lunes, 20 de febrero de 2017

LA GRAN MURALLA, espectacular aunque ridícula

La linterna roja, La joya de Shangai o Hero son algunos de los títulos que vienen a la cabeza cuando alguien habla del director chino Yimou Zhang. Visualmente impecable, el realizador pertenece a esa generación de autores capaces de componer poesía con sus puestas en escena y sus impecables coreografías. 
En los últimos años, Yimou Zhang parecía haber mutado ligeramente, siendo su última película, Amor bajo el espino blanco, una de sus obras más intimistas. Sin embargo, su paso por Hollywood ha supuesto un retorno al cine más épico y espectacular, con una película mucho más comercial (en el sentido más blockbuster de la palabra) que aun así le permite mantener su colorido y su estilo visual.
La gran muralla china, una de las siete maravillas del mundo, parece querer aunar al país oriental con el resto de occidente, y como metáfora cinematográfica la película supone la unión entre la cinematografía china con la americana, siendo producida por Legendary, productora americana perteneciente a una filiar china (Wanda) también responsable de Warcraft.
La gran muralla cuenta la historia de dos mercenarios, un americano y un español, que son apresados por un ejército chino apostado en la famosa muralla poco antes de ser atacados por una horda de bestias de origen extraterrestres que, en caso de superar la muralla, pondrán en peligro a China y, por extensión, a toda la humanidad.
Allí, William y Tovar tendrán que debatirse entre robar la pólvora a los chinos (una nueva arma que os `puede hacer ricos) o ayudarles a luchar y defender la muralla.
No nos vamos a engañar: la historia es un completo sinsentido. No hay casi nada que suene a lógico en un despropósito de guion que resulta más ridículo a cada minuto que pasa y con un desarrollo de personajes tan torpe como simple. Sin embargo, muchas de estas situaciones absurdas tienen un claro objetivo: quedar a disposición de la fantasía de Yimou Zhang y su despliegue visual. Con el dinero que le han dado los americanos y la manga ancha que parece haber tenido para la puesta en escena, el realizador compone espectaculares batallas, sin renunciar a los juegos de color a los que nos tiene acostumbrados, y se recrea con la presencia de unas criaturas bastante bien diseñadas. 
Más próxima a las batallas épicas de la Tierra Media que a los combates de Warcraft, la película avanza de afrenta en afrenta con espectacularidad y diversión, consiguiendo que incluso personajes tan irrelevantes como el interpretado por Willem Dafoe (aún no sé qué pinta en esta peli) no lleguen a molestar demasiado.
Me preocupa como Hollywood está empezando a poner sus ojos en escritores de bajo nivel con obras más divertidas que brillantes, y si la trama de Batman, la LEGO película urdida por Seth Grahame-Smith (que se hizo famoso por su novela Orgullo y prejuicio y zombies) es para mí un lastre para el film, La gran muralla parte de un argumento igual de torpe de Max Brooks, el autor de Guerra Mundial Z
La pregunta que debemos hacernos a la hora de enfrentarnos a esta película es si nos compensa soportar una ristra de sinsentidos y torpezas argumentales infinita a cambio de acción bien narrada y espectáculo visual o no. Y a mí, personalmente, que la propia muralla sea un absurdo y que las tácticas del ejército chino sean tan chuscas como inútiles me importan bien poco a cambio de ver a las mujeres guerreras vestidas de azul saltando al vacío para enfrentarse a sus enemigos lanzas en mano o el ejército de globos elevándose al firmamento.
Por eso, el mayor acierto de Legendary es permitir que esta sea una película de Yimou Zhang antes que una película de Matt Damon. Eso es lo que la salva.

Valoración: seis sobre diez.

JACKIE, Natalie Portman salva la función.

Resulta curioso que se haya elegido para realizar una película sobre un icono tan americano como Jacqueline Kennedy a un realizador chileno como Pablo Larraín, por más que su último trabajo como director sea también una obra pseudobiográfica como Neruda.
Con todo, Jackie no es un biopic al uso, ya que no trata de explicar la vida de la primera dama más famosa de los Estados unidos, sino que plantea como fueron los días posteriores al asesinato de su marido en Dallas.
Jackie Kennedy fue toda una celebridad, por más que esa fama no se deba ni a su influencia política en el trabajo del Presidente ni por sus actos benéficos. Fue, precisamente, tras la muerte de JFK cuando su figura tomó relevancia por su empeño en proteger la memoria de su marido y asegurarse de que tuviese un funeral a la altura de las circunstancias, y en ello se basa Larraín para su película.
Lamentablemente, el que el director chileno se centre en esas pocas horas para definir la figura de la Kennedy no justifica la poca definición del personaje. Está muy bien saber qué hizo la primera dama, pero no queda del todo claro el porqué, no estando suficientemente justificadas sus acciones como para hacerse una idea clara de sus pensamientos.
Quizá consciente de las debilidades de un guion que peca de plano y reiterativo, Larraín apuesta por confiar ciegamente en su actriz protagonista, y ahí sí acierta de pleno. Natalie Portman, gran actriz donde las haya, soporta sin ningún problema unos primeros planos constantes, una cámara que la sigue haciéndola casi omnipresente en toda la película y le brinda la posibilidad de lucir todo un repertorio de expresiones que ella acepta con sumo grado. La actriz compone una interpretación de matices cuasi perfecta, convirtiéndose en el foco de atención de la película y siendo ella, y solo ella, quien la eleva muy por encima de lo que merece como simple vehículo narrativo.
Sin ella, Jackie sería una película vacía, un simple retrato no carente de interés, pero frío y distante sobre los preparativos de un funeral de estado. Su personaje se empeña en comparar en todo momento la figura de su marido con la del Presidente Lincoln, y quizá eso invita a comparar la propia película con La conspiración, aquel film de Robert Redford sobre los acontecimientos inmediatamente posteriores al asesinato de Lincoln, y en tal caso, solo Portman es capaz de marcar las diferencias y dar vida a una película de sin su elegancia y dolorosa presencia sería ligeramente teatral o televisiva. Unas diferencias que podrían suponerle un nuevo Oscar, o por lo menos la firme oposición ante la favorita Emma Stone.
Más allá de la interpretación de la actriz y de servir para despedir en pantalla al gran John Hurt, la película aporta demasiado poco como para destacarla demasiado, más allá de poder conocer las intimidades de la Casa Blanca y ofrecer una banda sonora tan extraña como absorbente.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 19 de febrero de 2017

RINGS, justita y poco más.

No sabíamos nada del director F. Javier Gutiérrez desde su interesante debut en 2008 con la inquietante Tres días. Por eso sorprende verlo ahora, tras ocho años desaparecido, debutando en Hollywood con una película franquicia como es Rings, tercera entrega de la saga que versiona a la nipona Ringu.
Pocas expectativas provocaba esta película donde lo único mínimamente destacable estaba en sus secundarios, con Johnny Galecki (el divertido Leonard de The Big Bang Theory), Alex Roe (insoportable en La quinta ola) y Vicent D’Onofrio en cabeza, aunque la italiana protagonista, Matilda Anna Ingrid Lutz, sea una completa desconocida.
Sin Naomi Watts ya en el reparto, la película es una vuelta de tuerca al tema de la película de VHS con inquietantes imágenes que provoca una maldición en quien la ve, haciendo que fallezca a los siete días.
Poco se puede exprimir ya de esta saga, más tras haber sufrido en Sitges la fantochada que juntaba a Sadako (versión japonesa de la Samara de aquí) contra Kayako, la monstruito correspondiente a la franquicia de La maldición. Consciente de ello los guionistas de Rings han tratado de trenzar una historia algo más sencilla de lo habitual, con algún interesante giro de guion pero sin retorcidos recovecos confusos e incomprensibles. Para ello, entremezcla realidad e ilusión para poder jugar con las imágenes (potente la escena de la lluvia cayendo hacia arriba) sin perder la verosimilitud, a la par que juega con las nuevas tecnologías digitalizando la maldición y creando una cadena de favores, como si de una red social mortal se tratase, para tratar de combatirla.
No hay mucho donde rascar en Rings, pero lo poco que tiene lo ofrece con sinceridad y si recuerda uno que no debe esperar demasiado de ella es capaz de entretener y hacer que su visionado sea, al menos, aceptable e incluso entretenido, con algún susto que funciona y una ambientación bien conseguida.

Valoración: Cinco sobre diez.

BATMAN, LA LEGO PELÍCULA, confusa y cansina

Hace un par de años la compañía LEGO, Warner mediante, realizó una simpática película basada en sus populares juguetes (que ya tenían diversas adaptaciones en videojuegos y producciones de DVD) que tenía un punto de originalidad (pese a que a mí no me llegó a seducir) y que encumbró a sus directores y guionistas Phil Lord y Christopher Miller.
Ya comenté en su momento que la aparición de Batman estaba entre lo mejor del film, y algo parecido debieron pensar en la compañía cuando su siguiente propuesta en formato grande es precisamente una película en solitario del sombrío superhéroe. No están en esta ocasión ni Lord ni Miller, siendo sustituidos por Chris McKay en la silla de director y por un grupito de guionistas encabezados por el inefable Seth Grahame-Smith. Y pese a las expectativas que desprendía el tráiler, parece que han perdido con los cambios.
Batman es el dueño absoluto de esta aventura, por más que la práctica totalidad de superhéroes y villanos de DC se paseen por ahí, y el film tiene un interesante arranque con un gran sentido del humor, ácido y corrosivo, con un ingenioso metalenguaje capaz de unificar todas las encarnaciones anteriores del Caballero Oscuro en una misma secuencia.
Analizando Batman, la LEGO película como una comedia de gags, la cosa funciona bastante bien, con momentos desternillantes como la fiesta en la Fortaleza de la Soledad, pero Warner/DC se empeña en cometer una y otra vez los mismos errores, incluso en animación, y a medida que avanza la película la historia deriva en una epopeya de acción y destrucción, buscando la espectacularidad por encima del humor. Es entonces cuando todo se me viene abajo, llegándome a cansar sobremanera tantos bloques de construcción saltando por los aires, llegándome a parecer la acción confusa y la trama aburrida.
No me enganchó para nada la trama de la amenaza a Gotham, la cansina insistencia del Jocker en remarcar su necesidad de sentirse importante en la vida de Batman me pareció agotadora y la película, como sucediera con la LEGO película, terminó por desesperarme y aburrirme.
Quizá cometí el error de esperar demasiado de la película. Quizá olvidaba que es un producto básicamente infantil. O quizá, simplemente, me parece una estupidez un mundo formado por bloques de LEGO. Tras las alabanzas de la película de Lord y Miller y la buena acogida que ha tenido esta, debo claudicar definitivamente de este género y resignarme a que las películas de superhéroes de Warner se limiten siempre, en cualquier género, en una sucesión interminable de explosiones.
Puede que muchos disfruten de esta película, pero desde luego no va conmigo.
Otra vez será.

Valoración: Tres sobre diez.

CINCUENTA SOMBRAS MáS OSCURAS: Oscuramente aburrida.

Hace exactamente dos años, coincidiendo también con la impostada celebración del día de San Valentín, el mundo pareció detenerse con el estreno más amado/odiado del año. Cincuenta sombras de Grey se convirtió en un fenómeno social y las mujeres hacían quedadas para hacer que la película arrasara en taquilla en el fin de semana del estreno mientras la crítica la vapuleaba sin piedad, definiéndola como la peor obra del año. No fue para tanto (ni una cosa ni la otra), y aunque el título de Sam Taylor-Johnson era muy mediocre tampoco era para provocar ese odio desmesurado por parte de quien pretendía ver en ella (nunca entenderé porqué) una fallida copia de Nueve semanas y media.
Habiendo tomado apuntes, y con Tylor-Johnson poniendo pies en polvorosa, la productora ha querido subir el listón para esta segunda entrega de las novelas de E.L. James y apostar por más escenas de sexo (una de ellas en la ducha, que no son unas escaleras bajo la lluvia pero lo quieren parecer) y sumando a Kim Basinger al reparto.
¿El resultado? Pues efectivamente han logrado cambiar las cosas. Pero para empeorar. Esta sí podría ser la peor película del año (o estar entre las candidatas, al menos), con unos diálogos que dan vergüenza ajena y una narrativa que, simplemente, carece de ritmo.
Es difícil definir lo que es una mala película pues lo que a unos repele a otros puede emocionar, pero parece bastante claro que si hay algo que define a Cincuenta sombras más oscuras es lo insoportablemente aburrida que es. La oscuridad que promete el título no está por ningún lado, siendo esta una historia totalmente plana que no avanza en ningún momento y que no deja de ser una muestra de las peores comedias románticas del montón envueltas con un lacito (de cuero negro, eso sí) para que luzca mejor. Jamie Dornan (que en Operación Anthropoid demostró que tampoco es tan mal actor) sigue siendo un Christian Grey horrible y hasta Dakota Johnson, lo más fresco y destacable de la anterior película, parece trabajar aquí con el piloto automático, como si, ya lanzada al estrellato, esta fuese un simple trabajo alimenticio que no le interesara en absoluto.
James Foley, quien dirigiera a Madonna en ¿Quién es esa chica? allá por el 87 y no lograse destacar demasiado desde entonces, se hace cargo de esta adaptación donde no hay ni rastro de cualquier atisbo de personalidad en su puesta en escena, malogrando las diversas subtramas que intentan elevar mínimamente el interés (la antigua sumisa, el accidente del helicóptero, el personaje de la Basinger), pero que se resuelven de forma vacía y precipitada, como temiendo entorpecer a la insulsa historia entre Anastasia y Christian, que dan verdadera pena y demuestran lo incompetente que puede llegar a ser el pobre de Foley. 
Nada parece importar más que meter con calzador escenas de sexo, nada sensuales por cierto (alguien ha comentado que Dornan hace un verdadero catálogo de cómo hacer el amor sin llegar a quitarse los pantalones), donde el tema de la dominación que al menos debería reflejar la oscuridad del protagonista ha quedado ya muy diluido, desdibujando más si cabe a los personajes. 
Al final, todo se reduce de nuevo a lo mismo: quiere hablar del poder del sexo, pero en realidad lo que muestra es el poder del dinero.
Cincuenta sombras más oscuras se ha convertido, definitivamente, en un vehículo para hacer pasta, sin que haya el más mínimo esfuerzo por parte de sus integrantes en mostrar un ápice de talento y donde el ridículo abunda por doquier (y no puedo dejar de insistir en la escena del helicóptero, desastre fílmico donde los haya y la peor resolución de un momento dramático que he visto jamás en el cine). Y eso por no mencionar al villano de opereta que se anuncia para la inevitable tercera entrega.
Si Cincuenta sombras de Grey no resultaba tan provocativa como a algunos les habría gustado, Cincuenta sombras más oscuras es anodina e insulsa, un ejemplo del vacío más absoluto, sin poder destacar ni la música de mi admirado Danny Elfman ni la fotografía, habitualmente cumplidora, de John Schwartzman. Un desastre absoluto.
Esta vez, la película no es solo mala.  Es, sencillamente, inexistente.

Valoración: Dos sobre diez.

BALLERINA, maravilla musical

Si echamos un vistazo al cine actual y pretendemos unir dos referentes básicos como las historias de superaciones musicales y la música podemos pensar fácilmente en Damien Chazelle. Tras dirigir hace un par de años la historia de un chico dispuesto a sacrificarlo todo por lograr ser batería de jazz en Whiplash, ahora triunfa con esa encantadora pareja que aspira (ella) a triunfar en Hollywood o (él) resucitar el jazz a través de su piano con La la land, que en una semana justa arrasará en los Oscars.
No, Chazelle no tiene nada que ver con la película de animación francesa Ballerina, pero no son pocos los elementos de su cine que se encuentran en esta deliciosa obra de Eric Summern y Éric Warin, que bien podría identificarse como la La la land para niños, cambiando el jazz por el ballet.
Ambientada en el París de 1888, Ballerina cuenta la historia de Felicia y Víctor, dos niños huérfanos que escapan de su orfanato con la ilusión de convertir París en el lugar donde los sueños se hacen realidad. Ella quiere ser bailarina, él inventor, y no dudarán en alcanzar suficientes dosis de sacrificio para conseguir sus propósitos, incluso (como en la peli de Chazelle) renunciando a su propia identidad o incluso despreciando la amistad (aquí lo del amor es más insinuado que otra cosa) que los une.
Con una animación mucho más rudimentaria en lo que a detallismo con los personajes se refiere que a la que nos tiene acostumbrados Disney/Pixar pero con un preciosismo magistral en las localizaciones parisinas, la película es un canto a la lucha por cumplir los sueños, una herejía sobre el precio a pagar por alcanzar una meta y los muertos (en sentido figurado, claro) que hay que dejar por el camino y, finalmente, una inevitable reflexión sobre la amistad y la confianza que no por predecible deja de emocionar. Configurada como una carta de amor al mundo del baile, Felicia personifica a la heroína moderna (sin caer en mensajes feministas innecesarios), independiente y obcecada, capaz de equivocarse, pero también de aprender de sus errores, consiguiendo transmitir su pasión más allá del propio ballet y sirviendo como metáfora hacia cualquier propósito de la vida por el que valga la pena luchar.  De esta manera, cayendo en un guion sencillo y con muchos recursos reconocibles (el mismo defecto, por cierto, que tiene la propia La la land), el film logra ser una estupenda cinta de animación para cualquier edad, logrando divertir y emocionar y transmitiendo sus buenas vibraciones y optimismo al espectador.
Cabe mencionar, como principal defecto, que ese amor por el ballet como baile no se transmite también hacia su música, estando Ballerina cargada de referencias pop que sin duda ayudarán a la identificación con los más pequeños pero que en cierto modo enturbia (e incluso prostituye) el mensaje final, pecando en este aspecto de cobarde y simplista.
Con todo, Ballerina es una película deliciosa cuyas carencias técnicas son suplidas por la emotividad y la representación de un majestuoso y bello París.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 5 de febrero de 2017

GOYAS 2017: Monstruosa tarde de Emma Suárez.

Anoche se celebró la 31 ceremonia de los premios de la Academia del Cine Español, los “cabezones” con los que se corona el año cinematográfico patrio y sorpresas, la verdad, es que no hubo demasiadas.
Poco a poco Dani Rovira le va cogiendo el tranquillo, y aunque su presentación no me parece a la altura de sus mejores monólogos la cosa ha mejorado con respecto a los dos años anteriores, aunque su mejor momento ha sido el beso con Karra Elejalde.
Se han portado bastante bien los premiados en los agradecimientos y la gala ha sido relativamente ágil, con escasas interrupciones, gracias en parte a sustituir las clásicas actuaciones por una orquesta en directo, aunque sí hubo una canción, interpretada por Adrian Lastra y Manuela Vellés. Sí ha habido, no obstante, algún fallo técnico, como bajadas de sonido, un corte publicitario inesperado o la mala colocación del emotivo bloque “in memoriam”.
Respecto a los premios, ya desde el primer momento la cosa olía a que Un monstruo viene a verme iba a arrasar en el apartado técnico, pero poco más. La película de Bayona iba con la directa consiguiendo los siete de las siete primeras nominaciones que tenía, pero entonces llegaron las consideraciones más artísticas y a otra cosa, mariposa. Pero no fue así, y este año ha tocado un podio bastante repartido en el que Bayona se ha quedado con la estatuilla al mejor director. Unas horas antes, Raúl Arévalo ganaba el Goya al mejor director novel.
Los actores revelaciones fueron para Anna Castillo y Carlos Santos, siendo el discurso de la primera de lo mejor de la gala, gracias a su espontaneidad, que me recordó mucho al caso del año pasado con Irene Escobar. Mientras Elle (ninguneada en los Oscars) era designada la mejor película europea y El ciudadano ilustre la mejor latinoamericana, Silvia Pérez Cruz se llevaba el premio a la mejor canción.
Un monstruo viene a verme perdió su primer premio cuando el de mejor secundaria fue a parar a Emma Suarez y no a sigmouney Weaver, mientras el de mejor guion adaptado que fue a parar a El hombre de las mil caras se empezaba a demostrar la teoría. El mejor actor secundario fue para Manolo Solo y el mejor guion original Tarde para la ira.
La noche llegaba a su recta final a falta de los cuatro premios gordos, y a la sorpresa del mejor director que se llevó Bayona hay que añadir el tremendo triunfo de Emma Suarez al hacer doblete. De secundaria por La segona pell a protagonista para Julieta. Era el premio de consolación para Almodóvar, precisamente quien le entregó el cabezón a su actriz.  
Sin tiempo para mucha sorpresa más Roberto Álamo se alzaba con el premio al mejor actor por Que Dios nos perdone y dejaba el paso libre para que Tarde para la ira completase su éxito siendo nombrada la mejor película. Así, los cuatro premios importantes iban a parar a cuatro títulos diferentes, promoviendo una variedad que no se esperaba antes de la ceremonia.
Por en medio, el discurso algo llorón de Mariano Barroso y el torpe castellano de Yvonne Blake (vicepresidente y presidenta, respectivamente, de la academia), el Goya de honor a Ana Belén, alguna alusión inevitable a la falta de apoyo del gobierno y algún chiste aislado a costa de Trump.
En resumen, Tarde para la ira se puede considerar la vencedora moral, al haber ganado la mejor película y el mejor director novel, además de guion original y actor de reparto), aunque en número de estatuillas vence Un monstruo viene a verme, con un total de nueve (director, montaje, sonido, efectos especiales, música, dirección de producción, dirección artística, maquillaje y fotografía) De los técnicos solo se le ha escapado el de vestuario, que ha ido a parar a 1898, Los últimos de Filipinas. El hombre de las mil caras se ha tenido que conformar con dos premios, actor revelación y guion adaptado, y con uno se han quedado Julieta, La segona pell, El Olivo (actriz revelación), Que Dios nos perdone (actor protagonista) y Cerca de tu casa (canción).
Han sido tres horas de ceremonia que no se ha hecho demasiado pesada pese a la poca emoción del principio con ese carro de premios para Un monstruo viene a verme y con Dani Rovira como otro de los triunfadores de la noche.

La gran derrotada, La reina de España, que se va de va de vacío.

A continuación, el listado completo:
Mejor Película: Tarde para la ira
Mejor Dirección: Juan Antonio Bayona - Un monstruo viene a verme
Mejor Dirección Novel: Raúl Arévalo - Tarde para la Ira
Mejor Guion Original: David Pulido y Raúl Arévalo - Tarde para la ira
Mejor Guion Adaptado: Alberto Rodríguez y Rafael Cobos - El hombre de las mil caras
Mejor Actor Protagonista: Roberto Álamo - Que Dios nos perdone
Mejor Actriz Protagonista: Emma Suárez - Julieta
Mejor Actor de Reparto: Manolo Solo - Tarde para la ira
Mejor Actriz de Reparto: Emma Suárez - La próxima piel
Mejor Actor Revelación: Carlos Santos - El hombre de las mil caras
Mejor Actriz Revelación: Ánna Castillo - El olivo
Mejor Música Original: Fernando Velázquez - Un monstruo viene a verme
Mejor Canción Original: Ai, ai, ai de Silvia Pérez Cruz - Cerca de tu casa
Mejor Dirección De Producción: Sandra Hermida Muñiz - Un monstruo viene a verme
Mejor Dirección de Fotografía: Óscar Faura - Un Monstruo viene a verme
Mejor Montaje: Bernat Vilaplana y Jaume Martí - Un monstruo viene a verme
Mejor Dirección Artística: Eugenio Caballero - Un monstruo viene a verme
Mejor Diseño de Vestuario: Paola Torres - 1898. Los últimos de Filipinas
Mejor Maquillaje y Peluquería: David Martí y Marese Langan - Un monstruo viene a verme
Mejor Sonido:  Oriol Tarrago y Peter Glossop - Un monstruo viene a verme
Mejores Efectos Especiales: Pau Costa y Félix Bergés - Un monstruo viene a verme.
Mejor Película De Animación: Psiconautas, los niños olvidados
Mejor Película Documental: Frágil equilibrio - Guillermo García López
Mejor Película Iberoamericana: El ciudadano ilustre - Gastón Duprat y Mariano Cohn
Mejor Película Europea: Elle - Paul Verhoeven
Mejor Cortometraje De Ficción Español: Timecode - Juanjo Giménez Peña
Mejor Cortometraje De Animación Español: Decorado - Alberto Vázquez
Mejor Cortometraje Documental Español: Cabezas Habladoras - Juan Vicente Córdoba
Goya de Honor: Ana Belén

sábado, 4 de febrero de 2017

LA LUZ ENTRE LOS OCÉANOS, aceptable melodrama algo postizo

Derek Cianfrance es un director estadounidense especializado en melodramas en los que profundiza en la carga emocional de sus personajes, como demostrara en Blue Valentine o en Cruce de caminos. En La luz entre los océanos se encarga él mismo de adaptar para la pantalla la novela de M.L. Stedman buscando esos mismos patrones.
Tom Sherbourne es un excombatiente de la Primera Guerra Mundial que, cansado del sufrimiento y la muerte que ha podido contemplar acepta un trabajo temporal como vigilante de un faro en una pequeña isla australiana, un lugar aislado del mundo donde espera conseguir la soledad necesaria para poner en paz su propia alma. Sin embargo, no podrá evitar enamorarse de una joven del pueblo más cercano y ambos deciden casarse e iniciar una vida en conjunto en esa isla tan solitaria como aterradoramente hermosa, lugar propicio para formar una familia. Pero las cosas no suceden siempre como uno espera.
Cianfrance abusa en ciertos momentos de trucos efectistas (como los primeros planos de los personajes lagrimeando o la música de Desplat subrayando cada escena emocional) para recargar las tintas del drama y tratar de buscar el desconsuelo del espectador, y es quizá este el punto más débil de una obra que por otro lado resulta potente e hipnótica y que tiene sus mejores bazas, junto a las panorámicas espectaculares de la isla, en su trio protagonista.
No es este momento de destacar las cualidades interpretativas de ninguno de los tres actores que componen este triángulo emocional, Michael Fassbender, Alicia Vikander y Rachel Weisz, pero es de agradecer que los tres se tomen muy en serio sus personajes, logrando evitar que, con la sobresaturación dramática que busca insistentemente Cienfrance, caigan en el ridículo.
La película arranca con muy buen pie, con una historia de amor algo impostada por su rápida consumación pero que, si se analiza bien, no tiene nada que desmerecer a los flechazos instantáneos de Romeo y Julieta o Jack y Rose en Titanic, pero a medida que la trama se complica con la llegada de un bebé (no quiero entrar en detalles, aunque muchos tráilers ya se encargan de destripar los giros) el melodrama empieza a sonar un poco forzado, casi simplón, recordando por momentos a las historias empalagosas de Nicholas Sparks, aunque con un tono más maduro.
Le oído verdaderas pestes sobre el film, cosa que no comprendo. Cierto que Cianfrance busca de forma insistente y hasta exagerada la magnificencia, como si estuviese contando la historia de amor y dolor definitiva, y desde luego no es para tanto, y aunque no consiguiese sacar una sola lágrima del que suscribe (últimamente me emociono más con las historias optimistas como la de Figuras Ocultas que con el regocijo en el dolor ajeno), tiene momentos de verdadera emoción y, cuando menos, mantiene la intriga sobre su desconcertante desenlace hasta el final.
Cienfrance va un poco se sobrado, vale, y eso afecta a la película con un tono de presuntuosidad que, sin embargo, no termina por empañarla tanto como le sucede a Sean Penn en Diré tu nombre. Además, el uso del paisaje, por más intencionadamente manipulador que pretenda ser, es efectivo y tras un momento intermedio en que la historia amenaza con deambular por la simpleza sentimental al final se impone un aroma de intriga que, si bien no alcanza al arranque emocional, sin hace reflotar el film y dejar al espectador con la sensación de haber disfrutado de una historia emocionante y descorazonadora.

Valoración: Seis sobre diez.

DIRÉ TU NOMBRE, floja denuncia social, horrenda historia de amor

Seguimos con la racha de estrenos de películas dirigidas por actores, pero tras los impecables trabajos que son (para mí) Hasta el último hombre de Mel Gibson y Vivir de noche de Ben Affleck el caso que nos ocupa es la excepción que rompe la regla y Sean Penn, quien en ocasiones anteriores ha demostrado tener buena mano tras las cámaras, patina claramente en este drama romántico y pretencioso que es Diré tu nombre.
A priori, tras juntar a un director ganador de un Oscar con dos protagonistas también con sendas estatuillas, en una historia de amor apasionado y denuncia social, uno podría preguntarse ¿Qué puede salir mal? Pues lamentablemente, casi todo.
Diré tu nombre cuenta la historia de dos integrantes de una ONG (médicos del mundo) que se conocen en África y se enamoran, aunque la cosa no termina de salir del todo bien. No, no se asusten, no es ningún spoiler, este es el principio, ya que Penn elige, no tengo muy claro con qué propósito, explicar su historia en dos líneas temporales, anticipándonos más o menos el desenlace y saltando aleatoriamente entre presente y pasado sin orden ni concierto.
Cierto es que el film sirve para denunciar las atrocidades que suceden en muchos países africanos y para mostrar el drama de los refugiados de guerra, pero uno no puede tener la sensación de que en realidad se está buscando más el postureo, el demostrar lo “guay” que es Sean Penn por hacer este cine comprometido y valiente, que no el realizar en verdad un film comprometido y valiente. Aun así, es esta parte bélica y atroz la que mejor funciona, estando dirigida con mano más o menos firme y contando con la colaboración de dos secundarios de lujo que tampoco es que estén muy bien aprovechados: Jean Reno y Jared Harris.
El problema es que por momentos es la historia de amor, el melodrama más simplista y pasteloso, el que domina la trama, trivializando el sufrimiento de los refugiados y prostituyendo las posibles lecturas bienintencionadas que se pudieran pretender buscar en la película. Para ello, además, se ayuda de dos actores que no parecen tener química alguna como pareja y que no son capaces en ningún momento de sacar adelante un guion torpe y unos diálogos de vergüenza ajena. Javier Bardén borda el ridículo en muchos momentos del film, mientras que me apena mucho ver a una actriz magnífica como Charlize Theron metida en este fregado. De ella, y perdonen si les parece este un comentario demasiado machista, lo mejor que se puede decir es que está espectacularmente bella, como siempre. Nada más se puede rascar de sus interpretaciones.
Penn llevaba más de una década alejado de las cámaras y está claro que no ha elegido ni el mejor momento ni el mejor proyecto para regresar. Con mucha generosidad uno puede aguantar su alargado metraje como acto de restricción y quizá si a la salida del cine alguien se anima a colaborar económicamente con alguna de estas ONG’s ya habrá valido la pena la película, pero eso no justifica un despropósito que busca con insistencia la lágrima fácil y el desconsuelo pero encuentra sobretodo el ridículo y la comedia involuntaria (véase la escena del cepillado de dientes, por ejemplo).
Una verdadera lástima…

Valoración: Tres sobre diez.

MANCHESTER FRENTE AL MAR, dolorosamente hermosa.

La muerte es un elemento característico en el cine, habitual denominador común en un drama y que sirve en muchas ocasiones como motor alrededor del cual gire una historia. Hay muchos tipos de muertes y Kenneth Lonergan ha reunido en Manchester frente al mar a algunas de ellas.
Hay muertes violentas y dolorosas por su crueldad, muertes apacibles y esperadas y hay, también, muertes en vida, quizá las más angustiantes de todas.
Este es el caso del protagonista, Lee Chandler, interpretado con contenida maestría por un Cassey Affleck a las puestas del Oscar. Al arrancar el film nos encontramos con un tipo solitario, amargado e irritable, un desgraciado con el que resulta difícil empatizar y que provoca más rechazo que cariño. Por eso, cuando la trama gira alrededor de la muerte de su hermano y el descubrimiento de que él debe convertirse en el tutor legal de su sobrino todo parece indicar que nos encontramos ante el clásico esquema de dos generaciones enfrentadas que terminarán aprendiendo una de la otra y que el tal Lee recuperará su humanidad perdida gracias a la influencia del chaval y a la impuesta responsabilidad.
Pero no va por ahí el film de Lonergan. Entremezclando con bastante acierto flashbacks que nos muestran el pasado de Lee vamos a ser capaces de comprender su dolor, sus miserias, lo que lo ha llevado a estar, como decía al principio, muerto por dentro.
Quizá el mayor acierto de Lonergan sea no pretender jugar con el espectador y reservarse el mayor impacto dramático para el final, poniendo las cartas sobre la mesa con suficiente antelación como para que el vacío de Lee se nos contagie durante su historia, no al final de la misma en un truco efectista de baratillo.
Manchester frente al mar no va, al final, sobre la responsabilidad hacia una impostada paternidad. No solo de eso, al menos. Hay mucho más. Es una película sobre el amor, sobre enfrentarse al dolor, sobre la pérdida y el abandono. Es, en fin, sobre cómo enfrentarse a la vida aun cuando no deseas esa vida para nada.
Manchester frente al mar (cuyo título hace referencia a una población de Massachusetts, no confundir con la ciudad británica) es una película de cocinado lento, que se no tiene prisa para llegar hasta su conclusión, sabedora de que necesita tomarse su tiempo para resituar en el presente a todos los personajes enfrentados a ese pasado desgarrador. 
Por eso, junto a su abrupto final, muchos espectadores puedan sentirse algo insatisfechos tras su visionado. Pero, a diferencia de otros dramas recientes, como Lion o Loving, en los que la paleta de sentimientos se muestra durante la proyección, buscando emocionar en la misma sala de cine, Manchester frente al mar prefiere dejar poso en los espectadores, invitando a regresar a esos personajes con los que finalmente (y quizá incluso a nuestro pesar) hemos logrado empatizar y regresar a sus sentimientos y motivaciones incluso mucho después de finalizar el film.
Así, es posible disfrutar (es un decir) mejor de la película horas después de verla, tras dejarla reposar en nuestros corazones, para entender hasta qué punto la sencillez de la historia y la aparente apatía con la que el pequeño de loa Affleck afronta su personaje nos puede llegar a cautivar.
Junto a Cassey Affleck está Michelle Williams, esa actriz que parece que no trabaje mucho pero cada vez que se asoma por una pantalla es para hacer una interpretación de Oscar. Apenas unos minutos de metraje le bastan para expresar con palabras y gestos todo lo que Lee calla con su mirada. El desconocido Lucas Hedges hace también una soberbia interpretación en el papel de Patrick, el sobrino que mueve todo el conflicto, y aparecen también Kyle Chandler y un casi anecdótico Matthew Broderick.
Manchester frente al mar es sin duda la gran rival de La La Land en la ya cercana ceremonia de los Oscars, y aunque no creo que vaya a tener fuerza para robarle la gloria, algo sin duda conseguirá rascar. La estatuilla para Affleck parece, casi casi, garantizada.

Valoración: Ocho sobre diez.

RESIDENT EVIL: EL CAPÍTULO FINAL, una conclusión discreta pero aceptable

Si hay dos sagas cinematográficas que parecen hermanadas (más allá de los forzados “versus” que unieron a Aliens y Depredadores por un lado y a Freddy y Jason por otro) son Resident Evil y Underworld. Ambas nacieron a partir de una película pequeña pero que no estaba para nada mal, dirigidas por directores poco conocidos, pero con un evidente sentido de la diversión y con protagonistas femeninas aguerridas y sexys que, para más inri, estaban interpretadas por la esposa del propio director. Con el paso de los años ambas han ido dando muestras de agotamiento y ahora, en este inicio del 2017, con apenas unas semanas de distancia, ambas presentan el supuesto cierre de sus franquicias.
Si Underword: guerras de sangre era algo justita e incluso decepcionante como supuesto broche de oro a la saga, no es que Resident Evil: el capítulo final tenga unas virtudes mucho mayores. Sin embargo, alguna hay, aspirando a estar un puntito por encima de su competidora.
Con Paul W.S. Anderson de nuevo tras las cámaras (se ha ausentado en dos de los capítulos de la serie) y el guion y con Milla Jovovich como imprescindible Alice, hay que reconocerle al menos al film su verdadero espíritu de cierre, esa fiesta que recupera a algunos personajes perdidos durante la tambaleante saga, que trata de dar respuestas a las muchas preguntas que quedaban por el camino y con una conclusión (epílogo aparte) que sí concluye con la trama río como no lo termina de hacer Underword: guerras de sangre.
Si el primer Resident Evil (allá por un lejano 2002) era la más aterradora de la saga (salvo alguna licencia aislada era una peli de zombies casi tradicional) esta posiblemente sea la más entretenida y con un sentido (desmesurado y loco, eso sí) de la épica más pronunciado. Es evidente que todos los componentes del film saben que están ante una despedida y eso hace que se tomen bastante en serio su cometido, empezando por una Jovovich entregada en cuerpo y alma que ha logrado que un personaje de rumbo tan errático como esta Alice se convierta en un icono del cine. Resident Evil: el capítulo final busca en todo momento una espectacularidad a la que sus antecesoras solo lograban aspirar en sus desenlaces finales, habituales cliffhangers que parecían olvidados (por motivos presupuestarios, imagino) en la siguiente entrega, dejando que las prometidas batallas se desarrollen al final en off. Aquí, por lo menos, encontramos verdaderas hordas de zombies, potentes máquinas de guerra, monstruos de chulos diseños y explosiones a tutiplén, amén a unas coreografías de luchas cuerpo a cuerpo (en especial entre la Jovovich y el villano que interpreta Iain Glen) que me hacen pensar una vez más lo desaprovechados que estaban Tony Jaa y Donnie Yen en la insufrible xXx; reactivado.
Sin embargo, hay dos graves errores en este Resident Evil epitáfico que impiden que uno disfrute de la película como debería: por un lado el guion es de un absurdo exagerado. Y no me refiero a que la trama de la historia sea mala (ya he dicho que se esfuerza en cerrar cabos y, ¡qué demonios! esto es Resident Evil, tampoco vamos a pedir algo a la altura de Trumbo, ¿no?), sino a situaciones como los carros de combate disparando con todo a una Alice que huye en moto por una carretera recta sin que consigan alcanzarla, la trampa sobre la cuenta atrás que mueve toda la película o la amenaza del villano de destruir la vacuna del virus que él necesita tanto como la protagonista, demasiado evidentes como para pasarlas por alto. Todo ello se podría justificar en favor de una cosa: la aventura visual es más importante que la narrativa. 
Y estaría dispuesto a comprarlo si no fuese porque ese es el segundo error que lastra la película: que Anderson se empeña en hacer un montaje precipitado y errático que hace que muchas de las escenas de acción sean confusas, costando realmente distinguir lo que sucede en pantalla. Eso hace que las peleas luzcan menos de lo deseado y que los bichos mencionados (mucho menos digitales y ridículos que los de entregas anteriores) apenas puedan apreciarse. Estoy tratando de recordar, por ejemplo, un solo plano donde veamos bien a ese dragón zombie del arranque de la película. Esto, junto al abuso de escenas oscuras hacen que el espectáculo no lo sea tanto, aunque de nuevo imagino que es el precio a pagar por querer hacer cosas muy espectaculares con un presupuesto discreto (apenas cuarenta millones) en una producción que, no hay que olvidar, no pertenece a Hollywood, sino que es, como toda la saga, de nacionalidad alemana (aunque hay coproducción canadiense, australiana y francesa) y que Cadcom posiblemente prefiera invertir en sus juegos antes que en sus películas.
Al final, aunque desde sus comienzos Resident Evil se consolidó como una de las mejores películas basadas en videojuegos (lo que tampoco es un gran mérito, viendo contra qué compite), que esta sea una de las mejores películas de la saga demuestra lo flojita que en líneas generales es esta, dejando todo el rato con la sensación de que podría haber un gran espectáculo festivalero que al final sabe a poco.
Lo mejor, la oportunidad de volver a ver, tras su embarazo, a Milla en pantalla, lo cual siempre es motivo de regocijo, y la oportunidad de dar un papel más jugoso y con más metraje al magnífico Iain Glen (uno de mis actores favoritos de Juego de Tronos), y la posibilidad de reencontrarse con lugares conocidos que, por lo menos, homenajean a la propia serie y dan una sensación de empaque más o menos bien planificado.

Valoración: Seis sobre diez.