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jueves, 17 de enero de 2019

EL GRAN BAÑO

Apenas acabamos de empezar el año y ya nos ha llegado el primer gran éxito del cine francés, la película que está arrasando en el país vecino. Vamos, una de esos cientos de récords que al parecer se baten como si nada cada año.
El gran baño supone la dirección en solitario del actor Gilles Lellouche después de codirigir Narcos con Tristan Aurouet, y su argumento es una especie de mezcla entre títulos como Full Monty, con una serie de marginados sociales buscando demostrar que tienen un lugar en el mundo (tanto para los demás como para sí mismos), y Campeones, dando una nueva vuelta de tuerca a la historia de un equipo deportivo sin posibilidades para ganar que gracias a la aptitud de un entrenador con sus propios fantasmas consigue lo imposible.
Con un reparto bastante bien nutrido de caras reconocibles de la cinematografía del país vecino, la película cuenta con dos problemas esenciales. Por un lado, que, pese a pretender ser una comedia, tiene un arranque cantante poco acertado, teniendo poco tino Lellouche a la hora de presentar a los personajes de su historia coral (de hecho, alguno de los protagonistas ni siquiera tiene historia), con lo que se acerca más al drama simplista que al humor, mientras que por el otro termina resultando inverosímil, previsible y, lo que es peor, aburrida.
Aunque soy conocedor de que el humor francés tiene unos rasgos distintivos que no lo hacen accesible para todo tipo de público, no estando yo entre los más entregados a la causa, la realidad es que poco lucimiento hay en una historia vista mil veces, torpemente contada y que resulta más simpática (no como sus protagonistas) que divertida, con un montaje final, además, demasiado alargado para un film de estas características.
Es, en resumen, una muestra más de que en Francia muchas películas parecen hechas con una fotocopiadora y al público parece darle igual. A veces, la fórmula es la correcta. En este caso, no.


Valoración: Cuatro sobre diez.

lunes, 4 de junio de 2018

EL TALLER DE ESCRITURA

La nueva película del director francés Laurent Cantet, que para esta ocasión vuelve a colaborar con su guionista fetiche, Robin Campillo, parece haber aunado a la crítica, que loan sus grandes virtudes. Sin cegarme a ellas, lo cierto es que no quedé tan impresionado como esa gran mayoría, y encontré gran parte de la historia repetitiva e incluso por momentos aburrida. No ya por su narrativa, sino por lo poco que lograba conectar conmigo.
El taller de escritura versa sobre un grupo de inadaptados sociales que, bajo la tutela de la popular escritora de ficción Olivia Dejazet, participan en un taller con el fin de lograr crear una novela policíaca entre todos. Se trata, por supuesto, de un grupo representativo de todo el abanico racial y cultural de la Francia actual, algo que ya para empezar me parece algo maniqueo y previsible.
Bajo la excusa de desarrollar ese proyecto en común pronto sobresale la figura de Antoine, la voz rebelde y contestataria del grupo y en quien pronto se va a enfocar la atención de la historia.
Cantet ha querido regresar al estilo que tan bien le funcionó en otra película de temática parecida, La clase, y con la excusa de este taller literario reflejar las problemáticas que más preocupan a los jóvenes de clase media baja del país galo, por lo que las confrontaciones entre ellos van a ser numerosas y muy representativas de los valores que cada uno defiende. Sin embargo, es tan pretendidamente poderosa la presencia del tal Antoine, que, si el espectador no es capaz de simpatizar con él, como fue mi caso, es muy difícil hacerlo con la propia película.
Utilizar un niñato inmaduro y malcriado como símbolo de una generación maltratada y perdida no termina de convencerme, y por eso su enfrentamiento con Olivia y, por extensión, con el resto de la clase no tardó en desinteresarme.
Bien filmada, con buenos trabajos actorales (pese a que aparte de Marina Foïs, el resto son chavales que debutaban en el cine) y un buen pulso fílmico, la historia no llegó nunca a atraparme por completo, siendo consciente de las buenas intenciones de Cantet respecto a lo que me quería transmitir, pero sin dejarme contagiar por su entusiasmo al hacerlo. La metáfora que pretende hacer comulgar la ficción literaria con lo que el destino depara a los chicos no me resultó en ningún momento convincente. O quizá es que, simplemente, yo estaba esperando una película más centrada en el proceso de la creación y en este sentido quedé francamente decepcionado.
Como sea, culpa mía o de Cantet, reconozco los méritos de la película, aunque no puedo sentirme tan entusiasmado con ella como todo lo que estoy leyendo por ahí.
Y es una lástima, la verdad. Le tenía ganas...

Valoración: Cinco sobre diez.