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sábado, 31 de agosto de 2019

LO QUE NO ME GUSTÓ DE ÉRASE UNA VEZ EN... HOLLYWOOD

Atención, este artículo contiene spoilers de Érase una vez en… Hollywood, lo cual no es necesariamente un impedimento para poderlo leer si no se ha visto aún la última película de Quentin Tarantino.
De hecho, esperaba a escribir esta a haber visto por segunda vez la película, cosa que aún no me ha sido posible. Y es que pienso que, de conocer ese giro final (que cualquiera que navegue un poco por la red ya debe haber descubierto) quizá la cosa me habría funcionado mejor. Y eso que ya dije desde el primer momento que esta podría ser la mejor película del director de Knoxville (aunque quiero ser muy cauto con esta afirmación, recuerdo que en cines me encantó Malditos bastardos y desde entonces no he sido capaz de revisionarla por el aburrimiento que me produce). Y es que el hecho de no estar de acuerdo con el final, en el fondo una simple decisión artística del director, no debería desmerecer a la propia película.
Este artículo es, pues, para tratar de explicar porqué me indignó tanto ese giro final y el error que creo que ello supone para la propia película.
Y no es que sea un purista absoluto de la historia. A fin de cuentas, el cine es ficción. Pero creo que hay una serie de normas que no se deben saltar a la torera. Al menos, no sin avisar de antemano. Pongamos un ejemplo del mundo de los comics (aunque también ahora del cine) como es el personaje del Capitán América. Por supuesto, el Capitán América es un personaje de ficción, y aunque la ciencia no respalde la existencia de un suero del supersoldado o la posibilidad de sobrevivir congelado bajo las aguas varias décadas sin envejecer un ápice es algo que debemos aceptar como parte del juego que se nos propone. Sin embargo, el Capitán América “existe” en un mundo real, y por ello los guionistas siempre han tenido cuidado (con muy buen criterio, por cierto) para convertirlo en un héroe de guerra sin alterar la historia en sí misma. Por ejemplo, el Capi puede haber ayudado a los aliados en el desembarco de Normandía, pero nunca ser la clave del éxito de la operación, pues eso desmerecería a los verdaderos soldados que dieron sus vidas por la caída del III Reich. Así, tampoco se ha imaginado nunca al Capi liquidando a Hitler, aunque con sus poderes quizá lo podría haber hecho con facilidad. Simplemente, no lo ha hecho porque la historia nos ha dicho que la caída de Hitler fue de otra manera. Ese es, para mí, el acierto de crear personajes de ficción interviniendo en la historia (Forrest Gump es, quizá, el ejemplo más explícito). Sí, ya lo sé, todo esto ya lo había hecho el propio Tarantino al reinventar, precisamente, la muerte de Hitler en Malditos Bastardos, pero al menos en esa ocasión le servía para dar más sentido a la trama de su película, cosa a la que ya llegaré más adelante.
Vayamos ya, pues, al quid de la cuestión. Y es que en la película de Tarantino los acólitos de Charles Mason no llegan a asesinar a Sharon Tate y sus invitados la fatídica noche del nueve de agosto de 1969. Cuando “la Familia” se dirige a su casa deciden (de manera algo aleatoria, por cierto) cambiar de planes e ir primero a la de su vecino, Rick Dalton (el personaje interpretado por DiCaprio), cambiando así de objetivos. Lo que no esperaban era con encontrarse allí con Cliff Booth (Brad Pitt) quien frustra sus planes dando pie (una cosa no quita a la otra) a una de las mejores secuencias de la película, una orgía de sangre y violencia que encumbra un film que, hasta el momento, estaba siendo casi una rara avis de la filmografía de Tarantino.
Volviendo a mi teoría sobre la relación entre historia y ficción, es un acierto hacer una película sobre unos personajes ficticios como Dalton y Booth como símbolos de una generación, y aunque un investigador avispado podría llegar a averiguar la identidad de los verdaderos vecinos de Polanski y Tate en aquella época, el inventar a estos vecinos no afecta a nada relevante de la historia. Sin embargo, pese a haberse advertido que la película no iba sobre Charles Mason, sino que su historia solo servía como telón de fondo, toda la trama está construida para desembocar en el fatídico crimen, y el giro argumental llega a resultar muy frustrante. Hay un momento, cuando ya ha pasado la tormenta, en que la propia Sharon Tate invita a su vecino, un afectado Rick Dalton, a terminar la velada en su casa y explicar detalles de lo sucedido. Por un momento, pensé que iba a haber un giro sobre el giro y que un segundo grupo de adoradores de Mason se iban a presentar al fin en la casa de los Polanski para rematar la faena (asesinando, de propina, al propio Dalton como cruel broma macabra), pero no fue así.
Parece claro que Tarantino escribe la historia tal y como a él le hubiera gustado que sucediera, alterando la realidad a su conveniencia, de manera que el film, más que Érase una vez en… Hollywood bien podría haberse titulado como aquella comedia tan resultona de Woody Allen: Un final made in Hollywood, ya que eso es lo que tenemos aquí, una alteración de la realidad con final feliz tal y como, volviendo al ejemplo de Marvel, se hace en la serie de comics (y próximamente serie de Disney+) llamada What if.
Pero esto es solo la primera parte de mi descontento, ya que creo que el falso final no es solo una decisión artística, sino que traiciona a la película, lo cual la convierte en un error más allá de lo simplemente subjetivo. Me explico: una de las bases de Érase una vez en… Hollywood es la de retratar una época en decadencia. La propia historia de Rick Dalton, condenado a vagar como secundario por series de televisión hasta que decide dar el salto a producciones italianas de medio pelo, es una buena muestra de ello. Efectivamente, el final de la década de los sesenta supuso también el final de la era dorada de Hollywood, y aunque el asesinato de Sharon Tate no fue tan relevante como para ser el motivo principal (eso habría que achacárselo a la guerra de Vietnam, que cambió a la sociedad en general, y a la crisis de los grandes estudios, que provocó una manera diferente de hacer producciones de cine), si sirvió como punto de inflexión y metáfora perfecta.
Por ello, era importante que el final de Érase una vez en… Hollywood terminara con el final de la inocencia, con la muerte de la ingenuidad representada en la hermosa sonrisa de Tate (hermosa también la sonrisa de Margot Robbie). De hecho, hay quien ha criticado el personaje de Tate en el film, limitándose a lucir su cara bonita por todas partes sin aportar nada a la historia. Por mi parte, creo que la aportación del personaje, así como la interpretación de Robbie, es magnífica para reflejar esa magia, encarnándose en ella toda la belleza y la adoración por una época ya extinta, pero precisamente el cambio de su destino provoca que pierda sentido y quede, a la postre, como un personaje vacío y desaprovechado. Esta es, para mí, la gran diferencia con el caso de Malditos Bastardos, que pese a traicionar a la historia real, al menos es coherente con la historia que propone Tarantino. Aquí, sin embargo, echa por tierra en mensaje es pos a imaginar una realidad alternativa más feliz y que, por lo visto, cuenta con la aprobación del propio Polanski, que sin duda lamentará no haber tenido a Rick Dalton y Cliff Booth de vecinos.
Todo eso, insisto, sin olvidar que se trata de una gran película que, si habéis osado leer esto antes de ver, no puedo dejar de recomendarla. Más si cabe ahora que os he destripado el gran giro que contiene. Sigo con la sensación de que, sabiendo hacia donde se dirige (y aceptándolo) puede disfrutarse mejor todavía.

lunes, 19 de agosto de 2019

ÉRASE UNA VEZ EN... HOLLYWOOD

Puede que no sea la persona más objetiva al tratar una película de Tarantino. Admiro su buen trabajo como director y más todavía como guionista, pero debo reconocer que, más allá de la frescura que supuso Reservoir dogs y la originalidad narrativa de Pulp fiction, la mayoría de sus películas terminan por flojearme tras segundos y terceros visionarios (la última vez que traté de recuperar Malditos bastardos la abandoné a medias encontrándola sumamente aburrida). Eso vale también para sus últimas producciones, un Django desencadenado y un Odiosos ocho que mostraban un apego tan excesivo a lo que podríamos denominar como el estilo Tarantino que resultaba difícil valorar por sí mismas.
 Pese a ello, las ganas por ver Érase una vez en… Hollywood eran tremendas. No solo trata uno de mis temas favoritos, el Hollywood dorado, sino que lo hace con dos de los mejores actores de su generación, unos Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en estado de gracia que, junto a una indispensable Margot Robbie completan un reparto de gran nivel, algo a lo que, por cierto, el director de Knoxville ya nos tiene acostumbrados.
Se había dicho de todo sobre esta novena (y algunos dicen que última) película de Quentin Tarantino, desde tacharla de aburrida (fue recibida con mucha frialdad en Cannes) hasta tildarla como su mejor película, rayando la maestría. Aquí me encuentro yo en una dicotomía a la hora de dar mi opinión, ya que una vez mas encuentro grandes diferencias entre los valores que aporta y los sentimientos que me produce, siendo para mi una película durante sus primeras dos horas y llegándome a indignar con su acto final. Como sea que esta es una opinión sin spoilers, voy a tratar de mencionar lo mínimo posible ese tramo final y quizá me desahogue en una entrada posterior.
El caso es que, salvo ese obstáculo que podría ser algo muy personal, sí coincido en que esta puede ser la mejor película de Tarantino, en la que, al contrario de lo que sucede en su filmografía anterior, veo relucir más sus dotes de director que de guionista. No hay aquí los grandes diálogos cargados de misticismo a los que nos tiene acostumbrados (que no se entienda esto como que hay diálogos malos, por favor; hay frases magistrales, solo que mucho menos de lo habitual). Sin embargo, se aprecia mucho más la intencionalidad de sus movimientos de cámara, su incidencia en el ritmo (lento pero firme) y sus dotes como director de actores. Un buen ejemplo de ello es la interpretación de la Robbie en el papel de Sharon Tate. Vista de forma superficial, se podría llegar a pensar que la protagonista de El lobo de Wall Street se limita a lucir palmito, paseando por la película con su sonrisa angelical sin aportar nada relevante a la trama. Craso error. Si bien es cierto que el peso narrativo no va nunca con ella, es el símbolo perfecto de esa pérdida de la inocencia que la película pretende reflejar, convirtiendo su figura en la magia de un cine que, en ese preciso año, amenazaba con desaparecer.
Pese a lo que pueda dar a entender algún tráiler, ya había quedado claro que la película no trataba sobre los asesinatos de Charles Mason y su grupo de adeptos, sino del Hollywood en el que se movía, un Hollywood que todavía conservaba algo del idealismo de antaño (un idealismo también mitificado, en contra de lo que la leyenda pueda insinuar, el dinero siempre ha sido lo que ha movido a esta industria), y los asesinatos en el domicilio de los Polanski no serían más que el punto de inflexión que dieron pie a una nueva etapa, más amarga y oscura. Algo parecido pasó, más allá del propio mundo del cine, con la imagen, bucólica y pacífica, del propio movimiento hippie, que empezó a decaer tras estos sucesos y cuyas voces serían acalladas por la llegada de los primeros muertos de Vietnam, haciendo que el país entero despertara del sueño americano.
En medio de todo esto se encuentran Rick Dalton y su mano derecha, el especialista (aunque a la postre chofer, manitas y, en fin, amigo) Cliff Booth, los personajes de DiCaprio y Pitt, una estrella de cine venida a menos que, anclado ya como secundario televisivo, se ve obligado a realizar spaghetti-westerns en Europa para tratar de mantener su lustro y un héroe de guerra marcado por un pasado oscuro y sospechoso. En con ellos con los que Tarantino nos invita a pasear por las calles de cartonpiedra de ese Hollywood engañoso, donde los actores no son gente real, sino mentirosos que se limitan a leer lo que les escriben otros, consiguiendo hacer una crítica a la vez que un homenaje.
Suena demasiado tópico incidir en eso de que estamos ante una carta de amor al mundo del cine, pero con sus claroscuros nada disimulados, esto es precisamente lo que Tarantino pretende, homenajear a sus ídolos y desnudarnos este mundillo mediante una serie de personajes maravillosos y unas cuantas secuencias de verdadera maestría para mostrarnos, a través de un par de sutiles metáforas, la realidad en contraposición a la ficción.
Y todo eso con unas dosis mínimas de violencia, siendo la película más pausada del director, hasta el punto de que, rozando las dos horas de metraje, estamos ante la película menos tarantiniana de Tarantino. Y, desde luego, la mejor.
Pero luego sale el espíritu de enfant terrible del guionista y hay un giro final que lo cambia todo. Por algún motivo, Tarantino se cree más listo que nadie y se dedica, en un clímax final, ahora sí, violento y salvaje, a inventar cosas que contradicen sus propias normas. No estropean la película, ya que visualmente todo sigue siendo impecable y, como obra de ficción que debería ser esto, la verdad es que el giro funciona bastante bien. Pero como clave para resumir todo lo que el autor nos quiere mostrar (o parecía que nos quería mostrar), reniega de su propio concepto inicial, desconcertando para mal al espectador. Y es por esto que, llegando incluso a enfadarme, no soy capaz de terminar de sentirme satisfecho con una película que, en todo lo demás, rallaba la perfección.
Por cierto: he dicho al principio que esta iba a ser una reseña sin spoilers y quizá alguien pueda pensar que he hablado demasiado al hablar de la masacre que Charles Mason provoca en casa de Roman Polanski. En mi defensa, diré por un lado que esto no es parte de la película, sino de la historia. Y por otro, que el propio director ya cuenta con el hecho de que el espectador conoce de antemano ese relato cruel y desmedido, ya que en la película se insinúan cosas sin llegarse a explicar con claridad y aquel que desconozca totalmente el tema podría llegar a desconcertarse.
En fin, que lamento la decisión creativa del director en su tramo final, aunque me niego a que eso me empañe el disfrute del resto del film. Quizá esta vez, para cambiar las tornas, un segundo visionado, ya alertado del giro final, me resulte más satisfactorio.

Valoración: Ocho sobre diez.