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domingo, 26 de febrero de 2017

FENCES, magníficas interpretaciones teatrales

Fences, título que no tiene ningún sentido sin su traducción (“vallas”, una metáfora durante toda la película) es la última de las grandes películas nominadas a los Oscars en llegar a España (ya solo quedan inéditos títulos con escasas nominaciones, como 20th century women o Land of mine) y una representante más de ese cine de reivindicación racial afroamericana (a los que hay que añadir Moonlight, Figuras ocultas y Loving, lo de El nacimiento de una nación es cosa aparte) que se contrapone con las protestas iracundas de la edición anterior.
Dirigida y protagonizada por Denzel Washington, la película es una fiel adaptación de la obra teatral del mismo título que ya representaran en su momento, ganando sendos premios Tony, los propios Washington y Viola Davis. Esto resume lo mejor y lo peor de la película, ya que se mantiene de aquella obra sus diálogos veloces y fascinantes, pero también su ritmo pausado y excesivamente teatral. Si la interpretación de Washington le ha valido el premio del gremio de actores y lo coloca en segunda posición en cuanto a aspirar al Oscar, su trabajo tras las cámaras es lo peor de la película, ya que se trata de una dirección completamente plana y sin personalidad.
Fence cuenta la historia de Troy Maxson, un antiguo jugador de béisbol que trabaja ahora como basurero, y de su relación con su mujer Rose, sus dos hijos (cada uno de distinta madre), su hermano Gabriel (que tras ser herido en la guerra tiene graves problemas mentales) y su mejor amigo (al que da vida Stephen Henderson, también presente en Manchester frente al mar). Toda la película se centra en la figura de Troy, autoritario padre y amante esposo (o al menos eso parece), pero sirve también como retrato de una época, la América de los años 50, donde para la raza negra eso del sueño americano tan solo comenzaba tímidamente a intuirse como una posibilidad real.
Sin apenas salir del patio trasero de la casa de los Maxson, la película peca de sencillez, dejando todo su interés en el magnífico trabajo de sus dos protagonistas (Viola Davis tiene casi asegurado el Oscar). Es evidente que haber trabajado juntos en teatro los mismos personajes es una baza importante, y la química entre ellos traspasa la pantalla. Ambos están estupendos y solo por eso ya merece la pena el visionado. Lástima que el Washington director no se atreva a arriesgar algo más en otros aspectos.
Fences es, al final, una película triste y amarga sobre un hombre que siente que se ha quedado estancado en la vida, un perdedor que siempre encuentra a alguien a quien culpar pero que, en el fondo, es consciente de sus propios errores, por más que no se decida a poner remedio. Y por detrás, como una presencia apenas visible pero que supone el verdadero hormigón de la unidad familiar, una esposa valiente y entregada, una sufridora conocedora de su papel como madre y mujer, que termina por erigirse, en el tramo final, como la verdadera protagonista del film. Y más teniendo en cuenta de que Viola Davis (nada que ver con su interpretación plana y desganada en Escuadrón Suicida) ni siquiera necesita abrir la boca para expresar, con una simple mirada, todo lo que esconde en su interior.
Durante toda la película el protagonista pretende construir una valla alrededor de su casa, no queda muy claro si para evitar que alguien entre o para que no puedan salir de ella, y esa valla, símbolo de las barreras que la sociedad impone a los de su raza, pero también que él mismo levanta a su propio alrededor, es la que da sentido a la película.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 25 de julio de 2016

ELECTION: LA NOCHE DE LAS BESTIAS: Brillante punto y final.

Resulta curiosa (y hasta confusa) la decisión que se llevó a cabo en España a la hora de traducir el título de la película de 2013: The Purge. Como si La Purga fuese algo difícil de entender, se decidió dejar el título en inglés y añadir el subtítulo de La noche de las bestias, manteniendo el absurdo en sus dos secuelas, de manera que la saga The Purge se ha convertido aquí en la saga La noche de las Bestias. En fin…
El caso es que aquella película de hace dos años con la que el guionista James DeMonaco se consagraba como director resultó ser una pequeña decepción ante lo enormemente interesante de su propuesta: en una sociedad ligeramente futura en los Estados Unidos se decide celebrar una noche al año donde los delitos de vandalismo u violencia gocen de total impunidad, permitiendo así dar rienda suelta a los instintos más bajos del ser humano y garantizando, supuestamente, que el resto del año la violencia será fácilmente controlada. Aunque ya apuntaba esa obra a denuncia social, la limitación de su presupuesto obligaba a que toda la acción se limitara al interior de una casa, con lo que el original punto de partida se volvía algo rutinario y repetitivo pese al buen hacer de sus protagonistas, Ethan Hawke y Lena Headey, aunque ya hacía gala DeMonaco de una puesta en escena impactante y un gran diseño de personajes, con unos villanos caracterizados con máscaras y atuendos realmente perturbadores.
La película funcionó lo suficientemente bien como para dar pie a una secuela (Anarchy) en la que el propio DeMonaco hizo lo que todo el mundo deseaba: trasladar la acción a las calles y crear un personaje, el Leo Barnes interpretado por Frank Grillo (una versión nada disimulada del Punisher de Marvel), que pudiera hacer frente a los violentos, amplificando el conflicto en lugar de limitarse a repetir el esquema de víctimas atrapadas luchando por su supervivencia. Ya se intuía aquí, además, que las intenciones del gobierno (esos autoproclamados Nuevos Padres Fundadores) no eran tan benévolas como decían.
He dedicado tanto tiempo a repasar las películas anteriores porque con la tercera (y presumiblemente definitiva) película de la saga, DeMonaco se ha quitado directamente la careta (pero no la de sus personajes, que siguen luciendo un  look gloriosamente grotesco) para señalar con el dedo a un gobierno corrupto ávido de poder y dinero pero con un ligero mensaje de esperanza. Los políticos no son todos malos, como se suele decir. Sólo los que gobiernan. Y en ello está la senadora candidata Charlie Roan (Elizabeth Michell, la recordada Juliet de Perdidos), que con la ayuda, de nuevo, de Leo Barnes tratará de hacer frente a la cúpula de poder que se escuda en la decadencia de la sociedad para seguir justificando una Purga que solo beneficia a los de arriba. Si es que logra sobrevivir a la noche, claro está.
Election: La noche de las Bestias es sin duda la mejor película de las tres, demostrando DeMonaco que es capaz de crecer con cada nuevo trabajo, que es capaz de sumar profundidad e intenciones sin abandonar las virtudes que definen la saga. Así, consigue que este nuevo film tenga mucha violencia y tensión pero sin dejar de ser por ello reflexiva y profunda. La decadencia de una sociedad donde se han perdido los valores y que, además, se vuelve ahora global (genial el concepto del turismo criminal) encuentra una pequeña llama de esperanza que invita a que la lucha, por fin, tenga sentido.
Pero lo mejor de esta última película es que, además, vista la saga en su conjunto, hace que la primera parte tome más sentido y gane en calidad. Lo que entonces parecía un film algo flojo se ha convertido en una brillante carta de presentación, en un simple primer acto de una historia que, dos años después, parece haberse completado.
No estoy seguro de si The Purge deba considerarse una saga de cine de terror, por más que la sangre fluya a borbotones y la violencia y asesinatos la definan, pero lo que está claro es que el retrato de DeMonaco del ser humano puede llegar a dar mucho más miedo que todos los fantasmas de James Wan juntos.

Valoración: Siete de diez.