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miércoles, 18 de septiembre de 2019

A DOS METROS DE TI

Una frase (“amar significa no decir nunca lo siento”) y una empalagosa melodía de Francis Lai convirtieron a Love Story en una de las películas de amor más populares de la historia del cine. No fue la primera, pero sí la que marcó un antes y un después y que provocó un aluvión de copias de amores imposibles donde la enfermedad, no el apellido (como les pasaba a Romeo y Julieta) se interponía entre los amantes. Hasta el punto que cada generación tenía la suya propia. Están las revisiones más clásicas, como Elegir un amor, con Julia Roberts, las que le daban un giro hasta el absurdo, como Mientras dormías, las que camuflaban esa enfermedad en forma de metafóricos vampiros, como Crepúsculo, o incluso las que funcionaban como Epitacio post-morten, al estilo Postdata, te quiero o Mi vida.
Pero de entre todas, lo más efectivo es la enfermedad pura y dura, y cuanto más terminal, mejor. Salvo honrosas excepciones, son películas bastante simples, que buscar la lágrima fácil del espectador y que abusan de la pornografía sentimental para tocar la fibra sensible con más mala fortuna que talento. Hay honrosas excepciones en el cine actual, como la simpática Amor a medianoche o la emotiva Bajo la misma estrella, pero por desgracia A dos metros de ti no se encuentra entre ellas.
Dirigida por Justin Baldoni, un actor metido a realizador de documentales, y con Mikki Daughtry y Tobias Iaconis firmando el guion (sí, los mismos que escribieron el infame libreto de La llorona), A dos metros de ti no es capaz de proponer nada novedoso al género, siendo casi una fotocopia de un esquema arquetípico y con un desarrollo narrativo que es incapaz de emocionar por lo previsible que es.
Tan insuficiente como otra medianía reciente, Antes de ti, me resultó toda una sorpresa escuchar sorbidos de mocos y ver pañuelos secando lágrimas tras un final de película que ni siquiera llega a ser un final, prueba de que estamos ante uno de esos géneros que siempre tendrá adeptos independientemente de la calidad resultante del producto. Aquí se demuestra esa gran verdad que dice que es más difícil hacer reír que hacer llorar (y que por algún motivo los académicos no consiguen llegar a entender), y Baldoni consigue, con prácticamente nada, emocionar a una tribuna que venía demasiado preparada para sufrir, aunque la película no le llegue a dar argumentos para ello.
Con la fibrosis quística como telón de fondo y un pare de actores poco conocidos (ella era una de las víctimas de Múltiple), la película recae en los tópicos de siempre (el tercer amigo en discordia, elemento cómico del film hasta que deja de serlo) para recaer más en una historia de amor tan impersonal como sosa que en el drama propio de la enfermedad, rematando la tontería con un hospital donde las medidas de seguridad y los controles a los pacientes parecen estar diseñados por el Inspector Clouseau.
En fin, una película insoportablemente aburrida, con personajes sin gracia que deambulan a su suerte en espera de su muerte, entre risas y lloriqueos, que podrá emocionar a aquellos que hayan venido explícitamente buscando eso, pero totalmente insuficiente para un espectador que solo aspire a ver una buena película.

Valoración: Tres sobre diez.

martes, 4 de noviembre de 2014

COHERENCE (8d10)

Existe un experimento teórico en el campo de la física cuántica llamado El gato de Schrödinger, el cual, de manera muy simplista, podría resumir de la siguiente manera: Imaginad que metemos a un gato en una caja cerrada junto a un puñado de comida envenenada. 
Según la lógica, al retirar la tapa de la caja podemos encontrarnos con dos variables: el gato no ha probado la comida y sigue vivo o el pobre animal, efectivamente, ha sido envenenado víctima de su propia gula. Sin embargo, según esta teoría, mientras la caja se mantiene cerrada las dos posibilidades coexisten a la vez. Mientras mantengamos la tapa cerrada la realidad se divide en dos mundos alternativos, en uno de los cuales el gato sigue vivo y en otro en el que ha fallecido.
Según este principio y mucha imaginación que suple a la perfección la falta de recursos, James Ward Byrkit consigue plasmar una película tan sencilla como apasionante, en la que con apenas ocho actores y un par de decorados crea una compleja trama desconcertante y compleja en la que las preguntas se amontonan y cuyas respuestas no nos llegaran, en la mayoría de los casos, hasta varias horas después de abandonar la sala del cine.
Todo parte de una sencilla premisa. Ocho amigos comparten una agradable velada en casa de dos de ellos la noche en que un cometa se dispone a pasar relativamente cerca de la tierra. Con el recuerdo de la visita del cometa Halley y la multitud de películas catastrofistas que lo acompañaron, Ward Byrkit nos propone un enredado puzle de mundos paralelos y enigmas sin resolver que, con toda justicia, ganó el premio al mejor guion en el Festival de Sitges del año pasado.
Con Emily Baldoni como rostro más conocido (y apenas) la película juega con nuestro desconcierto, llegándonos a hacer pensar que no hay nada de coherente (cachondo título) en el asunto hasta que la coralidad a la que apuntaba la historia se deshace y Em (precisamente la Baldoni) se erige como cabeza de lanza con la que identificarnos y, a partir de su propia confusión al principio y sus aterradoras acciones más tarde, lograr componer nuestra propia historia.
Coherence es de esas películas que merecen ir más allá de la pantalla del cien, invitándonos a reflexionarla tras su visualizado en una tertulia de amigos con los que discutir los diversos puntos de vista e incluso las implicaciones morales de su resolución.
Una tertulia de amigos, a ser posible, que no se celebre durante la llegada de un cometa.