Ya
he comentado alguna vez que considero que una película, para ser considerada
buena, debe estar destinada a todo tipo de público, no solo a los
incondicionales de un género o, como es el caso, subgénero. Así, Need for speed es una estupidez
increíble que solo ofrece una sucesión de carreras espectaculares que parecen
más la demo del videojuego en que se basa que una película de cine, con un
guion tan plano como previsible, unos actores sin carisma (ni siquiera salvo a
Dominic Cooper, el papá Stark de El
Capitán América: el primer Vengador) y un metraje excesivo que solo puede
interesar a los devoradores de videojuegos de coches y amantes de la adrenalina
tuneada. ¿En serio son necesarios 132 minutos para este hermano bastardo de Fast & Furious venido a menos?

Tobey
Marshall (Aaron Paul, recién salido de Breaking
Bad) y sus amiguitos del alma son un grupito de niñatos anormales que se
dedican a hacer carreras de coches ilegales sin importarles los accidentes que
provocan e incluso aplaudiendo entre risas cuando están a punto de atropellar a
alguien. Entonces se cruza en sus caminos Dino (Cooper), el tipo guay que robó
la novia a Tobey y es rico y famoso. Hay una movida con drama lacrimógeno
incluido, Tobey va a la cárcel siendo inocente (o eso se creen ellos, si por mi
fuera terminaría la película a los cinco minutos metiendo a todos los payasos
estos en un calabozo y tirando luego la llave) y, como es tan majo que pasa de
aprender la lección, lo primero que hace es meterse en una carrera súper mega
guay y súper mega secreta donde tendrá la ayuda de la típica rubia de bote
(Imogen Poots) con la que acabará liándose (uy, se me ha escapado un spoiler,
perdón) y podrá vengarse del chulitoplaya. Por medio hay un negro chistoso que
celebra las victorias con bailes ridículos (lo nunca visto), unos policías
absolutamente imbéciles que no dan pie con bola y un Michael Keaton que, aun
haciendo lo de siempre (se comenta que rodó todas sus escenas en un par de
horas) termina siendo lo mejor de la película.

No
hay aquí ni una subtrama interesante ni personajes (o actores) con los que
simpatizar, como la imitada Fast &
Furious, ni –por supuesto- un mínimo desarrollo de personajes ni diálogos
aprovechables como en la grandiosa Rush
(para que veáis que mi problema con esta película no es que tenga fobia a los
coches) o en cualquiera de las películas que rodó volante en mano el legendario
Steve McQueen.
Lo
único que podría salvar mínimamente la película sería la corrección visual en
los momentos más trepidantes y el acierto que me parece que todas las escenas
hayan sido rodadas por especialistas, es decir, sin retoques digitales por
ordenador. Poca cosa para justificar el precio de la entrada, aunque seguro que
no le faltarán defensores al videojuego con ¿actores? este.
Personalmente,
os recomendaría quedaros en casa jugando al Need
for speed en la Play. Con algo de suerte, pronto llegará el Furious 8.
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