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viernes, 18 de febrero de 2022

Visto en HBO Max: HARRY POTTER: REGRESO A HOWARTS.

Parece que desde HBO Max (o Warner, que tanto monta, monta tanto), siguen queriendo exprimir la teta de la nostalgia, y tras los especiales dedicados a Friends, El Príncipe de Bel Air y El ala oeste de la Casa Blanca (estos dos últimos los tengo pendientes), ha llegado el momento de dar el salto televisivo y recuperar a los fans incondicionales de la saga literaria creada por J.K. Rowling en Harry Potter: Regresoa Hogwarts.

Después de que el esperado reencuentro de los seis protagonistas de Friends se sintiese como algo descafeinado (y eso que en vista de las expectativas la propia HBO fue adelantando las sorpresas para confirmar que no se trataba de ningún episodio especial guionizado), ya llegamos preparados a este nuevo festival de magia y nostalgia alrededor de los personajes que Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint hicieron inmortales. Hay aquí más lujo, más presupuesto, que en la reunión de los «amigos», pero en el fondo, es más de lo mismo. Cierto que recrear los decorados de Hogwarts y alrededores luce mucho mejor que volver a los entrañables apartamentos situados a un tiro de piedra del Central Perk, pero no deja de ser repetir la fórmula sin alcanzar la magia que la temática exigía.

Esto demuestra (o recuerda, más bien), que en el fondo no estamos en un verdadero especial dedicado a los fans, aunque logran que lo parezca, sino ante un simple reclamo publicitario para la todavía titubeante remodelación de la plataforma de HBO, rebautizada con más bombo que contenido, en HBO Max. No hay la intención de nada más que conseguir sumar suscriptores que se pasen al streaming y, de paso, recordar que la saga completa se encuentra en exclusiva en esa plataforma, ajena ya de las manos de Netflix en la que permanecía hasta hace cuatro días.

Sí, hay momentos emotivos, anécdotas divertidas y hasta se puede soltar alguna lagrimita con el recuerdo a los que ya no están entre nosotros, pero al final este quien es quien del mundo del cine británico sabe a poco, quizá en parte debido a algunas importantes ausencias (aparte de la polémica alrededor de la propia autora, eché de menos, como poco, a Robert Pattison, Kenneth Branagh, Emma Thompson, Julie Walters, Michael Gambon, etc. Eso sí, disfruté con la entrega de los que sí estuvieron, incluyendo a los cuatro directores que se han hecho cargo de la saga o actores de la talla de Gary Oldman, Ralph Fiennes, Helena Bonham Carter o Jason Isaacs.

El problema radica en que al final, lo que nos encontramos es ni más ni menos que un making off de lujo como los que se podrían encontrar acompañando a cualquier DVD de las películas, refiriéndose, eso sí, a la saga al completo y con conversaciones no tan interesantes como se podría desear, entre actores y directores.

En resumen, que estamos ante otro ejercicio publicitario con la nostalgia como telón de fondo que puede complacer (aunque no maravillar) a los fans de la saga, pero que no va a aportar nada especial para los profanos.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Visto en Netflix: EL TIMADOR DE TINDER

Vivimos una época extraña donde las relaciones sociales son virtuales y es más fácil conocer a alguien online que en persona. Los amigos los tenemos en Facebook, los currículos en LinkedIn y se liga a través de Tinder. Esto es así.

Y es precisamente esa impersonalización de las relaciones o que permite desbocar la imaginación de los estafadores. Timos siempre ha habido, no ha sido falta que existieras Internet para eso, pero la facilidad de ahora de crear una vida falsa es pasmosa, y eso lo descubrieron un buen número de mujeres a finales de la pasada década.

Simon Leviev es un tipo que, a base de camelarse mujeres y sacarles el dinero, se ha convertido en un multimillonario. Un falso multimillonario, en realidad, pero la vida que se pegaba sí era bien real. Leviev no era, además, el granuja hollywoodiense con el que es fácil simpatizar, el simpático pícaro que desplumaba millonetis confiadas. Él era un carroñero que seducía a pobres incautas a las que, fingiendo estar en graves apuros (pero momentáneos, eso sí), las convencía para que se hipotecaran y llenaran de deudas hasta el cuello para conseguir mantener su estatus social.

Netflix estrena un interesante documental sobre este tipejo llamado El timador de Tinder, basándose, sobre todo, en tres de sus víctimas, Cecilie Fjellhøy, Pernilla Sjöholm y Ayleen Charlotte, esta última logrando dar la vuelta a la tortilla. Pese a ser un documento fidedigno con la realidad (aunque Leviev, a quien se invitó a dar su versión de los hechos, no esté de acuerdo) y estar centrado en declaraciones de las tres implicadas a cámara, la directora Felicity Morris se las apaña para dotar a la película de un gran dinamismo, tanto con las escenas ficcionadas como con breves injertos de películas que dotan de sentido de la ironía  a su historia. Tal y como se cuenta todo, uno se queda con las ganas de ver una película de ficción con estos personajes, quizá con DiCaprio en el papel de Leviev y Scorsese en la silla de director. Soñar es gratis.

Aunque a nivel general no me gusta que un realizador se implique emocionalmente en su trabajo, tomando un partido que debería dejar en manos del espectador, Moris acierta en incidir en dos detalles secundarios pero no menos importantes centrados en la figura de Leviev como villano de la función. Por un lado, que no es Tinder (ni las redes sociales por extensión) el culpable de todo esto (de hecho, Fjellhøy insiste en cómo ha continuado usando la aplicación de citas pese a su mala experiencia) y por otro que tampoco lo son ellas. Es muy sencillo culpar a las víctimas, y si bien se les puede acusar de pecar de ingenuas, que los trolls de Internet estén siempre acechando para saltar a la yugular no dice nada bueno de ellos mismos.

En resumen, un interesante documento que funciona como divertimento tanto como informativo y que logra enganchar como i de una obra de ficción  se tratase. Muy recomendable.

viernes, 28 de mayo de 2021

Visto en HBO: FRIENDS: THE REUNION

Después de diez temporadas y unos datos de audiencia espectaculares (incluso a día de hoy, cuando las plataformas siguen pagando verdaderos pastones por hacerse con sus reposiciones), Friends es sin duda una de las sit-com más míticas de la historia. Puede que no la mejor (hay un intenso debate sobre si su más fiel imitadora, Cómo conocí a vuestra madre, logró superarla en calidad), pero sí la más importante.

Antes de que tipos como Charlie Sheen o Jim Parsons pudieran jugar a ser dioses y exigir sueldos millonarios nunca antes vistos en televisión, los chicos de Friends ya batían records, gracias en parte al buen rollo entre ellos y a la idea de negociar sus renovaciones en conjunto a partir de la tercera temporada.

Han sido diez años de risas y alguna lágrima, de cameos estelares, de gags inolvidables y de romances que casi llegamos a sentir como nuestros. Pero, como tuvieron a bien decidir David Crane, Marta Kauffman y Kevin Bright, llega un  momento en que todo debe terminar. La historia de Friends era la historia de seis chicos en esa época mágica en la que tus amigos son también tu familia. Y por eso era lógico que en el momento en que cada uno comenzaba a formar sus propias familias, el momento había pasado.

Diecisiete años después (tenían que haber sido quince, pero negociaciones complicadas y el coronavirus lo postergaron un par de años), los seis actores apenas se habían juntado una vez, en otro especial televisivo. Ahora, con el factor añoranza por bandera y las intenciones de levantar como sea esa plataforma de HBO Max que, huérfana de Juego de Tronos, no va a vivir eternamente de Liga de la Justicia deZack Snyder, Friends: the reunión ha vuelto a juntar en un mismo plató a Jennifer Aniston, Courteney Cox, Lisa Kudrow, Matt LeBlanc, Matthew Perry y David Schwimmer, con James Corden como maestro de ceremonias.

No es un momento casual. Tras la serie cada uno de ellos trató de levantar sus carreras en solitario, pero solo Aniston logró alzar el vuelo, un vuelo que en los últimos tiempos anda un poco decaído.

El programa, mezcla de reality, entrevista y cortes de la serie, es un extraño monstruo de Frankenstein que funciona como ejercicio nostálgico pero poco más. Dicho de otro modo, no tiene el más mínimo interés para aquel que no fuese un fan incondicional de la serie. Ni siquiera los invitados, tan insistentemente anunciados, logran dar el lustro necesario. Apenas dos grandes de verdad: Tom Selleck y Reese Witherspoon. El resto, famosos del momento que ni siquiera aparecieron en la serie (y no sería por invitados) y que se limitan a decir lo mucho que les moló (aunque no fuese de su generación). Tipos como David Beckham, Kit Harrinton o Lady Gaga. Se les nombra, pero ni rastro de Brad Pitt, Sean Penn, Danny de Vito… Y de Bruce Willis ni se acuerdan.

Sí está la colaboración de algún secundario, como Ghunter o Janice, pero nada de David, ni rastro de los padres de Chandler y, desde luego, el gran ausente: Mike, quien fuese novio de Phoebe las dos últimas temporadas y fue el responsable del «final feliz» de esta. Su ausencia es la más comentada en redes, y quien sabe si se debe al hecho de que, a día de hoy, Paul Ruud es más estrella que los propios protagonistas, gracias a su participación en el Universo Marvel, y puede que su salario para la fiesta fuese demasiado elevado.

Como sea, la reunión ha sido más un encuentro de amigos que otra cosa, con momentos divertidos y entrañables, pero a la que le habría sentado mejor un poco más de guion. O lo que los fans de verdad querían, esa prometida película que ahora parece más claro que nunca que nunca va a llegar.

Lo que está claro es que ha sido agradable reencontrarse con nuestros seis amigos de siempre, por más que los años no perdonen y el exceso de botox en algunos y de kilos en otros duelen un poco de ver.

sábado, 22 de mayo de 2021

Visto en Netflix: HÉROES. SILENCIO Y ROCK & ROLL

Héroes del Silencio fue uno de los grupos más punteros y emblemáticos de los años ochenta, de contundentes directos (tuve oportunidad de verlos en el Palau Sant Jordi en 1993) y míticas letras, pero cuya principal seña de identidad era, sin duda, la voz de su cantante, Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy, más conocido como enrique Bunbury.

Nacidos en 1984 en su adorada Zaragoza y disueltos en 1996 (aunque con un reencuentro fugaz en el 2007), siempre fueron algo esquivos con la prensa, llegando a ser incluso criticados por ello y calificados como simples niños bonitos (parte de la culpa era de la característica melena de Bunbury) o como una copia barata de Hombres G (aunque sus estilos musicales poco tenían que ver). Ahora, de la mano de Netflix, Alexis Morante ha echado mano de imágenes de archivo y entrevistas a los componentes de la banda a lo largo del tiempo para firmar un documental que de alguna respuesta sobre la historia del grupo y su disolución.

No es que haya nada nuevo bajo el sol. Al final, lamentablemente, casi todas las historias de las bandas de rock parecen cortadas por el mismo patrón, pero Morante se las apaña para dar un brío tal a su documental que, aun sin salirse de la línea cronológica y recurriendo a un estilo visual bastante costumbrista, consigue dotar de un argumento y un ritmo a Héroes. Silencio y Rock & Roll que, durante su visionado, es fácil tener en mente películas mucho más mediáticas y fabuladas como, sin ir más lejos, Bohemian Rhapsody.

Es por ello que, más allá de los gustos musicales de cada uno, Héroes. Silencio y Rock & Roll sirve como retrato de una época, aquella en la que había música de Rock en televisión y programas que han pasado a la historia como Tocata. Es un retrato sobre la amistad, sobre cómo se resquebraja cuando uno llega a la cima. Es también un relato de dolor sobre la pérdida de un ser querido. Y es, ante todo, la historia, honesta y nada maniquea, de una banda que siempre quiso ser fiel a sus orígenes y que, casi sin darse cuenta, pasaron a formar parte de la historia musical de este país.

Simplemente imprescindible.


Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 10 de mayo de 2021

Visto en Netflix: LO QUE EL PULPO ME ENSEÑÓ

Imagino que los que lleváis un tiempo por aquí ya os habréis dado cuenta de que no soy muy aficionado a los documentales. De hecho, creo que desde que empecé a escribir en el blog en muy pocas ocasiones he tratado el tema, y en ambos casos con relación al mundo del cine (ya sea hablando de Orson Welles, Hedy Lamarr o la película Showgirls), dejando de lado «cosas» como L’endamà de las que mejor ni comentar.

En esta ocasión, sin embargo, me he dejado llevar por el hype creado alrededor de esta producción de Netflix con Pippa Ehrlich y James Reed a los mandos, un hype ampliado si cabe tras la consecución del Oscar al mejor documental. Y aunque le he encontrado todos los valores que se le supone, una vez más se demuestra lo perjudicial que el hype puede ser para un producto que pese a estar muy bien invita a que uno se pregunte si realmente es para tanto.

Lo que el pulpo me enseñó (nota: no es el pulpo, es la pulpo) trata sobre un documentalista en plena crisis personal, Craig Foster, que decide hacer submarinismo en un intento de reencontrarse a sí mismo, sin sospechar que estabas a punto de nacer entre él y una pulpo hembra una preciosa amistad.

Sí, habéis leído bien: amistad. Y es que lo que a simple vista podría parecer  un documental sobre el mundo submarino más, con una fotografía espectacular, eso sí, deriva en una historia de amor y compañerismo entre un hombre y un octópodo, en la que la inteligencia y afecto que es capaz de mostrar el animal sirve de inspiración a Foster hasta el punto de influir en su vida y en sus relaciones familiares, en especial con su hijo.

Al final, o que vamos a encontrar en Lo que el pulpo me enseñó es un muy interesante documental sobre la vida submarina, con el toque añadido de la emotividad. Así, entre bonitas imágenes submarinas y visiones de extraños seres (la propia pulpo, vista bien de cerca, podría servir de inspiración para algún ser extraterrestre de ficción), tenemos momentos de gran fuerza dramática (el enfrentamiento contra un pez gato), detalles sorprendentes (como sus trucos de camuflaje) o incluso de comedia ligera (como su manera de jugar con los peces), para desembocar en un final que inevitablemente invita a la lágrima hasta al más insensible.

Un documental, en resumen, hermoso y sensible, quizá no tan excelso como cabría esperar por la gran cantidad de premios que está cosechando pero que invita a pasar un buen rato, didáctico y emotivo.

 

Valoración: Siete sobre diez.