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viernes, 28 de diciembre de 2018

BUMBLEBEE

Hay sagas de películas a las que su longevidad terminan por pesar demasiado, haciendo que sus resultados en taquilla no se ajusten con lo ofrecido en pantalla. Muchos coinciden en que Aquaman es la mejor película del DCEU (la más divertida, al menos), pero en Estados Unidos se ha estrellado, demostrando que el género superheróico, más allá de la todopoderosa Marvel, empieza a aburrir. Algo parecido podría decirse de la séptima película (más sus dos colaboraciones en Civil War e Infinity War) de Spiderman en lo que va de siglo: una pequeña obra maestra que en España no ha interesado demasiado. Y de Han Solo, casi mejor ni hablar…
En ese contexto se puede encontrar Bumblebee, la sexta película de la saga Transformers, que tras su reinvención en la (de momentoincompleta) segunda trilogía, con Mark Wahlberg poniendo caras, parecía condenada al aburrimiento más absoluto. No puede decirse que El último caballero fuese un fracaso, pero su taquilla si fue bastante más inferior a lo esperado, visto el alto presupuesto con que contaba Michael Bay para destruir cosas.
Bumblebee parece no haber contado, definitivamente, con el interés del público americano (habrá que ver si vienen los chinos a salvar la papeleta), aunque se trate, definitivamente, de la mejor película de la saga.
No solo la mejor. Me atrevería a decir, aun a riesgo de enfurecer a muchos, que se trata de la única gran película de la saga, por más que la primera pudiese ser una simpática aventurilla, pero tan caótica y confusa como absurda en su concepción.
Debo reconocer que nunca he entendido la satisfacción por los juguetes estos, hasta el punto de que me resulta del todo absurdo el concepto de unos seres extraterrestres que en su planeta de origen se camuflan bajo apariencia de vehículos terráqueos. Sin embargo, son tantas las bondades de Bumblebee que pronto consigue que uno se olvide de todas esas ridiculeces y se deje llevar solo por la historia. Porque sí, señores, aquí hay historia. Algo que ni se intuía en ninguna de las cinco películas de Bay.
El primer cambio drástico en esta nueva obra, concebida en forma de precuela (aunque, como en Rogue One, se las apaña para que el hecho de concoer el desenlace del protagonsita noreste emoción a la trama), es el cambio de director. La apuesta por Travis Knight resultaba curiosa si no arriesgada, a habidas cuenta de que sus referencias se limitan a la intimista cinta de animación Kubo y las cuerdas mágicas, pero una vez vista Bumblebee se empiezan a entender las cosas.
Partiendo de un guion de Christina Hodson, la concepción de la película es casi el término opuesto a las anteriores. Mientras aquellas trataban de robots pegándose de leches entre ellos con un puñado de humanos corriendo de un lado para otro, Bumblebee de lo que trata, en realidad, es de los problemas de una adolescente por superar la pérdida de un padre y aprender a encajar en la nueva familia que se ha formado con la llegada del nuevo novio de su madre. El dolor por la pérdida se refleja en su cambio de carácter y en el abandono de sus aspiraciones deportivas, cerrándose en si misma e incapaz de hacer amigos ni ver más allá de la obsesión por arreglar un viejo coche con la falsa esperanza de que ello la reúna en espíritu con su difunto padre. Aquí, los robots no son más que elementos secundarios que, sí, hacen mucho ruido y se pegan de vez en cuando, pero nunca entorpecen lo suficiente como para que nos olvidemos de quien es la verdadera protagonista de la historia. En realidad, la misión de Bumblebee no es la de salvar el planeta, o a su raza, sino la de recordad a la protagonista el sentido de la vida y ayudarla a superar el luto gracias al valor de la amistad y el amor. Es, el ser extraterrestre, casi una versión robótica y violenta de Mary Poppins, y es que, al fin y al cabo, también llega caído del cielo, como ella.
Gran parte del mérito de que la película funcione también es de la protagonista, una maravillosa Hailee Steinfeld a la que tenemos haciendo doblete en las carteleras (es la voz original de Gwen Stacy en Spiderman: un nuevo Universo). Entre ella, Knight y Hodson han formado un triangulo vencedor capaz de conseguir que una franquicia que se limitaba a hacer apología del caos y la destrucción se haya transformado en un entrañable relato sobre la amistad, con momentos dramáticos nada ñoños y un sentido del humor fresco y para nada ridículo. Todo ello, acompañado del toque ochentero justo y de una serie de homenajes que rememoran, sobre todo, al cine de John Hugles, hacen de Bumblebee una película muy recomendable, que, sin alcanzar la maestría, hace que uno halle esperanza en la franquicia y que demuestra que es posible aunar el cien palomitero con el sensible y ofrecer un espectáculo pirotécnico sin tener que ignorar la historia o a los personajes.
Lamentablemente, este distanciamiento del caos organizado que define al cine de Michael Bay, acercándose más al Gigante de Hierro (mejor homenajeado aquí que en Ready Player One, de Spielberg, también productor de esta) de Brad Bird que a la saturación robótica de Pacific Rin y compañía, es lo que pueda haber asustado a muchos de verla, ya que no todo el público palomitero está preparado para ver una historia bien contada. Los mismos que decían que Logan no era una película de superhéroes pueden acusar a Bumblebee de no ser una película de Transformers.
Y probablemente tengan razón. Para el bien de todos…jorge lenderborg jr., 

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 7 de julio de 2018

CON AMOR, SIMON

De vez en cuando aparece por el panorama cinematográfico una película que presume con ser pionera en algo, una valiente que se atreve a encabezar un movimiento revolucionario. Pasó, por ejemplo, cuando Los amigos de Peter y Philadelphia (cada una a un a un lado del charco) fueron las primaras ficciones en tratar abiertamente el problema del SIDA y ahora han convertido Con amor, Simon, en la primera película de un gran estudio en hacer una película totalmente centrada en un protagonista homosexual. Personalmente, no entiendo el mérito de esto, más una argucia publicitaria que una realidad, pues ya hace muchos años que se se hacen films del tipo de la magnífica In&Out, donde Kevin Kline se enfrentada a su propio desconcierto al descubrir su homosexualidad. Sea como sea, siempre es de agradecer los intentos de normalizar un colectivo demasiado estigmatizado por la intolerancia y los estereotipos. Y eso es, precisamente, lo que pretende hacer Greg Berlanti en Con amor, Simon.
Berlanti, muy dado al género juvenil debido a su vinculación al universo televisivo de DC (vamos a hacerle el favor de obviar que fue el que guionizó esa denostada película llamada Linterna Verde), ha creado una dramedia romántica para adolescentes con todos los tics propios del género, con la única salvedad de la orientación sexual del protagonista. El Simon del título lleva unos años sabiendo que le gustan los chicos, pero la época del instituto quizá no es el mejor momento para salir del armario, pese a los problemas y las dudas que su secreto le lleva, tanto para sí mismo como para la relación con sus amigos.
Con amor, Simon no aspira a ser rompedora en ningún sentido, más allá del mencionado paso adelante en la reivindicación, y por ello se mira descaradamente en el espejo de una de las series de más éxito de los últimos años: Por trece razones. Tanto es así que incluso toma prestados a dos de sus protagonistas, consiguiendo parecer casi un capítulo doble de la serie con la misma ambientación y estilo pero cambiando las reflexiones sobre el acoso y el suicidio por el de la sexualidad (lo que, por otro lado, también va vinculado al acoso).
Como sea, Berlanti consigue una película muy agradable y simpática, con unos personajes muy bien trabajados para que sea fácil identificarse con ellos más allá de la orientación sexual de cada uno, consiguiendo que se empatice con el protagonista hasta el punto de perdonarle (como sucede con los verdaderos amigos) que se le perdonen las múltiples meteduras de pata que va cometiendo durante la historia.
No estamos ante un tratado social definitivo, ni ver Con amor, Simon va a cambiar la vida de nadie, pero sí puede invitar a la reflexión de una manera más natural y mucho menos pedante que, por ejemplo, en Call me by your name, que en el fondo quería contar la misma historia pero de un estilo totalmente opuesto a este.
Sí, al final el tema del amor queda relativizado (estamos ante una comedia romántica típica, eso no hay que olvidarlo) y la historia romántica final no es más que el toque de caramelo para hacernos salir de la sala con una sonrisa y creyéndonos ingenuamente que el mundo puede ser, a veces, perfecto y justo, pero al menos el camino hasta ese final es muy digno, emocionando y divirtiendo a partes iguales y haciendo la película muy recomendable, un buen colofón, quizá, para cerrar la semana del orgullo, permitiéndose, incluso, un toque de autoparodia muy sano.

Valoración: Siete sobre diez.