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jueves, 13 de octubre de 2016

Sitges 2016: VIRAL

Viral cuenta la historia de dos hermanas, Emma y Stacey (interpretadas por Sofia Black D’Elia y Analeigh Tipton) que tratan de enfrentarse a los típicos problemas de las chicas medias americanas (una nueva mudanza, el distanciamiento entre sus padres, los chicos…) cuando una epidemia que asola todo el territorio americano llega hasta ellas.
Una epidemia, en este caso, producida por una especie de gusanos que augura una película más repulsiva de lo que al final llega a ser.
A medio camino entre la clásica película de zombies y las de enfermedades contagiosas, pero pasada por el rasero de la comedia juvenil más que del terror, Viral es una película que no llega a sorprender en ningún momento pero que es fresca y divertida, consiguiendo crear a unos protagonistas que caen bien y por los que vale la pena sufrir y preocuparse.
Gusanos asquerosos propagando el virus, infectados con una especie de conciencia colmena, el ejército estropeando más que arreglando y la dosis justa de acción y sangre son los cócteles de este entretenimiento perfecto para una maratón nocturna en Sitges que provoca carcajadas y gritos por igual y, en más de una ocasión, sonoros aplausos. 
Únase a esto a alguna cara conocida como Michael Kelly o Machine Gun Kelly (uno de los secundarios de Nerve) y descubriremos que el fin del mundo quizá no sea tan terrible.
Un paso adelante en las carreras de sus directores: Henry Joost y Ariel Schiman, tras Paranormal Activity 3 y 4 y Nerve, otra película con y para adolescentes más comercial pero inferior a esta.
Eso sí, tampoco busquemos aquí una dosis de madurez y realismo extremo. Esto es otra cosa.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 9 de septiembre de 2016

BEN-HUR (2016). Disfrutable a pesar de todo.

Cuando se anunció que se estaba preparando un remake del clásico de William Wyler de 1959 todos se llevaron las manos a la cabeza vaticinando un gran desastre. Y como suele suceder en estos casos, acertaron, sino en cuanto a su calidad sí por lo menos en sus resultados en taquilla.
Ben-Hur (2016) ha resultado un estrepitoso fracaso en Estados unidos cuyo periplo por Europa no puede más que maquillar el desastre, ya que dudo que en este caso llegue la salvación desde China. Es la crónica de una muerte anunciada, se podría decir, y es que sobre el papel todas las decisiones tomadas tenían el desastre marcadas a fuego.
Para empezar, estaba la idea del remake en sí mismo (aunque dicen que no es en realidad un remake, ya que no tenían los derechos del film original, sino una nueva versión de la novela, pero para el caso es lo mismo), la absordudez de plantearse siguiera emular a la que está considerada como una de las mejores películas de la historia del cine y cuyo records de Oscars ganados no ha sido aún superado (aunque sí igualados) con la friolera de once premios de la Academia. Se pueden hacer otras versiones, desde luego. De hecho, las hay. Pero o bien hay que limitarse a telefilmes de relleno que cuestan cuatro duros o hacerlo muy pero que muy bien. Y este no ha sido el caso.
Siguiendo con la lista de errores, tenemos la elección de su director. Timur  Bekmambetov, un realizador del que desconozco su filmografía rusa pero que en su etapa americana había hecho dos películas que no estaban mal, algo gamberras y más propias del mundillo de los comics que de los péplums (Wanted y Abraham Lincoln, cazador de vampiros). Sin cabida para el humor ni los derroches visuales, su Ben-Hur es demasiado serio, demasiado ansioso por alcanzar la épica, demostrando que al realizador ruso la cosa le va grande.
Luego tenemos a un reparto bastante discretito, donde el secundario Morgan Freeman es su máxima estrella y Rodrigo Santoro el actor más reconocible. Nada que ver con lo que suponía Charlton Heston en su época.
Todo ello, sumado a unos primeros trailers desoladores, unos posters realmente horribles y unas primeras críticas vapuleantes, auguraban que Ben-Hur iba a resultar el peor espanto posible, una película que, como en la escena de las galeras, iba a hacer aguas por todas partes.
¿Y con qué nos encontramos finalmente? Pues como en el caso de otros títulos de este mismo año, como Batman v. Superman o Warcraft, la ferocidad de las críticas y el odio vertido sobre Ben-Hur ha sido exagerado e infundado, siendo esta incluso superior a las dos películas mencionadas.
Una vez uno realiza el obligado ejercicio de dejar de lado la versión de Wyler, e incluso ignorando otros peplums modernos a los que también puede recordar (el caso más evidente es el Gladiator de Ridley Scott), lo cierto es que la película es realmente entretenida. Se evidencia un esfuerzo por parte de Bekmambetov de dar un aire fresco a la narrativa (véase la escena de la batalla naval, con ciertas reminiscencias al lenguaje de los videojuegos) mientras que los guionistas Keith R. Clarke y John Ridley deciden apostar más por el ritmo frenético y la espectacularidad que por la introspección de sus personajes. Así, la película puede parecer algo vacía en cuanto a contenido (más cuando las interpretaciones no ayudan demasiado y Ben-Hur y Messala carecen de la química necesaria entre ellos), pero esto se compensa con una buena puesta en escena donde lo digital apenas molesta y la escena de la carrera de cuadrigas (verdadero corazón del film) cumple con eficacia y dinamismo.
Nombraba antes a la referencia que se puede encontrar en el Gladiator de Ridley Scott, pero el propio realizador británico vivió en sus carnes lo que era competir con el recuerdo de una obra mítica como le sucedió con su denostada Exodus: Dioses yReyes.
Quizá en su aspecto más negativo deba encontrarse ese extraño y casi impostado acercamiento a la figura de Jesús, que parece metido con calzador, o al buenismo poco creíble de sus conclusiones finales, pero ello no empaña una película que, decididamente, nunca estará a la altura del Ben-Hur de toda la vida y que, una vez vista, continua siendo completamente innecesaria, una vez hecha, puede disfrutarse sin complejos. No es una película que nos cambiará la vida, pero sí un entretenimiento de finales de verano con el que galopar junto a su protagonista y dejarse llevar por una historia que, aún de sobras conocida, sigue funcionando.
No es una obra maestra, pero tampoco merecedora del odio visceral que parece infundir. Hay cosas que nunca lograré comprender…

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 2 de febrero de 2015

PROJECT ALMANAC (4d10)

Existen películas sobre las que uno ya puede hacer una valoración antes incluso de entrar a verlas. Sé que esto puede sonar muy poco profesional, pero por desgracia son casos en los que rara vez se lleva uno a desengaño.
En este caso, sin embargo, por más que uno pueda ir mentalizado a ver una basura de película no es fácil evitar el sentirse enfadado al llegar el momento de los títulos de crédito finales. Y no me refiero de un enfado referente a su baja calidad, a la ausencia de actores con un mínimo de talento o a los múltiples errores de su guion, no. Uno se siente enfadado porque es posible adivinar lo que la película podría haber llegado a ser y sólo la dejadez de sus artífices se lo han impedido.
La película trata de unos chavales (tres amigos cerebritos y, por lo tanto, socialmente marginales, la hermana de uno de ellos y la guapa del insti) que descubren los planos para construir una máquina del tiempo y se dedican a viajar al pasado para mejorar sus vidas. Curiosamente, pese a nombrar a lo largo del film muchas referencias cinematográficas del género (aunque ninguna con un mínimo rigor científico, vaya cutrez de gafapastas) no han tenido en cuenta el consabido efecto mariposa y cada viaje alterará gravemente el presente al que regresan.
Dicho así puede parecer mínimamente interesante, y vista la puesta en escena, aceptando ya la limitación actoral de los protagonistas, uno podría imaginar lo que se habría podido hacer con esta historia en los 80’ dejándola en manos de cualquier director de la escuela Spielberg o, incluso en la actualidad, siguiendo el estilo que ya demostró Abrams en la magnífica Super 8
Pero para empezar, estamos ante un nuevo ejemplo de found footage o grabación subjetiva cámara en mano, que en los films de terror del montón suele emplearse para reducir costes al máximo pero cuya excusa aquí sólo sirve para disimular la incompetencia y cobardía de un director inepto que ni con el agotado recurso este logra saber dónde debe poner la cámara.
En segundo lugar, el análisis de la juventud que se solía ofrecer en las películas antes mencionadas es sustituido aquí por descerebradas muestras de juerga desenfrenada que, quitando la insostenible historia de amor entre el cerebrito mayor y la guapa (¡toma ya!), demuestra lo patética y lastimera que es la vida para una generación que solo parece saber relacionar la diversión con el desfase.
Al final, la historia concebida por Andrew Deutschman y Jason Pagan (es su primer guion y ya han vendido una secuela más de Paranormal Activity, estos no aprenden) termina por írseles de las manos, confiriendo a algunos personajes reacciones que poco o nada casan con lo que sabíamos hasta ahora de ellos, con alguna incoherencia insalvable (es lo que tiene esto de las paradojas temporales), y obligando a que el espectador esté más pendiente de tratar de comprender por qué en situaciones como que a uno le persigue la policía o cuando se está teniendo una conversación supuestamente íntima hay siempre una cámara grabando.
En definitiva, que la película como tal no puede decepcionar demasiado vistas las escasas expectativas que ofrecía pero es triste salir de un cine dándose cuenta de cuanto se echa de menos a los Dante, Donner, Marshall o Zemeckis, directores que marcaron a una generación y en una época que ya no ha de volver… aunque se los necesite mucho.