Hay sagas de películas a las que su longevidad terminan por pesar demasiado, haciendo que sus resultados en taquilla no se ajusten con lo ofrecido en pantalla. Muchos coinciden en que Aquaman es la mejor película del DCEU (la más divertida, al menos), pero en Estados Unidos se ha estrellado, demostrando que el género superheróico, más allá de la todopoderosa Marvel, empieza a aburrir. Algo parecido podría decirse de la séptima película (más sus dos colaboraciones en Civil War e Infinity War) de Spiderman en lo que va de siglo: una pequeña obra maestra que en España no ha interesado demasiado. Y de Han Solo, casi mejor ni hablar…

Bumblebee parece no haber contado, definitivamente, con el interés del público americano (habrá que ver si vienen los chinos a salvar la papeleta), aunque se trate, definitivamente, de la mejor película de la saga.
No solo la mejor. Me atrevería a decir, aun a riesgo de enfurecer a muchos, que se trata de la única gran película de la saga, por más que la primera pudiese ser una simpática aventurilla, pero tan caótica y confusa como absurda en su concepción.
Debo reconocer que nunca he entendido la satisfacción por los juguetes estos, hasta el punto de que me resulta del todo absurdo el concepto de unos seres extraterrestres que en su planeta de origen se camuflan bajo apariencia de vehículos terráqueos. Sin embargo, son tantas las bondades de Bumblebee que pronto consigue que uno se olvide de todas esas ridiculeces y se deje llevar solo por la historia. Porque sí, señores, aquí hay historia. Algo que ni se intuía en ninguna de las cinco películas de Bay.
El primer cambio drástico en esta nueva obra, concebida en forma de precuela (aunque, como en Rogue One, se las apaña para que el hecho de concoer el desenlace del protagonsita noreste emoción a la trama), es el cambio de director. La apuesta por Travis Knight resultaba curiosa si no arriesgada, a habidas cuenta de que sus referencias se limitan a la intimista cinta de animación Kubo y las cuerdas mágicas, pero una vez vista Bumblebee se empiezan a entender las cosas.
Partiendo de un guion de Christina Hodson, la concepción de la película es casi el término opuesto a las anteriores. Mientras aquellas trataban de robots pegándose de leches entre ellos con un puñado de humanos corriendo de un lado para otro, Bumblebee de lo que trata, en realidad, es de los problemas de una adolescente por superar la pérdida de un padre y aprender a encajar en la nueva familia que se ha formado con la llegada del nuevo novio de su madre. El dolor por la pérdida se refleja en su cambio de carácter y en el abandono de sus aspiraciones deportivas, cerrándose en si misma e incapaz de hacer amigos ni ver más allá de la obsesión por arreglar un viejo coche con la falsa esperanza de que ello la reúna en espíritu con su difunto padre. Aquí, los robots no son más que elementos secundarios que, sí, hacen mucho ruido y se pegan de vez en cuando, pero nunca entorpecen lo suficiente como para que nos olvidemos de quien es la verdadera protagonista de la historia. En realidad, la misión de Bumblebee no es la de salvar el planeta, o a su raza, sino la de recordad a la protagonista el sentido de la vida y ayudarla a superar el luto gracias al valor de la amistad y el amor. Es, el ser extraterrestre, casi una versión robótica y violenta de Mary Poppins, y es que, al fin y al cabo, también llega caído del cielo, como ella.

Lamentablemente, este distanciamiento del caos organizado que define al cine de Michael Bay, acercándose más al Gigante de Hierro (mejor homenajeado aquí que en Ready Player One, de Spielberg, también productor de esta) de Brad Bird que a la saturación robótica de Pacific Rin y compañía, es lo que pueda haber asustado a muchos de verla, ya que no todo el público palomitero está preparado para ver una historia bien contada. Los mismos que decían que Logan no era una película de superhéroes pueden acusar a Bumblebee de no ser una película de Transformers.
Y probablemente tengan razón. Para el bien de todos…jorge lenderborg jr.,
Valoración: Siete sobre diez.
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