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martes, 5 de junio de 2018

LOS EXTRAÑOS: CACERÍA NOCTURNA

Se me antoja curioso que se haga una secuela de un film de terror de hace ya diez años y que muchos ni recordarán. Es como si quisieran invitar al espectador a pensar que está ante una fotocopia de algo inventado por otro debido a la falta de ideas de Hollywood, y que nada en este film va a ser de interés.
Sin embargo, y aceptando la premisa de que las secuelas del cine de terror deben ser más sangrientas que las originales, lo cierto es que Johannes Roberts realiza un brillante ejercicio de estilo con la cámara consiguiendo una película muy funcional y que supera, por momento a la primera.
Los Extraños, dirigida por Bryan Bertino, no inventaba nada nuevo (ahí estaban cosas como Funny Games o La habitación del pánico, pero sí fue la culpable de revitalizar el subgénero del home invasión gracias a unos personajes de inquietantes máscaras (que influiría en The Purgue: La noche de las Bestias). Además, no había ninguna explicación tras los ataques de esta supuesta familia de asesinos: era el mal por el mal, sin más contexto que ese.
Al principio, se podría intuir que Los Extraños: Cacería nocturna, iba a seguir paso por paso a su predecesora. De nuevo nos encontramos con una familia preocupada por un conflicto interno (del que solo sabemos retazos), que empiezan a ser acosados por tres desconocidos después de que una joven llame a su puerta y pregunte, con una inocente vocecilla si “está Tamara”. Incluso hay una escena que invita a pensar que la copia se está llevando a límites insultantes hasta que descubrimos que no, que se trata de un giro de guion inteligente y desconcertante. 
La realidad es que bien pronto la película se distancia de su antecesora, sobre todo abriendo el campo de acción y convirtiendo toda una urbanización en el paisaje por el que los asesinos campan a sus anchas. De nuevo estamos ante el mal en estado puro, y si quisiéramos ver la película con unos ojos excesivamente analíticos podría llegar a molestar la omnipresencia de los antagonistas, que parecen estar siempre en el momento oportuno y en el lugar justo. Pero si se aceptan estos deus ex machina como simples recursos narrativos necesarios para poner a los protagonistas es situaciones límites, la película es una gozada del terror más clásico que emula a los slashers de antaño, siendo el cine de Carpenter la principal referencia.
De esta manera, Los Extraños: Cacería nocturna, va más allá de la contención y claustrofobia que causaba la película original y se dedica a homenajear a esos monstruos de los setenta y los ochenta con una fotografía muy trabajada y una banda sonora que acompaña muy bien al experimento.
No estamos ante una película rompedora, ya que en realidad no inventa nada, pero como siempre digo, puestos a copiar, mejor copiar a los mejores, ¿no? Y Roberts realmente sabe lo que se hace, aunque quizá pueda llegar a decepcionar a los fans del clásico del 2008 que realmente esperasen una fotocopia de aquella.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 25 de abril de 2016

LOS MILAGROS DEL CIELO: Lacrimógeno drama espiritual.

Producida por la misma gente que dio pie a El cielo existe (y cuya línea argumental parece indudablemente definida), resulta increíble que este melodrama que bien podría haber sido poco más que televisivo llegue a las carteleras de nuestro país cuando tantos títulos quedan en el tintero o se estrenas casi de tapadillo.
Con semejante título, y el inevitable aviso de que todo lo que se explica en el film es real, no hay duda de por dónde van los tiros. No considero, sin embargo, que una película de clara tendencia a apoyar una ideología religiosa sea un impedimento para su disfrute. Muchos vieron grandes virtudes en el film de Bertolucci Pequeño Buda sin necesidad de comulgar con el budismo, pero el problema de Los milagros del cielo es que es una película tan intencionadamente manipuladora y excesiva que casi roza la pornografía sentimental.
Más allá de las creencias respetables de cada uno y de la credibilidad que se le pueda conceder a los hechos narrados, todo lo que la directora Patricia Riggen, quien el año pasado dirigió, entre otros, a Antonio Banderas y Mario Casas en Los 33 (título que, por el contrario, no tiene siquiera fecha de estreno en España), plasma en esta película es una manipulación descarada en una historia donde no parece existir nada más que la religión y la Fe. Y no estoy criticando esta película por pretender hablar sobre la existencia de Dios, ni mucho menos. La critico por ignorar todo lo demás. Los problemas de dinero, la aparente crisis matrimonial, las inquietudes de las niñas, el buen funcionamiento o no de la clínica veterinaria… todo es obviado para centrar los focos únicamente en la figura maternal de Jennifer Gardner  y la enfermedad incurable de su hija.
Independientemente de si esta película va a ayudar a alguien a creer en algo o no (supongo que eso dependerá de lo preconcebido que uno vaya al cine) no cabe duda que si lo que se quiere es llorar es el título adecuado. Y ahí es donde me rebelo ante una falta de sutileza tan descarada y un regocijo en el sufrimiento tan pueril que roza la indignación. Aunque reconozco que, por otro lado, me descoloca el momento humorístico protagonizado por Queen Latifah, totalmente fuera de tono con el resto del film, como si la directora hubiese conseguido colar algo de cine de verdad en un momento de despiste de los productores.
En fin, tampoco hay que regodearse tanto en las flaquezas de este telefilm inflado. Al fin y al cabo, tampoco pretende engañar a nadie, y quien acuda a verlo sabrá exactamente con lo que se va a encontrar. Eso sí, vayan bien provistos de kleenex.

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 19 de septiembre de 2015

EVEREST (4d10)

Dirigida por Baltasar Kormákur, ese director islandés que debutó en Estados Unidos con la normalita Contraband y se reafirmó con la bastante más recomendable 2 guns, Everest narra la tragedia acontecida en 1996 cuando varias expediciones de alpinistas trataron de criticar la cima del mundo. No voy a dar más datos por no entrar en spoilers pero el detalle de que esté basada (bastante fielmente, parece) en una historia real hace que no haga falta mucho esfuerzo para saber cómo van a producirse los acontecimientos.
La película cuenta con un director correcto, unos bonitos paisajes (algunas escenas están filmadas en el mismo Nepal) y un reparto tan espectacular como desaprovechado, pero todo ello no es suficiente, ni de lejos, para que Everest sea una buena película.
Lo primero que falla es la empatía con los personajes. A priori es fácil solidarizarse con la desgracia ajena, tanto en ficción como en la vida real, pero hay que profundizar un poco más en los personajes para conseguir la comunión necesaria para sentirse en su piel y sufrir como sufren ellos. En el caso de un accidente o desastre fortuito es diferente, y el espectador no debe conocer al detalle la vida de todos los ocupantes del Titanic o saberse el nombre de todos los habitantes de Pompeya (que pese a sus carencias y pretensiones más palomiteras la película de Anderson tiene mucha más alma que esta) para sufrir por ellos. Aquí el problema principal es que son los protagonistas los que ponen sus vidas en juego conscientemente sin más objetivo que el orgullo, el desafío personal o incluso el siempre lucro. Unos tipos van a la montaña más peligrosa del mundo y les sorprende un gran peligro... ¡Pues claro! Como diría el humorista José Mota: si hay que ir se va, pero ir por ir...
No, no estoy diciendo que por poner sus vidas en juego caprichosamente merezcan lo que les sucede, pero algo deberían tener para poder simpatizar con ellos y no ser meros maniquíes sobre los que, al principio de la película, puedes apostar sobre si viven o mueren. Y eso, más allá del hecho de ser una historia real, es culpa del guionista, que no sabe dar un toque de épica a la narración, como si tenía ¡Viven!, de Frank Marshall, ni la carga dramática que tenían otros personajes reales que sufrían las consecuencias de su propia imprudencia como el Ramón Sampedro de Mar Adentro o el Aron Ralston de 127 horas.
Everest arranca con un planteamiento similar al típico cine de catástrofes, lo que puede justificar su reparto estelar, pero olvida que una de las normas no escritas de ese género consiste en dar su minuto de gloria a todos los personajes. Everest, en cambio, se limita a seguir las andanzas de Rob Hall (Jason Clarke) como líder de la expedición y a Beck Weathers (Josh Brolin), escalador cuyos méritos se los ha dado más el dinero que la experiencia, quedando como tercer bastón argumental a Jon Krakauer (Michael Kelly), el periodista que a la postre escribirá el libro en que se basa la historia. De telón de fondo están los personajes femeninos que interpretan sin demasiado esfuerzo Emily Watson como mano derecha en el campamento base de Hall, Keira Knightley como su embarazada esposa y Robin Wright como la casi anecdótica mujer de Weathers. 
Todo lo demás es la nada más absoluta, desde un incomprensiblemente olvidado Jake Gyllenhaal cuya inicial rivalidad con el personaje de Clarke se diluye como la nieve bajo el sol o un Sam Worthington que, literalmente, pasaba por ahí. ¡Por Dios, que es el prota de Avatar y Terminator Salvación y se pasa la peli hablando por radio cómodamente sentado en su campamento!
Parece ser que la idea inicial de los productores, que llevaban diez años trabajando en la película, era centrar la trama sólo en Hall, que iba a protagonizar Christian Bale, pero cuando Bale se bajó del carro para ser sustituido por Clarke tuvieron tan poca fe en el actor de El amanecer del Planeta de los Simios y Terminator Génesis  que improvisaron está historia coral de forma tan chapucera.
Ciertamente, lo único que salva algo la película son sus maravillosos paisajes, por más que se note la parte filmada en estudio, pues no en vano fue concebida para estrenarse en Imax y los que la han visto en 3D dicen que vale la pena el formato.
En la cuneta queda lo que podía haber sido verdaderamente interesante si hubiesen querido tirar por ese camino, como es la transformación que el Everest ha sufrido en los últimos tiempos (por no decir prostitución) de manera que cualquiera puede ir a pasear por ahí como si fuesen Las Ramblas sólo con pagar un módico precio, convirtiendo el lugar en un estercolero de basura, bombonas abandonadas, campamento vacíos y, ¿por qué no decirlo?, cadáveres imposibles de rescatar, demostrando que la seguridad puede llegar a ser algo secundario ante la necesidad de conseguir llevar a un cliente hasta la cima por no perder la reputación, ya de por sí no muy destacable, del negocio. Pero la película no quiere tomar ese camino y prefiere desviarse por la vía fácil y cobarde de convertir a Hall (para mí el gran culpable de lo que pasa, que para algo su trabajo es mantener con vida a sus clientes) en un mártir, mereciendo la santificación por conseguir, pese al precio a pagar, cumplir el sueño de uno de los personajes.
Al final, la calidad del film es como el oxígeno a partir de los 4.000 metros de altura: muy escasa...