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sábado, 9 de septiembre de 2017

IT, adaptación casi perfecta del King más genuino.

Todavía no estando repuestos los aficionados a Stephen King a la gran decepción que supuso la mediocre La Torre Oscura, casi daba miedo (literalmente) enfrentarse a la nueva adaptación de la que probablemente sea su novela más popular: It, por más que las primeras impresiones que llegaban desde los Estados Unidos auguraban algo bueno. Y eso que el único precedente es aquella miniserie televisiva de calidad justita pero convertida en obra de culto gracias sobre todo a la caracterización de Tim Curry como Pennywise.

Sin embargo, una vez vista, cabe decir que el It de Andy Muschietti ha superado todas las expectativas. Ya en Mamá el argentino demostró que no solo domina el género del terror, sino que es capaz de dar un empaque suficiente a sus personajes para que estos sean suficientemente interesantes por sí mismos.
Eso precisamente ocurre en It, donde los protagonistas (tanto principales como secundarios) son mucho más que víctimas potenciales para el monstruo de turno. De hecho, Muschietti destina gran parte de las dos horas y cuarto de metraje a permitirnos conocer bien a los personajes, a poder encariñarnos con ellos antes de acompañarlos por ese viaje alrededor de sus miedos más profundos de los que se alimenta ese ser denominado simplemente como It (Eso) y que adquiere la forma física de un payaso.
Más allá de las licencias literarias que se haya podido tomar respecto a la novela (y la más destacable es limitar la historia a una sola línea temporal en lugar de las dos del libro, dejando así las puertas abiertas a una más que probable secuela), lo cierto es que It consigue captar a la perfección el espíritu de King. Con una pandilla de chavales que bien podría estar agermanada a la del clásico Cuenta conmigo (otra de las mejores adaptaciones que ha tenido el escritor de Maine) o a la reciente (y referencial) Stranger things, el gran mérito de la película está en que nos preocupen tanto las relaciones entre los protagonistas, sus huidas de los abusones del instituto, sus coqueteos con el romance o el peso de una rigidez paternal en algún caso enfermiza tanto como de la propia amenaza sobrenatural.
Esto nos lleva a preguntarnos si It es realmente una película de terror. Resulta difícil asegurarlo. Contiene unos cuantos sustos bien orquestados, desde luego, y es muy malrollera, de esas que te puedes llevar las imágenes de Pennywise a la cama contigo, pero a la vez resulta muy emocionante, costumbrista e incluso divertida, con momentos de humor negro muy acertados. Gran mérito de ello es la correcta definición de los chavales protagonistas, que si bien recrean los tópicos de las pandillas dela época (el gordito, el bocazas, el quejica…), tópicos, por otra parte, que bien podrían estar influenciados por las novelas del propio King, y del buen trabajo de sus jóvenes protagonistas, unos desconocidos con una gran carrera por delante. Y es que el propio King ha sido considerado siempre como el maestro del terror cuando en la mayoría de sus historias, por escalofriantes que sean, hay mucho más de lo que se pueda ver a simple vista, mucho más que simples sustos y sangre a borbotones. Por ello, It es una historia que se cuece a fuego lento y, quitando algún truquito de libro, está en las antípodas del terror machacón de James Wan o, por mencionar otra película en cartelera, de la excelente Verónica, de Paco Plaza.
Seguimos con la moda de los maravillosos ochenta, con sus chavales en bici, sus problemas de instituto, sus cines con marquesinas y sus posters de música pop. Otro baño de pura nostalgia.
Y sí, por supuesto, ahí sigue ese Pennywise tan aterrador o más que el de Tim Curry, adecuadamente digitalizado, pero tan cruel y de sonrisa desquiciante como siempre.
Recuperamos al mejor King en una historia de terror, pero, sobre todo, de amistad. De unión ante las adversidades. De superación. Una historia de la que ya estoy esperando su continuación…

Valoración: Ocho sobre diez.

miércoles, 21 de enero de 2015

ST. VINCENT * (5d10)

Poco de original hay en St. Vincent, una película que sigue el patrón clásico del viejo cascarrabias al que no soporta nadie que, por caprichos del destino, termina conviviendo de una manera u otra con un chaval que le va a saber sacar lo mejor de sí mismo, llegando a aprender mucho el uno del otro en una simbiosis predecible desde el primer minuto.
Es lo que hemos visto en mil películas y que solo el año pasado me vienen a la mente Una noche en el viejo Méjico o ¡Así nos va!, aunque aquí además le roban alguna idea a El diario de Noa y pretenden abusar algo más de lo “políticamente incorrecto” de otras ocasiones, presentándonos al Vicent este como un bebedor empedernido, habitual a las prostitutas y que, como en la reciente El jugador, pretendiendo salir de sus deudas a base de endeudarse más aún.
Con una moraleja pobre, algo de misticismo religioso (muy abierto a todos los cultos, no se nos vaya a ofender alguien)  y un previsible final feliz tan edulcorado que hasta consigue emocionar, la película pretende divertir sin abusar del chiste, con un toque de amargura que la dignifica bastante y evitando caer en la tentación de aprovechar la presencia de Melissa McCarthy en su reparto para caer en el histrionismo, mientras que la prostituta embarazada que representa Naomi Watts solo gana enteros en su versión original con su esforzado (y ya utilizado en Promesas del este) acento ruso.
Aparte de pasar un rato entretenido sin demasiadas pretensiones con la fábula de que todos tenemos algo de valor en nuestro corazoncito y siempre que no esperemos que las tramas secundarias se resuelvan con suficiente coherencia (¿qué pasa con las deudas?, me pregunto), ¿qué otro aliciente podría haber para interesarse por esta película.
La respuesta es tan sencilla como obvia: Bill Murray. Toda la película gira en torno a su personaje, que tiene manga ancha para hacer lo que se le antoje y, aun teniendo en cuenta que hace un poco lo de siempre (recuerden, por ejemplo, ese divertido entretenimiento navideño que era Los fantasmas atacan al jefe), este actor es inmenso, y es tan poco frecuente verlo actualmente en una película (en un papel importante, al menos), que solo por él ya vale la pena pagar la entrada.
Bill Murray es Vicent tal y como St. Vicent es Bill Murray. Y viendo a él en acción nos damos cuenta de que todo lo demás es como un borrón de cosas que suceden a su alrededor. Si es usted de los que disfrutan de este actor (que ya fue de lo mejor de la fallida Monuments men), esta película le ofrece un reencuentro con el gran Peter Venkman (por mucho que pasen los años Murray siempre será un cazafantasmas en nuestro recuerdo). Si, por el contrario, es de los que aborrecen sus tics y manías, huyan de este título. Poco o nada encontrarán que les interese.
Yo, por lo menos, me entrego a Murray. Aunque a poco más.