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miércoles, 5 de diciembre de 2018

VIUDAS

Si nos ponemos estrictos, Viudas debería ser una buena película solo por definición. Repasemos los nombres que se encuentran implicados en ella:
A los mandos se encuentra Steve Mc-Queen, director sobradamente contrastado y que con 12 años de esclavitud se consagró definitivamente. En el guion, junto al propio McQueen, se encuentra Gillian Flynn, la autora de las novelas que dieron pie a la serie Heridas Abiertas y a la magnífica película Perdida, y se trata, además, de una adaptación de una serie de televisión de los ochenta. La historia va sobre las mujeres de unos peligrosos atracadores interpretadas popr  Viola Davis, Michelle Williams, Elizabeth Debicki y Carrie Conn, que tras la muerte de estos en un atraco (interpretados, entre otros, por Liam Neeson y Jon Bernthal) deciden culminar el último plan que tenían en mente para salir del pozo de deudas al que la desaparición de los hombres les ha condenado y empezar una nueva vida. Además, hay de fondo una trama política comandada por el duelo electoral entre el personaje al que da vida Colin Farrell (que es hijo de Robert Duvall) y el de Brian Tyree Henry, cuya mano derecha tiene el rostro de Daniel Kaluuya.
Como pueden ver, solo por los nombres que hay en film ya vale la pena darle una oportunidad, pero es que, además, con todo este cóctel, McQueen no se conforma con hacer una película de atracos al uso, siendo muy fácil caer en la trampa de repetir la jugada de Ocean’s 8 y hacer una peli de atracos femenina sin más. McQueen decide con inteligencia concebir una historia que va mucho más allá del cine policiaco sin más y logra imponer una reflexión social de varias capas, tocando, de pasada, pero con suficiente contundencia, la moralidad de la clase política, el racismo, la dominación machista e incluso la presión provocada por la necesidad de soportar la presión paterna y necesitar de su aprobación.
Para ello, McQueen elabora unos personajes muy bien construidos, con una presentación de los mismos muy lenta, cuidando los detalles y tomándose las cosas con calma. No es esta una película frenética de grandes dosis de acción (aunque también la hay), por lo que reniega del cine de espectáculo al uso. Viudas tiene un guion inteligente y con giros sorprendentes, pero para que estos funcionen es necesario que los personajes resulten creíbles, cosa que solo puede ser posible mediante ese análisis exhaustivo que nos permite conocer hasta el más mínimo pensamiento de cada una de las tres protagonistas y reforzadas con el gran trabajo interpretativo, en especial una Viola Davis que ya suena en las primeras apuestas para la temporada de premios que está a punto de comenzar.
Así, pues, Viudas es una película entretenida, salvaje, emocionante y sorprendente, pero es también una película intimista, dramática y reflexiva. Un film que invita a la reflexión y cuyas escenas no se diluyen en la memoria apenas salir de la sala. Y lo consigue, además, con una serie de mensajes que no resultan para nada moralistas ni provienen de slogans vacíos y adoctrinadores. Es, por ejemplo, una película feminista sin necesidad de recurrir a ese ponderamiento de la mujer que en ocasiones roza el ridículo, y tiene un mensaje racial sin redundar en el drama negro como quizá si lo hiciera la anterior película de su director.
Es, en resumen, una gran película, cuyo único pero puede encontrarlo alguien más acostumbrado a la adrenalina que a la deconstrucción de personajes. Allá cada uno…

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 16 de enero de 2014

12 AÑOS DE ESCLAVITUD (7d10)

Bueno, pues parece que al final la gripe y las distribuidoras, empeñadas en boicotear sus posibles éxitos comerciales, no han sido suficientes como para impedirme disfrutar de una de las películas más interesantes del año y que estará presente en la próxima gala de los Oscars cuyas candidaturas acaban de anunciarse.
12 años de esclavitud es la tercera película de Steve McQueen (nada que ver con el actor) tras las interesantes Hunter y Shame, en la que vuelve a colaborar con su actor fetiche, esta vez en un rol secundario, Michael Fassbender.
Ambientada en unos Estados Unidos próximos a su Guerra Civil, 12 años de esclavitud cuenta el drama real de un hombre de color libre, Solomon Northup, que es secuestrado y vendido como esclavo, perdiendo su identidad y pasando por las manos de diversos amos, entre los que destacan el “bondadoso” Ford y el cruel y retorcido Edwin Epps.
Lejos de los movimientos de cámara enérgicos e imprecisos de Hunter y de la incomodidad sexual que desprendía Shame, 12 años de esclavitud rezuma clasicismo por todos sus poros, tanto narrativa como visualmente. Se trata, cómo no, de un alegato en contra del racismo, en una denuncia que debe verse más allá de su contexto histórico, abogando por una igualdad total entre razas, tema ya planteado en los últimos meses por en panfletario Lincoln de Steven Spielberg y la genial Django desencadenado de Quentin Tarantino.
Destacando por encima de todo el gran nivel interpretativo de todos sus actores, desde el prolífico pero poco conocido protagonista, Chiwetel Ejiofor, hasta los “amos” Benedict Cumberbatch (este hombre no para: es su cuarta película rodada en el 2013; así no es de extrañar que la tercera temporada de Sherlock se haya hecho tanto de rogar) y el ya mencionado Fassbender, a los que hay que añadir otras ilustres aunque breves apariciones como las de Paul Giamatti, Paul Dano y un grandioso Brad Pitt que se basta con apenas cinco minutos de metraje para convertirse en uno de los pilares de la película.
En una primera lectura, rápida y superficial, no parece que haya nada nuevo bajo el sol. La crueldad demostrada por Epps (en contraposición con su “supuesta Fe cristiana”) y, sobretodo, su esposa Mistress (Sarah Paulson) está desarrollada de manera inteligente y sin ningún atisbo de humor negro que nos permita relajarnos, pero no por ello se diferencia demasiado de los negreros que interpretaran Don Johnson o Leonardo DiCaprio en el film de Tarantino, mientras que las dramáticas historias secundarias de las esclavas Eliza (Adepero Oduye) primero y Patsey (Lupita Nyong'o) después pueden tener puntos en común con la propia Brunilda. Es, sin embargo, en el episodio de Ford en el que creo que hay que leer entre líneas, escarbar en la basura de esa sociedad cruel y violenta para encontrar el verdadero mensaje del film.
Y es que nada nos puede impresionar de un negrero que maltrata a sus esclavos, pero sí en la figura de uno que los cuida y protege. Ford hace regalos a Solomon (que en su epopeya como esclavo durante los dichosos doce años deberá responder al nombre de Platt) y escucha sus consejos, con lo que podemos sentirnos a gusto con el personaje, identificándolo como uno de los buenos de la peli. Pero, ¿estamos olvidando que es un esclavista y que retiene a sus trabajadores contra su voluntad? “Es lo que le ha tocado vivir”, comenta Solomon en un momento dado, defendiéndolo. “Es un negrero”, le replica Eliza. En esa conversación radica el gran mensaje de la película. ¿Quién es peor: el villano cruel y despiadado o el que tiene buena conciencia y mejores intenciones y pese a ello permite que la esclavitud siga su curso?
Una segunda e interesante reflexión hay que buscarla en la figura del propio Solomon, ya que su origen como hombre libre (en la época la mayoría de negros nacían ya siendo esclavos) lo ponen en la curiosa tesitura de no luchar por la igualdad ni la injusticia hacia su raza, sino en la indignación personal y egoísta de haber sido vendido como esclavo por error. El drama de Solomon no es que los negros sean esclavos, sino que a él no le correspondería serlo. Y aunque durante la película hay una inteligente evolución del personaje que propicia el cambio de actitud y pensamiento hacia el final (gracias, sobre todo, a la historia de Patsey) no deja de ser curioso ese arranque en el que la injusticia contra ese hombre sea más burocrática que social.
Dos puntos interesantes y que hacen brillar a una película que, de lo contrario, recordaría demasiado a otras parecidas, desde la mítica serie Raices hasta la Amistad de Spielberg.

Este es el gran talón de Aquiles de 12 años de esclavitud. Que desprende la sensación de que ya nos sabemos lo que cuenta. Y eso hace que duela un poco menos.