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martes, 6 de enero de 2015

SE NOS FUE DE LAS MANOS * (6d10)

Últimamente estoy contemplado con cierto asombro como cada vez que se estrena una película francesa (si es comedia, mejor) el póster advierte que esta ha sido número uno en taquilla y ha arrasado en toda Europa. No voy a poner en tela de juicio semejante afirmación (hoy en día es muy fácil conocer los datos de taquilla de una película) pero empiezo a estar ya un poco cansado de que siempre me vendan la misma historia. Algo parecido me pasa con las películas de terror de bajo presupuesto americanas. Todas son número uno en su país. Luego, pasadas unas semanas, nadie recuerda haberlas visto…
Ahora, tras la que se suponía era la película de más éxito del año en Francia, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? nos llega una nueva comedia gala que presume más o menos de lo mismo: Se nos fue de las manos. Y no voy a negar sus virtudes, ya que como en el caso anterior se trata de una obra divertida y muy amena, pero que si debe representar lo mejor de la filmografía de su país, apañados vamos…
Sin la más mínima intención de arriesgar un ápice, Se nos fue de las manos rasca de todos los palos posibles en busca de conseguir sin éxito una identidad propia. Como no podía ser de otra manera, siendo una comedia francesa, tenemos un grupo de amigos políticamente correctos (no puede faltar el personaje de tendencia islámica, aunque también aquí muy moderado), el entorno lujoso y aristocrático (¿quién dijo que había crisis?) y, como quien no quiere la cosa, un tufillo para nada disimulado a la americana Resacón en Las Vegas, incluyendo, aunque con matices, el estilo narrativo, aunque con toques (por lo de la cámara en mano de gran parte del metraje) a Proyecto X.
El día del 30 cumpleaños de Frank, cuando sus amigos le habían preparado un fiestón por todo lo alto, su jefe le obliga a quedarse en su casa cuidando a su hijo de doce años para poder ir a una gala con su mujer que les fuerza a pasar la noche fuera. Cuando por la mañana la policía les llama para que vuelvan a casa, el matrimonio se encontrará la mansión en un estado lamentable y al hijo desaparecido, y sólo la filmación de una cámara de video les dará una idea de lo que ha pasado allí esa última noche.
Con pretensiones gamberras y algo de humor negro (personalmente la escena del pájaro no la encuentro para nada graciosa, pero bueno), el protagonista Philippe Lacheau (por cierto, codirector de la obra) trata de copiar todos los matices de su alter ego Bradley Cooper, repitiendo el estigma de chico responsable superado por la situación y que termina dejándose llevar. El guion, con celebrados momentos de desmadre, contiene situaciones francamente divertidas, apoyándose básicamente en el carisma que puedan desprender los protagonistas (básicamente los tres amigos –aunque uno está casi todo el film parapetado al otro lado de la cámara-, una chica y Rémi, el hijo de marras), aunque el verdadero punto cómico lo pone con buen critério el torpe policía que interpreta Philippe Duquesne, pero las situaciones hilarantes y desfasadas de la inevitable fiesta se terminan diluyendo en un final previsible y exageradamente edulcorado que nos remite a un telefilm Disney sobre la falta de atención de un padre hacia su hijo. Quizá sea imprescindible un final feliz para coronar esta historia, pero que los tres frentes abiertos (la relación padre-hijo, las pretensiones románticas de Frank y sus aspiraciones laborales) se solucionen de manera tan redonda quita gracia a un argumento que merecería un final más macarra.
Al final, todos quedan contentos, como en un cuento excesivamente familiar, pero la moralina tampoco termina de ser efectiva cuando no hay unas verdaderas consecuencias al desmesurado desmadre que se produce a lo largo del metraje.
En definitiva, como en la mayoría de films de este estilo, nos encontramos ante una comedia simpática y que nos invita a pasar un buen rato, pero que ni merece el exagerado rendimiento en taquilla ni será recordada pasados unos meses.

lunes, 10 de marzo de 2014

PARÍS A TODA COSTA * (5d10)

De nuevo nos encontramos ante una comedia francesa que guarda ligeros parecidos con la reciente 20 años no importan. No solo trata sobre una joven metida en el mundo de la moda, sino que su protagonista, Reem Kherici, es también la firmante del guion, como en aquella hiciera Virginie Efira, aunque en esta ocasión la muchacha se atreva también con la dirección.
París a toda costa podría haber sido una película de denuncia sobre el trato que Francia otorga a los inmigrantes que, ya afianzados en el país vecino, son extraditados una vez caducados sus papeles. Pero en lugar de eso, Kherici opta por la comedia más simple sobre el contraste cultural con una leve (muy leve) reflexión sobre la familia que es más una excusa para gags gamberros a cargo del hermano de la protagonista y para aportar un apunte dramático con la historia de los padres que otra cosa.
Maya es una diseñadora de alta costura, fashion y divina de la muerte, que reniega completamente de sus orígenes marroquís. Arrogante y pretensiosa está completamente integrada a la capital de la moda y a punto de conseguir dar un paso de gigante en su carrera profesional cuando se descubre que lleva mucho tiempo con sus papeles caducadas y es expulsada del país, viéndose obligada a regresar a un país que desprecia y que no es suficientemente bueno para ella.
Emparejada a Zoolander por la visión caricaturesca que da del mundo de las pasarelas, Kherici deja que todo el peso de la acción recaiga sobre sí misma, construyendo un personaje inicialmente odioso que irá evolucionando a medida que los sucesos le superen.

Totalmente predecible y blanda, es un simple pasatiempo para pasar una tarde distraída sin demasiadas pretensiones con un plantel de secundarios cómicos desconocidos para nosotros surgidos de la televisión gala y del grupito de amistades de la Kherici.