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jueves, 19 de octubre de 2017

Sitges 2017: REVENGE

Coralie Fargeat debuta con Revenge después de haber realizado algún cortometraje y ser asistente de dirección en alguna que otra película. Es, este, un trabajo casi de autor completo, ya que la realizadora se encarga también del guion y la edición, y viendo el resultado final (y los premios que se ha llevado en este Festival), no le ha ido nada mal, la verdad.
Revenge es una historia dura, cruel y muy sádica narrada con un humor negro que permite hacer la suficiente suspensión de la incredulidad para aceptarla sin problemas.
Un hombre casado utiliza como coartada una salida de caza con sus amigos para tener unos días románticos con su amante en una impresionante casa aislada del mundo en pleno desierto. Sin embargo, sus compañeros de caza llegan antes de lo previsto, y su convivencia con la hermosa Jen no va a ser todo lo plácida que podría suponerse. La joven se convierte en el eslabón débil (y prescindible) del grupo, pero nadie podía prever un giro de los acontecimientos que iba a convertir a los cazadores en cazados y la jornada lúdica en una sangrienta venganza.
Con Revenge se reivindica, una vez más, el papel de la mujer en el cine, permitiéndola ser tan dura y poderosa como cualquier hombre. Esta podría ser una historia de venganza a lo Charles Bronson, pero la actriz Matilda Anna Ingrid Lutz demuestra que no necesita a nadie que pelee por ella.
No hay apenas nada verosímil en la película, eso hay que avisarlo de entrada, pero allí donde la historia peca de sencillez y exageración Fargeat lo compensa con la puesta en escena, con imágenes donde saca el máximo partido de los espectaculares paisajes y consiguiendo un ritmo imparable que permite olvidarse de todo lo absurdo que está aconteciendo en pantalla.
Revenge es, en fin, una película salvajemente divertida, dolorosa en su crueldad y excesivamente sangrienta. Un festival carmesí que augura un gran futuro a su realizadora.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 19 de febrero de 2017

RINGS, justita y poco más.

No sabíamos nada del director F. Javier Gutiérrez desde su interesante debut en 2008 con la inquietante Tres días. Por eso sorprende verlo ahora, tras ocho años desaparecido, debutando en Hollywood con una película franquicia como es Rings, tercera entrega de la saga que versiona a la nipona Ringu.
Pocas expectativas provocaba esta película donde lo único mínimamente destacable estaba en sus secundarios, con Johnny Galecki (el divertido Leonard de The Big Bang Theory), Alex Roe (insoportable en La quinta ola) y Vicent D’Onofrio en cabeza, aunque la italiana protagonista, Matilda Anna Ingrid Lutz, sea una completa desconocida.
Sin Naomi Watts ya en el reparto, la película es una vuelta de tuerca al tema de la película de VHS con inquietantes imágenes que provoca una maldición en quien la ve, haciendo que fallezca a los siete días.
Poco se puede exprimir ya de esta saga, más tras haber sufrido en Sitges la fantochada que juntaba a Sadako (versión japonesa de la Samara de aquí) contra Kayako, la monstruito correspondiente a la franquicia de La maldición. Consciente de ello los guionistas de Rings han tratado de trenzar una historia algo más sencilla de lo habitual, con algún interesante giro de guion pero sin retorcidos recovecos confusos e incomprensibles. Para ello, entremezcla realidad e ilusión para poder jugar con las imágenes (potente la escena de la lluvia cayendo hacia arriba) sin perder la verosimilitud, a la par que juega con las nuevas tecnologías digitalizando la maldición y creando una cadena de favores, como si de una red social mortal se tratase, para tratar de combatirla.
No hay mucho donde rascar en Rings, pero lo poco que tiene lo ofrece con sinceridad y si recuerda uno que no debe esperar demasiado de ella es capaz de entretener y hacer que su visionado sea, al menos, aceptable e incluso entretenido, con algún susto que funciona y una ambientación bien conseguida.

Valoración: Cinco sobre diez.