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viernes, 6 de enero de 2023

Cine: AVATAR, EL SENTIDO DEL AGUA

Por fin llegó lo que parecía imposible y James Cameron ha estrenado su ansiada secuela de Avatar, una película que muchos presagiaban que iba a ser un fracaso estrepitoso y ha resultado, para sorpresa de muchos, todo lo contrario. Aunque a priori parecía que había cierta desidia ante esta secuela algo tardía, lo cierto es que el público está respondiendo de manera espectacular y Cameron ha vuelto a demostrar que merece el nombramiento autoimpuesto de «rey del mundo», aunque esa obsesión suya por Pandora y los Na’vi nos esté pasando factura a todos en forma de perdernos propuestas posiblemente más interesantes del que, a mi parecer, es el mejor director de acción del mundo. Algo parecido con lo que le estaba empezando a pasar a Michael Bay con su obcecamiento con los Transformers.

El caso es que, para bien o para mal, ya tenemos aquí a Avatar, el sentido del agua, constatando de paso que Avatar 3 será una realidad más pronto que tarde y, viendo los resultados económicos, ya nadie duda que las anunciadas cuarta y quinta parte sean realidad también en algún momento del futuro (a partir de ahí, ya se verá).

Preámbulos aparte, es momento de analizar el resultado final de la secuela, cosa, en realidad, harto difícil. Y es que, en el fondo, estamos, más que ante una película, ante un evento cinematográfico, un espectáculo audiovisual sin precedentes (más allá de la evidencia de la primera entrega). Como tal, a la pregunta de si cumple las expectativas, la respuesta es un sí contundente. Avatar, el sentido del agua, es un espectáculo glorioso, un derroche de imaginación visual, espectáculo fotolumínico y con una capacidad de inmersión total, siempre que sea vista en las condiciones óptimas (es decir, en 3D HFR). Nos ha resultado algo mentirosillo Cameron al anunciar un guion de nivel, ya que sin ser un espanto, la historia es desde luego lo más flojito, pero no se puede negar que la película ofrece lo que promete e incluso más.

Pero hay que ser exigentes con un producto de estas características (no en vano se trata de la secuela de la película –infracción aparte- más taquillera de la historia), y toca hacer un análisis más riguroso desde el punto de vista cinematográfico.

Y en ese sentido, la sentencia es clara: es demasiado larga. Puedo entender que –Cameron se haya visto incapaz de recortar ninguna de las secuencias preciosistas e hipnóticas del film, pero a nivel argumental la estructura se resiente de tan extensa duración. Más, si cabe, ante la sensación constante de que estamos ante un capítulo intermedio de un plan cósmico mucho más grande. El problema, algo que en gran medida sucedía ya con Wakanda forever, es que durante las dos primeras horas se plantea un conflicto, pero sin que este llegue  nunca a estallar del todo (hay escenas de lucha y algo de emoción, pero nada comparado con lo que está por llegar), y cuando al fin comienza la batalla final el espectador está demasiado agotado como para disfrutar de ella como se merece. Casi sería necesario un segundo visionado, entrando en este a mitad de la película, para no perderse detalle de ese confrontamiento entre Na’vis y humanos que se nos anuncia desde el primer minuto.

No voy a entrar a valorar las interpretaciones, ya que la digitalización oculta las virtudes y carencias de los actores (sobre todo en lo que respeta a las limitaciones obvias de Sam Worthington), pero más allá de las obsesiones tecnológicas James Cameron demuestra que sigue en plena forma y su planificación de la acción y control de la cámara vuelven a demostrar un virtuosismo sin igual. Claro que cuenta con el riesgo de que la tecnología se coma su habilidad tras las cámaras (de hecho, Avatar me pareció en su momento su película más floja), cosa que hace que fuera de los cines el resultado final desluzca bastante, pero creo que él mismo es muy consciente de ello y, como tal, acepta el hecho con el que he comenzado mi comentario de que esto trasciende al simple concepto de película para convertirlo en un espectáculo alucinante y alucinógeno.

¿Es, en resumen, Avatar, el sentido del agua, la mejor película del año? Ni de lejos. Queda muy por debajo de maravillas como Top Gun: Maverick, es menos divertida que Dr. Strange en el multiverso de la locura o Bullet Train y carece de la belleza incómoda del Pinocho de Guillermo del Toro, por equipararla a algunos éxitos del 2022, pero eso no impide que pasar por taquilla y sumergirse en las tres horas y doce minutos que supone esta excursión por tierras (y aguas) desconocidas de Pandora sea algo obligado para cualquier ciudadano de bien. Como ya sucediera con la primera Avatar o incluso con Titanic, también de Cameron, el mundo se va a dividir en dos tipos de personas, las que hayan ido al cine a ver Avatar, el sentido del agua, y las que no. Y ya advierto que si uno es un poco aficionado al cine, ya sea seguidor de propuestas más indies (aunque hay que reconocer que, a su manera, no puede haber un cine de autor más merecedor de tal nombre que esto) o amante de las explosiones y las grandes batallas, no ir a ver Avatar, el sentido del agua, es poco menos que estar en pecado.

Luego, como film, gustará más o menos (que tampoco es que tenga muchas cosas verdaderamente negativas que señalar, más allá de la duración, tampoco os vayáis a pensar), pero la experiencia va a ser única e irrepetible. Bueno, al menos hasta la llegada de Avatar 3.

 

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Visto en Netflix: EL MISTERIO DE GLASS ONION

Tras haber dirigido la película más polémica de la saga Star Wars, Rian Johnson bien podría haber caído en desgracia. Que se lo cuenten, si no, a Josh Trank. Y la falta de noticias sobre la trilogía que supuestamente le habían dado sobre la saga galáctica perecía confirmarlo. Pero hete aquí que el bueno de Johnson se inventó en 2019 esa película llamada Puñales por la espalda y el guion de su destino cambió como uno de los giros inesperados que a él mismo tanto le gustan.

Con un casting envidiable y Daniel Craig esforzándose por borrar el recuerdo de James Bond, Puñales por la espalda fue una refrescante reinvención a las películas de asesinatos (las murder mistery, las llaman los modernos), que habían vivido una segunda juventud gracias a las versiones de Sherlock Holmes de Guy Ritchie y de Gatiss y Moffat, y al Poirot de Kenneth Branagh.

Tal fue el éxito y el buen sabor de boca, que pronto se habló de una secuela, que no sería tal, sino una nueva historia de asesinatos desentrañada por el detective Benoit Blanc, con lo que Daniel Craig sería el único en repetir personaje. Sin embargo, el verdadero giro de guion fue que Netflix pagase una millonada por quedársela en exclusiva (junto a una hipotética tercera entrega), y pese a privarnos de ver El misterio de Glass Onion en salas de cine (excepto un efímero estreno una semana antes del lanzamiento en streaming), hemos ganado en libertad creativa.

En esta secuela, brillante e imaginativa, Johnson se ha desmelenado, apostando por un humor que mal medido podría resultar ridículo pero que casa muy bien con el toque de cinismo de la obra. De nuevo se trata de ridiculizar a gente rica (con Elon Musk como posible fuente de inspiración), pero rompiendo unos estándares que, pese a haber funcionado muy bien en la primera película, habrían resultado algo repetitivos.

Incluso el Benoit Blanc de esta secuela es más cómico y desacomplejado que en su carta de presentación, haciendo que Craig se sienta más cómodo en el papel y pueda dar un paso más en la dirección opuesta a su sobrio 007.

El misterio de Glass Onion es tan inteligente que consigue engañar una y otra vez al espectador con sus giros de guion, haciendo incluso que no nos demos cuenta de la sencillez que es, en realidad, la historia de la que parte. No es más que otro Cluedo facilón muy bien decorado y con otro reparto de campanillas, donde el personaje principal recae en Janelle Monáe que cumple con creces con el legado de Ana de Armas.

Con una dirección de fotografía excelente, el cambio de la mansión victoriana por una paradisíaca isla griega es otro de los elementos que ayudan a diferenciar ambas propuestas, haciendo más difícil superar el listón en esa prevista tercera entrega pero desando que llegue cuanto antes. Y si pueden haber cuatro, cinco o más, mejor que mejor.

Yo mismo fui de los que odió a Los últimos Jedi, pero esta saga me reconcilia con Rian Johnson, que demuestra que cuando no está ligado a un legado y tiene carta blanca para reírse de todo puede resultar genial. Lo hace, además, en un  momento de gran inspiración, pues por más que él pretenda defenderlo, el humor de Los últimos Jedi no funcionaban para nada, incluso desligándolo al misticismo de la saga, mientras que aquí todo encaja como un mecanismo de relojería.

El misterio de Glass Onion es, quizá, una de las mejores películas de este año, demostrando que los blockbusters sí pueden ser de calidad (si los Oscar vuelven a apostar por películas indie que no interesan a nadie en lugar de por títulos como este o Maverick es que no habrán entendido nada). Es enrevesada, hermosa y muy divertida. Un cóctel perfecto para una película casi redonda.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Visto en Netflix: PINOCHO DE GUILLERMO DEL TORO

Cada vez que aparece una nueva adaptación de una obra clásica aparece el típico debate sobre la necesidad de la misma. Uno de los ejemplos más recientes estaría en la insulsa versión de Pinocho de Robert Zemeckis, que era poco más que una fotocopia en live action de la película animada de Disney.

Pues bien, sin tiempo para recuperarnos tenemos aquí otra vuelta de tuerca sobre el mismo tema, esta vez en stop motion. ¿La diferencia? que Guillermo del Toro es el alma del invento, y con él las cosas no van a ser nunca previsibles ni conformistas.

Efectivamente, aunque esté codirigida junto a Mark Gustafson, no hay duda de que es Del Toro quien se ha involucrado al 100% en la adaptación de la obra de Carlo Collodi, alejándose sin esfuerzo de las propuestas de Disney y ofreciendo una visión más madura e incluso aterradora del cuento.

Esta nueva versión de Pinocho es, simplemente, maravillosa, incluso pese al feísmo intencionado con que dota a alguno de sus personajes. Llevándose la historia a la Italia de Mussolini, Del Toro regresa al escenario bélico que tan buenos resultados le dieron en España cara componer una fábula antifascista en la que, sin alejarse demasiado de la trama de otras películas, consigue ofrecer una mirada diferente, única, sobre el muñeco de madera.

Pinocho es, por momentos, aterradora, pero también cautiva con su humor ingenuo e infantil y las gotas de drama tan bien repartidas que pilla por sorpresa al espectador, haciendo que le asalten lagrimas involuntarias pero muy definitorias. Tanto en el aspecto narrativo como en la proeza visual, Pinocho es una obra casi insuperable, tan oscura y cruel como tierna y alegre, un abanico de sensaciones que sacuden el alma del espectador y le convencen de que está ante algo único, original, que nada tiene que ver con las fantasías mostradas hasta ahora con el personaje.

Pocos peros se le pueden poner a una película casi redonda, un desborde de sensaciones que, una vez más, merecería haberse visto en pantalla grande.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: UN HOMBRE DE ACCIÓN

Puede que Javier Ruiz Caldera, hombre de comedia amable con toques de acción, le cogiese el gusanillo al discurso político con su divertida sátira zombi de la Guerra Civil en Malnazidos. No es que su último trabajo, Un hombre de acción, sea muy discursivo, pero no puede evitar entrar en esos lodazales cuando aspira a relatar, muy libremente, eso sí, la vida de Lucio Urtubia.

De todas maneras, la película se acerca más al género del cine de atracos que al político, algo que quizá haya desanimado a los que esperaban ver una deconstrucción más fiel del anarquista, pero el director parece más interesado en el aspecto lúdico de la historia, presentando a Lucio como una especie de Robin Hood con toques quijotescos que otra cosa. En el fondo, esta es la eterna historia de David contra Goliat, del pequeño enfrentándose al grande. De una estafa que aspiraba a hacer temblar los cimientos de la megacorporación bancaria Citybank.

Un hombre de acción repasa varias décadas en la vida de Lucio Urtubia, haciendo hincapié en su obsesión casi enfermiza por destruir el sistema, algo que por poco destruye a su propia familia, ya sea atracando bancos, falsificando billetes o, en lo que es la parte central del film, realizando una gran estafa. Todo ello con toques de humor que, si bien están lejos de lo habitual en la filmografía del director, ayuda a digerir mejor una película que se sitúa en la Francia llena de exiliados del franquismo pero que no se detiene a retratar fielmente a esos exiliados.

Así, hay menciones a personajes como Quico Sabater, pero sin detenerse demasiado como para que no sean más que habitantes del mundo interno de Lucio que, como el mismo reconoce, acaba siendo anarquista sin saber muy bien lo que significa.

Es cierto que las licencias que se toman son muy grandes en ocasiones, algo que la película advierte desde el inicio, pero considero un acierto huir del biopic formal y documentado para presentar una película sin complejos mucho más liviana y accesible, con buenas interpretaciones y donde Ruiz Caldera demuestra que su cambio de género (aunque tampoco tanto) no le dienta nada mal.

 

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Cine: NOCHE DE PAZ

Estamos en fechas navidades, y como cada año, las películas sobre el tema nos inundan por todas partes. Ya hice hace unos días un pequeño lote de films que se podían ver en plataformas, y os amenazo con repetir la jugada en breve, pero también el género se nutre de títulos interesantes merecedores de pasar por cines, y Noche de paz es una dignísima prueba de ello.

Protagonizada por David Harbour, Noche de paz es el retorno al cine americano de Tommy Wirkola, tras la infravalorada Hansel & Gretel, cazadores de brujas y la desapercibida Siete hermanas, aunque siempre será reconocido por sus Zombis nazis y su secuela.

Noche de paz es una gamberrada, sí, pero una gamberrada muy bien parida, un cruce totalmente consciente (y referenciado) entre Jungla de Cristal y Solo en casa, dos clásicos navideños de finales de los ochenta. En esta película, como en las Crónicas de Navidad con Kurt Russell, Santa Claus (o Papá Noel, lo que os guste más) es real, pero el paso de los años ha hecho mella en él y en su carácter, recordando también al gordinflón al que dio vida Mel Gibson en Matar a Santa. En este caso, no es un niño malcriado el que quiere acabar con la vida del símbolo navideño americano por excelencia sino que, como el bueno de John McCaine, es él quien se encuentra en el lugar equivocado en el momento inoportuno, es decir, en una mansión en la que unos atracadores liderados por John Leguizamo toma a toda la familia como rehenes para conseguir desvalijar la caja fuerte.

En esta versión de Santa, el origen mitológico del mismo deriva de Nikamund, el rojo, un sanguinario guerrero vikingo que justifica como el barbudo se las apaña también para proteger a la familia, en especial a una niña con la que se comunica mediante un walkie-talkie, pese a su estado de baja forma, desánimo y ligera embriaguez.

Por tonto que pueda resultar la trama, lo mejor de la película es el humor negro, mucho más macarra y pronunciado que en la mencionada Matar a Santa, que incluye decenas de muertes violentas y sanguinarias, muy navideñas todas ellas, que aspira a ser una especie de John Wick sin la destreza visual de este pero con el mismo ritmo trepidante. Y todo ello sin renunciar a lo que realmente es, un film navideño que deriva, perdón por el spoiler, en un feliz deseo y muchas buenas intenciones.

Por cierto, genial Harbour, que se lo pasa tan en grande como en Hellboy y demuestran que hay mucha vida más allá de Stranger Things. Esto sí es espíritu navideño, y no las mamarrachadas que nos ofrecen las plataformas…

 

Valoración; Siete sobre diez.

Visto en Netflix: LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS

Es ya habitual acusar a Oriol Paulo de hacer un cine tramposo, demasiado recalzado en los trucos de guion, a menudo denominadores de un efectismo demasiado barato. Títulos como El Cuerpo, Contratiempo, Durante la tormenta o la miniserie El Inocente hacen gala de ello y Los renglones torcidos de Dios no es ninguna excepción.

Basada en el ya clásico literario de Torcuato Luca de Tena, la película versa sobre el clásico juego de las identidades dudosas, con una protagonista, la Alice a la que da vida Bárbara Lennie, atrapada en un psiquiátrico y haciéndonos dudar en todo momentos si lo que se nos cuenta es real o transcurre tan solo en su mente.  La excusa es la incursión de una investigadora privada tratando de averiguar si la muerte de uno de los internos fue un suicidio, como asegura el doctor Alvar (Eduard Fernández) o si tratan de encubrir algo más turbio.

Paulo se ha convertido ya en todo un experto en el juego, y con una dirección impecable y un lenguaje cinematográfico envidiable, la película tiene un ritmo magnifico, consiguiendo no aburrir en ningún momento pese a las más de dos horas y media de duración. Sin embargo, pese a que se nota que se ha tirado la casa por la ventana en la producción, algo no termina de funcionar del todo en su guion, rechinando la adaptación por un exceso de trampas y despistes que parece querer emular en parte al Shutter Island de Scorsese pero fracasando a la hora de definir al elenco de secundarios para que todo funcione como el engranaje del reloj que se supone debería ser esto.

Así, tenemos un film interesante y que atrapa al espectador desde el primer momento, pero que no permite segundas revisiones o reflexiones muy profundas. Diálogos impostados, personajes desdibujados o situaciones imposibles de digerir son demasiadas zancadillas para encumbrar una película que podría haber aspirado a mucho más, pero que patina en esa coherencia interna que sólo la narrativa que se inventa Orio Paulo impide descubrir en el momento del primer visionario.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Cine: AS BESTAS

En los últimos años, sobre todo a partir de títulos como Que Dios nos perdone o El Reino, Rodrigo Sorogoyen se ha labrado un prestigio como realizador con nominación al Oscar incluida por Madre.

Tras unos interesantes coqueteos con la televisión, el madrileño se ha superado a sí mismo con As Bestas, un ligero cambio de registro para, inspirado por un crimen real, contar una historia ambientada en la España rural, una tremenda fábula de desesperación y miseria en uno de esos pueblos, gallego en este caso, que rozan el concepto de fantasmal.

La película narra el enfrentamiento entre un matrimonio francés (holandés en la historia real) que, en busca de una liberación espiritual, se instala en el pueblo con la pretensión de restaurar casas y tratar de repoblarlo mientras viven de lo que cultivan y una familia oriunda que soporta la dureza de la vida de campo. Un enfrentamiento que se va mostrando poco a poco, a cuenta gotas, dejando que primero conozcamos a los personajes y luego podamos, o no, entenderlos.

Narrada a ritmo muy lento pero con momentos de auténtico cine de terror, el mayor mérito de As Bestas es saber manipular al espectador lo suficiente para sembrar dudas sobre el supuesto villano, incitando que podamos llegar a simpatizar con su causa, aunque no con sus maneras.

Denis Ménochet, uno de esos actores franceses sublimes con suficiente carrera como para haber trabajado para Quentin Tarantino, Ridley Scott o Wes Anderson, y Marina Foïs son el sufrido matrimonio que lucha por defender su causa, pero es Luis Zahera quien se come la pantalla en cada plano que ocupa, realizando una interpretación soberbia y con un temple digno de todos los premios que se pongan a su alcance.

As Bestas muestra la cara menos amable de la vida rural, siendo considerada por muchos como una especie de reverso retorcido (y más realista) de Alcarrás, resultando ser angustiante y, pese a los espacios abiertos, claustrofóbica, creando un desasosiego y una angustia que acompañan al espectador hasta mucho después de finalizar la proyección.

Cierto es que Sorogoyen divide la película en dos partes muy diferenciadas, casi como si se tratase de una historia cerrada y su secuela, y ese cambio de ritmo y estilo no le juega del todo a su favor, resultando igualmente interesante pero algo más pesada, cambiando la tensión y la angustia por dolor y tristeza, dos conceptos diferentes pero igualmente asociados a la desesperación.

Sorogoyen hace con As Bestas un retrato terrible del ser humano, arrastrado a sus instintos más bajos por la desesperanza y, en menor medida, la codicia.

Puede que definirla como la mejor película del año resulte excesiva para muchos (yo personalmente no he visto este 2022 suficiente cine patrio como para poder entrar en el juego), pero desde luego es una gran obra que merece todos los reconocimientos y confirman a Sorogoyen como uno de los directores más grandes del país.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 20 de diciembre de 2022

PORQUÉ WAKANDA FOREVER NO ES LA OBRA MAESTRA QUE ALGUNOS PRETENDEN QUE SEA (Y QUE PODRÍA HABER SIDO).

Creo que ha pasado ya suficiente tiempo desde el estreno de Wakanda Forever como para poder hablar de ella sin miedo a soltar spoilers a tutiplén (sí, ya sé que oficialmente a los cinco minutos del estreno ya se suelen hacer, pero yo siempre me he jactado de ser más respetuoso), por eso he querido volver a reflexionar sobre ella y analizarla más en profundidad, sobre todo para tratar de averiguar la respuesta a la gran pregunta que plantea: ¿es una obra maestra superior a la primera película (recordemos que es el único título de Marvel que ha llegado a estar nominado al Oscar a la mejor película) o un tostón insoportable?

De entrada, creo que es de las pocas veces que una película Marvel (sobre todo del MCU) provoca tanto debate, casi como si fuese un producto Warner del montón. No es que conozca a mucha gente que la odie abiertamente, eso no, pero sí que hay posturas muy enfrentadas entre los que la defienden como lo mejor de la subsidiaria de Disney en mucho tiempo y los que ni siguiera se han animado a ir a verla ante el tedio que les provoca.

Wakanda forever cuenta con el mismo director que la primera (y alabada) entrega, Ryan Coogler, quien también firma el guion junto a Joe Robert Cole, quien, por cierto, también estaba en Black Panther. Es evidente que tras el éxito de aquella desde Marvel le han dado manga ancha para hace lo que le venga en gana, hasta el punto que ha contado con uno de los mayores presupuestos del MCU. Así las cosas, era previsible que la película superase todas las expectativas, más cuando tenía además un potente drama real de fondo, como fue la muerte de su protagonista, Chadwick Boseman, lo cual daba al film un empaque de homenaje que, disfrazado de relato sobre el dolor y la perdida, unificaba algunos de los elementos que más gustan a la academia. Sin embargo, con todo a su favor, creo que Coogler ha tomado una serie de decisiones fallidas que han provocado que su película sea, cuanto menos, decepcionante. Y eso que yo no soy de los que defienden con capa y espada su primer Black Panther.

Hay muchos problemas de serie en el film, algunos obvios, como es su extensa duración. No es que sea una película aburrida, pero a su metraje de dos horas y cuarenta y siete minutos se le podría haber metido bastante tijera. Al final, hay mucha repetición, mucho hincapié en lo mismo, como si Coogler tuviese miedo de que no hemos alcanzado a entender el dolor que se siente ante la pérdida de un ser querido. Y, si lo analizamos en profundidad, tampoco es que con estas casi tres horas se llegue a comprender del todo. Shuri, hermana de T’Challa, es la que carga con todo el peso narrativo y quien focaliza principalmente ese dolor por la pérdida. Sin embargo, no comparto con ella ese odio que parece tener contra todo el mundo. Es una enfermedad lo que se lleva a su hermano, no un complot ni una amenaza extranjera, por lo que no me resulta creíble, por mucha empatía y conexión que sintiese con T’Challa, el odio y la inquina que siente, mucho más profunda que cuando Namor asesina a su madre y ya ni digamos cuando su padre muere en un atentado al principio de Civil War.

Por cierto, ya que hablamos de Shuri, ella es uno de los principales problemas del film. En Black Panther me encantó el papel que interpretaba Letitia Wright y que ayudaba a potenciar el lado más cómico y amable de la película. Pero la transformación que sufre en esta secuela es demasiado peso para una actriz que ha mostrado sus limitaciones y que no soporta la responsabilidad de ser la protagonista absoluta del film. Por eso, que ella sea la nueva Black Panther es otro error de bulto, una elección mucho menos afortunada que si la elegida hubiese sido Nakia (Lupita Nyong’o), mi preferida, M’Baku (Winston Duke) o incluso el propio Killmonger (Michael B. Jordan). A fin de cuentas, cualquier guionista algo curtido encontraría mil soluciones para traerlo de regreso de la muerte. Con Shuri, no solo tenemos un Black Panther muy poco carismático (hasta el punto de que no creo que haya mucha gente pidiendo una tercera entrega de la saga), sino que conociendo los problemas que la actriz ha causado durante el rodaje dudo que ni siquiera se lo estén planteando. Ha sido como pegarse un tiro en el pie, mancillando un hipotético futuro y convirtiendo a Black Panther, un héroe con aspiraciones a jugar con los mayores, en un personaje de tercera fila.

Pero volvamos al tema de la muerte, que de eso va la peli. A partir de aquí, es importante saber diferenciar, por aquello de no herir susceptibilidades, la ficción de la realidad. Lamenté mucho la pérdida de Boseman y pese a no ser un actor de gran trayectoria derrochaba carisma y simpatía co0mo para sentir mucho su pérdida, por lo que todo homenaje que se le quiera hacer es poco. Pero no es de él de quien quiero hablar, sino de T’Challa/Black Panther. Si nos quedamos con el personaje, que es quien aparece en la película, el homenaje me parece desmedido y escaso a la vez. Me explico: por un lado, tras lo sucedido en End Game, resulta injusto que un personaje tenga toda una película dedicada a su desaparición mientras que el epitafio de Iron Man fue como complemento de una película de Spiderman, el de Viuda Negra una precuela donde se repasaba un episodio de su vida, no de su muerte, y la desaparición del Capi ha sido maltratada en una de las series más aburridas de esta Fase Cuatro: Falcon y el Soldado de Invierno. Y aunque hay apuntes de la aparente muerte de Visión en la serie Visión y la Bruja Escarlata y se supone que se tratará el tema de Gamora en Guardianes de la Galaxia, Vol. 3, todo esto me parece pequeño al lado del hecho de hacer una película entera dedicada única y exclusivamente a la muerte de Black Panther. Y eso que, a la vez, se emborrona su memoria haciendo que nadie del MCU haga acto de presencia en su funeral. Cierto es que muchos de los héroes que lucharon a su lado ya no están, pero creo que debería haberse visto por ahí, como poco, a Soldado de Invierno, Nick Fury o, incluso, al Steve Rogers anciano. Y, desde luego, al propio Everett K. Ross que sí aparece en la película pero mucho después del entierro del monarca de Wakanda. Vale que cada uno estará liado con sus cosas, pero para el funeral de Tony no faltó nadie así que no es excusa. Es, en fin, una manera de ningunear al propio Black Panther y confirmar su rango de segundón (y alguien podría alegar que es un funeral de estado y que Wakanda siempre ha sido una civilización bastante cerrada, pero creo que los Vengadores están por encima de estas cosas).

Luego está el argumento en sí. Primer obstáculo: el título. La película se llama Black Panther: Wakanda forever, y con Black Panther en el título no puedes pasarte casi dos horas sin que Black Panther haga acto de presencia. Aunque sea un Black Panther de Hacendado. Este es otro de los elementos que ralentizan mucho al film y le dan esa aura de aburrido. Sí, hay acción y pasan cosas, pero nunca son con Black Panther de protagonista, así que interesan, pero menos. Y tampoco es que lo que sucede sea tremendamente interesante.

Mucho se había especulado en los mentideros sobre este film: que si iba a salir Doctor Muerte, que si íbamos a conocer el destino del Barón Zemo, pero a la postre, salvo por la incursión casi con calzador de la Baronesa Valentina Allegra de Fontaine, la película está intencionadamente muy desligada el resto del MCU. Está Riri Williams como Iron Hearth (de nuevo un personaje metido con calzador), pero no es suficiente como para dar sensación de unión y coherencia, un poco como resumen de lo que esta Fase Cuatro de Marvel está siendo. Al final, hay un solo villano (al menos desde el punto de vista teórico, ya que para mí los verdaderos villanos de la película son el gobierno francés y el americano), y se trata de un Namor desdibujado que nada tiene que ver con el de los comics. Entiendo y acepto la necesidad de desvincularse de la versión de un atlante que ofreció la competencia con Aquaman, pero han disfrazado tanto al personaje interpretado (bastante insulsamente, por cierto), por Tenoch Huerta que poco queda del Namor original. Todo valido si con ello consiguen un personaje interesante, pero es que no lo logran. Con los cambios, convirtiendo al antaño rey de Atlantis en una especie de mutante descendiente de la mitología maya, lo que se pretende es reincidir en el mensaje político que ya estaba presente en la primera Black Panther, tratando artificiosamente de repetir el éxito que aquella tuvo entre la con unidad negra con, en este caso, la comunidad latina. Así, las motivaciones anticolonialistas de Namor se asemejan a las de Killmonger en la película anterior, restándole el componente shakesperiano de la familia traicionada. Con ello, el personaje carece del interés necesario y su presencia es casi una excusa para que, entre duelo y duelo, haya algo de acción. Ni me gustó el personaje ni me gustó la ambientación. Se dice que, al final, sí hubo mucha tijera y que la parte más interesante de Talokan, así como de mucho metraje de la relación entre Shuri y Riri, se quedó en la sala de montaje, pero eso solo supone un desmérito más para Cooger que no ha sabido manejar bien los tiempos de su película.

Cooger busca la lágrima en muchos momentos del film, y casi siempre lo consigue, pero en su empeño por hacer una película emotiva enuncia a hacerla también emocionante. Por ello, con tanto dolor y tanto funeral, la película termina resultando intrascendente, quedando el homenaje a Boseman empañado por el trato errado que se hace en el homenaje a Black Panther. A fin de cuentas, desde el punto de vista narrativo, esta sería la tercera muerte del personaje, tras verlo morir ya en su primera película (o, al menos, eso parecía) y darlo por muerto de nuevo tras el chasquido de Thanos en Infinity War. Por eso, si no se escudasen en la realidad, el film sería mucho menos duro de lo que es, dando más méritos a su carga dramática a la vida real que al trabajo de Cooger. Posiblemente no todo sea culpa suya, y de haber podido contar con Boseman como protagonista, pese a que Namor ya estaba como villano principal en el primer borrador del guion, la cosa habría sido muy diferente. No estoy diciendo que la solución tras el fallecimiento del actor hubiese sido cancelar la película pero sigo pensando que, de todas las alternativas existentes, han terminado eligiendo la peor.

Puede que en algunos sectores la película esté gustando mucho. Puede que incluso se lleve nominaciones importantes en los Oscar (la canción puede ser una buena baza, aunque aventuro que Rihanna se las tendrá que ver con Lady Gaga y su tema para Top Gun: Maverick). Pero no ha logrado ser, pese a lo que muchos auguraban, la gran película que iba a salvar (si es que necesitaba que la salvaran, que ese es otro tema) la Cuarta Fase del Universo Cinematográfico Marvel.

Lo más triste, es que tenían todos los elementos para construir una película que hiciese historia, pero no los han sabido aprovechar.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Visto en Amazon Prime: MAÑANA ES HOY

No es frecuente ver cine de ciencia ficción con denominación de origen española, y menos si hablamos concretamente de viajes en el tiempo (aunque sería imperdonable no mencionar aquí la estupenda Los Cronocrímenes). Por eso es llamativo que la primera producción española de Amazon Prime sea precisamente de este género y, además, con grandes nombres detrás, como el director Nacho G. Velilla o su reparto más o menos coral donde destacan Javier Gutiérrez y Carmen Machi, además de secundarios como Pepón Nieto, Silvia Abril o Antonia San Juan. Cierto es que todos os actores están muy acomodados y se limitan a hacer, casi, lo de siempre, pero es justo lo que el guion les pide, así que tampoco es cuestión de ponerse muy exigentes con eso.

No nos confundamos: Mañana es hoy es una comedia, y como tal debe tomarse. Lo de los viajes en el tiempo es una excusa para poner en contraste la sociedad española de principio de los 90’ y la actual, realizando divertidos paralelismos y aprovechando, muy de refilón, para reflexionar sobre lo que se ha mejorado en relaciones de maltratos o de derechos de la mujer. Muy de refilón, insisto, pero algo es algo.

Además, entre risas, canciones míticas y homenajes a Regreso al Futuro, Velilla (que firma el guion junto a Oriol Capel y David S. Olivas) se permite introducir una trama de intriga que ofrece la cara más dramática de la película, machacando en varios momentos los desprevenidos corazones del espectador.

He empezado hablando de un film de ciencia ficción, pues eso es lo que define los viajes en el tiempo (aunque no tengan una explicación muy clara, que tampoco lo necesita), y eso implica, aunque poco, un despliegue de efectos visuales. Esto es de lo peor del film, junto con alguna escena de acción que creo que le vienen grandes a Velilla, pero el hecho de que estemos fundamentalmente ante una comedia ayuda a que uno sea más permisivo con ello. Lo mismo sucede con algunas lagunas argumentales (más si uno es tan puntilloso como yo con los razonamientos alrededor de las paradojas temporales), pero de nuevo el tono desenfadado de (casi) todo el guion ayuda a pasarlo por alto.

Al final, con lo que nos encontramos es con una propuesta familiar muy entretenida, que provocará nostalgia a aquellos que vivimos intensamente aquellos noventas y que nos recuerda que la clásica rase de «cualquier tiempo pasado siempre es mejor» es, en ocasiones, muy cierta.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: TROLL

Dirigida por Roar Uthaug, autor de la última y infravalorada aventura de Lara Croft, Troll es una extraña apuesta de Netflix por el cine de acción, más concretamente el de monstruos gigantes.

Reconozco que el tráiler me provocó mucho desconcierto, sobre todo por el aspecto grotesco del monstruo en cuestión y la aparente seriedad de la trama. Parecía todo preparado para una comedia de acción bastante despiporrante, y ver cómo se pretendían tomar en serio a sí mismos se me antojaba algo catastrófico. Craso error. Sin negar que la película recorre mil lugares comunes del género (hay momentos que recuerdan a King Kong, GodzillaPacific Rim o Parque Jurásico), Uthaug no se molesta en ocultarlo y lo utiliza para ofrecer una trama con unos personajes más trabajados de lo habitual (y por ende, más interesantes) que ayudan a digerir esta mezcla entre folclore y fantasía que, a la postre, resulta un entretenimiento de primera.

Muchas veces me he quejado de que los presupuestos de Netflix para sus películas o bien son algo rácanos o se invierten mal, pero no sé si se debe a ser una producción noruega (ya se sabe que fuera de Hollywood se sabe sacar oro de hasta el último céntimo) o al mimo que han puesto en ella, pero todo luce de maravilla, no escatimando en gastos (hay explosiones, helicópteros, el troll del título arrasando Oslo…) ni abusando de la oscuridad. Con un inicio pausado que va alimentando el suspense, la película tiene un ritmo endiablado y, pese a sus escasas gotas de humor, se disfruta con locura. No es perfecta y seguramente tendrá muchos detractores entre la crítica más sesuda, pero a mí se me antojan un buen resumen de todo lo que cabía esperar de Jurassic World: Dominion y nos negaron, por poner un ejemplo reciente.

Así, no es de extrañar que la película esté batiendo récords en la plataforma, compitiendo con Miércoles para ser lo más visto en mucho tiempo, y de nuevo nos tenemos que lamentar de no haber visto semejante espectáculo en pantalla grande. No será la película de mi vida, pero os aseguro que la he disfrutado y me ha interesado mucho más que cualquier pieza del Monsteverso que unió a King Kong y Godzilla superando todas mis expectativas.

Así sí, Netflix. Así, sí.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 6 de diciembre de 2022

Visto en HBO Max: NO TE PREOCUPES, QUERIDA

La concepción de esta película ha sido una verdadera montaña rusa de sensaciones, apuntando a película del año durante su rodaje, convirtiéndose en apestada al conocerse las intimidades (no todas ciertas) de ese rodaje y funcionando al fin medianamente bien al llegar a taquilla, aunque sin llegar a hacer el ruido que se le suponía. Yo mismo no tuve ocasión de verla en sala grande y he tenido que esperar a su estreno en streaming, lo que denota lo volátil que ha sido.

No te preocupes, querida es la nueva película como directora de Olivia Wilde tras Superempollonas, y si bien consigue que la película luzca muy bien a nivel visual fracasa a la hora de imponer un ritmo adecuado a la trama, ya que una vez superada la sorpresa inicial el desconcierto que invade a alguno de sus protagonistas se vuelve tedio para el espectador.

Estamos en plena década de los 50’, en algún lugar de la América profunda, en un idílico pueblecito de alegres colores y esposas serviles que disfrutan complaciendo a sus maridos mientras estos van al unísono a trabajar a un lugar secreto del que nada se sabe. Es todo conscientemente artificial, falso como un escaparate de rebajas, pero a nadie parece importarle más que a una joven que pretende rebelarse contra su estilo de vida, desbloqueando una especie de recuerdos incoherentes en la protagonista.

Florence Pugh, una de las actrices de moda y con mucho futuro por delante, cara con casi todo el peso de la película a sus hombros, y lo hace francamente bien, pese a que hay momentos en que el guion la coarta, impidiéndole lucir como merece. Como ya he apuntado, la trama, una vez presentadas las cartas, se frena, reincidiendo en lo mismo como si Wilde tuviese miedo de que no se interpretase correctamente el mensaje feminista y hubiese que subrayarlo constantemente.

Al final, una vez se rebela el secreto, la sorpresa no lo es tanto (es una versión naiff de cierta trilogía –reconvertida para mal en cuatrilogía-) y solo queda el debate entre aceptar una hermosa mentira o conformarse con una vida de mierda real. Un debate que podría resultar estimulante si no se cayera en el maniqueísmo de remarcar tanto que esa vida perfecta implica que las mujeres sean amas de casa serviciales y entregadas, algo, por otro lado, muy acorde con el lugar y la época representados.

En resumen, que estamos ante una propuesta interesante, hipnótica en lo visual y bien conducida por la Pugh, acompañada por Harry Styles, Chris Pine y la propia Wilde, pero que se hace muy cuesta arriba para llegar a un final que no resulta todo lo satisfactorio que debería.

De nuevo Wilde apunta maneras, pero su composición visual no basta como para empezar a hablar de ella como de una gran realizadora.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: LA GUERRA DEL FUTURO

La guerra del futuro es una película de ciencia ficción hongkonesa dirigida por Yuen Fai Ng, dedicado hasta la fecha a la confección de efectos visuales, cosa que marca profundamente la película. No es que estemos ante un espectáculo visual sin parangón, pero sí es cierto que para tener un presupuesto relativamente discreto cumple con creces para lo que se espera de ella. Lo malo es que, a cambio, el guion resulta terriblemente flojo, alcanzando lugares demasiado comunes y sin que parezca tener nunca demasiado claro lo que pretende contar.

La historia nos traslada a un 2055 en el que las guerras y el calentamiento global han provocado que la atmosfera sea prácticamente irrespirable. Para ello se construyen una serie de cúpulas protectoras, pero un meteorito arrasa una de ellas, concretamente sobre la zona B-16, un distrito de un Hong Kong futurista. Pero ahí no acaba la cosa, pues de su interior emerge una planta gigante que se expande por toda la ciudad, arrasándolo todo. Irónicamente, esa amenaza es también una esperanza para la humanidad, ya que con las modificaciones necesarias es capaz de purificar el aire, aunque para ello un grupo de soldados casi suicidas deben llegar hasta el pistilo para alterar el genoma.

Sobre el papel, parece una historia ambiciosa y llena de giros, pero todo lo aquí explicado se expone apenas en el arranque del film, dejando el resto para presentar un correcalles por toda la ciudad en ruinas, alardeando tanto de los efectos visuales que por momentos parece que estemos más ante un videojuego muy realista que ante un film de acción. Al final, el aparente mensaje ecologista brilla por su ausencia, lo del meteorito es puramente anecdótico y las amenazas van variando hasta no saber si hay un argumento bien hilado tras el film o, como indica su aspecto visual, es un simple juego de ordenador en el que hay que ir pasando pantallas hasta alcanzar el último nivel.

Por eso, La guerra del futuro no deja de ser una curiosidad que puede agradar a los amantes del género pero que no les dejará ningún poso y que sirve, más que nada, para dar un toque de adrenalina al fondo de armario de Netflix. Es de esas películas que estará un par de semanas en el top diez y al cabo de un mes nadie recordará haber visto.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 5 de diciembre de 2022

Cine: SINTIÉNDOLO MUCHO

Fernando León de Aranoa se caracteriza tanto por sus trabajos documentales como por sus películas de ficción siempre muy enmarcadas en una realidad social muy concreta. Con sintiéndolo mucho se supera a sí mismo y, atraído por la admiración, primero, y la amistad después, presenta un documental filmado durante nada más ni nada menos que quince años sobre la figura de Joaquín Sabina, sin duda el artista español más importante que ha habido.

Sintiéndolo mucho no es una biografía, ni tampoco un retrato de amigo que se dedique a loar sus virtudes. Es más bien un desnudo integral, un salto sin red del de Úbeda que, empezando por la caída que tuvo en el WiZink Center de Madrid, repasa mediante conversaciones con el director esa vida de excesos, amoríos y, sobre todo, mucha música, pasando a lo largo de su trayectoria por el rock, el tango y el mariachi como máximas inspiraciones, siendo la figura de Bob Dylan la más imprescindible.

León de Aranoa roza la polémica cuando centra buena parte del metraje en la amistad de Sabina con el torero José Tomás, que algunos ha criticado por un supuesto alegato protaurino (que no comparto), pero que funciona a la perfección como símil entre la cogida que sufrió el diestro (precisamente con Sabina como espectador y a escasas horas de un concierto) y la caída del cantautor que puso en serio peligro su vida.

Sintiéndolo mucho no quiere hacer un recorrido fiel por la vida y obra de Sabina (para ello hay muchos libros interesantes, como los escritos por su amigo y confesor Javier Menéndez Flores), por lo que no aborda temas como su difícil relación con Fito Paez, se echa en falta algo de presencia colchonera ni aparecen por aquí amigos del pasado como Javier Krahe, Javier Gurruchaga, Víctor Manuel, etc. (solo Serrat y Leiva hacen acto de presencia), pero tampoco es lo que se pretende, consiguiendo el director que con estos breves retales de su vida uno pueda conocer mejor a la persona de lo que es capaz de conocer, por poner algún ejemplo de biografía más oficial de un cantante, a Freddy Mercury tras Bohemian Rhapsody. Además, tiene el inmenso mérito de, ser totalmente documental, alternando escenas rodadas a mano en los últimos quince años, imágenes de archivo y una entrevista relativamente reciente, tiene el desarrollo propio de una película de ficción con la caída famosa como clímax final. 

Por supuesto, todas estas alabanzas no le valdrán a aquel que no comulgue con la música de Sabina, pero aun así, Sintiéndolo mucho ayuda a conocer la realidad tras un artista, con sus hitos y debilidades, que reconoce, con amargura, que sus mejores canciones ya han sido escritas y que, sin embargo, deja un regalo en forma de último tema, aunque sea amargo tanto en su mensaje como en su concepción. Sirva, como mínimo, como homenaje a dos figuras más importantes para él de lo que quizá en otra época se habría atrevido a reconocer: su padre y su Jimena. Sin ellos, este no sería el Sabina al que, personalmente, tanto admiro. Y que Fernando León de Aranoa ha sido capaz de desvelar, con sus miserias incluidas, para todos sus seguidores, sin importar que no haya sido profeta en su tierra.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Visto en Disney+: GUARDIANES DE LA GALAXIA: ESPECIAL FELICES FIESTAS

Hay muchas películas navideñas (demasiadas, diría yo) que se basan en la siguiente premisa: «hay que salvar la Navidad». Este podría ser el punto de partida de Guardianes de la Galaxia: especial Felices Fiestas, el segundo especial de Marvel para Disney+ después del interesante La maldición del Hombre Lobo, que podríamos convertir en meta lenguaje y decir que James Gunn, autor del episodio, lo que ha venido a hacer (en n paréntesis demasiado breve tras su salto a DC) es salvar todo el MCU.

No soy de los que sueltan pestes sobre la Fase Cuatro ya conclusa, y hablaré más en detalle sobre eso en mi inminente análisis sobre Wakanda Forever ya con spoilers a tutiplén, pero sí le reconozco una medianía con claros signos de agotamiento que provoca que el recuerdo del desenlace de la Saga del infinito nos produzca nostalgia, como si fuese un hecho muy lejano en el tiempo.

Este especial devuelve la energía y la fuerza y da, teniendo en cuenta que no es ni pretende ser más que una tontería divertida y sin mucho trasfondo, esperanzas de cara a una Fase Cinco que, al menos en lo que a películas se refiere, pinta bastante bien, al menos a tenor por los primeros avances vistos, el de Ant-Man y la Avispa: Quantumanía y, precisamente, el de Guardianes de la Galaxia, volumen 3.

A través en un correveidile de esos que siempre terminan malinterpretando la información original, los Guardianes se enteran de que Starlord tiene un trauma al no haber podido celebrar ninguna Navidad desde que fue secuestrado por Yondu y Mantis y Drax se disponen a subsanarlo de la manera más sencilla: yendo a la tierra a buscar el regalo perfecto, que va a resultar ser, ni más ni menos, que el propio Kevin Bacon.

A partir de esta premisa, el episodio (que a su modo homenajea al odiado –y casi inexistente- programa navideño de Star Wars) es una sucesión de situaciones absurdas al servicio de Pom Klementieff (ya se merecía esta chica su minuto de gloria en el UCM) y Dave Bautista, derrochando química a borbotones, algo de acción (poca, no hay un villano al uso, que para eso es Navidad), muchas canciones navideñas al estilo Gunn y el toque justo de sensiblería que, de nuevo, juega a caminar en el límite entre lo ridículamente ñoño y el homenaje sincero.

Guardianes de la Galaxia: especial Felices Fiestas no es un capítulo intrascendente para comprender el hilo narrativo de la saga, pero es un estupendo divertimento que irradia buen rollo y emotividad y nos resarce un poco del escamoteo que nos pegaron en Thor: Love & Thunder mientras aguardamos el inminente tercer volumen de sus grandes éxitos musicales.

Una fiesta de Navidad donde, salvo Gamora, no ha querido faltar nadie (aunque acierta al no poner de nuevo a Peter Quill en el centro de la pantalla) y que da na vuelta de tuerca al lenguaje meta que, en otro sentido y dirección, ya jugueteaba Hulka en su serie.

 

Valoración: ocho sobre diez.

Visto en Netflix: EL PAÍS DE LOS SUEÑOS

El último intento de Netflix de conseguir una franquicia lucrativa para adolescente lo ha buscado en un guion original de  David Guion y Michael Handelman, por más que se podría haber apostado (y perdido) a que había alguna saga infinita de novelas YA a sus espaldas. Pero no, todo esto de El país de los sueños es original (por decir algo) y una muestra más del poderío de la plataforma de streaming que ha lanzado la casa por la ventana con un diseño de producción espectacular y vinculando al cast unos nombres de campanillas, con Jason Momoa, Kyle Chandle o Chris O’Down dando réplica, a las órdenes de Francis Lawrence, a una desconocida pero eficiente Marlow Barkley.

Lawrence, consagrado en este género gracias a su aportación a la saga de Los juegos del hambre (a la que va a regresar en breve) podía haber aceptado El país de los sueños para olvidar el regusto amargo que supuso su Gorrión Rojo, pero tampoco es que estemos ante un gran trabajo de realización, siendo perezoso en muchos momentos y no sabiendo esquivar las limitaciones (que las hay, y se nota) de presupuesto para reflejar en pantalla la ambición que propone el guion.

Quizá con un poco más de mimo la historia habría funcionado muy bien como metáfora sobre la pérdida y el dolor que supone llegar a aceptar la muerte de un ser querido (algo de lo que hablaba, mucho mejor, El teléfono del señor Harrigan), pero las buenas intenciones se pierden entre los derroteros de un correcalles onírico que toma demasiadas cosas prestadas al Origen de Nolan o incluso a los mundos del Dr. Stranger de Derrickson o Raimi. Hay omentos en los que parece que la película va a brillar con luz propia, aspirando a recuperar el tono del Tim Burton de sus primero años (incluso con un efímero toque daliniano), pero todo es un espejismo, como ese Flip al que da vida Momoa que parece pedir a gritos la presencia de Jonnhy Deep.

Quizá, apostando más por la profundad sentimental, por la diversión más desenfrenada y con un poco más de dinero (o imaginación), la cosa podría haber lucido francamente bien, pero la realidad es que todo queda condenado a una peliculita algo infantiloide tan fácil de disfrutar como de olvidar a los cinco minutos.

Una verdadera pena.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Disney+: DESENCANTADA, VUELVE GISELLE

Hace ya la friolera de quince años se estrenó (en cines, por supuesto), Encantada: la historia de Giselle, una simpática comedia  que, pese a pertenecer a Disney, parecía querer burlarse un poco de los tópicos de los cuentos de hadas, ridiculizando a las princesas de fantasía y los momentos (en ocasiones bochornosos) musicales de esas películas.

Lo que tenemos ahora es, como se suele decir, una secuela tardía y posiblemente innecesaria que, como metáfora del paso del tiempo (no solo en la ficción, sino también en la vida real, se ha estrenado directamente en streaming, por más que su protagonista esté ahora mucho más consagrada que cuando se realizó la primera película y se haya logrado recuperar a los protagonistas secundarios (aunque tampoco es que tenga un mérito exagerado haber conseguido recuperar a Patrick Dempsey y James Marsden).

Con Amy Adams como protagonista casi absoluta (sería de justicia mencionar a su lado a Gabriella Baldacchino sustituyendo a Rachel Duff en el papel de Morgan), Desencantada: vuelve Giselle arranca tal y como finalizó la anterior entrega, con Giselle viviendo en el mundo real y enfrentándose a problemas, como la aceptación social o la rebeldía de Morgan, inexistentes en su mundo de origen. Por eso, cuando tiene la oportunidad de usar un deseo para que la realidad se vuelva un poco mágica lo hace sin sudas, desconociendo las fatales consecuencias que eso va a acarrear a su familia y a todo el mundo de Andalasia.

En un sentido estructural y narrativo, la película funciona bien, siguiendo la lógica que hay tras el intercambio de roles y evocando al clásico refrán de que aunque la mona se vista de seda… Así, se podía pensar en cualquier historia sobre la dificultad de encajar en un entorno nuevo o las dificultades para conseguir la aceptación de los hijos (más cuando ni siquiera son biológicos) tras imponerles un cambio de hábitos drástico.

Sin embargo, en el punto negativo cabe señalar que la película ha perdido la frescura y la originalidad que tenía la pieza original, volviéndose previsible y rutinaria y son ofrecer nada especialmente estimulante que la justifique. Ni siquiera Amy Adams parece estar muy cómoda con su retorno, a juzgar por su trabajo interpretativo.

En resumen, que estamos ante un buen pasatiempo que puede convencer a los más pequeños o a un público aficionado a los cuentos de hadas pero que dejará indiferentes a aquellos que busquen algo un poquito más ácido o con más mala leche. Y es que, después de tanto Shrek, Érase una vez, La escuela del Bien y del Mal… eso de jugar a mundos donde los cuentos de hadas son reales y entremezclar a sus personajes más clásicos ha perdido el factor sorpresa…

 

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Cine: BLACK PANTHER: WAKANDA FOREVER

Después de una combinación de películas y series algo tambaleante a causa de los reajustes impuestos por la pandemia y las cenizas provocadas por la explosión triunfal que fue EndGame, la Fase Cuatro del UCM ha concluido al fin no sin pocas críticas por la bajada de calidad o interés de sus propuestas. Se suponía que la película que cerraba la fase, la secuela de Black Panther, iba a ser la que subiese el listón y diese un manotazo sobre la mesa, pero ya os digo –y esta es sólo mi modesta opinión-, que no ha sido así, considerando que Dr. Stanger y el multiverso de lalocura o incluso la infravalorada Eternals (dejo de lado Spiderman: no way home por lo de no ser 100% Marvel) están un peldaño por encima de la nueva película de Ryan Coogler.

Es cierto que Black Panther: Wakanda forever nació ya con no pocos problemas. A la inesperada muerte de Chadwick Boseman cuando ya estaba arrancando la producción y los cambios que hubo que hacer al guion deprisa y corriendo hay que añadirle las pesadillas que, al parecer, ha provocado la actriz Letitia Wright debido a su postura negacionista con respecto a las medidas de seguridad contra la Covid-19 durante el rodaje. A eso hay que sumarle la necesidad de distanciar al antagonista del film, Namor, de la versión de Aquaman ofrecida por Warner en el DCEU, consiguiendo que finalmente el personaje interpretado por Tenoch Huerta se parezca al rey de Atlantis de las viñetas como un huevo a una castaña (y eso que a la postre tampoco es que el Aquaman de Jason Momoa tuviera mucho que ver con su contrapartida comiquera).

El caso es que desde el primer momento queda claro que Wakanda forever debe funcionar como homenaje a Boseman, cosa que no solo me parece estupendo, sino que considero que era de justicia, pero de ahí a ser una pleitesía constante hay un largo trecho. Tanto, que el problema más grande que tengo con la secuela de Black Panther es la desaparición del personaje de Black Panther, convertido aquí en un fantasma al que se le espera durante demasiado tiempo y que cuando al fin aparece ni luce como merece ni está a tiempo de arreglar el desaguisado.

No es Wakanda forever una mala película, ni mucho menos. Pero sus excesivos 161 minutos dan para mucho, incluso para el aburrimiento. Y, sin embargo, queda la sensación de que falta tiempo para explicar mejor las cosas. Me viene a la mente, por ejemplo, la presencia superflua del ejército de Namor (¿realmente pinta algo Namora), la aparición casi gratuita de Everett Ross y Valentina Allegra de Fontaine (más allá, la segunda,  de servir de nexo entre películas y adelantar su participación en Thunderbolts), lo desaprovechada que resulta IronHearth o la nula mención a Zemo después de los sucesos de Falcon y el Soldado de Invierno.

No es, insisto, una mala película. Debería calificarla de buena, incluso. Tiene una gran dirección e interpretaciones muy potentes (destaco a Angela Basset, siendo el tal Huerta de lo que menos me ha gustado). Pero a la vez acumula demasiadas cositas que no me han terminado de funcionar como para evitar sentirme decepcionado de la misma. No es que en su momento fuese de los que quedase enamorado de la primera Black Panther (me alegré de su nominación al Oscar por mi condición de marvelita confeso, pero a la vez lo encontré fuera de lugar), pero lo que tengo claro es que vistos los derroteros de esta continuación (con decisiones que, creo, son un error por parte de Marvel) no me apetece nada la hipotética Black Panther 3.

Y esto no tiene nada que ver con decisiones polémicas como el cambio de identidad de Namor (este no es Namor, pero no por cuestiones de etnia) o el mensaje feminista que ya empieza a ser muy repetitivo. No. Mi problema, aparte de los momentos aburridos que hay en su ritmo, es que la trama no me enganchó en absoluto. Es muy emotiva, cosa que me parece bien, y juega a provocar la lagrimita en no pocas ocasiones, pero la ausencia de Boseman (o de T’Challa, que para el caso es lo mismo) no debería traducirse en la ausencia de Black Panther. Es esa falta de protagonismo, de liderazgo con el que alguien tome el control de la historia, lo que me invita a perder el interés en la misma y conformarme con lo mismo que ya me ofreció Coogler en la primera entrega: un buen pulso visual, gran banda sonora y muy vistoso vestuario.

No hay nada a nivel narrativo que justifique la decisión de Kevin Feige de cerrar la Fase Cuatro en este punto, pero a nivel conceptual me parece un acierto. Dejando de lado las apuestas seguras de Spiderman y Dr. Strange, el resto se ha caracterizado por no saber exactamente hacia donde se quería dirigir. Esperemos que, con la llegada de Marvels, la Fase Cinco sea la que se dedique a enderezar el rumbo.

 

Valoración: Seis sobre diez.