millonaria que fue Harry Potter cuyos lectores han crecido lo suficiente para dejarse seducir por las acrobacias de una inspirada  Jennifer Lawrence y su (¿cómo no?) distópica sociedad.
No está nada mal la saga en cuestión, que mejoró en calidad con la llegada de Francis Lawrence a la silla de director (la primera la dirigió el algo descafeinado Gary Ross), pero siguiendo la estela de las dos sagas cinematográficas más arriba mencionadas ha tenido (él o los productores, tanto monta…) de partir la novela en dos, con la excusa de la duración pero con el propósito real de sacar más pasta en taquilla.
Si estuviésemos hablando de un producto original (algo así quieren hacer con Los Vengadores 3) no tengo ninguna objeción: si la temática gusta, cuantas más pelis mejor, pero en este caso, al estar sujetos a una estructura narrativa ya establecida como es la novela, los tiempos cinematográficos son incorrectos, de manera que la película queda lastrada por un ritmo desigual y un final anticlimático con sensación de “coitus interruptus”.
Y es una pena pues, gastado ya el tema de los Juegos propiamente dichos, tocaba ver el desenlace de la anunciada revuelta, la guerra largamente anunciada. Y de eso parece ir la película, regida por momentos por unos patrones más propios del cine bélico que de las distopías juveniles. Pero claro, unas golondrinas unos sinsajos no hacen el verano y pese a cuatro escenas de acción muy trepidantes y bien filmadas se echan en falta demasiadas cosas como para hacer que la película funcione por sí sola y no como un simple prólogo a la auténtica conclusión de la trama, para la que habrá que esperar un año entero.
Con todo, la cosa pinta bien (más si la parte dos está a la altura de las expectativas y consideramos ambas como una propuesta unificada), con una Lawrence totalmente hecha a su personaje y una colección impagable de secundarios, repitiendo Josh Hutcherson y Liam Hemsworth como vértices del inevitable triángulo amoroso, y los reputados Stanley Tucci, Jeffrey Wright, Woody Harrelson, Donald Sutherland y Elizabeth Banks eligiendo sus respectivos bandos de manera definitiva. En este sentido llama la atención, pese a que el conjunto de la adaptación superará muy probablemente las cuatro horas, la recuperación precipitada e incluso confusa de Effie Trinket y Haymitch Abernathy (Banks y Harrelson), casi en modo “pasaba por ahí” como si los considerasen imprescindibles para el fin de fiesta pero no supiesen justificar su presencia en el distrito trece.
Hay, incluso, algún actor nuevo (actrices, en realidad), como Julianne Moore (que debe pensar que de cine independiente y de culto sólo no se vive) y Natalie Dormer (la Margaery Tyrell de Juego de Tronos), dando un poco más de relumbrón, si cabe, a la película.
La historia arranca prácticamente donde termina la anterior, con Katniss y Finnick rescatados de los hombres del Capitolio y llevados al Distrito 13 donde la presidenta Alma Coin encabeza la revuelta con Katniss elevada definitivamente como símbolo de la libertad (el dichoso sinsajo del título) mientras que el pérfido presidente Snow utiliza al propio Peeta (al que se creía muerto) como elemento propagandístico contrario.
A partir de aquí nos encontramos con buenos y dramáticos decorados, una trama con mensaje libertario como telón de fondo y una Katniss muy icónica pero poco activa (lo único que hace en toda la película es lanzar una flecha con el arco) en un film que no aburre pero resulta demasiado plano para ser juzgado como poco más que un mero aperitivo del que vendrá el año que viene.
Pero si hay algo que realmente valga la pena destacar del film, lo que realmente consigue emocionar e incluso estremecer, es la presencia del gran y malogrado Philip Seymour Hoffman, ya que (si consideramos ambas partes como una sola película) ahora sí que estamos ante su última aportación al séptimo arte, como recuerda el crédito final con el que le dedican el film.
Una interpretación brillante (su presencia en En llamas fue bastante reducida  y su fallecimiento llegó con la Parte dos sin concluir) que será su testamento cinematográfico.Descansa en paz, maestro. Fuiste de los más grandes. Que tu despedida como mano derecha de la presidenta Coin quede en nuestro recuerdo.


lunes, 17 de noviembre de 2014

ESCOBAR, PARAÍSO PERDIDO (5d10)

Si me permiten la broma, voy a empezar mi comentario proponiendo un título alternativo: Escobar, oportunidad perdida.
Y es que esta aproximación a una de las figuras más controvertidas e importantes de la historia colombiana podría haber supuesto una actualización (en ciertos modos así lo pretende) de El Padrino de Coppola en su versión latina, pero prefiere (por cobardía o simplemente en busca de una mayor comercialidad) teñirse de rosa en una especie de Romeo y Julieta tan empalagoso como previsible.
Ya desde su arranque la película muestra sus carencias, ofreciendo hasta tres saltos en el tiempo en sus primeros cinco minutos que, a la postre, no ofrecen nada de interés al espectador más que, si acaso, avisarnos de antemano que pese a lo tramposo del título Pablo Escobar no es el protagonista del film, sino un turista en apariencia inocente y honesto (y en resolución bobo y pardillo) llamado Nick. Que sea Josh Hutcherson el elegido para encarnar el papel podría significar simplemente que el joven actor de Kentucky pretende dar el salto al cine “de adultos”, pero en realidad tan solo revela que la presencia del Peeta de Los juegos del hambre solo busca despertar el interés femenino, sin que a nadie parezca importarle que los esfuerzos del chico por resultar creíble resultan francamente estériles.
Aun así, su interpretación no es suficientemente sosa (sí su personaje) como para estropear la película, a la vez que la española Claudia Traisac realiza una buena interpretación y Benicio Del Toro está sencillamente magistral, como por otra parte cabría esperar. De esta manera, y considerando también que la realización es más que correcta, podríamos destacar al debutante Andrea Di Stefano como último artífice de los logros de la película. Sin embargo, lo peor del film es su guion y dado que también está firmado por el propio Di Stefano, la máxima responsabilidad sobre los aciertos y errores del resultado final deberían caer sobre él y nada más que sobre él.
Por si hubiera algún despistado por ahí que no lo sepa, Pablo Escobar fue el líder de una de las redes de narcotráfico más importantes de Colombia, aparte de un devoto creyente y amado padre y esposo que, para sus seguidores, era considerado casi un santo por sus obras de caridad (¿ven las referencias hacia Don Corleone?) al igual que era visto como un sádico déspota por sus enemigos. Ahí hay una gran historia que contar y el séptimo arte no podía dejar pasar la oportunidad de contarla, pero se comete el gran error (inexplicable a mi entender) de no quererle dar al personaje el protagonismo oportuno, dejando que el peso de la narración recaiga sobre un joven canadiense que trata de montar un negocio con su hermano en las playas Colombia y que tiene la desgracia de enamorarse de la sobrina de Escobar.
Este tal Nick es un personaje totalmente inventado, por lo que no estamos ante un biopic al uso. Al dejar que toda la trama se centre en el canadiense el autor se puede permitir todas las licencias históricas que le plazca, tratando de buscar la identificación del espectador con el chico, pero no prevé que, al no poder alterar el destino final de Escobar (eso sería una licencia demasiado grande) lo que suceda con el chaval en relación con el mafioso colombiano nos es, ya de antemano, completamente irrelevante, limitándose todo a descubrir si su historia de amor va a terminar en happy end o en tragedia.
Por otro lado, resulta muy difícil llegar a simpatizar con el protagonista (a mí, por lo menos), por no hablar ya de compartir sus decisiones o creerse el por otro lado estéril descenso a los infiernos del muchacho, que terminará vendiendo su alma al diablo para nada, haciéndonos creer por un momento que la película va a transformarse de drama a peli de acción (del subgénero de venganzas) como por arte de magia. Naturalmente, no es así, y todos los caminos recorridos por el supuesto héroe terminan siendo para nada. Así, nos encontramos al salir del cine con dos horas casi vacuas de las que solo podemos aprender retazos de la personalidad de este Escobar, definido como un Robin Hood moderno pero que no deja de ser, y perdonen la expresión, un grandísimo hijo de puta.
No hay aquí nada de cómo llegó a la cima de su poder, cómo tenía a la policía y al ejército comiendo de la palma de su mano o cómo concluye su historia. Pero claro, eso habría sido otra película, y no tendría nada que ver con la historia de amor teen abocada desde el primer minuto al desastre que parece interesarle a Di Stefano.
A modo anecdótico, me gustaría destacar que esta producción francesa (aunque España y Bélgica también han metido mano) sobre un canadiense rodeados de colombianos está protagonizada por un norteamericano rodeado de un puertorriqueño (Del Toro) y varios españoles (Traisac y Bardén, entre otros) y rodada en Panamá. No es que me parezca mal, pero me resulta curioso. ¿Tan malos son los actores colombianos?
Claro que no podemos destacar esto como algo necesariamente negativo, ya que sin la aportación de Del Toro la película sería totalmente diferente y él y sólo él consigue salvar los muebles las escasas veces que aparece en escena, con ese magnetismo animal que tan bien sabe provocar.
Lo dicho, la historia de Pablo Escobar podría ser apasionante, y esta película es una oportunidad perdida para poderla descubrir.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

LOS JUEGOS DEL HAMBRE: EN LLAMAS (8d10)

Hace un año Jennifer Lawrence protagonizaba una película basada en una novela de Suzanne Collins que todo el mundo pensó que era un remiendo de Crepúsculo. No era para menos. Literatura juvenil, triángulo amoroso, protagonistas poco conocidos y subtrama fantástica. Todo cuadra.
En aquel momento, Jennifer Lawrence solo tenía un éxito en su haber, X-Men: Primera generación, pero su personaje de Mística sólo era uno más en el reparto coral de la precuela mutante, pese a que ya acumulaba una nominación al Oscar por una película que era tan buena que casi nadie vio.
Y mira por dónde, que resultó que la susodicha Los Juegos del Hambre resultó ser, contra pronóstico, una buena película. No excelente, pero si buena.
Una año después, la Lawrence tiene ya su estatuilla dorada por El lado bueno de las cosas, es pieza clave en dos franquicias (ya se ha vuelto a pintar de azul para repetir como Mística), y ha completado rodajes tan interesantes como American Hustle (sólo el reparto ya da miedo, demasiado extenso para reproducirlo aquí), convirtiéndose en la actriz de moda en Hollywood con quien todos quieren trabajar.
¿Y la película? Si el cine fuera una ciencia, bastaría con mirar los datos: mejor estreno de diciembre de la historia, superando a Crepúsculo: Luna nueva, cuarto mejor estreno de todos los tiempos (solo por detrás de Los Vengadores, Iron man 3 y la última de Harry Potter y desbancando a El Caballero Oscuro: La leyenda renace) y superando los 300 millones de recaudación sólo en ese primer fin de semana.
Pues aunque sea cierto que el cine no es ciencia y que alguna de las películas antes mencionadas hayan recaudado mucho y sean una patata (y hablo de vampiros fluorescentes y murciélagos insulsos, para quién no sepa leer entre líneas), en esta ocasión el director Francis Lawrence (conocido en su casa por tres películas flojitas y, sobretodo, por hacer videos musicales de Jennifer López y Britney Spears) ha conseguido superar a su predecesor (Gary Ross) con una película sorprendente y fresca y que se atreve a romper algunos de los moldes del género.
Sin entrar con mucho detalle en la trama, que todo el mundo ya conoce, sólo diré que el Presidente Snow está preocupado por los actos revolucionarios que el éxito de Katniss Everdeen está provocando y se saca de la manga que los 75º Juegos del Hambre serán una competición entre ganadores anteriores, consiguiendo así meter de nuevo en el fregado a la pobre Katniss, a su novio de mentirijillas Peeta y a un nuevo grupito de protas con los que Katniss tendrá que o luchar o aliarse.
Sin embargo, lo más sorprendente de todo es que Lawrence (director) decide ser valiente y tratar de hacer una película lo suficientemente adulta como para que, pese a las casi dos horas y media de metraje, más de la mitad se destinen al desarrollo de personajes, mientras que el rollo amoroso, aunque presente, es muy secundario frente a lo que de verdad importa, el estado de miedo y represión dictatorial del Presidente Snow, que preocupa mucho más a la propia Katniss (aparte de su propia supervivencia, claro está) que con quién deba o no besarse.
Además, Lawrence (director) no se arruga cuando debe mostrar la crueldad de los juegos y, sin llegar a ser extrema violencia, hace que Lawrence (actriz) se manche de sangre cuando debe hacerlo, sin esconder la cámara como hacen otros (¿estás leyendo esto, Marc Forster?).
Los Juegos del Hambre: en llamas es cruel y dura, pero también divertida y tierna. Emocionante y trepidante cuando debe y romántica cuando puede. Quizá poca cosa para las mojigatas adolescentes que se piensan que la película es solo propiedad de ellas (¡que os zurzan!) pero que hará las delicias del espectador con más de dos neuronas en la cabeza que espera el espectáculo digno de un blockbuster pero con un mínimo de inteligencia.
Y luego están los actores, todos excelentes aunque con Lawrence (actriz) destacando por encima de todos, brillando como su personaje (no por casualidad apodada “la chica en llamas”), aunque muy buen rodeada. Donald Sutherland y Philip Seymour Hoffman no saben interpretar mal, Woody Harrelson tan deliciosamente exagerado como siempre, Elizabeth Banks y Stanley Tucci disfrutando como niños bajo el histrionismo de sus personajes y los quilos de maquillaje y los machos alfa que se deberían batir por el amor de la dama, Liam Hemsworth y Josh Hutcherson, cumplen sin desentonar, lo que no es poco en este tipo de producciones.
Sin entrar en el terreno de los spoilers, sí quiero dedicar un breve comentario a la escena final, en la línea de El Imperio Contraataca o Regreso al Futuro parte II, que aunque se sepa de antemano que hay dos películas más para cerrar la saga se me antoja un “coitus interruptus” algo cruel y brusco.
Puro entretenimiento, Los Juegos del Hambre: En llamas cumple con las expectativas y pone el listón muy alto para Los Juegos del Hambre: Sinsajo partes uno y dos, pero como Lawrence (director) sepa estar a la altura la saga puede tener un gran colofón, demostrando que de las novelas juveniles se pueden sacar cosas interesantes, como ya se vio en la parte final de la adaptación de J.K.Rowling.