sábado, 6 de agosto de 2022

Visto en Disney+: PREDATOR: LA PRESA

A riesgo de repetirme demasiado, estamos ante otro caso evidente de película que vamos a lamentar no poder ver en pantalla grande. Tal y como comenté a raíz de Lightyear, no tengo muy claro si la estrategia de Disney+ les funcionará, pero por las reacciones previas parece claro que aun sin llegar a pelotazo, Predator: La presa habría tenido una acogida muy buena en cines. De hecho, tratar de verla en la plataforma el día del estreno ha sido una verdadera tortura, con pixelamientos constantes, imagino que debido al número de visualizaciones que estaba teniendo a la vez.

Dirigida por Dan Trachtenberg, a quien teníamos algo perdido desde que destacara con la estimulante Calle Cloverfield, 10, la película juega a dar la vuelta a la franquicia, desligándose de las más recientes propuestas y volviendo a sus orígenes. Ya el título por si mismo (en inglés no hay mención alguna a Predator) lo deja claro. No es una película sobre el depredador, sino sobre la presa, y la convierte en una lucha por la supervivencia y por conseguir cambiar los roles entre cazador y cazado.

La película nos transporta a 1719, donde una joven comanche trata de demostrar su valía ante el desprecio del resto de la tribu, su hermano incluido. Un caso más del patriarcado que nos encontramos a lo largo de la historia. Esto provoca un tramo inicial de la película que a algún espectador se le puede antojar lento, peaje necesario para poder comprender y apreciar a la protagonista, Naru, sintiendo al depredador como una amenaza latente, pero sin apenas momentos de verdadera acción, más allá de escenas de caza mostrando el día a día de los comanches. Sin embargo, cuando la bestia entra en contacto con los humanos, la fiesta ya no para, y la película se convierte en un festival de sangre y violencia propio de una lucha tan salvaje y primitiva como la que nos ocupa.

Así, Predator: la presa evita mirarse en el espejo de cualquiera de las secuelas del mítico film de McTiernan para homenajear directamente al film de 1987, mostrándonos una criatura nueva que, al datar trescientos años atrás en el tiempo, es también más primitiva y rudimentaria que sus descendientes.

Es tentador comparar constantemente ambas películas, algo de lo que Trachtenberg es muy consciente, llegando incluso a juguetear con ello en escenas en las que nos rompe los esquemas fingiendo que está imitando algún momento concreto del film inicial (como la escena del barro) o, al contrario, recitando frases más o menos textuales («si sangra, se le puede matar»). En ese sentido, solo he echado en falta recuperar la melodía de Alan Silvestri.

Se me hace muy difícil valorar si esta secuela (de lejos la mejor de todas) llega a superar la original, ya que sin duda es una de mis películas de culto preferidas, pero desde luego  Trachtenberg no desmerece para nada el trabajo de McTiernan, consiguiendo momentos visuales muy impactantes y usando los paisajes y la climatología de manera brillante. Amber Midthunder, por su parte, es una gran heroína de acción, y su rol como una especia de Pocahontas guerrera es mucho más creíble que otros intentos de empoderamientos actuales, como la fallida La princesa. No tiene sentido compararla con un Schwarzenegger en lo más alto de su carrera, desde luego, pero carisma no le falta.

Otro gran acierto es la de construir una película independiente, una historia autoconclusiva que no aspira a convertirse en trilogía ni deja finales abiertos o escenas postcréditos que nos dejen en parte insatisfechos, como sucedía con el desenlace final del Predator de Shane Black, aparentemente impuesto desde las cúpulas directivas.

En resumen, un acercamiento a la aventura original, salvaje y desesperada, sin juegos de artificios estériles ni personajes de relleno que no aportan lo necesario. Una gran película que, perdón por ser tan cansino, deberíamos haber podido disfrutar en la pantalla grande.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

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