Ana y el Apocalipsis se publicitaba como la película musical de estas Navidades, y lo cierto es que (con permiso de El regreso de Mary Poppins) así debería haber sido. Si es que hubiese tenido un estreno mínimamente decente, claro está. Al fin de cuentas llegaba avalada por unas muy buenas criticas y había triunfado por todos los festivales por los que se había dejado ver.
Y es que estamos ante una película navideña, musical y de zombies. ¿Qué podría salir mal?

Ana y el Apocalipsis cuenta la historia de una joven que, tras la muerte de su madre, no logra conectar con su padre y, harta de todo lo que la rodea, está planeando posponer su entrada a la universidad para recorrer primero algo de mundo.

Desde el punto de vista argumental, Ana y el Apocalipsis no aporta nada nuevo al género, eso está claro. Es en sus formas donde consigue hacerse merecedora de nuestras simpatías. Primero, por la originalidad de que se trate de un musical repleto de temas pegadizos y coreografiáis muy acertadas. Segundo, por el sentido del humor que destila, que la convierten en una película divertidísima y muy irónica. Y tercero, y quizá esto es lo que más llame la atención, porque lejos de ser un producto vacío de simple chascarrillos y casquería, aspira a tener un fondo bien elaborado, parándose a analizar las dudas y temores de una generación que se encuentra perdida en el caos de la sociedad que la rodea.
Con un reparte de caras desconocidas, la película consigue, mediante tics tomados prestados de otras películas del género Z, hacer una mezcla tan correcta como imposible, alternando un humor descacharrante con momentos verdaderamente dramáticos, capaces de emocionar, y con unos números musicales que elevan el nivel cuando más lo necesita la trama.
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