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lunes, 30 de diciembre de 2019

MUJERCITAS

Después de llamar la atención con su debut como directora en solitario con Lady Bird, pocos imaginaban que Greta Gerwig eligiera un proyecto tan trillado como el de Mujercitas como siguiente proyecto.Lo cierto es que la obra de Louisa May Alcott es uno de esos clásicos que bien merece una revisión cada cierto tiempo, más con el tono de empoderamiento femenino que se puede extraer de la obra. Posiblemente eso sea lo que más ha atraído a una autora como Gerwig, que aprovecha para actualizarla y, si bien el personaje de Jo es un reflejo de la propia Alcott, esta aparece también como contrapunto de la directora.
La pregunta más difícil de responder es la de cómo enfrentarse a una obra tan versionada sin resultar redundante. El truco que Gerwig se saca de la chistera es el de los saltos temporales, yendo adelante y atrás en la historia para presentarnos las vidas de las cuatro hermanas en paralelo, repartiendo así mejor sus intervenciones, aunque sacrificando para ello el elemento dramático. Un peaje poco significativo para los conocedores de la obra pero que puede legar a decepcionar a los recién llegados e incluso causar algo de confusión.
Sin embargo, trucos aparte, Gerwig tiene claro que es Jo su verdadera protagonista. Ella es el eje de la historia y con quien juega, además, a un metalenguaje (usando para ello las reuniones con su editor) onde más se incide en el discurso feminista.
No obstante, la Mujercitas de Gerwig tiene un innegable aroma clásico, muy bien apoyada en el talento de su quinteto protagonista. Saorise Ronan es, como en Lady Bird, la estrella de la función, pero quien más brilla es posiblemente Florence Pugh, quien consiguen componer un personaje con tintes repelentes al que, sin embargo, es fácil adorar. No desentonan tampoco Emma Watson y Eliza Scanlen, mientras que Timothée Chalamet se repite poco en el papel de galán a su pesar con aires de atormentado. Además, si pasean por ahí nombres de la talla de Meryl Streep, Laura Dern, Chris Cooper o Bob Odenkirk, pues mucho mejor.
Con una deliciosa fotografía con tintes casi pictóricos y la siempre efectiva música de Alexander Desplat, la obra es una puesta a punto entre divertida y sentible de las andanzas de las hermanas March que sin duda tendrá presencia en la temporada de premios que está por llegar.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 2 de agosto de 2019

MIDSOMMAR

Hace apenas un año, Ari Aster asombraba con su debut cinematográfico de la mano de la aterradora y desasosegante Hereditary. Las expectativas por ver si su siguiente película iba a ser una mera repetición de la fórmula o si iba a ser capaz de reinventar de nuevo el cine de terror eran altas y, para bien o para mal, el director ha sabido reinventarse y, por más que vuelva sobre los mismos temas de fondo (la carga familiar, el peso de un suceso traumático, el saber enfrentarse a la muerte de un ser querido, las relaciones personales …), lo cierto es que, sobre todo a nivel visual, Midsommar se encuentra casi en las antípodas de su predecesora.
ambién en el tono, pues toda la trama tiene un regusto a humor (muy negro, eso sí) muy bien medido y que se compensa muy bien con la tensión que acompaña en todo momento a los protagonistas.
Midsommar arranca con el suicidio de la familia de Dani, tras lo que la muchacha quedará gravemente afectada. Por eso, cuando su novio Christian y unos amigos de él le dicen que van a ir de viaje a una aldea sueca a disfrutar de un pintoresco festival de verano, ella decide apuntarse con ellos para tratar de evadirse de su destrozada rutina.
A partir de aquí, con un ritmo insoportablemente pausado, dejando que la música incomode tanto como algunas de las costumbres locales, la película comienza un camino de descubrimiento para los jóvenes que no tendrán muchos problemas, al principio, para integrarse en una especie de comuna naturalista que rinde culto a ritos paganos, aunque no tardarán mucho en ver que sus vacaciones van a ser tan apasionantes como peligrosas.
Con casi toda la acción transcurriendo en pleno día, aprovechándose así de las peculiaridades de llamado “sol de medianoche”, propio del solsticio de verano en las cercanías del círculo polar ártico, una de las cosas más notables de la película consiste en la capacidad de provocar terror bajo una iluminación absoluta, siendo sustituidas las habitaciones oscuras y las carreteras solitarias de medianoche de las películas de miedo habituales por valles verdes, cielos azules y vestimentas blancas con hermosas y coloridas flores como motivos decorativos. Es este contraste entre lo que estamos acostumbrados y lo que nos ofrece Midsommar lo que hace que, desde la cotidianeidad de las costumbres locales la incomodidad del espectador sea más latente.
Argumentalmente, Aster adapta la fórmula básica de los grupitos de amigos yendo de vacaciones a un lugar poco recomendable, teniendo pinceladas de los estereotipos clásicos (la chica inocente, el guapito, el intelectual, el recurso cómico…), rememorando, en la construcción de esa comuna pagana, a películas como El hombre de paja (mejor olvidar ese decepcionante remake con Nicolas Cage). Sin embargo, cabe advertir que, en su esfuerzo por no hacer una película de terror al uso, Lester termina por componer un film que no es apto para todo tipo de espectador. Aunque conviene saber poco sobre cómo se desarrollan los acontecimientos, si conviene estar un poco informado del tipo de película a la que nos enfrentamos antes de acceder a ella, pues hay que reconocer que es de difícil digestión y que ese intencionado ritmo pausado puede resultar desesperante para muchos.
El secreto del buen funcionamiento del film, que pese a tener momentos de auténtico horror no estoy muy seguro de que deba ser definida como película de terror al uso, está en la construcción de un ambiente incómodo (ahí es fundamental la música de The Haxan Cloak) y de la relativa cotidianeidad de los anfitriones, en una historia donde lo más aterrador es que no hay buenos ni malos, sino gente de diferentes costumbres haciendo lo que, para ellos, es algo habitual y correcto.
En fin, inquietante e hipnótica película de Ari Aster, quizá un puntito por debajo de Hereditary, de factura hermosa, pero por momentos desagradable, y apropiada para un tipo de espectador muy concreto, totalmente opuesta a los convencionalismos del cine de terror actual.


Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 13 de mayo de 2017

LADY MACBETH, deliciosa rareza.

Basada en la obra de Nikolai Leskov, Lady Macbeth es una película especial, no apta para todos los públicos, no ya por su contenido sino por sus maneras. Con una puesta en escena pausada y un ritmo mínimo, sin que la música ni los diálogos cobren protagonismo en ningún momento y con escases de planos exteriores, William Oldroyd basa todo el poderío de la película en la interpretación de sus protagonistas (apostando ciegamente por su actriz principal, Florence Pugh) y en su uso de la cámara, donde los alardes quedan olvidados para abusar de planos fijos y primeros planos de la muchacha que contagien al espectador de sus sentimientos.
Katherine es una mujer obligada a casarse a la fuerza con un hombre que nunca la va a saber amar, quedando atrapada en una familia que la asfixia en silencio. La soledad, la apatía y la incomunicación hacen de Katherine una mujer desgraciada, necesitada de algo que quizá no pueda llegar a conocer nunca. Sin embargo, hay ocasiones en las que el paso de victima a verdugo no es demasiado complicado.
Con estos elementos, Oldroyd construye una película angustiante en su sencillez, que sin apenas contar nada contagia en el espectador la angustia y la claustrofobia interna de la protagonista y que consigue estremecer sin llegar a pretender nunca adoctrinar.
De hecho, una vez finalizado el visionado, cuesta decidir cuáles son los sentimientos que abordan a ese espectador que, convertido en cómplice, no es digno de juzgar los actos de la protagonista, incapaz quizás de decantarse entre odiarla, amarla o compadecerla.
Sin escenas especialmente truculentas o de violencia gratuita, la película logra incomodar y resulta por momentos salvaje y turbadora, aunque la parsimonia con la que se desarrolla la acción pueda llegar también a exacerbar.
Lady Macbeth es, pues, una historia que no deja a nadie indiferente, que remueve mente y alma, pero a la que le falta un punto para conseguir esa grandeza que su director sin duda está buscando, quedando a medio camino entre el desconcierto y el aplauso.

Valoración: Seis sobre diez.