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lunes, 10 de diciembre de 2018

EL REY PROSCRITO

Comanchería, dirigida por David Makenzie, fue la película revelación de hace un par de años (yo mismo la catalogué entre lo mejor del año), llegando incluso, pese a ser una película independiente, a colarse en las quinielas de los Oscar. Por ello, mientras su guionista Taylor Sheridan conseguía debutar como director de Wind River y firmar el libreto de Sicario:el día del soldado (él mismo había debutado con la primera Sicario), todas las miradas estaban pendientes el siguiente trabajo de Makenzie, para el cual ha vuelto a confiar en el protagonista de Comanchería, Chis Pine, pero, curiosamente, no en el mismo medio.
Efectivamente, El rey proscrito no se ha podido ver en cines, siendo una producción Netflix y demostrando que la plataforma de streaming está empezando a apostar cada vez más fuete por los largometrajes. Atrás quedan los tiempos en que sus películas eran objeto de burla, y tras títulos tan estimulantes e importantes como Aniquilación, Okja o Mudbound, ahora llega un verdadero desembarco de películas imprescindibles, como Roma, MowgliLa balada de Buster Scruggs o Cam.
El rey proscrito podría definirse, de manera precipitada, como una especie de secuela de Braveheart. No es eso, ni mucho menos, pero por ahí andan los tiros. De hecho, es la “verdadera” historia de cómo Escocia logró independizarse de Inglaterra allá por 1314.
Dicen los historiadores que casi el ochenta por ciento de lo narrado en Braveheart es pura ficción. En El rey proscrito, cuyo arranque coincide casi con la muerte de William Wallace, lo que se cuenta de Eduard Bruce, que llegó a ser coronado como Eduard I de Escocia es más o menos fiel a la realidad, aunque ennobleciendo bastante al personaje para poderlo convertir, ¿cómo no?, en el héroe de la película. Así, Makenzie logra suavizar el carácter ambicioso y egoísta del rey, profundizando en la historia de amor que decora las escenas de batalla y volviendo a acercarse, de nuevo, más a la leyenda que a la cruda realidad.
Como sea, y aceptando las limitaciones presupuestarias que obligatoriamente deben diferenciar una producción (por lujosa que sea) de Netflix que una superproducción de Hollywood tradicional, la película resulta un entretenido pasatiempo, un buen film de aventuras que Makenzie filma con elegancia y en la que Pine vuelve a derrochar su carisma habitual. Puede que al final El rey proscrito termine siendo más una película de batallas medievales que un fidedigno retrato histórico, aunque no es menos cierto que la historia no puede ser poseedora de una verdad absoluta, ya que siempre dependerá de quién sea el que la cuente. Así, lo mejor es contentarse con el concepto de entretenimiento que se nos ofrece y disfrutar de unas secuencias de acción bien planificadas y de los entresijos inherentes a los temas relacionados con las coronas para, definitivamente, hacer un buen programa doble con el clásico que encumbrara a Mel Gibson hace ya veintitrés años.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 15 de enero de 2018

EL INSTANTE MÁS OSCURO

Joe Wright es un director de gran personalidad y potente pericia visual, y a excepción de la fallida Pan todas sus películas han aportado un cierto punto de interés por su puesta en escena, siendo el caso de Anna Karenina, posiblemente, el más radical.
En El instante más oscuro Wright parece moderarse un poco a la hora de acometer la figura del primer ministro británico Winston Churchill, en una obra que podría ser la cara B de la Churchill de Jonathan Teplitzky estrenada hace un par de meses y que yo tuve la ocasión de ver esta misma semana, pero que también se relaciona con otras películas recientes como el Dunkerque de Christopher Nolan o Su mejor historia de Lone Scherfig, sin duda la más redonda de las cuatro.
El instante más oscuro tiene un punto de partida muy similar al de Churchill, presentándonos la figura del político y orador a través de una nueva secretaria y de su esposa, aunque hay una diferencia en cuanto a la época a describir que rápidamente diferencia ambas películas y ofrece dos miradas casi en las antípodas del personaje. Mientras en aquella se veía a un Churchill asustado por las posibles bajas humanas del desembarco de Normandía aquí es el principal defensor de la guerra, convencido de que firmar la paz significaría rendirse ante el régimen nazi y perder con ello toda la identidad del Imperio.
Gary Oldman, bien escudado en el látex, hace una brillante interpretación del político, imitando sus gestos y tono de voz a la perfección, y Wright juega con la cámara como tanto le gusta, con inspirados planos secuencia y mostrando la guerra apenas con cuentagotas pero suficiente como para transmitir las sensaciones oportunas, siendo su representación del rescate civil a Dunkerque mucho más creíble y épico que el de Nolan. Claro que eso no es nuevo para él, ya que en Expiación un soberbio plano secuencia resumía lo que posiblemente fueron las playas de la costa francesa mucho mejor que Nolan en una película entera. Sin embargo, y pese a estos momentos de delicia visual, la película no va mucho más allá, resultando algo reiterativa en su discurso y terminando por ser una repetición de gente hablando entre la oscuridad de las salas del parlamento británico repitiendo lo mismo. Las intrigas palaciegas para poner a Churchill en el poder, primero, y tratar de quitárselo de encima, después, no ahondan lo suficiente como para conocer de verdad los entresijos de la política británica en tiempos de guerra y tampoco la propia figura de Churchill, limada de cualquier atisbo de claroscuros que pudiera tener, resulta demasiado bien definida.
Al final, estamos ante una película de cuidada técnica y potente interpretación, pero que como retrato de una época histórica sigue resultando demasiado pobre, como si Wright dudase entre desnudar al hombre de sus miserias o, simplemente, rendirle pleitesía.
No muy superior a la reciente Churchill, es solo un complemento para poder apenas imaginar algo sobre el primer ministro, aunque la historia del cine todavía le debe una buena película al un político que será más recordado por sus discursos que por sus decisiones.

Valoración: Seis sobre diez.