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domingo, 9 de abril de 2017

GHOST IN THE SHELL: deslucida adaptación del manga


Mucho se esperaba de esta película que adaptaba un Manga japonés y que ya tuvo una aplaudida versión cinematográfica con el Anime del mismo título. 
El estreno de Ghost in the Shell ha venido precedido, sin embargo, por la polémica sobre la occidentalización de los protagonistas, algo que ya se manifestó en el estreno de La gran muralla, cosa que a mi personalmente me parece una tremenda tontería. Si la película es americana, ¿por qué no va a ser americano el protagonista? Otra cosa es el medio camino que se ha buscado con la digitalización del rostro de Scarlett Johansson para que sus rasgos sean más orientales, que si bien no impiden que esté más guapa de lo habitual si hacen un efecto algo incómodo sobre su mirada.
No creo que eso sea más que una excusa ante la coincidencia de que ambas películas sean ya dos de los fracasos más estrepitosos del año, y que el deseo de que sean cabezas de franquicia haya fallecido antes de tiempo. Ghost in the Shell contiene muchos más problemas que el hecho de que la protagonista sea occidental o no.
No conozco el Manga original ni he revisitado el Anime en años, así que no puedo juzgar la obra como la adaptación que es, pero vista de manera individual está claro que el guion hace aguas por todas partes. La historia en la que se basa sí funciona, una especie de thriller futurista donde la protagonista debe resolver una serie de asesinatos a la vez que descubrir el secreto que se esconde en su propia identidad. Sin embargo, para ello se han buscado una serie de excusas argumentales y de situaciones ridículas que no pegan para nada con el tono oscuro y frío que pretenden dar al film. Por ello, se echa en falta el carácter adulto de la obra en que se inspira, con mucho más sexo y violencia explícita que en la película y un trasfondo filosófico que aquí apenas se insinúa.
También Rupert Sanders tiene buena culpa de ello, más centrado en buscar un tono visual que no decepcione a los fans (algunas escenas parecen calcadas al Anime) y sobresaturando la película de planos aéreos de ese Tokio recargado y agotador, que del ritmo narrativo, haciendo que uno se plantee si Blancanieves y la leyenda del Cazador no es poco bagaje para haber confiado el proyecto en este director. Tampoco Scarlett Johansson parece la mejor elección de casting, por más que la muchacha se empeñe en tomarse muy en serio su papel. Los esfuerzos son loables, pero o no consigue nunca dar con el tono adecuado o, simplemente, está muy mal dirigida.
También puede ser que la película llegue demasiado tarde. Cuando se creó el Manga, en 1989, la premisa podría ser original, con esa reflexión sobre el alma que un ser mecánico podría o no tener, pero hoy en día el asunto está ya muy trillado. Aparte de las evidentes similitudes con el Blade Runner de Ridley Scott, la película puede recordar a planteamientos ya vistos en Yo, robot, Autómata o la reciente serie de la HBO Westworld. Incluso en Terminator 2 James Cameron logra condensar toda esta hipótesis en una simple (pero magistral) frase final.
¿Qué nos queda, pues, para poder salvar de la quema a esta película? Pues, una vez más, el conformismo. Dejando de lado todos los elementos interesantes que se tiran por la borda y la decepción por lo que pudo ser y no fue, la película puede llegar a resultar una tontería sumamente entretenida, con tiroteos, persecuciones y buenos efectos visuales. La ambientación, ya lo he comentado, está muy lograda, y aunque la Johansson (que con esta película deja de ser infalible para la taquilla) no termine de convencer en esa dualidad entre ser humano y máquina (y la escena familiar es un ejemplo del ridículo más clamoroso), al menos resulta siempre gratificante verla en pantalla pegando mamporros pistola en mano. Por más que su constante desnudez sea extrañamente artificial.
Ghost in the Shell naufraga en la mediocridad, pero tiene suficientes elementos para ser la película favorita de unos cuantos. No los suficientes para hacer la secuela que la última escena promete, eso sí.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 4 de septiembre de 2016

CRIMINAL: entretenimiento puro y duro.

Ya he ha hablado mucho de la falta de originalidad que hay en el Hollywood actual. En algunos casos, como el que nos ocupa hoy, la cosa es mucho más curiosa, pues Criminal no solo tiene el mismo planteamiento que una película muy reciente como Eternal sino que es capaz de traerse aquí incluso a su actor protagonista para repetir la jugada aunque cambiando de bando.
En ambos casos el punto de partida es una tecnología capaz de traspasar los recuerdos del cerebro de un fallecido a los de un cuerpo nuevo aunque claro, la cosa no es tan sencilla y el receptor sufrirá la confrontación de sus dos identidades, luchando por sobrevivir una a la otra. Si en Eternal Ryan Reynols era el joven en cuyo cuerpo re iba a reubicar la conciencia de Ben Kingsley aquí es el marido de Blake Lively quien fallece y sus recuerdos deben trasplantarse a la mente del asesino y sociópata que interpreta Kevin Costner, que en los últimos años parece empeñado a recuperar todo el prestigio perdido.
Afortunadamente, en manos de Douglas Cook y David Weisberg, autores del guion de La Roca (posiblemente la mejor película hasta la fecha de Michael Bay), la película desemboca en un frenesí de acción y emociones que permite que lo absurdo de su planteamiento se diluya en más de dos horas de puro entretenimiento.
Con un reparto de auténtico lujo (acompañan a Costner y Reynols  Gary Oldman, Tommy Lee Jones, Jordi Mollà y Gal Gadot, aunque también aparecen en papeles menores Alice Eve, Michael Pitt, Antje Traue y los televisivos Amaury Nolasco y Colin Salmon), la película es un thriller de acción dirigido con eficacia por el israelí Ariel Vromen que con un estilo que recuerda a las producciones de Luc Besson consigue imponer un ritmo trepidante a la acción que disimula las absurdeces de un guion algo loco e irregular.
Pese a todo, quizá sea Costner el único que verdaderamente destaca interpretativamente, dando lo mejor de sí mismo consciente de que cada fracaso en taquilla es una oportunidad perdida para él. También es su personaje el que mejor evoluciona a lo largo del film lo que le permite mayor variedad de registros, cosa que el actor sabe agradecer sosteniendo por si solo la película.
Todo es muy enrevesado, muy cogido por los pelos, pero estamos ante una de esas películas que es conveniente no analizar mucho y dejarse llevar por su ritmo y sus persecuciones, tiroteos y sus momentitos de emotividad, que también los tiene. Y todo ello con una cámara muy limpia y luminosa. Es decir, todo de lo que carece una película a priori mucho más seria e interesante como se suponía que era la simplona Jason Bourne.
Criminal no inventa nada nuevo, ni tampoco lo pretende. Ni siquiera prueba a sacar partido a las decisiones médicas moralmente discutibles en las que se basa. Es un producto de lucimiento para la acción y poco más. Y con ello debería bastar.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 24 de noviembre de 2014

ORÍGENES (7d10)

En un espacio breve de tiempo, a Dios gracias, se ha estrenado comercialmente la película ganadora en el pasado Festival de Sitges y que no tuve la oportunidad de ver in situ.
Dejando de lado la controversia sobre si efectivamente fue la mejor del festival o no, lo cierto es que el título de Mike Cahill (guionista y director) es una interesante apuesta que, como su película anterior, Otra tierra, apuesta por una inteligente mezcla entre una historia aparentemente muy convencional con teorías sesudas de carácter científico que invitan a la reflexión (chúpate esa, Christopher Nolan).
Orígenes arranca con una extraña sensación de ambigüedad, con una historia tan interesante como sencilla sobre el amor compulsivo y casi irracional entre un científico molecular empeñado en demostrar la no existencia de Dios a través del estudio del iris del ojo humano, Ian,  y una modelo de hermosos ojos y fuertes creencias espirituales, Sofi. Es posible que el espectador se sienta algo desorientado ante la aparente supercialidad del invento, a medio camino entre el romance más simplón y las películas de experimentación genética de serie B de los ochenta, ya que uno de los objetivos principales de Ian, acompañado por su colega Kenny (el Glenn de Walking dead) y su becaria Karen (Brit Marling, vieja amiga del director y protagonista por tanto de Otra Tierra), es conseguir dotar de visión a una especie animal carente de ojos. Pero ya durante esta aparente sencillez se vislumbra la ironía del enfrentamiento entre las doctrinas de Ian, ya que resulta chocante que un científico obsesionado con demostrarlo todo mediante pruebas irrefutables para aceptar su existencia termine rendido ante el fenómeno conocido como “flechazo”, un amor a primera vista, esta vez en el sentido más literal de la expresión, ya que su entrega obsesiva y apasionada hacia Sofi se produce habiendo visto de ella tan solo sus ojos. Ayuda sobremanera la química existente entre Michael Pitt (perfecto en el papel de científico soso y algo introvertido) y Astrid Bergès-Frisbey, que aúna la belleza juvenil y despreocupada con la profundidad de sus pensamientos y su misticismo contagioso.
Es entonces, en medio de una simpática pero algo edulcorada historia de amor, cuando Cahill demuestra sus cartas con una escena brutal que nos oprime el corazón, dejándonos casi sin aliento y tan acongojados que no seremos capaz, al igual que los protagonistas, de digerir el inesperado giro argumental hasta más allá de la finalización de la película.
Es importante no explicar nada más del argumento a partir de ahora, pues Cahill juega a dirigir nuestras ideas y sentimientos a su antojo, pero sí me gustaría destacar la brillantez (más allá de la postura de cada uno y su atisbo de alegato final) del debate que propone alrededor de la existencia de Dios, siendo Ian el más firme defensor de la ciencia con argumentos tan validos como convincentes pero cuyo destino se encargará de ponerle suficientes dudas en su camino.
Cahill nos ofrece una historia romántica y apasionada en dos épocas diferentes que, de manera tranquila y sosegada, nos invita a plantearnos nuestras propias conclusiones, y con un discurso científico de fondo de fácil comprensión y con el desafío (tan teóricamente imposible como arrebatadoramente poético) de encontrar dos pares ojos exactamente iguales en el mundo.
Con muy buenas interpretaciones (quizá Marling es, precisamente, la más perdida de la función, puede que por estar más interesada en colaborar con su amigo Cahill que por identificarse con su personaje), la película enamora y duele por igual, siendo capaz de contagiarnos del querer entre Ian y Sofi o de embarcarnos en esa búsqueda imposible (o cuanto menos improbable) alrededor del mundo. Y eso, para una película con vocación de ciencia ficción de corte independiente (en algo me recuerda a Coherence, aunque argumentalmente no tengan nada que ver), es muy meritorio.
La eterna pugna entre ciencia y religión desde otro punto de vista.