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jueves, 15 de agosto de 2019

SHAFT

A principio de los años setenta el movimiento cinematográfico conocido como blaxplotation tuvo en la película Las noches rojas de Harlem y su protagonista, el detective afroamericano Shaft, su máximo referente. Shaft tuvo varias películas e incluso una serie de televisión, pero con el fin de la blaxplotation como subgénero, el personaje y el movimiento cayeron en el olvido (más adelante llegaría un nuevo cine racial revolucionario, con nombres como los de Spike Lee o John Singleton, pero eso ya era otra cosa). Fue Tarantino, con su Jackie Brown, quien recurriría al recuerdo de esa blaxplotation, y precisamente su alumno más aventajado, Samuel L. Jackson, se encargó de resucitar al propio detective, en el 2000, con Shaft, the return, dirigida por un Singleton que no tenía ya el poderío que insinuaba con Los chicos del barrio.
La floja recepción de la película, a medio camino entre la secuela y el remake, impidió que se llevara a cabo el plan inicial de realizar más secuelas hasta que ahora, diecinueve años después, New Line decidiera volverlo a intentar repitiendo actor (es una suerte que para Jackson no pasen los años) pero modernizándolo y dándole un hijo digno de seguir con la estirpe.
Shaft (sí, la verdad es que no se lo están currando mucho con los nombres a la hora de ayudar a diferenciarlas) está dirigida por Tim Story, otro director afroamericano que, sin embargo, poco tiene que ver con cualquier atisbo de reivindicación social (fue el director de las dos primeras películas de Los 4 Fantásticos –y sí, su Antorcha Humana era blanca- y sus próximos trabajos son una película de Tom y Jerry ya en rodaje y una sobre el Monopoly). Poco hay aquí que pueda recordar a la blaxplotation y el poco aroma setentero se diluye tras su breve prólogo, donde se nos presenta a JJ, el hijo del Shaft original, y tras el que damos un salto en el tiempo hasta el Nueva York actual en el que el personaje al que da vida Jessie T. Usher trabaja como analista del FBI hasta que aparece muerto por sobredosis uno de sus mejores amigos. Convencido de que ha sido asesinado (un planteamiento que recuerda al de Venganza bajo cero) y repudiado por el propio FBI, el joven Shaft debe recurrir a un padre al que no conoce para llegar al final del asunto.
Con el toque de drama familiar como telón de fondo, la película se columpia entre el policíaco y el humor, prestando más atención al choque entre los dos personajes (ni que decir tiene que el Shaft padre vive relativamente anclado en el pasado). Así, cualquier espíritu reivindicativo se pierde y el nombre de Shaft es tan solo un truco para provocar el recuerdo que otra cosa.
Sin ser nada del otro mundo (estando coproducida por Netflix, en los USA ha tenido una recepción tan fría que ha sido la cadena de streaming quien se ha quedado con su distribución en Europa), la película funciona como entretenimiento, siendo una especie de buddy movie familiar entre tres generaciones (en cierto momento entra también en escena el abuelo, interpretado por Richard Roundtree, el Shaft original) y donde llama la atención ver a Usher hacer un papel de pringadillo después de la manía que se le llega a coger en The Boys y donde Samuel L. Jackson está en su salsa, con los chascarrillos y la mala leche a la que nos tiene acostumbrados. Así, llega un  omento en que el caso importa un pimiento y poco interés tiene saber quién es el malo de la función. Lo mejor está en la relación entre Jackson y Usher y el cameo de Roundtree,
Otra película directa de Netflix que no deja huella pero sirve para pasar el rato.


Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 2 de julio de 2016

INDEPENDENCE DAY: CONTRAATAQUE. ¿Veinte años esperando para esto?

Aunque confieso no haberla revisionado en años, guardo un grato recuerdo de la Independence Day original, película que me cautivó y emocionó y que se me antojó una montaña rusa de emociones y destrucción sin parangón.
Muy tarde (veinte años) llega su previsible secuela en la que repite el director y alguno de sus protagonistas a la par que se presenta a una colección de jóvenes pipiolos que tomen el relevo (¿alguien ha nombrado a Star Wars: el despertar de la fuerza?) y se enfrenten a los bichos alienígenas en futuras (e innecesarias) entregas.
Pese a todo, hay que reconocer que Independence Day era una tontería de película, una historia absurda cuya espectacularidad ocultaba sus carencias hasta convertirse en un gran divertimento. En ese sentido, Independence Day:Contraataque es más absurda si cabe, pero pierde en espectacularidad y, desde luego, no es ni la mitad de divertida que aquella, con lo que su visionado resulta superfluo e insulso. Hay que hacer muchas cosas mal para que una invasión alienígena a gran escala aburra, y en este film casi todo lo que se hace está mal. Porque sí, la película aburre. Y ese es su peor pecado.
La cosa empieza con cierta coherencia, el regreso de los alienígenas para vengarse de su anterior derrota (y de paso explicarnos qué demonios quería con nosotros aparte de lo que pueda molar ir por ahí destruyendo planetas ajenos) y con la humanidad preparada para recibirlos, pero a partir de ahí todo es ridículo y desproporcionado, los personajes carecen de carisma y los diálogos rozan lo patético. Soy un gran defensor del cine de Rolald Emmerich hasta el punto de que disfruté más con Asalto al poder que con Objetivo: La Casa Blanca aunque posiblemente el film de Fuqua contenga más virtudes, y creo que en temas de destrucción gratuita no hay nadie como él, pero algo le sucedió durante el rodaje de este film que le hizo perder su garra habitual y las secuencias de acción están dirigidas de manera anodina, que junto a un montaje atropellado y confuso dotan a la película de un tufillo somnífero con el que la implicación resulta casi imposible.
Considero que 2012 era, hasta la fecha, su peor película, por aquello de lo mal escrita que estaba la historia, pero al menos contenía momentos visuales impactantes. Pero nada de eso encontré en esta secuela donde se abusa del humor (un humor sin gracia, por cierto), los personajes deambulan por la Tierra y la Luna sin ritmo de continuidad y se repiten algunas jugadas ya conocidas pero con la excusa del “todo es más grande” como única arma para mejorarlas. No hay ninguna escena digna de ser recordada, como fue en su momento la destrucción de la Casa Blanca, y ni siquiera los diálogos alentadores (otra de las virtudes de la película de 1995) del Presidente son merecedores de elogio. La película carece de épica, espectacularidad y emoción, provocando que hasta las muertes de personajes importantes pasen desapercibidas (y no es la primera película del año que comete estos errores de bulto).
Puede que la culpa sea, como se ha comentado por ahí, de que ya está todo visto. Resulta difícil imaginar un ataque alienígena que supere en espectacularidad al de Los Vengadores, El hombre de acero o la propia Independence Day, pero yo creo que la culpa del despropósito recae más bien en la propia dejadez de sus autores. Da la sensación de que la película está escrita, dirigida e interpretada de mala gana. Y esa sensación traspasa la pantalla y termina por contagiar al espectador.
No es esta una película espantosa, pero sí redunda en la desgana y la simpleza, convirtiéndose en una más del montón muy lejos de la grandeza (merecida o no juzguen ustedes mismos) que tuvo el primer film. Otra muestra más de que un presupuesto amplio no siempre revierte en un gran espectáculo pirotécnico.
Y van…

Valoración: Cuatro sobre diez.