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domingo, 14 de abril de 2019

AFTER

Imaginen una historia de amor tan apasionada como insana. Imaginen que él es un niño de papá, con dinero, guapo pero malote y con un deje de oscuridad en su mirada. Y ella, una niña buena, virginal y sumisa. Imaginen que ella descubre gracias a él el juego del sexo y que él, mujeriego empedernido, descubre por ella lo que es caer en las redes del amor. Ahora añadan un grupo de amistades orbitales insano y algún secreto del pasado. E imaginen que todo ello se muestra en pantalla con una cuidada fotografía y al compás de una banda sonora pop infinita, rozando el videoclip más que el propio cine.
No, no estoy escribiendo una nueva reseña de 50 sombras de Grey, pero casi. After, la película que adapta uno de esos fenómenos literarios tan incomprensible como distante para según qué generación (como la mía, pongamos por caso), se muestra sin complejos como una versión para menores de la saga literaria de E.L. James, una historia sobre el descubrimiento carnal con la misma falta de valores que aquella (por más que sus autores pretendan negarlo, sigue siendo la historia de la dama sumisa cegada por el brillo del dinero y la masculinidad más cool), y de  cuyas influencias (y admiración) no reniega la propia autora, Anna Todd, por más que ella tuviese más en mente (lo estamos arreglando) la saga Crepúsculo.
Soy plenamente consciente de que una película como esta va dirigida a un target muy concreto al cual no pertenezco, por lo que algunos podrían condenar mi crítica negativa con la típica argumentación de que “la película no es para mí”, pero cuando se trata de valorar un producto cinematográfico que, no nos vayamos a engañar, tampoco aspira a ser nada extremo ni radical, hay ciertos valores cinematográficos que se deben exigir. After no solo cuenta con unas interpretaciones muy justitas y un guion tan cargado de estereotipos y simplista que aburre soberanamente, sino que además resulta tan ridícula e irrisoria que, más que representar a esa supuesta generación que la idolatra (a las novelas, al menos), lo que en realidad hace es ridiculizarla. Y es que estamos ante una película sobre el despertar hormonal protagonizada por universitarios que en realidad actúan como niños de doce años, resultando por tanto tan mojigata y tonta que abruma y provoca el efecto contrario al que aspira. Sí, las niñas acudirán al cine en masa creyendo verse representadas, pero saldrán engañadas al descubrir un mundo a años luz del real, una manipulación del reflejo generacional donde los jóvenes van a fiestas donde apenas se bebe, no existen las drogas y el (poco) sexo que se tiene es con extremas precauciones.
Es cierto, yo vivo a años luz de esa generación, pero los protagonistas de la película, también.
Pero todo eso me daría igual (no espero un documental realista ni mucho menos) si la película fuese entretenida. Pero ver durante casi dos horas a dos niñatos acariciándose y lloriqueando es demasiado esfuerzo para mí.
Y lo peor es que, si no estoy mal informado, la autora va ya por la cuarta novela, así que tenemos bodrio para rato… Al menos, alguna de las canciones no está mal. Menos es nada…

Valoración: Cuatro sobre diez.

miércoles, 26 de julio de 2017

SIETE DESEOS, más drama que terror

Lo primero que habría que aclarar sobre la película Siete deseos es que, como muchas otras más pertenecientes a esta corriente moderna de terror psicológico, no estamos ante una película de miedo propiamente dicha. Hay muchos momentos inquietantes en la película, desde luego, pero lo que pasar miedo, poco.
Eso no significa necesariamente que sea una película mala. Aunque juega con el humor y el drama de forma un tanto errática, rozando a veces el simplismo más bobo propio de una película para adolescentes (hay momentos que quiere parecerse a una versión descafeinada de la serie Por trece razones), la película consigue atrapar lo suficiente como para mantener el interés, contagiando al espectador el nerviosismo por unas muertes aparentes que luego no lo son tanto, tal y como jugaba la efectiva, aunque agotada, saga de Destino Final.
Argumentalmente, Siete deseos podría recordar a La caja, aquel thriller con toques de ciencia ficción que protagonizaron Jim Carrey y Cameron Diaz sobre una caja con un pulsador que, al accionarse, otorgaba un millón de dólares a la pareja protagonista a costa de la muerte de alguien. Aquí, la cosa tiene un trasfondo sobrenatural, pero el juego es el mismo. La caja concede deseos a la protagonista, pero alguien morirá a cambio. La obsesión, la ambición y el temor a perder lo conseguido son las pautas que rigen la conducta de la muchacha en cuestión que sabe lo que debe hacer, pero sin que se corresponda a lo que quiere hacer.
¿Cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar a cambio de la felicidad? Y ya puestos, ¿dónde se encuentra la verdadera felicidad? Estas son preguntas que la película plantea, aunque sin llegar a realizar una reflexión tan profunda como para que hablemos de una pieza trascendentalita.
Joey King (Asalto al poder, Independence day: Contraataque, Un golpe con estilo…) es la cara más reconocible de esta película que bien trata de rondar otros temas que puedan preocupar a los adolescentes, como el primer amor, la pérdida de un progenitor, las amistades (y enemistades) del instituto, la popularidad, etc. pero lo hace todo de forma muy superficial, consciente de que el público objetivo solo va a esperar de la obra de John L. Leonetti (que ya había dirigido la insuficiente Annabelle, siendo director de fotografía habitual de la vertiente más aterradora de James Wan) sustos y muertes. Y de lo primero, ya digo, poquita cosa.
Película, en fin, que decepcionará a los amantes del terror pero que puede llegar a interesar a aquellos que se conformen con un drama intimista sobre la destrucción moral de una buena persona. Es poco lo que ofrece, pero al menos lo hace con corrección y sinceridad. Quien quiera ver escenas escalofriantes que se conforme, al final de la película, con los títulos de crédito, brillantes y retorcidos y que preceden, como si en un blockbuster Marvel estuviésemos, a una escena postcréditos para nada sorprendente.

Valoración: Cinco sobre diez.