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lunes, 2 de octubre de 2017

LA CORDILLERA, los entresijos del poder

La cordillera es un apasionante thriller político donde Ricardo Darín llega a ser, ni más ni menos, que el mismísimo presidente de Argentina.
Él es un tipo normal, un hombre del pueblo, que ha llegado al poder precisamente por su sencillez y que por eso mismo es también criticado y visto como alguien débil, Por eso, cuando acude a una cumbre latinoamericana para crear un consorcio petrolífero, es su gran oportunidad de demostrar su valía, por más que todo esté organizado para que Brasil se alce como la gran triunfadora del hipotético acuerdo.
Ya he dicho que esto es un thriller, así que naturalmente las cosas nos serán como inicialmente parecen. En esto ayuda la intervención de su hija, interpretada por Dolores Fonzi, cuyos problemas mentales afectarán la rutina de su padre durante la cumbre y ayudarán a conocer (o no) mejor su personalidad.
El director Santiago Mitre mezcla con inteligencia ambas tramas, componiendo un retrato del presidente Blanco a cuenta gotas, creando una atmósfera inquietante y dotando a la película de un ritmo interesante. El problema viene cuando, en pos de no truncar esa atmósfera de desconcierto y misterio, finaliza la película dejando algunas preguntas sin resolver, dejando al espectador frustrado y con ganas de más. Mientras la parte política es manejada como un reloj, casi como si una versión argentina de El ala oeste de la Casa Blanca se tratase, con secundarios de lujo como Elena Anaya y Christian Slater, es la personal la que más chirría, provocando incluso cierta indignación cuando llega el fundido final y aparecen los títulos de crédito.
No obstante, la siempre talentosa interpretación de Darín y el magnífico trabajo visual de Mitre hacen de la película una pieza interesante y de imprescindible visionado, que no pierde fuerza en ningún momento y que, pese a esa sensación de insatisfacción, muestra con sarcasmo los entresijos de la política, sea el país que sea.

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 5 de noviembre de 2015

TRUMAN (8d10)

Todos tenemos nuestra propia vida, una vida que, según las expectativas o el punto de vista, puede ser más o menos feliz, plena, con constantes proyectos, rodeada por seres queridos o disfrutando de una envidiable soledad. Tero un día, súbitamente, alguien nos recuerda que esa vida tiene fecha de caducidad. Y es una fecha irremediablemente cercana. ¿Cómo reaccionamos ante esa noticia?
Esa es la historia que nos cuenta Truman, una película que habla sobre cómo enfrentarse a la muerte y en la que acompañaremos durante cuatro días al protagonista mientras pone sus cosas en orden y se prepara para llegar al final del camino.
Con un inmenso Ricardo Clarín, Truman es una película dura, que golpea al corazón y remueve nuestros sentimientos. Pero no es, en cambio, una película sensiblera ni de lágrima fácil. Cesc Gay consigue distanciarse del melodrama televisivo o del impostado trascendentalismo de películas de temática similar como la reciente Bajo la misma estrella para abordar el tema con madurez, rociando la historia de un humor sutil y ácido que nos mantiene en el filo de la navaja y en la que el personaje de Javier Cámara comparte el punto de vista del espectador y, muy probablemente, sus opiniones, desconciertos y dudas.
Pero lo más importante de Truman no es, al final, la muerte, sino la vida. Una vida que, en el caso del protagonista, viene marcada por su familia, distante pero cercana a la vez (su hermana, su exmujer, su hijo que estudia en Ámsterdam…), por su pasión por su trabajo (es un prestigioso actor teatral) y, sobre todo, por su amistad.
Así pues, estamos  básicamente ante un alegato hacia la vida, una vida que debe vivirse con pasión, con intensidad, recogiendo para sí mismo los pequeños momentos de alegría y sabiendo cuando compartirlos y con quien. Julián y Tomás son los dos amigos a los que el tiempo y los quehaceres profesionales ha alejado y cuya inminente tragedia vuelve a reunir en estos cuatro días en los que se desarrolla la película y que nos servirá para conocer lo usto y necesario sobre ellos y aceptar su desdicha como nuestra propia.
Y, finalmente, la película es también, en honor a su título, la historia de Truman, el perro del protagonista al que hay que encontrar nuevo dueño y que Gay utiliza como metáfora sobre ese sentido de la amistad como algo leal e irreductible.
Aún con algún altibajo argumental centrado en el personaje de Cámara (hay un acto suyo que no cuadra demasiado por más que pueda entender el sentido final de la escena) la película es, en definitiva, una magnífica reflexión sobre el dolor y la pérdida, con un imposible pero magnífico toque cómico que permite disfrutarla sin incomodidad, dejando que los sentimientos y sensaciones que provoca se queden en el corazón para recuperarlos muchas horas, días incluso, después de haber visionado el film.
Emotiva, sensible, inspirada, amarga y profunda. Todo eso y mucho más es Truman. Pero, ante todo, es Ricardo Clarín. Un Ricardo Clarín en estado de gracia  y cuya intensidad en la escena que comparte con Eduard Fernández resume toda su intensidad.

martes, 28 de octubre de 2014

RELATOS SALVAJES (8d10)

Resulta curioso (y probablemente errático por mi parte) que después de la paliza de películas que me pegué en Sitges, maratón de películas de «fragmentos» incluida, la mejor película de estas características cayese de mi lista, siendo recuperada ahora gracias a su estreno en cines.
Con producción española y avalada por los hermanos Almodóvar en persona, esta película argentina que recopila una serie de retratos de violencia todas ellas firmadas por Damián Szifrón, que recuerdan poderosamente aquella clásica y siniestra serie televisiva Alfred Hitchcock presenta. Con un reparto que recopila lo mejor del talento argentino, Relatos Salvajes en brutalmente divertida, con un macabro humor negro tan destructor como insano siendo su mejor virtud la cotidianeidad de sus situaciones. Pese a la violencia desmedida con la que concluye cada historia, cualquier espectador ha vivido alguna de las situaciones propuestas, permitiendo así una identificación perfecta con los protagonistas.
Naturalmente, conformar la película con historias tan parejas provoca que el ritmo pueda ser algo desigual, facilitando que cada espectador tenga su relato favorito y provocando así que el ritmo pueda llegar a resentirse, dependiendo que el fragmento con el que más se disfrute sea de los iniciales o hacia el final. Y más teniendo en cuenta la divertida y brutal primera historia, breve y concisa, que sirve en realidad como prólogo de lo que ha de llegar, aunque quizá nunca se llegue a remontar del todo.
Uno de los grandes aciertos de Szifrón es no sólo conseguir que cada historia tenga su espíritu propio, claramente diferenciadas entre ellas, sino que incluso la manera de filmar es diferente, alternando diversos estilos en función a las necesidades de cada historia.
Pueden adivinarse referencias cinematográficas en cada capítulo, desde El diablo sobre ruedas de Spielberg, Un día de furia de Schumacher, la tensión contenida propia de Tarantino (en este aspecto encuentro como único punto negativo algo floja la conclusión del fragmento Las Ratas, faltó de algún epílogo final que sí se encuentra en el resto de episodios) o incluso el ambiente festivo que termina desastrosamente de una boda que parece hermana de la que describe Plaza en [Rec]3.
Acción, violencia y humor muy, muy negro en una película fresca, original e intense, que puede llegar a hacernos sentir culpables por disfrutar tanto con ella.

sábado, 16 de noviembre de 2013

SÉPTIMO (6d10)

Nos encontramos ante un nuevo ejemplo de que el cine patrio sigue apostando por películas de género, con pretensiones más o menos internacionales (aunque en esta ocasión rodando en español) y con Belén Rueda convertida en una auténtica especialista en el tema.
Situada en la ciudad de Buenos Aires (de hecho se trata de una coproducción con Argentina), Séptimo explica la historia de una pareja en proceso de divorcio cuyos hijos desaparecen misteriosamente mientras bajaban por las escaleras de su comunidad. No es la primera vez que Rueda pierde a un hijo (todos recordamos El Orfanato), pero en lugar de actuar como una madre coraje y desesperada en esta ocasión deja que sea el padre, sufrido Ricardo Darín, quien tome las riendas de la situación y haga lo imposible por recuperar a sus vástagos. Con las entrañas del edificio como escenario principal comienza una búsqueda contrarreloj en la que, como si de una partida de Cluedo se tratase, se van sucediendo los sospechosos: una antigua canguro obsesionada con los niños,  un comisario de policía (siempre hay algún policía implicado en un secuestro, afirma el padre), un vecino de extraña conducta, el conserje, un empresario al que el personaje de Darín, abogado de profesión, tiene contra las cuerdas, o incluso el propio padre.
Hasta este punto la película muestra una factura impecable, con una sensación claustrofóbica acompañando a la creciente tensión y con unas interpretaciones excelentes, entregándose ambos al sufrimiento y al temor pero con la suficiente moderación para no caer en el histerismo exagerado, siendo capaces de traspasar su angustia al espectador.
El problema estriba en que el director, Patxi Amezcua, que tenía la opción de inclinarse hacia la vertiente más dramática de la historia, decide entregarse al thriller puro y duro, queriendo componer un puzle plagado de pistas falsas y giros de guion, pero olvida hacer partícipe al público. Siendo como son automáticamente descartados todos y cada uno de los sospechosos el resultado final es un camino demasiado lineal, donde a poco que apliquemos un poco de lógica daremos con la solución antes de lo debido.
Además, y esto es lo que más me molesta, Amezcua abre muchas puertas por el camino, algunas meras distracciones con la intención de que los árboles no nos permitan ver el bosque, pero se olvida luego de cerrarlas. Sin desvelar nada crucial pondré como ejemplo ciertas acciones que el abogado realiza en un momento dado para conseguir dinero que deberían tener graves consecuencias, pero que caen totalmente en el olvido. Un recurso habitual en el cine de intriga son los finales abiertos; esto, sin embargo, es más buen un final inacabado.
Insisto en que esto me podría parecer bien en un drama, donde quedan preguntas en el aire para que el espectador las reflexione más tarde en la soledad de sus pensamientos, pero aquí estamos ante un juego, un enigma en el que, una vez descubiertas las máscaras, se desinfla como un globo con un poro.
Una lástima, porque quizá hubiera bastado un último epílogo para cerrar las tramas, aunque eso obligaría al director a concluir su película con un tono que sin duda no era el deseado. Pero hacer trampas tampoco es lo deseado, querido Amezcua, por más que a cambio nos regales una hermosa panorámica de Buenos Aires.

Una vez más, algo que podría haber sido y se queda a las puertas.

sábado, 30 de marzo de 2013

TESIS SOBRE UN HOMICIDIO (7d10)

Siempre me gusta analizar una película tratando de centrarme en su contenido, no en lo que la rodea. Esto no siempre es fácil y este film es un claro ejemplo para la mayoría de críticos. Aunque lo cierto es que la culpa no es solo de ellos, ya que es la propia productora la que insiste en publicitar esta película comparándola con El secreto de sus ojos. Y al parecer pierde claramente todas las comparaciones.
Por desgracia para mí y fortuna para Tesis sobre un homicidio, debo confesar con vergüenza no haber visto el film el Campanella, por lo que mi crítica podrá ser más virgen y menos influenciada. ¿Y qué queréis que os diga? A mí me ha gustado. Y mucho. No habituado al cine argentino sus diálogos me han parecido brillantes y Ricardo Darín, un monstruo de la interpretación que se come con patatas a todos sus compañeros y haciendo que Albert Ammann, que tanto brillaba en Celda 211, parezca aquí un novato.
La trama gira alrededor de un profesor de derecho, Roberto Bermúdez (Darín) que durante una de sus ponencias a la que asiste Gonzalo Ruiz Cordera (Ammann), hijo de un viejo amigo, son testigos del hallazgo del cadáver de una muchacha frente al edificio de la facultad, precisamente ante la ventana del aula de Roberto. El profesor y antiguo abogado se obceca con la investigación del crimen, con una sola idea en la cabeza, la culpabilidad de Gonzalo.
Esta es precisamente la principal lacra del film, la ausencia de más sospechosos que inviten al espectador a realizar sus propias especulaciones. Así, todo se reduce a un juego del gato y el ratón entre Darín y Ammann, un laberinto delimitado por los secretos de un pasado turbio y los rencores nunca resueltos.
Pero hay además en Tesis sobre un homicidio, aparte del misterio del asesinato, una reflexión sobre la obsesión, mostrando cómo una fijación puede afectar a una persona hasta el punto de arruinar su vida y condenarlo a la más absoluta soledad.

Inteligente y misteriosa, la dirección de Hernán Goldfrid es sobria y elegante, desconcertando con sus trampas y regalando ligeras pinceladas de detalles cual si fueran pistas de un acertijo sin solución. Y es que después de todo el final es abierto y desconcertante, ya que recordemos que lo importante no es la culpabilidad o no de Gonzalo, sino la obsesión de Roberto. Pero... ¿es cierto que no haya un final cerrado? Roberto dice en no pocas ocasiones que lo importante en un caso de asesinato son los detalles, y aunque no sea necesario aunque si recomendable un segundo visionado de la película, es evidente que esos detalles están ahí esperando a ser reconocidos para, con ellos, comprender la resolución del misterio en un final, ahora sí, impecable.