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domingo, 15 de abril de 2018

LA CASA TORCIDA

Cuando una cosa se pone de moda parece que no tiene freno. 
Al menos, en la industria del cine. Aunque no fuese un tremendo exitazo, Asesinato en el Orient Express funcionó lo suficientemente bien como para que se anunciara una especie de secuela, que no es más que una forma de decir que volveremos a ver a Kenneth Branagh en la piel (y el bigote) de Poirot, la más célebre creación de Agatha Christie. 
Y sin tiempo para más, hete aquí que tenemos una nueva adaptación de una obra de la señora, que últimamente parecía condenada a telefilms de sobremesa de esos que dan en Paramount uno tras otro. Y, claro, las comparaciones son odiosas.
Lo mejor de La casa torcida es que es una obra que nunca se había adaptado al cine, con lo que por lo menos se puede mantener la intriga hasta el final. Además, el director Gilles Paquet-Brenner (cuyo trabajo anterior confieso desconocer), se esfuerza por dar un cierto toque de modernidad a una ambientación muy clásica, casi vetusta.
Pero no, con un reparto muy inferior al reunido por Branagh (con Glenn Close y Terence Stamp como nombres ilustres), la película no tiene ni de lejos la espectacularidad ni la virguería visual con que el irlandés dotó a su Asesinato en el Orient Express, aparte que su Poirot derrochaba un carisma al que ni de lejos podría aspirar el personaje interpretado por Max Irons.
Sí, hay una intriga palaciega que no está mal, una crítica a la deconstrucción familiar alrededor de la carroña de la herencia y la grata sorpresa de ver a algún rostro conocido aunque ni mucho menos estelar, pero aparte de eso la película no merece ser considerada muy superior a los telefilms antes apuntados, una típica película alrededor de un asesinato en el que todos son sospechosos hasta que se descubre que el culpable es el que uno menos se espera. O a lo mejor ni eso.
Pasable para fans del misterio y los puzles, pero aburridilla para los más exigentes.


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 26 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA, amando las palabras...

Parecía que Isabel Coixet había perdido algo de la mano firme que definía su estilo cinematográfico en los últimos años. Aprendiendo a conducir, su último trabajo, era una buena película, pero se notaba demasiado que era un trabajo de encargo en el que no se apreciaba la personalidad de Coixet en ella.
La librería, sin embargo, recupera lo mejor de la directora catalana, quizá porque se trata de algo más que una película. Amparándose en una historia triste sobre una mujer enfrentándose a todo un pueblo por tratar de sacar adelante su sueño en forma de pequeño negocio (algo que me trae a la memoria a Chocolat), La librería es casi un canto de amor a la literatura. Cargada de referencias a las letras, con la novela Lolita o el escritor Ray Bradbury como elementos destacados.
Emily Mortimer es Florence Green, una mujer de apariencia frágil y delicada pero fuerte en determinación. Marcada por un pasado doloroso, consigue comprar una antigua casa en un pequeño pueblo pesquero para transformarla en una librería, pero se encuentra con la oposición de Violet Gamart, a la que da vida Patricia Glarson, en su segunda colaboración con Coixet. Gamart, posiblemente la mujer más influyente del pueblo, ansía esa casa para crear un espacio social cultural, más por lucimiento propio que por otra cosa, y se inicia una guerra entre ambas mujeres que terminará implicando a todo el pueblo, como a la pequeña y pizpireta Christine, que a base de trabajar por las tardes ayudando en la librería aprenderá la belleza de leer, o al esquivo e huraño Edmund Brundish, que terminará derivando en un inesperado aliado. Son precisamente los actores que dan vida a estos últimos, la joven Honor Kneafsey y el siempre magistral Bill Nighy, los que más frescura aportan a una historia tierna y conmovedora a la que quizá solo se le pueda echar en cara un cierto grado de previsibilidad en su tramo final.
No obstante, esto no va de giros sorprendentes ni grandes intrigas, por lo que ni Coixet ni Penélope Fitzgerald, la autora de la novela en la que se basa la película, deberían estar muy preocupadas por ello. Esto es más una historia sobre la vida misma, cobre la amistad y el orgullo. Y, desde luego, sobre el deseo de rendir tributo a los sueños del pasado y al valor de atreverse a luchar por ellos.
Coixet, muy de actualidad últimamente por temas más relacionados con la política que con el cine, regresa con fuerzas renovadas. Y eso siempre es una grata noticia.

Valoración: Siete sobre diez.