domingo, 11 de junio de 2017

LA MOMIA, bienvenidos al Dark Universe

Resulta complicado valorar con justicia una película como La Momia, obligada, entre otras cosas, a salvar las comparaciones con la película que inició la saga de Stephen Sommers.
Si pensamos en ella como una simple película, lo cierto es que tiene tantas deficiencias como queramos. Los personajes están poco definidos, alterna sin demasiada consistencia el humor y la comedia y está tan repleta de situaciones completamente absurdas que obliga al espectador a la suspensión de la credulidad en casi cada secuencia.
Sin embargo, esto no es una simple película. Tal y como está haciendo Marvel con su MCU, y como la propia Universal hiciera en la década de los treinta, esto no es más que el primer capítulo de algo mucho más grande, la presentación de un mundo de Dioses y Monstruos (en palabras del propio Dr. Jekyll) que sin duda van a darnos muchas satisfacciones en los próximos años. Dark Universe, lo llaman. Y en ese aspecto sí que funciona a la perfección y es un glorioso espectáculo.
Además, nos encontramos ante una película de Tom Cruise, y eso es un elemento diferenciador de primera. Con Cruise de por medio no hay cabida para el aburrimiento ni para las decepciones. Ya sea interpretando a Ethan Hunt, Jack Reacher o este Nick Morton, Cruise lo borda y, como ya he dicho en una ocasión, parece imposible que una película interpretada por él pueda ser aburrida.
Cabe recordar que esta no debería ser la primera película de la saga. Hace un par de años ya se pretendía hacer algo parecido con ese pastelón que era el Drácula de Luke Evans, pero la cosa atufaba a desastre y se decidió hacer borrón y cuenta nueva antes de que la cosa fuese a peor. Gran decisión. En La Momia, las cartas se ponen sobre la mesa desde el primer momento, y poco importa que los personajes sean simples caricaturas sin identidad. No importa demasiado quien haya sido este tal Morton, sino lo que será tras los acontecimientos de la película. Lo mismo podría decirse del personaje femenino, la Jenny Halsey que promete convertir en estrella a Anabelle Wallis. ¿Y qué vamos a decir del Dr. Henry Jekyll? ¿De verdad necesita ser presentado?
Sin embargo, quien de verdad importa aquí es Ahmanet, la momia a la que da cuerpo Sofia Boutella con magistral solemnidad y que es la encarnación del mal en su máxima pureza.
Alex Kurtzman debuta como director con esta película, pero habiendo salido de la escuela de J.J. Abrams tiene bien aprendida la lección y sabe cómo ofrecer un buen espectáculo, siendo completamente consciente del producto que pretende, algo tan bizarro en su propuesta que bien podría haberlo parido el propio John Carpenter. Morton y Halsey son prototipos de los aventureros pulp de aquella época de decorados de cartón piedra donde la aventura primaba sobre la técnica y hereda de ellos ese desprecio a la amenaza de caer en el ridículo. De hecho, hay en la historia reminiscencias de Lifeforce, Quatermain y las minas del Rey Salomón, Un hombre lobo americano en Londres o incluso La noche del terror ciego. 
La Momia, en ese sentido, no tiene una verdadera coherencia interna, sino que parece más bien una sucesión de secuencias enlazadas torpemente, las cuales, por separado, brillan con luz propia como partes de una novela por entregas. La secuencia de Iraq, la del avión, la de los túneles inundados… Piezas de engranaje para un espectáculo que no pretende ser nada más que palomitero, un prólogo de una lucha entre el bien y el mal que abre las puertas a mundos conocidos por los amantes de los clásicos que auguran pesadillas y sustos tontorrones. Así, se agradece que, pese a la ligereza de algunos momentos y los chistes al servicio de Jake Johnson, la película no busque a un público potencialmente infantil y apueste por momentos de verdadero terror (nada que ver en eso con las películas de Brendan Freser) y oscuridad.
Insisto, La Momia no es una gran película, pero tampoco lo pretende. Solo aspira a ser un gran entretenimiento que sirve de entrada a una saga donde el mal y la oscuridad tratará, poco a poco, de adueñarse de nuestro mundo.
Y a mí, desde luego, me han atrapado.
Sé que algunos, conocedores de la importancia que le doy al guion de una película, se me va a echar encima con esta opinión, pero que la trama esté repleta de tópicos no es necesariamente que sea mala. Simplemente poco original. Y lo que de verdad me importa es que ni aburra como me pasó con Warcraft, ni me ofenda con su ridiculez como pasaba con La gran muralla ni me venda humo como Ghost in the Shell, por nombrar algunos blockbusters recientes. Lo único que pido a estas películas es que me lo hagan pasar pipa. Y La momia lo consiguió. He dicho.

Valoración: Ocho sobre diez.

CAPITÁN CALZONCILLOS, divertida locura

Adaptando libremente la colección de libros infantiles de Dav Pilkey, Capitán Calzoncillos es una nueva película de animación de Dreamworks, apenas unos meses después del éxito de El bebé jefazo.
Con una imaginación desbordante y un sentido del humor muy básico pero efectivo, el director David Soren ha sabido captar la esencia de las historias originales para concebir un producto que a simple vista puede ser muy infantil, con chistes de pedos y culos y robots gigantes en forma de wáter, pero que analizadas desde el prisma de un adulto contiene un mensaje en defensa del poder de la imaginación y de la capacidad de reírse de cualquier cosa (ambas características que tienden a perderse conforme uno se va acercando a la edad adulta).
La película arranca con la amistad de dos niños que se evaden de la apatía que define a su instituto (dirigido con mano de hierro por un tirano amargado y cascarrabias) gracias a los comics que ellos mismos confeccionan, uno como guionista y el otro como dibujante, basados en un superhéroe llamado El Capitán Calzoncillos. Con esta premisa, es presumible que estamos ante una parodia del cine de superhéroes que tanto abunda hoy en día, pero más allá de eso, es esta una anárquica película sobre la amistad y la diversión definida con un surrealismo que parece heredado de productos como Bob Esponja y similares.
El Capitán Calzoncillos, ese alter ego forzado del director de escuela, es en realidad una vía de escape a los problemas y responsabilidades de la madurez. Tal y como Peter Parker elude los problemas de su vida privada y se vuelve un chistoso con solo ponerse la máscara de Spiderman, este peculiar superhéroe muestra la cara más amable de un tipo con ínfulas de villano que sirve como parábola de la necesidad de liberación y libertinaje de una sociedad marcada por el desencanto.
Capitán Calzoncillos, además, juega con las reglas de la animación, no solo por el metalenguaje que crea al contar una historia dentro de la historia sino por confluir en su interior diversos estilos visuales (todos ellos falsificados por la digitalización, eso sí), como es la animación tradicional, el stop motion o incluso las marionetas.
Puede que en su nada sutil mensaje no encontremos la profundidad de las obras más sesudas de Pixar (esto va de chistes de pedos, insisto), pero la película es suficientemente autoconsciente como para ser un divertimento nada banal y una sucesión de chistes tan estúpidos en su mayoría que uno no tiene más remedio que terminar por desternillarse.

Valoración: Siete sobre diez. 

PÀTRIA, legendariamente fallida

Tras el estreno de la semana pasada de Mil coses que faria per tu se podría decir que el cine catalán está de enhorabuena, pero viendo la calidad final de las películas lo cierto es que se tendría que poner semejante afirmación entre comillas. Entre muchas comillas.
Pàtria, la llegenda d’Otger Cataló , pretende ser una epopeya histórica sobre los orígenes de Catalunya, una propuesta extremadamente ambiciosa si tenemos en cuenta que su presupuesto ha sido ridículo y no ha contado con ayudas oficiales. Para ello, el director Joan Frank Charansonnet ha decidido narrar dos historias en paralelo: por un lado, la de Climent de Vallcebre (Boris Ruiz, que curiosamente también está en Mil coses que faria per tu) en el convento de Sant Llorenç, y por otra la que corresponde a la leyenda de Cataló que el propio Climent narra. En este sentido, las referencias son claras, desde la narrativa de Umberto Ecco en El nombre de la rosa hasta las historias de caballería con Excalibur en cabeza. Siendo así, es la historia en el convento la que mejor funciona, con una narrativa más sosegada y mejores interpretaciones, aunque Charansonnet no es capaz de conseguir mantener bien el ritmo narrativo para lograr un clímax (hay una sencilla trama de intriga) satisfactorio. Sin embargo, la parte que corresponde a la leyenda en sí (con todas las licencias narrativas que se permite, añadiendo temas mágicos y cambiando el destino de los personajes con respecto a lo que el folclore local reza) naufraga estrepitosamente. Es loable el propósito de emprender semejante empresa con más corazón que cabeza, pero resulta casi imposible no caer en el ridículo cuando no hay dinero para recrear unas batallas que se suponen épicas y terminan pareciendo más un espectáculo de un parque temático que un enfrentamiento entre cristianos y serrainos. 
Además, Charansonnet tampoco está a la altura de las circunstancias (es labor del director saber disimular las carencias económicas) y abusa de la cámara lenta creyendo que así va a dotar de épica a una historia que no la tiene (solo la banda sonora está a la altura de las circunstancias). Al final, el grupo de condes que Cataló reúne para su empresa (que han pasado a la historia como los nueve de la fama) no tienen tiempo para ser desarrollados y pasan sin pena ni gloria por la película, totalmente intrascendentes.
Es una pena que una película tan presumiblemente valiente se salde con tan pobre resultado, pareciendo al final que todo sea una mera excusa para aprovechar una corriente ideológica (en un momento de la película hay un discurso nada sutil que refleja cierta ideología independentista actual) que no contar una epopeya real. Y todo ello podría perdonarse si al menos las interpretaciones y el director estuviesen a buen nivel. Pero me temo que no es así.
Quizá si Charansonnet se hubiese limitado a narrar la leyenda, prescindiendo de la trama correspondiente a Climent de Vallcebre la cosa le habría ido mejor, eso es algo que nunca sabremos, pero querer abarcar tanto con tan poco no puede salir nunca bien, y los buenos propósitos terminan empañados por escenas ridículas y una leyenda falseada.
Esta no es la película que Catalunya se merece.

Valoración: Tres sobre diez.

NORMAN, entretenida pero insuficiente.

Norman, el personaje que da título a la película, es un asesor de poca monta que parece haber dado la campanada cuando establece una relativa amistad con un político israelí que al cabo de los años termina siendo primer ministro de la nación.
Brillantemente interpretado por Richard Gere (su trabajo es lo mejor del film), Norman es el típico perdedor ignorante de sus propias limitaciones, un vendehúmos con buenas intenciones pero escaso talento para los negocios e incapaz de saber cuándo debe detenerse.
La película dirigida por Joseph Cedar es un extraño pastiche que nunca sabe si quiere apostar por el drama o la comedia y cuyo subtítulo en español es quizá su peor enemigo. Eso de “el hombre que lo conseguía todo” me remite a films como Conserje a su medida o similares. Pero nada más lejos de la realidad y del todo desenfadado de esos títulos a los que me refiero. Claro que con el subtítulo americano: the moderate rise and tragic fallen or a New York fixer (la moderada subida y trágica caída de un procurador de Nueva York) uno ya casi puede ahorrarse ir a verla. Norman, el hombre que lo conseguía todo, es una película amarga y triste sobre un tipo que deambula sin rumbo y al que nadie (ni el propio espectador) llega a conocer nunca, impidiendo así cualquier tipo de conexión emocional.
Bajo esa capa de falsa integridad del tres al cuarto (nunca termina de quedar claro sin la supuesta amistad entre Norman y el político es real o aparentada) se encuentra un análisis de la sociedad judía y un retrato con algo de acidez del aislamiento político, aunque por una vez nos quieran pintar al político de turno como un tipo bonachón y achuchable (en un papel que habría ido que ni pintado a Steve Carrell). Quizá uno de los lastres de la película sea que está coproducida con dinero israelí, lo que puede haber limitado la ironía y el sentido del humor que Norman necesitaría para haber sido un producto más interesante. Pese a los buenos artistas que hay en su casting (Steve Buscemi, Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg y Dan Stevens como cabezas más reconocibles), ninguno de ellos aporta lo suficiente como para dar lustro a una trama por momentos aburrida y que no termina de levantar nunca el vuelo. Al final, Cedar parece tener en Gere a su única baza para seducir a los espectadores, y aunque su trabajo es impecable nada puede hacer el actor con un personaje demasiado aislado del mundo como para conseguir ser el alma que la película necesita.
No voy a decir que Norman, el hombre que lo conseguía todo, sea una mala película pero si me pareció, cuanto menos, un film insuficiente y con muchas carencias.

Valoración: Cinco sobre diez.

MIL COSES QUE FARIA PER TU, con la intención no es suficiente.

Mil cosas que faria per tu (Mil cosas que haría por ti en su versión en español) es la ópera prima de Didac Cervera después de su paso por ese experimento de terror colectivo que vino a llamarse Los inocentes.
Su propuesta para debutar en solitario no puede ser más peculiar, pues el realizador catalán, basándose en un libreto de Joan Sanz, propone una locura narrativa en la que decora una historia tan absurda como simple: cuando un chico bastante desastroso pierde el Rolex que su novia le regaló termina con la paciencia de esta que decide dejarlo; para tratar de arreglar las cosas, y asesorado por su mejor amigo, su única esperanza es conseguir un Rolex idéntico, aunque ello le implique empezar una carrera criminal. Una propuesta ridícula (que deja a los hombres como tontos perdidos y a las mujeres como interesadas especulativas - ¿es un Rolex de oro suficiente para poner precio al amor? -) que sin embargo podría haber llegado a buen puerto como comedieta del montón. Tampoco es que las (supuestos) reyes del humor cinematográfico (léase Adam Sandler, Seth Rogen, etc.) se caractericen por ideas demasiado ingeniosas.
Lo que sucede con Mil coses que faria per tu es que su peculiar puesta en escena es un resumen de la principal virtud y el mayor defecto del film. El dúo Cervera / Sanz han querido pecar de ingeniosos y no solo presentan una estructura narrativa desfragmentada, con flashbacks dentro de flashbacks, sino que hacen que el protagonista (y ocasionalmente otros secundarios) rompa constantemente la cuarta pared, hablando directamente al espectador con plena autoconciencia de que están dentro de una película. Pero lo que funcionaba tan bien en Deadpool acaba agotando por saturación aquí, y situaciones que en un momento son ingeniosas en otras rozan el ridículo y sacan totalmente de la película.
Mil cosas que faria per tu podría ser una película divertida, pero se nota que el tal Cervera se considera a sí mismo desternillante, y eso dota al film de una artificialidad que resulta algo presuntuosa. Es, en cierto modo, un experimento fallido, un intento de fabricar algo (relativamente) diferente que no termina de funcionar del todo, por más que los actores hagan lo que puedan y algunas interpretaciones se resuman como lo mejor de la función.
Pese a que al final termina resultando una película con muchos defectos, hay que agradecer el intento de querer apostar por algo ligeramente diferente (solo por el tráiler intuyo que, por ejemplo, Señor, dame paciencia va a ser un éxito de taquilla, pero en el fondo no deja de ser más de lo mismo en la comedia patria actual), y solo por esto ya merece Dídac Cervera un cierto respeto y una oportunidad para ver si en su siguiente trabajo, si sabe contenerse en su desmedida, la cosa sala más redonda.
Y es que, aun con todo lo dicho, la película se deja ver y contiene algún momento divertido y simpático.

Valoración: Cuatro sobre diez.

LA PROMESA, pretenciosa pero fallida.

Dirigida por Terry George, que ya demostró en Hotel Rwanda que se movía bien en dramas históricos, La Promesa es la historia de un triángulo amoroso con el exterminio de armenios acontecido por el gobierno turco durante la Primera Guerra Mundial.
Para confeccionar la historia, George, que también firma el guion junto a Robin Swicord, centra todo su interés en esa historia de amor descafeinada y sin alma, quizá debido a que los personajes no están definidos de manera que susciten suficiente interés y poco puedan hacer el trío protagonista (Oscar Isaac, Christian Bale y Charlotte Le Bon) por defenderlos. La película, coproducción entre Estados Unidos y España (lo que justifica la efímera presencia de actores patrios como Alain Hernández, Luis Callejo, Alicia Borrachero, Abel Folk o Daniel Giménez Cacho), nace con aspiraciones de grandeza, como si de una nueva Lo que el viento se llevó se tratase (recuerden que aspiraciones similares tenía Australia de Baz Luhrmann y así le fue), pero fracasa en lo desmedida de su ambición, que no llega a banalizar el exterminio, pero poco le falta.
Tiene la película dos líneas diferentes a seguir. Sobre la romántica ya he dejado claro que no funciona para nada y que ninguno de sus integrantes sale bien parado de un análisis un poco pormenorizado. En el caso de la histórica, sirve la película al menos para recordar y adoctrinar sobre un exterminio que podría haber sido la fuente de inspiración del holocausto nazi y que a día de hoy continua sin ser admitido por el gobierno turco, aunque cierto es también que la película peca de partidista y (habiendo un rico empresario armenio como productor) criminaliza a los turcos convirtiéndolos en los malos absolutos pero sin explicar en ningún momento sus motivaciones o el motivo del odio hacia el pueblo armenio (eso sí, hay un turco bueno para compensar un poco). Tiene, pues, un valor didáctico interesante aunque algo descafeinado (George parece creer que planos de cadáveres son suficientes para sensibilizar al espectador) en un film demasiado largo que, sin embargo, necesitaría más tiempo para relatar el asedio final, provocando que el climax sea insatisfactorio. O quizá es que el verdadero climax no sea saber quién sobrevive a las matanzas, sino saber por quiénse decide al final la muchacha entre sus dos pretendientes.
Con Jean Reno y Angela Sarafyan (de moda gracias a su papel de prostituta en WestWorld) terminando de dar lustro al film, La promesa es una película que ha provocado odios y desprecios entre algunos y alabanzas desmesuradas por otro lado. Personalmente, no creo que sea para tanto, ni en un extremo ni en el otro, y la resumo como un folletín interesante durante su visionado cuya historia merece ser olvidada tras su consumo pero cuya realidad histórica invita, cuanto menos, a reflexionar sobre cómo la humanidad tiende a repetir una vez y otra los mismos errores en lugar de aprender del pasado (la escena de los armenios caminando por el desierto es una referencia nada casual a los refugiados de Siria actuales).
Y es que, por mucho que pueda sorprender, la fórmula “amar en tiempos de guerra” no siempre funciona y quizá la realidad merecía haber sido contada por sí sola, sin salsa rosa estorbando por en medio.

Valoración: Cinco sobre diez.

YOUR NAME, simplemente maravillosa

Volvemos a encontrarnos ante una de esas extrañas decisiones por parte de las distribuidoras de otorgar un estreno muy limitado a una película que contenía todos los argumentos para haber funcionado excepcionalmente bien en taquilla. Y es que Your name (que me expliquen el motivo de no traducir el título, por favor) viene precedida por el mérito de haberse convertido en la película de animación más taquillera de la historia de Japón, lo cual no es moco de pavo, habiendo seducido también, además, a la crítica.
Además, a diferencias de otras obras más conceptuales como Ghosh in the Shell o Akira, o de corte más intimista, como las producciones del estudio Ghibli, Your name cuenta con la ventaja de ser una historia muy universal, siendo su punto de partida (dos cuerpos que intercambian sus mentes) un recurso repetido hasta la saciedad en comedias ochenteras americanas.
La película de Makoto Shinkai arranca con un tono de comedia adolescente bastante convencional que, sin embargo, funciona a la perfección gracias al mimo con que se trata a los dos personajes protagonistas. Con la llegada de un meteorito que será visible desde la Tierra como lujoso telón de fondo, la acción avanza a golpes de sitcom para hacer que nos encariñemos con sus personajes, regados de subtramas aparentemente ligeras como los equívocos en el instituto, el agobio del trabajo o los problemas de amoríos, para ponerlo todo patas arriba en su primer gran giro de guion y demostrarnos que hay tras la historia un tinte dramático que no es el que podríamos esperarnos.
Es, en su desarrollo, una historia de amor imposible, de dos almas tan cercanas la una a la otra como atrapadas en dos mundos opuestos, condenados a conocer sus secretos más íntimos pero sin poderse llegar a tocar nunca. Es el enfrentamiento entre dos mundos idénticos pero opuestos, algo que me recordó vagamente a la idea de la patochada aquella de Un amor entre dos mundos pero en bueno.
En el apartado de personajes, muy bien desarrollados, cuenta la película con el trazo clásico del anime japonés, aunque el cuidado que se ha puesto en los escenarios, con un color que impregna la pantalla de alegría y belleza, otorgan al film un trazo preciosista que ayuda a transmitir esa alegría y amor (platónico) que parecen desprender los protagonistas, haciendo que el giro nos sacuda con más fuerza. Eso provoca que Your name sea una película divertida y bonita, pero también emotiva y, por momentos, muy emocionante y descorazonadora. Cuando todo cambia y se empieza a jugar con las convicciones de un género totalmente diferente (y que no voy a mencionar por no rozar los spoilers) el espectador se ve atrapado en una vorágine de sentimientos que lo va a apresar hasta el desenlace final, quizá lo único discutible (lo que no significa necesariamente que sea algo negativo) de la obra.
Your name, pese a sus datos en taquilla, no es la gran obra maestra del Anime japonés ni pasará a la historia como algunos de los títulos mencionados, pero eso no impide reconocer que estamos ante una gran película, inteligente y apasionante, un espectáculo visual y emocional capaz de cautivar a espectadores de cualquier edad.

Valoración: Ocho sobre diez.

BILLY LYNN, héroe de guerra.

Recupero otra película que pasó de manera fugaz por las pantallas españolas con lo que el fracaso en taquilla fue más que predecible. Y puedo entender que Billy Lynn no funcionara en los Estados Unidos por ese aroma de manifiesto antimilitar (que a la larga termina siendo antigubernamental, algo que si hace un americano como Oliver Stone o Clint Eastwood -hay quien ha visto en esta película un cierto aroma a Banderas de nuestros padres- no pasa nada pero que en manos de un taiwanés como Ang Lee está muy mal visto), pero no encuentro justificación a la casi nula promoción y distribución que el film tuvo en España, siendo, como suele suceder con el cine de Lee, una película estupenda y muy refrescante.
Coqueteando sutilmente entre el drama y la comedia, Billy Lynn cuenta la historia de un muchacho que realiza un acto de heroísmo combatiendo en Iraq, uno como otros tantos que deben producirse en esa interminable guerra de no ser por el hecho casual de que este queda accidentalmente inmortalizado por una cámara de video. Lynn y su batallón (apodado Bravo) regresan temporalmente a Estados Unidos para ser reconocidos como héroes y realizar una pequeña gira que exalte al ejército americano, y que tiene su punto culminante en el descanso de un partido de la Super Bowl. Allí, los muchachos de Bravo se darán cuenta de que los están convirtiendo en payasos de circo mientras Billy (cuyo acto heroico reviviremos a través de sus propios pensamientos) se plantea si quizá él tenga una percepción del mismo diferente a la del resto de los americanos.
Basándose en la exitosa novela de Jean-Christophe Castelli, Lee escarba en el cinismo de la sociedad americana, que convierte en producto de consumo cualquier cosa y decora con confeti de colores y bandas municipales hechos que ocurren a medio mundo de distancia, del que son felices ignorantes. Una bufonada que sirve para lavar sus conciencias y que carece de la épica (ridícula pero épica, al fin y al cabo) que esta misma exaltación del héroe patrio se hacía en la primera película de El Capitán América: el primer vengador.
Puede que en el paso de novela a película la burla haya perdido algo de fuelle y que Lee se haya distraído (después de los alardes visuales de su última película, La vida de Pi) con inventos técnicos que al fin han resultado estériles (eso de rodar a 120 fps -lo normal es 24 y Peter Jackson consiguió sin mucho reconocimiento hacerlo en 48 para su trilogía de El Hobbit- es algo que nadie había hecho hasta ahora y que no se ha podido disfrutar en casi ningún cine fuera de los USA), haciendo que por el contrario las escenas bélicas queden algo desinfladas en comparación con los excesos de la fiesta de la Super Bowl, pero no es motivo suficiente como para no apreciar los muchos valores de una película ácida y punzante, tratada siempre desde los ojos del joven Billy (buen debut de Joe Alwyn) y donde sólo rechina alguna decisión de casting (no es que estén mal, pero se hace un poco raro ver en estos papeles a Steve Martin o Chris Tucker, aunque para compensar tanto Vin Diesel como Kristen Stewart cumplen con sus roles secundarios). 
No estamos ante una obra maestra (y quizá el quid de la cuestión esté en que no se le quiera perdonar el que no sea una película definitiva como sí lo puede ser la novela que adopta), pero sí es un muy interesante trabajo de Ang Lee que sin duda habría merecido mucha más suerte en su carrera comercial.
En ocasiones, hay películas a las que el público da la espalda por motivos difíciles de comprender. En este caso, sin embargo, ni siquiera han tenido la oportunidad de hacerlo. Pero merece la pena, no me cabe la menor duda.

Valoración: Siete sobre diez. 

EL VIAJANTE, secuelas de una agresión.

Aprovechando que el fin de semana pasado fue algo pobre en cuanto a estrenos relevantes, debido por un lado a la afectación de la huelga de actores de doblaje y por otro a la celebración de la final de la Champions League de fútbol, he aprovechado para recuperar alguna de esas películas que se me pasaron en su momento y que algún cine ha tenido a bien recuperar antes de su inminente aparición en formato doméstico.
Y la primera de ellas ha sido ni más ni menos que la flamante ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, la iraní El viajante, de Asghar Farhadi, director que ya había ganado el Oscar con Nader y Simin, una separación y que ha dado el salto internacional con El pasado.  
Resulta curioso el detalle de que una de las grandes olvidadas en esta categoría entre las nominadas fuese precisamente Elle, de Paul Verhoeven (para mí merecedora no solo de figurar entre las cinco finalistas, sino de haberse llevado el premio final), ya que ambas comparten el mismo punto de partida: la agresión a una mujer y la manera de enfrentarse a ello. En su desarrollo, sin embargo, Verhoeven y Farhadi no pueden ser más opuestos, y si el holandés apuesta por el humor negro y la mala baba dejando que todo el peso cayese en la mujer agredida, en el caso que nos ocupa es el marido quien más refleja el dolor por lo sucedido (por ahí anda latente el sentimiento de culpa) y quien va a decidir tomar cartas en el asunto, aunque sea tomándose la justicia por su mano (como hiciera, aunque en este caso ante un secuestro, Hugh Jackman en la también estupenda Prisioneros de Denis Villenauve).
Por más que estemos ante una película iraní, la historia de Farhadi (un drama con tintes de thriller) tiene un aire muy occidental, evidenciado ante la admiración que el protagonista (profesor en una escuela y actor aficionado) siente por los textos de Arthur Miller. Precisamente es la representación de la función Muerte de un viajante (el protagonista interpreta al viajante, de ahí el título del film) una trama paralela que sirve como excusa para mostrar la evolución de los protagonistas alrededor del miedo, el dolor y la misma indignación.
Aún con el retrato que Farhadi hace de la sociedad iraní, su historia es completamente universal, amparándose en unos impecables trabajos interpretativos de Shahab Hosseini y Taraneh Alidoosti que manejan la historia a su antojo evolucionando del odio y la indefensión hacia la venganza y, quizá, incluso el perdón, con un desenlace que deja al espectador con una sensación de vacío que es, a fin de cuentas, lo que suele suceder con la propia realidad.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Reflexiones catódicas: NETFLIX, EN BOCA DE TODOS (OTRA VEZ)

Va a parecer que tengo algún tipo de comisión por hablar sobre Netflix, pero no, os juro que no es así. Si acaso, soy yo, como miles de abonados más, el que pago religiosamente cada mes. Pero no lo puedo evitar. Es pensar en televisión y aparece Netflix.
Y es que, de una manera u otra, el popular canal de streaming se las apaña siempre para estar en el ojo del huracán. La última: su polémica con el Festival de Cannes. Resulta que los señores del festival francés ese se han puesto muy gallitos y han decidido que el año que viene no van a aceptar am concurso a ninguna película que no se estrene en cines. Y claro, aunque no digan nombres, todas las miradas van para Netflix. Al fin y al cabo, ellos son los que van a producir, en exclusiva para su canal televisivo, los últimos títulos de Scorsese, Brad Pitt, Will Smith y así un largo etcétera. No es que me parezca mal la decisión tomada por el festival. Al fin y al cabo, el cine se debe ver en cine. Quizá el problema radica en que debamos inventar otra palabra para definir lo que está haciendo Netflix, porque es evidente que una película dirigida por Martin Scorsese con Robert de Niro, al Pacino, Joe Pesci, Bobby Cannavale y Harvey Keitel no puede llamarse telefilm, ¿verdad?
Como sea, ahí no radica el problema, sino en los que han aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid se han apuntado al carro de criticar a Netflix, convirtiéndolo en una especie de Anticristo para las salas de cine. No son las palabras exactas de Almodóvar, pero por ahí iban. Menos mal que luego Jessica Chastain puso un poco de cordura recordando que, al final, muchas de esas supuestas películas de cines no llegan nunca a estrenarse en cines (o lo hacen de manera ridícula). ¿Qué queréis que os diga? Yo siempre he defendido que donde mejor se disfruta de una película es en la pantalla grande de una sala de cine, pero sin gente como Scorsese tarda una eternidad en conseguir que le financien una película y luego viene Netflix y pone la pasta dejándole además un amplio control creativo, ¿encima les vamos a decir qué tienen que hacer luego con sus películas?
Pero no acaba ahí la cosa. Cuando Netflix desembarcó en España, con su serie bandera (House of cars) cedida a otro canal, su buque insignia era Daredevil, serie con la que se metía de lleno en el Universo Televisivo Marvel. Y lo petó. Y continuó haciéndolo con Jessica Jones y la segunda temporada de Daredevil, aunque Luke Cage y, sobre todo, Iron Fish fueron bajando mucho el nivel. Ese mismo año, además, consiguieron que todo el mundo hablara de Narcos, otro éxito sin parangón. Y al año siguiente, cuando Westworld (de la rival HBO) se suponía que iba a ser la gran serie del momento (y en cierto modo lo fue, que tampoco es plan de quitar méritos a nadie), resulta que las redes sociales se volvieron locas con Strangers Things.
Este año, Netflix ha empezado fuerte y dos series suyas están en boca de todos. 
La primera, Las chicas del cable, por ser su primera producción española y por su impresionante campaña publicitaria que parece no tener fin. Ha sido la ficción patria más comentada, y aunque luego la cosa no da para mucho, los resultados no están siendo nada malos. La verdad, se podía sacar mucho más de una serie que termina resultando simplona y de guion facilón y hasta algo caduco (al final todo deriva en un folletín del montón), pero que tiene un elenco (permitidme destacas sobre todo el apartado femenino) que se basta por si solo para justificar su visionado y una ambientación (se nota donde hay dinero) que resulta maravillosa. Los escenarios, el vestuario, la música… Todo un lujo para los sentidos que consiguen que una serie del montón tenga un yo que sé que qué se yo que a mí me ha terminado por enganchar. Y si encima sirve como toque reivindicativo femenino, pues mejor que mejor.
Como reivindicación femenina (en ambos casos hay abusos sexuales) hay también en la otra serie que ha puesto a Netflix en el centro del Universo: Por trece razones. Ya la novela en que se basa fue muy controvertida, ya que decían que invitaba al suicidio juvenil. Y en la versión televisiva no se han cortado un pelo. Pese a ese aroma de adolescencia ñoña y cansina, la serie logra (con una estética que aúna sorprendentemente el ambiente ochentero de Amblin con los chavales millennials) ser amena y por momentos divertida pese al tema que trata, la historia de una chica que antes de suicidarse deja una serie de cassettes en los que describe los trece motivos (los trece responsables) que la llevaron a semejante acto, llegando a un final que emociona y deja con ganas de más. De momento, la segunda temporada está asegurada. Y yo no me la perderé.
Dos series, mejores o peores, que mantienen a Netflix en el candelero. Y que junto a la polémica de Cannes la han convertido en el canal más relevante del momento. Yo, particularmente, no concibo ya la televisión sin Netflix, y me pregunto: ¿de verdad hay gente que siga viendo canales generalistas? De hecho, este mismo jueves regresa a TVE una de mis series preferidas: El ministerio del Tiempo, pero sabiendo que está Netflix tras la producción de esta tercera temporada y que la ofrecerán tan pronto finalice su emisión en TVE me pregunto si no preferiré esperarme y ser fiel a mi canal.
Siempre y cuando sea capaz de aguantar, claro…

lunes, 29 de mayo de 2017

PIRATAS DEL CARIBE: LA VENGANZA DE SALAZAR, repitiendo fórmulas.

Llevamos ya tiempo sufriendo la falta de originalidad de Hollywood, que últimamente abusa más que nunca de los remakes, secuelas y adaptaciones, pero desde que J.J.Abrams se inventara eso de la secuela/reboot en la magnífica Star Trek (y que Singer intentó repetir con algo menos de gracia en X-men: Días del futuro pasado) las grandes sagas parecen empeñadas en fotocopiar sus días de mayor gloria. Ahora es el turno de Piratas del Caribe: la venganza de Salazar. 
Ya acusaron al propio Abrams de hacer un remake encubierto de La última esperanza en su reactivación de la saga Star Wars en El despertar de la Fuerza. Alan Taylor lo intentó sin demasiado acierto en Terminator: Génesis y el propio Ridley Scott, que reinventó la saga Alien con Prometheus, tuvo que recular y volver a sus orígenes en Alien: Covenant.
Los últimos en pasar por el aro han sido Joachim Rønning y Espen Sandberg (pareja de directores cuyo trabajo más destacado hasta la fecha es Bandidas, aquella cosa con Penélope Cruz y Salma Hayek), que tras el desastre (de crítica, que no de taquilla) de la cuarta entrega de Piratas del Caribe: En mareas misteriosas, han tenido que repetir jugada y tratar de reiniciar la saga fingiendo que estamos ante un capítulo más de la misma. Esto es: avanzamos en la historia, pero presentando nuevos y jóvenes protagonistas que den el relevo definitivo a los antiguos (y me refiero a Will Turner y Elizabeth Swann, de Jack Sparrow no será fácil librarse) pero con una trama y una estructura que prácticamente repite los esquemas de La maldición de la Perla Negra.
Estamos, en efecto, ante otra película de maldiciones, de piratas fantasmas y de ingleses tan malos como tontainas. Los nuevos héroes (Henry Turner y Carina Smyth) son un calco de los antiguos y por ahí sigue Barbossa en el rol de ahora soy malo, ahora soy bueno. Al menos, hay que reconocer que, puestos a copiar, han copiado a la que hasta ahora sigue siendo la mejor película de la saga, la primera, y aunque se echa en falta la buena mano de Gore Verbinski, no es que el nuevo dúo de directores lo hagan del todo mal (me sobra alguna cámara lenta, pero eso ya es una cuestión personal mía). Cierto es que han prescindido de la complejidad que el realizador de Tennessee dio a su trilogía, haciendo que todo aquí esté bien mascadito no sea que alguien se pierda en la complejidad (guiño, guiño) de la trama, aunque hay que valorar que se apueste de nuevo por la frescura y la diversión, reduciendo un poco los excesos gesticulares de Johnny Deep y recurriendo a la aventura pura y dura.
Como en toda saga que se precie, Piratas del Caribe también ha apostado por el truco de las relaciones paterno filiares para poner el puntito sensible de la trama. Así, los nuevos héroes son el hijo de Will Turner (interpretado por un Brenton Thwaites que no solo se parece físicamente a Orlando Bloom, sino que es igual de soso que él) y una huérfana que nunca ha conocido a sus padres (Kaya Scodelario es probablemente lo mejor de la película, siendo ya experta en esto de los blockbusters por su protagonismo en El corredor del laberinto), con lo que se entra en el mismo juego de Star Wars, Los Guardianes de la Galaxia y tantas otras. Esto sirve tanto para abrir el nuevo camino a seguir como para cerrar tramas abiertas en capítulos anteriores y despedir como se merece a algunos personajes que no daban ya mucho más de sí.
Con estos elementos, Rønning y Sandberg hacen una película entretenida, algo alargada (pese a ser la más corta de la saga le sigue sobrando metraje) y que recupera el espíritu heredado de aquellos films tan entrañables de Errol Flynn o Burt Lancaster, aunque pasado por el visor de lo fantasmagórico. Con sus defectos, que los tiene y muchos, la película funciona bastante bien y da esperanzas de cara al futuro, con el retorno de Davy Jones a la vuelta de la esquina. Tenemos a un Sparrow algo más comedido y digerible, aunque, por el contrario (y quizá esto sea lo peor de la película) el villano inventado para la ocasión, ese fantasmagórico Salazar, flirtea demasiado con el ridículo, demostrando que Javier Bardem se está encasillado en eso de los malos esperpénticos como el Anton Chigurh de No es país para viejos (ese al menos metía miedo) o el Silva de Skyfall.
Es esta una película que dará dinero y que, casi con toda seguridad, tendrá una continuación que se esperará con más ganas tras el cambio de rumbo ofrecido. En breve tendremos la sexta entrega, lo cual parece una locura si recordamos que todo empezó con la absurda idea de adaptar a la pantalla grande una atracción del parque de Disneyland.
Muerta la originalidad, quedémonos al menos con la división.

Valoración: Seis sobre diez.