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jueves, 30 de enero de 2020

EL SILENCIO DEL PANTANO

Debo confesar que no me inspiraba nada de confianza el debut de Marc Vigil como director de largometrajes. A fin de cuentas, creo que uno de los pocos problemas que encuentro en la serie de El ministerio del tiempo es su dirección, y Vigil ha sido el responsable de la mayoría de episodios de la serie de los hermanos Olivares.
Sin embargo, una vez vista El silencio del pantano, debo descubrirme ante él. Tras acabar un 2019 con una serie de policiales españoles bastante mediocres (El silencio de la ciudad BlancaEl asesino de los caprichos) la situación se ha enderezado con un gran ejercicio en el que la intriga y el desasosiego son su baza principal.
Desabriéndonos desde el principio la identidad del asesino en cuestión (o no, eso ya se verá), Vigil recorre las zonas más marginales del país, esa mafia gitana que tan bien plasmaba en pantalla Paco Cabezas en Adiós, para mezclar las historias de una corrupción gubernamental, un tráfico de drogas y un escritor con instintos homicidas de forma elegante y muy efectiva.
Con un reparto muy televisivo (quizá Vigil se haya sentido más cómodo tirando de amigos) con Pedro Alonso y Nacho Fresneda a la cabeza, la película sobrecoge y mantiene en vilo al espectador, jugando además al despiste al mezclar ficción y realidad y desconcertando en su resolución final.
Un muy buen debut que demuestra que, aunque no siempre lo parezca, la televisión sigue limitando demasiado a la creatividad.

Valoración: siete sobre diez.

sábado, 6 de octubre de 2018

EL REINO

Que Dios nos perdone fue uno de los thrillers más efectivos de hace un par de años. Ahora, Rodrigo Sorogoyen y Antonio de la Torre, director y protagonista de aquella, vuelven a reunirse en El reino, un nuevo thriller pero cambiando la intriga policíaca por la intriga política.
El reino no está inspirada en ningún caso real. ¿O sí? Teniendo sumo cuidado de no señalar a un lado o a otro, o mejor, señalando a ambos a la vez, El Reino puede tener como referencia a cualquiera de los últimos escándalos políticos que han azotado a este país.
Con una brillantez absoluta, De la Torre se mete en la piel de un político de éxito, de esos que se codean con las altas esferas, que les ríe las gracias y que tiene pie y medio en las alturas. Hasta que todo salta por los aires. Se destapa un caso de corrupción y pasa de héroe a villano de la noche a la mañana. Sus antaño amigos lo quieren llevar al matadero y es convertido en la cabeza de turco perfecta. Pero él está dispuesto a tirar de la manta si es necesario para salvar su propio pellejo.
La moraleja de la película está clara: nadie está limpio. Sorogoyen no pretende posicionarse políticamente, sino reflejar una realidad tan despreciable como preocupante, y aunque no sea la primera vez que este tema se trata en el cine español si es esta una de las ocasiones en que se hace con mayor eficacia.
El reino no es una simple película de denuncia. Es un retrato de como funcionan las cosas detrás de los despachos y es, también, una historia de intriga donde su elemento más ficcionado (esperemos), que incluye asesinatos y desapariciones, sirve para mantener la tensión y ayudar a empatizar al público con el personaje de De la Torre. Y es que esto es cine, y para que una película funcione necesitamos un protagonista junto al que sufrir.
Esto no significa, sin embargo, que haya un capítulo de redención para el político en cuestión. Eso del perdón corresponde, como rezaba su anterior película, a Dios. Aquí es la justicia la que debe hablar (si es que se puede creer en ella, que tampoco mucho), y por eso pensar que Manuel López-Vidal, que es como se llama el tipejo en cuestión, no es el gran villano del film sino uno más del rebaño tampoco es un gran consuelo. Así, Sorogoyen lo humaniza, recordándonos que es también padre y esposo, pero eso solo sirve para hacernos bajar las defensas. El mal sigue siendo el mal, y ahí está el personaje de Bárbara Lennie, tan fabulosa como es habitual en ella, para recordárnoslo. Pensando en ello, quizá la única lástima sea pensar que no hay demasiados periodistas como ella en la vida real.
El reino es, en fin, una magnifica película que si bien no nos explica nada que no sepamos sí nos muestra los entresijos de esa realidad con solvencia y eficacia, logrando el gran mérito de destripar asuntos políticos sin caer en ningún momento en el aburrimiento y propiciando una magnífica interpretación de Antonio De la Torre, que se supera película a película.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 25 de abril de 2017

AMAR, fallida radiografía de amor adolescente

Amar es la ópera prima del cortometrajista Esteban Crespo, una historia donde también debutan los dos actores protagonistas sobre el primer amor, ese amor adolescente que tanto duele y que tan arraigado queda en nuestros corazones.
Crespo pretende dotar a la película de una naturalidad tal que toma decisiones de cámara arriesgadas que no siempre le funcionan. Son sus dos protagonistas, con ese descaro que solo la juventud ofrece, quienes más consiguen impregnar de naturalidad al film, aunque en ocasiones (sobre todo en los diálogos del final) el tono de voz patina un poco, quizá debido a un exceso de complacencia del director.
Hay también por ahí un grupo de veteranos secundarios de cierto prestigio, pero no tienen suficientes minutos para lucir ni sus subtramas aportan demasiado a la historia, de manera que son infrautilizados, más allá del posible reclamo publicitario.
Más allá de esto, el gran lastre de Amar es su propia premisa. Y no porque sea un guion malo, ya que lo que explica es exactamente lo que el director quiere explicar, sino porque no interesa a nadie.
La definición de la delgada línea que separa el amor del dolor está muy bien definida, y es fácil identificarse en algún momento con los personajes. ¿quién no ha sufrido, gozado, amado u odiado en algún momento de su juventud como lo hacen los dos protagonistas? Sin embargo, el que las historias mostradas en pantalla se asemejen a nuestras propias experiencias no es sinónimo de que interesen a nadie. También si nos muestran a alguien comiéndose una manzana o yendo a la compra nos veríamos reflejados, y eso no significa que tenga que hacerse una película sobre ello.
Así, Amar termina siendo rutinaria y aburrida, como si el espectador se encontrase de bajón en medio de una discoteca y en lugar de bailar se dedica a observar a las parejas que hay a su alrededor. Es Amar un ejercicio de voyerismo apático y sin gracia, donde los pocos momentos en los que Crespo pretende romper la rutina (los momentos ascensor, las máscaras de gas) rozan el ridículo.
Desde aquí siempre he pretendido animar y apoyar a los nuevos talentos, y espero que Crespo tenga nuevas oportunidades en un futuro para demostrar de lo que es capaz, ya que en Amar demuestra, por lo menos, que tiene una personalidad propia y claridad de ideas, pero eso no quita para que la película me pareciera totalmente insustancial y descafeinada.

Valoración: Cuatro sobre diez.