martes, 30 de junio de 2015

La película del mes: FRAUDE

No voy a perder aquí el tiempo detallando los muchos valores del cine de Orson Welles, cuya opera prima se sigue considerando una obra maestra indiscutible, pero la película que os presento hoy por recomendación de mi amigo Yomi Salas (y por extensión de toda La Maraña al completo) es Fraude, una rareza dentro de la filmografía de este autor que se sitúa en el ocaso de su carrera, cuando sus esfuerzos se centraban casi exclusivamente en documentales y cortometrajes.
Fraude (F for fake) es un interesante ejercicio de metacine en el que el director se presenta a sí mismo como un mago de la escena y nos ofrece un documental narrado en primera persona sobre el arte del engaño. Partiendo con la excusa de la historia de Elmyr de Hory, uno de los mejores falsificadores de arte que se conocen, y su biógrafo Clifford Irving (otro tramposo que escribió de forma fraudulenta la biografía de Howard Hughes), Welles no parece tan interesado en relatar la historia de lo que sucedió con estos dos pintorescos personajes sino en cómo el mundo del espectáculo puede manipular nuestras mentes para llevarnos por los caminos elegidos por el director de turno. No en vano la propia carrera de Welles tuvo un importante despunte gracias a un fraude: su narración en una emisora de radio de La guerra de los Mundos, de H.G. Wells que fue confundida por una invasión real y causó el pánico (y la posterior indignación) en los Estados Unidos.
Cine y pintura se entremezclan en este curioso ejercicio de metalenguaje en el que se rompe la cuarta pared al antojo del señor Welles, cuya presencia como narrador tiene una potencia impagable, algo egocéntrica en algún momento.
Fraude no es, desde luego, una obra maestra, y puede resultar cansina en algunas secuencias concretas, innecesariamente alargadas, como las que protagoniza Oja Kodar, pero el conjunto resulta sumamente refrescante a la par que reflexivo, incluso mordazmente cómico por momentos.
El cine es una gran mentira, parece querer decirnos Welles en este documental, sin necesidad de hablar para ello de cine. Una enmarañada red de secretos y conspiraciones entre pintores y mecenas que termina por involucrar al mismísimo Pablo Picasso y que sirve como inspiradora revelación de que en esta vida no todo es lo que parece.
Al principio de la película el propio Welles, mirando profundamente a cámara, nos lo advierte: todo lo que veremos en los próximos sesenta minutos es totalmente real. Pero, ¿debemos creer a un tipo que se nos presenta disfrazado de mago? ¿Acaso no es la propia película en sí un fraude por definición?
Estas son algunas de las preguntas que se irán planteando a lo largo de este documental protagonizado por los propios personajes reales (aumentando así la bipolaridad entre realismo e impostura) y que se terminarán resolviendo al final de la historia.
¿O no?
Y es que esto no es más que eso: un fraude. Un engaño. Y Orson Welles es un mago de la escena en todos los sentidos.

El comentario del mes: ¿CINE DOBLADO O SUBTITULADO?

Este es, sin duda, uno de los debates más calientes que hay en nuestro país alrededor del mundo del cine (también se podría hablar de las subvenciones, la piratería... pero eso ya queda para otro día). ¿Debemos ver el cine en versión original o es mejor disfrutarlo doblado? La única respuesta válida a esta pregunta es obvia: que cada uno lo vea como le dé la gana, pero, ya que esto es un comentario abierto al debate, permitidme dar mi punto de vista.
Simplificando mucho, se podría decir que el cine más comercial, el blockbuster puro y duro, conviene verlo doblado. No ya porque el espectador no tenga derecho a escuchar la voz original de Chris Platt gritando a los velocirraptores o a Schwarzeneger diciendo por cuadragésima vez aquello de I'll be back, sino porque seguramente estrenar en una sala de trescientas personas una película que obligue a leer subtítulos sería bastante arriesgado. Por otro lado, parece casi inevitable pensar que cualquier película de las que se podrían describir de exclusivas para cinéfilos avanzados, debería estrenarse únicamente en su idioma original, si es iraní o así, mejor.
Yo voy a intentar quedarme en un terreno medio y centrarme en todo tipo de cine (nunca entendí bien la denominación de cine comercial: ¿acaso hay algún cineasta que haga una película sin la pretensión de ganar dinero?). Mi teoría es la siguiente: el cine debería verse en versión original siempre y cuando uno entienda el idioma en el que está rodada la película en cuestión. Si no es así, es mejor optar por la versión doblada.
Ahora viene cuando se pone el grito en el cielo y se me llama sacrílego por escupir en el trabajo de un actor. De acuerdo, sí, la vocalización y el acento forman parte importante del registro interpretativo de un actor y si vemos dobladas películas como Gravity, por ejemplo, no podemos apreciar el esfuerzo de Sandra Bullock por transmitir con su respiración diversos estados tanto de ánimo como físicos (por lo que muchos no entendieron su nominación al Oscar), pero pasarse una película leyendo subtítulos supone a mi entender una falta de respeto hacia directores de fotografía y el resto de técnicos visuales cuya labor nos va a llegar mermada. Muchos dicen que uno se acostumbra a leer en pocos minutos (no es mi caso, que he sufrido incluso el episodio contrario: vi en el Festival de Sitges REC: Apocalipsis en español pero subtitulada en inglés y tenía que tapar los subtítulos con el dedo porque mis ojos se desviaban continuamente hacia las letras y me perdía parte de lo que sucedía en pantalla), pero eso es una excusa para justificar un pretendido intelectualismo (en el caso de algunos, al menos). Al fin y al cabo, uno puede llegar a acostumbrarse a escribir mientras está en un espectáculo y nadie por ello va a aplaudir a esos tipejos que se pasan una función de teatro completa wasapeando con el móvil.
Todo esto puede ser muy discutible, de acuerdo, pero de lo que no hay duda es de que los subtítulos de una película mutilan sin compasión los diálogos reduciendo y reinterpretándolos en muchas ocasiones. Es en este caso cuando el arranque de mi comentario se vuelve del revés y, desde un punto de vista práctico, resulta mucho más coherente ver en idioma original cosas como Transformers o Independence day (ahora sería un buen momento para pegarme la vacilada y decir que esa peli la vi en su momento en Nueva York, sin subtítulos, claro, y pude seguir perfectamente la historia) que películas de diálogos frescos e inteligentes, como las guionizadas por Woody Allen o Tarantino. Sería interesante preguntar a esos dos autores como prefieren que se vean sus películas fuera de los países anglosajones: cambiando la voz de sus protagonistas o mutilando sus textos. Mención aparte es el hecho de que grandes profesionales como Ramón Langa o el desaparecido Constantino Romero hayan sido capaces de mejorar incluso las voces originales, lo cual (aunque sea para bien) también podría ser artísticamente discutible.
Otro ejemplo de esto es la serie True Detective, de la que todos proclaman que hay que escuchar en su versión original pese a que el protagonista Matthew McConaughey parezca tener una alpargata de esparto en  la boca y su dicción resulte casi incomprensible para los propios angloparlantes, cuando la verdadera virtud de la serie son las largas (y ágiles) conversaciones que me gustaría saber en qué quedan en su versión escrita.
Todo esto, insisto, desde el punto de vista de aquellos (en España la mayoría, por desgracia) que no dominamos el inglés (bueno, o el idioma que sea, que hay cine más allá de Hollywood). Quien se maneje perfectamente en otros idiomas debería optar siempre por el original. Y de paso, renegar de las novelas traducidas (¿o es que un escritor no pierde autenticidad con su traducción?) y leer los manuales de instrucciones de sus electrodomésticos en chino, que esas traducciones sí que tienen delito. Y ya de paso, que bajen los precios de los productos culturales con la pasta que se van a ahorrar despidiendo a traductores e intérpretes (ojo, esto último es ironìa, que no se me enfade nadie del gremio).
Al final, por muy loable que sea la posibilidad de “culturizarse” en una sala de cine, estamos hablando de un espectáculo. Un entretenimiento. Y unas letras sobreimpresas en pantalla (que recordemos no han sido colocadas ahí por el director de la peli) no solo pueden distraer sino que incluso en ocasiones ocultan parte de lo que se muestra en pantalla. Una puesta de sol bucólica, por ejemplo, con una profunda y reflexiva voz en off no tiene nada que ver con estar leyendo unas frases sobreimpresas encima de una postal, digo yo.
Cambio mi discurso, sin embargo, en el caso concreto de los musicales. Como la propia palabra dice, esté género centra toda su atención en las canciones que dan sentido a la historia, y como tal resultan un elemento demasiado importante como para que nos llegue alterado. Si los resultados de taquilla demuestran que títulos como Frozen interesan a más público que el meramente infantil, ¿por qué no se ofrecen versiones dobladas pero que mantengan las canciones en inglés? ¿Qué criterio se sigue para que Into the woods o Los miserables tenga las canciones originales y El fantasma de la Ópera o Annie, no? aparte del puramente económico, claro está.
En fin, como he dicho al principio, cada uno que haga lo que quiera. Yo, mientras no tenga un gran nivel de inglés, seguiré viendo las películas americanas dobladas siempre que pueda.
Aunque ya me gustaría a mí no tener que hacerlo...

lunes, 29 de junio de 2015

ESPÍAS (6d10)

Dirigida por Paul Feig, considerado uno de los nuevos gurús del cine de humor en los Estados Unidos a raíz del éxito de La boda de mi mejor amiga, la película reúne de nuevo al director con su estrella fetiche, la oronda Melissa McCarthy (a la que también dirigió en Cuerpos Especiales, con Sandra Bullock), a la que acompaña –por el lado femenino- Rose Byrne, vieja conocida también del director.
Está en el talento de este trío el secreto del éxito de esta comedia que pretende ser una parodia del cine de espías al más puro estilo de James  Bond mucho menos respetuosa que la reciente Kingman, que roza la perfección en su faceta más humorística pero cuya intensidad decae en la vertiente seria.
Con una McCarthy en estado de gracia dando vida a un personaje muy bien definido por parte de Feig y que para nada corresponde al tópico de gorda torpe y patética que uno podría estar tentado a imaginar, la película describe como una brillante analista de la CIA debe convertirse en agente de campo tras el asesinato de uno de los agentes más brillantes. Con un humor inteligente que sabe hacer de la simpleza un arte, Paul Feig nos presenta una historia sobre los contrastes entre el arquetipo de ama de casa amargada y frustrada que se le supone al personaje de McCarthy en contraposición a la agudeza mental y la preparación que en realidad posee, mientras que la tosquedad cómica recae sorprendentemente en un cazurro Jason Statham (un plauso para él por saberse reír tan bien de sí mismo) y un presuntuoso y sobrado Jude law, un pavo real de pasteloso look que recuerda vagamente al tono que quería transmitir Johnny Deep a su Mordecay pero con la pequeña diferencia de que Law lo sabe hacer bien.
Lamentablemente, no todo es perfecto en esta película en la que la trama de espías que se supone debe ser el sustento de la historia es demasiado floja y carente de originalidad, mientras que Feig flojea en las secuencias de acción, haciéndome pensar que quizá el tono general del film le venga un poco grande. Prueba de sus errores a la hora de repartir el ritmo de las escenas se puede encontrar en los innecesarios 120 minutos de metraje para una película de estas características.
Brillante e inspiradora en su parte de comedia, es con ello con lo que debemos quedarnos para seguir apostando por Feig como un cineasta suficientemente elegante e inteligente para saber hacer (y escribir) comedia sin necesidad de caer en la escatología facilona o el complejo e Peter pan que tanto abunda e el cine, por ejemplo, de Apatow.
Refrescante apuesta veraniega para pasar un buen rato y no sacarle demasiada punta  a su trama central, la historia de espías que, en realidad, menos interesa.

SAN ANDRÉS (6d10)

Empecemos por resaltar que todo lo que sucede en la película es pura ficción.
Sí, es cierto que la falla de San Andrés está en constante movimiento y que, tal y como dice el personaje interpretado por Paul Giamatti, el riesgo de un gran terremoto es tan elevado que la pregunta no es si sucederá, sino cuándo sucederá. A partir de ahí, ni es posible que el suelo se agriete formando una especie de cañón como en el film, ni se prevé que pudiese alcanzar (y mucho menos superar) los nueve grados en la escala Ritcher ni es posible un tsunami con la altura que se ve en la película, por no mencionar que hoy por hoy es científicamente imposible la posibilidad de prever el terremoto.
Aclarado esto, y ya bien conscientes de que la película no va a tener un ápice de verosimilitud, hay que reconocer que la orgia destructiva que protagoniza el bueno de Dwayne Johnson es un divertimento de lo más saludable, con unos efectos visuales impactantes, un buen uso de la tecnología 3D y unos personajes secundarios que no molestan y ayudan a mantener en alto el listón de la emoción y el drama.
Johnson interpreta al piloto de un helicóptero de rescate con trágico pasado y recién separado de su mujer (más arquetípico, imposible) que se alzará como el principal héroe cuando la falla de San Andrés que recorre el estado de California en Estados Unidos y Baja California, en México, provoca una serie de devastadores terremotos que se concentrarán, sobre todo, en la ciudad de San Francisco. Aunque protagonizada de modo estelar por el antiguamente conocido como “The Rock”, la película –como buena cinta catastrofista- tiene dejes de coralidad, presentándonos en paralelo la historia de la exmujer del prota y su nuevo novio, la lucha desesperada por la supervivencia de la hija del héroe y una pareja de hermanos y el punto de vista científico que ofrecen la explicación teórica de todo lo que vamos a ver en pantalla.
Un puñado de buenos actores (ahí están, aparte de los mencionados Johnson y Giamatti, Alexandra Daddario, Carla Gugino o Ioan Gruffudd) no son suficientes para dar empaque a un guion exageradamente estúpido, donde se abusa tanto de las casualidades, del “por los pelos” y de la escasa profundidad de los personajes que el resultado final es un refrito de cosas mil veces vistas, una oda a la destrucción que sueña con emular el sello de Roland Emmerich, aunque el director canadiense Brad Peyton no ha sabido copiar la épica emotividad el germano.
No diremos, desde luego, que San Andrés pueda engañar a nadie. Cualquiera que se haya molestado en ver el tráiler o leer al menos la sinopsis antes de entrar a la sala del cine sabe perfectamente lo que se va a encontrar y puede llegar incluso a adivinar paso por paso lo que van a hacer los protagonistas sin peligro de que nadie los spoilée . La película es lo que pretende ser y no aspira a nada más que a entretener y hacer disparar los niveles de adrenalina, debiendo aceptarse con unos bajos niveles de exigencias. Se agradece, al menos, que Peyton no se ande por las ramas y gaste todos sus esfuerzos en destrucción pura y dura casi desde el primer minuto, como si fuese el primero al que las subtramas le importasen un pimiento y las mantuviera solo para rellenar (posiblemente evitando el error de Anderson en Pompeya, cuya historia de amor deslucía la impresionante –y en ese caso realista- erupción del Vesubio).
Así que sí, la película es una tontería llena de absurdeces y escenas sin sentido, que roza el ridículo en algunos casos y con algún que otro diálogo bochornoso (yo mismo me descubrí completando las frases de los protagonistas como si las conociera de antemano). Pero es que de eso va precisamente la película, de destrucción absurda y sin sentido, ridícula y bochornosa, pero muy disfrutable, una película para zambullirse en un tonel de palomitas y dejarse llevar por el amigo The Rock y sus piruetas a bordo de un helicóptero o, en la práctica, todo lo que se le tercie mientras tenga motor.
No es la peli del verano ni sentará cátedra en su género, pero para pasar un buen rato de entretenimiento funciona. Y eso es lo único que se le debe pedir.


domingo, 21 de junio de 2015

AHORA O NUNCA (6d10)

En un momento inmejorable para la comedia española, Ahora o nunca parece querer aprovecharse de la suma entre la moda de las películas de bodas (ahí están los éxitos de Tres bodas de más o La gran familia española) y el triunfo en taquilla de Ocho apellidos vascos, con la que comparte protagonista masculino y (no por casualidad) presencia femenina, aunque Clara lago en este caso sea muy secundaria.
Aunque sea injusto entrar en comparaciones con la obra de Martínez Lázaro, parece que son los propios artífices de Ahora o nunca, la directora Maria Ripoll y los guionista Jorge Lara y Francisco Roncal, quienes buscan el recuerdo de la anterior comedia de Dani Rovira, que resultaba algo más fresca en su concepción y diálogos que esta quizá en parte porque Rovira todavía no se creía actor y se limitaba a ser él mismo. Más alejado del genial monologista, Rovira encabeza un reparto interesante para una comedia romántica de libro. Casi se podía decir que sigue los esquemas establecidos paso por paso, y aunque los diversos episodios del camino puedan sorprender el final del trayecto podría ser anunciado desde el mismo momento en que se apagan las luces del cine.
Eva y Álex están enamorados y se quieren casar en el mismo lugar de la campiña inglesa donde se conocieron. Allí se dirige la emocionada novia y una parte de la familia para ir preparándolo todo mientras el resto debe esperar la entrega del vestido de novia. Pero una huelga de controladores aéreos parece destinada a boicotear la ceremonia.
Comedia blanca, facilona, algo televisiva y muy tópica, con los mejores gags maltratados por su tráiler, parece lastrada por un ritmo irregular que no termina de conseguir que arranque nunca, un defecto que en parte mostraba ya Ripoll en su anterior película, Rastres de Sàndal.
Dicho así, se podría pensar que se trata de una mala película. Y quizá lo sea. Mala como es mala cualquier comedia de Julia Roberts o Sandra Bullock. Tonta, embaucadora y superficial. Demasiado anclada en sus arquetipos. Demasiado dispuesta a dar lo poco que el público pueda esperar de ella.
Posiblemente, lo que estábamos esperando.
Así que sí, quizá sea una película mala, simple y previsible, pero los arranques de Rovira, la mala leche de Jordi Sánchez, el encanto de María Valverde, la presencia de Yolanda Ramos, el pastelosa complicidad del trío de amigas de la novia, la frescura de Melody… Todo ello, visto en su conjunto, consigue arrancar más de una carcajada al respetable que, cegados por las luces de neón que anuncian como definitivo algo tan etéreo como el amor, terminamos dejándonos seducir por una película que quizá no llegue a ser nunca como Ocho apellidos vascos pero por lo menos le da mil patadas a ese horror que fue Cómo sobrevivir a una despedida, con la que incluso parece compartir una subtrama, afortunadamente mucho mejor resuelta.

EL NIÑO 44 (5d10)

Ambientada en la Rusia comunista (la antigua URSS), El niño 44 cuenta la historia de un asesino en serie en una época en la que se proclamaba que “no existen asesinos en el paraíso”. En un época que podría definirse por una constante caza de brujas ante la paranoia de Stalin contra los “traidores a la patria” la aparición de este asesino se entremezcla con la extraña historia de amor entre el militar Leo Demidov y Raisa, y la caída en desgracia de la pareja por no querer acusar él a su esposa por traición.
Disfrazada por el sueco Daniel Espinosa de crónica social, la película es en realidad una simple y casi tópica historia de psicópatas al más puro estilo de El silencio de los corderos, aunque sin la tensión de aquella.
Confieso no haber leído la novela de Tom Rob Smith en que se basa, pero la película acontece de una falta de ritmo y una reiteración que hace que las más de dos horas de metraje resulten algo excesiva. Y no es que la película llegue a aburrir, que no lo hace, pero el caso es que si nos quedamos con la trama policiaca la cosa queda algo floja y previsible (hay que tener en cuenta que conocemos el rostro del asesino a media película) mientras que la parte política está lamentablemente desaprovechada.
Tanto es así que toda la fuerza dela película recae en su reparto, muy atractivo en cuanto a nombres se refiere pero sin demasiado interés por mi parte, con un Tom Hardy cuya cara de pena me está empezando a cansar, una Noomi Rapace tan insulsa como siempre y un Gary Oldman que, esté en la época que esté, siempre termina haciendo lo mismo (de hecho, una vez llegado al final, no pude dejar de preguntarme si se trataba de una especie de precuela de Batman en la que se nos explica como Gordon llega a comisario). También pululan por ahí Vicent Cassel, Joel Kinnaman y un casi anecdótico Jason Clarke. Muchos nombres pero pocas nueces.
Al final, la película logra mantener más o menos el interés, con algunos momentos de acción bastante bien conseguidos, pero sobrevuela sobre ella constantemente la sombra de la decepción, como si Espinosa fuese un jugador de cartas novato que no sabe qué hacer con una buena mano. Desde luego, la historia podría haber dado para mucho más. Pero habrá que conformarse con lo que hay.

VIAJE A SILS MARIA (7d10)

En palabras inmortales de Fray Luis de León (recuperadas posteriormente por Unamuno): Decíamos ayer…
Decíamos ayer que Hollywood se estaba mirando el ombligo últimamente, y Birdman y La sombra del actor eran las dos caras de una misma moneda en la que un actor ya consagrado se refugiaba del circo californiano en el más elitista mundo del teatro.
Viaje a Sils Maria es, sin duda la tercera pata de un mismo taburete, ya que cuenta la historia de Maria E
nders (brillantemente interpretada por Juliette Binoche), una veterana actriz de éxito (acaba de participar en la franquicia de X-men, nuevo comentario friki que sirve por ende para demostrar el nuevo concepto que en Hollywood se tiene del cine de entretenimiento) que viaja a un pequeño pueblo de los Alpes Suizos junto a su asistente Valentine (una sorprendente Kristen Stewart que consiguió ganar un Cesar gracias a este personaje y que parece haberse sacudido el sambenito de haber sido la Bella de Crepúsculo definitivamente). El motivo del viaje es la  recogida de un premio honorífico al autor teatral Wilhelm Melchior, pero durante el trayecto reciben la noticia del fallecimiento del escritor, mentor y amigo personal de Enders. Esto iniciará un viaje introspectivo de la actriz que se potenciará con la oferta para volver a los escenarios a interpretar la obra de Melchior que la consagró: La serpiente de Maloja, en la que una joven hermosa llamada Sigrid seduce a la madura Helena hasta condenarla al suicidio. Naturalmente, Maria Enders se hizo famosa interpretando a Sigrid, pero la oferta de ahora es para el papel de Helena (un relevo generacional que recuerda al apuntado por Cronenberg en el personaje de Julianne Moore en la también coincidente Mapa de las Estrellas).
Aunque Viaje a Sils Maria no contiene el delirio alucinógeno de su protagonista como las obras de Levinson y Iñárritu, si mantiene el doble juego entre realidad y ficción gracias a los ensayos de la obra que Enders realiza con Valentine, regados de intensas discusiones sobre las diferentes maneras de entender a los personajes que, evidentemente, imita a la propia realidad, y con un desenlace que, como en las otras dos películas mencionadas, invitan al debate y la reflexión.
Amparada por unos espectaculares paisajes (el título de la obra: la serpiente de Maloja hace referencia al movimiento sinuoso de la nubes entre las montañas que rodean el valle), Viaje a Sils Maria es un intenso duelo interpretativo entre estas dos actrices (entre las que se cuela, de manera también brillante, Chloë Grace Mooretz) y una reflexión sobre el paso del tiempo, la soledad y el arte. Sí puede sonar a más de lo mismo. Y quizá lo sea. Pero la puesta en escena de Olivier Assayas, aunque un poco excesivo en cuanto a la duración del metraje, es intensa y apasionante, y el retrato de la industria del  show busines es reflejado con contundencia, aunque el cine comercial sale algo mejor parado que en Birdman gracias a la defensa a ultranza que hace Valentine contra el escepticismo y las burlas de Enders (la propia Binoche asegura que aceptó participar en Godzilla para conocer por dentro el rodaje de un blockbuster y poder prepararse mejor para este papel).
De nuevo el glamour postizo y artificioso de Hollywood puesto al descubierto, aunque en esta ocasión desde un prisma europeo.

REQUISITOS PARA SER UNA PERSONA NORMAL (6d10)

Después de que hace poco más de un mes nos llegaré el debut como director de Daniel Gzmán es ahora otra actriz de origen televisivo quien se atreve a dar el salto a la realización, haciéndose cargo, como hiciera Guzmán en A cambio de nada, también del guión. Es Requisitos para ser una persona normal, por lo tanto, casi una peli de autor aunque, eso sí, relativamente convencional.
Con un estilo muy desenfadado y aprovechándose de la química que hay entre la todoterreno Leticia Dolera y el con el actor Manuel Burque, que ya coincidieron en la serie Bloguera en construcción, Requisitos para ser una persona normal parte de los intentos desesperados de María de las Montañas no en ser una persona normal (como ella misma cree), sino en ser feliz. Arrastrada por una serie de inevitables convencionalismos, como la familia, el trabajo, la casa propia, los amigos y, sobre todo, la pareja, María coincidirá con Borja, un dependiente de Ikea (y personen la publicidad, pero es que el almacén de muebles es casi un protagonista más de la historia) con  quien se aliará para conseguir los objetivos de ambos: ella “ser normal”, él adelgazar.
Simpática y efectiva comedia romántica con un tono edulcorado y un enfoque claramente femenino (algo en ella me recuerda a las novelas de Federico Moccia ) con un toque de libro de autoayuda y una nada sutil lección de vida, en la que podemos encontrar también a Miki Esparbé como el tercer vértice de un inevitable triángulo amoroso.
Con empalagosas cancioncillas vitalistas y sobreimpresiones narrativas en color pastel, algo hay en ella de anuncio de compresas (¿a qué huelen las nubes?) sin que ello tenga que entenderse necesariamente como algo negativo.
Requisitos para ser una persona normal no es más que, al fin y al cabo, una serie de falsas directrices para tomar las decisiones correctas en la vida, dejándose llevar por el corazón más que por la simple lógica, por lo que ese aspecto de pastel de algodón de azúcar que Solera le ha sabido imponer le queda que ni pintado.
Ni excesivamente arriesgada como para ser verdadero cine de autor pero suficientemente original como para ser una ópera prima, Requisitos para ser una persona normal es realmente muy agradable de ver, divertida en su mayoría y con momentos de melancólica tristeza muy bien orquestados por su autora y centrados, especialmente, en la figura de Silvia Munt.
No es una obra rompedora ni exenta de tópicos, pero tampoco creo que lo pretenda. Leticia Dolera busca, simplemente, la felicidad. Y se nota que esta película le ha hecho feliz.
Y haberlo sabido transmitir no es cosa fácil.

sábado, 20 de junio de 2015

LA SOMBRA DEL ACTOR (6d10)

Aunque creo que ya lo he comentado alguna vez, me continúa resultando muy curioso como en ocasiones pueden coincidir en el calendario dos películas de argumentos relativamente similares. La coincidencia de películas sobre Blancanieves puede deberse sólo a la moda de adaptar cuentos infantiles a la gran pantalla, pero casos recientes como los Hércules, los ataques terroristas a la Casa Blanca o biopics paralelos sobre un mismo actor o director pertenecen más a la casualidad que a otra cosa, por más teoría conspiranoica que pueda hacerse. La cosa es más llamativa todavía si se trata de películas de corte más independiente, alejadas del concepto de blockbuster más convencional.
Y es que no cabe duda que La sombra del actor es una especie de cara B de la gran triunfadora del año pasado, Birdman, ya que aborda desde un punto de vista algo más intimista y con menos esfuerzos visuales una historia relativamente similar (y aunque se haya estrenado bastante después debo insistir en que sus rodajes y estreno en festivales fueron prácticamente parejos): la de un consagrado actor de Hollywood caído en desgracia y refugiado en el teatro que confunde la realidad con sus propias ilusiones y cuya tendencia suicida es más que preocupante (y no piensen que estoy spoileando nada, con un intento de suicidio arranca la película). Por encontrar similitudes ridículas (y permítanme colar aquí el comentario friki del día) incluso se imitan en la alusión al mundo de los superhéroes, aunque en conceptos muy diferentes.
La principal diferencia entre ambas es que mientras Birdman, pese a las inmensas interpretaciones de Michael Keaton y Edward Norton, giraba alrededor de la dirección de Alejandro González Iñárritu y su imposible plano secuencia, en La sombra del actor el verdadero y casi único) foco de atención hay que buscarlo en un arriesgado Al Pacino, uno de los grandes de Hollywood, cuya vida real no es tan pareja a la de su personaje como sucedía con los interpretes de Birdman pero que tampoco es que le ande muy a la zaga, refugiado de sus papeles casi testimoniales y poco merecedores de su talento en comedias fáciles o thrillers rutinarios en Broadway, preferentemente al amparo de Shakespeare (imposible no mencionar ahora a la fusión entre ambos mundos en la valiente Looking for Richard).
Sin ánimos de desmerecer el trabajo de Barry Levinson, realizador que ha vivido tiempos mejores con las ya lejanas Good morning, Vietman, Rain Man o La cortina de humo, es Pacino y sólo Pacino quien sostiene toda la película, ya sea para bien o para mal. Su presencia, pese a que ni siquiera para él pasen los años en balde, sigue siendo sobrecogedora, y de la empatía que pueda sentir (o no) el espectador con él dependerá la satisfacción con la que cada uno pueda recibir el film.
Una vez más, Hollywood se mira el ombligo. Y lo hace con una mirada cínica, hiriente y descarnada, apostando más por la destrucción de la mente que por la construcción de la leyenda, recordándonos que los actores son seres de carne y hueso y, en ocasiones, con los pies de barro como cualquiera. O quizá incluso más.

sábado, 13 de junio de 2015

JURASSIC WORLD (7d10)

Han pasado más de veinte años desde que el parque abriera sus puertas por primera vez pero los dinosaurios siguen siendo unos seres tan apasionantes y enigmáticos como entonces, manteniendo la misma fascinación sobre niños y mayores.
Tras cerrarse (aparentemente) la trilogía de Parque Jurásico de la mano de Joe Johnson en 2001 la saga, que había ido de menos a más, parecía muerta y enterrada, y eso provocó que los rumores de una nueva película (se hablaba de remake o rebbot) fuese vista con escepticismo.
Con Michael Crichton tristemente desaparecido de la ecuación y Steven Spielberg centrado sólo en la producción (o al menos eso se le supone, que ya corren por ahí rumores muy parecidos a los de Poltergreist en su época), el elegido para llevar a cabo el regreso al mundo de los reptiles gigantes es el desconocido Colin Trevorrow, cuyos méritos como director se limitan a la película Seguridad no garantizada (de la que recupera, por cierto, al actor Jake Johnson).
Finalmente, para regocijo de los fans, se ha optado por una fórmula que ya está volviéndose algo habitual en Hollywood: Jurassic World es una secuela en toda regla, aunque con personajes nuevos y tintes de querer ser la puerta de entrada a otra posible saga plagada, como no podía ser de otra manera, de homenajes al clásico original.
Tanto es así que la presencia de Hammond (el también desaparecido sir Richard Attenborough) es casi constante.
Un nuevo parque se ha abierto en la misma isla Nublar donde Hammond creara sus “milagros” de fatídico final. Un parque más grande, más moderno y más exitoso, donde la magia por lo asombroso debería ser el foco de atención en una época donde cuesta creer en la magia. Como pincelada crítica a la perdida de inocencia de nuestra época, el parque refleja como las maravillas (ya sean los prodigiosos hologramas o las propias criaturas vivas) se convierten en rutinarias a los ojos de un visitante exigente, lo que obliga a sus creadores a buscar una superación constante, a un desafío tecnológico en muchas ocasiones por encima incluso de la moralidad.
Lo malo es que este mensaje de pérdida de la inocencia que refleja el argumento termina contagiando a la propia película en sí, haciendo que la magia que inundaba el film de 1993 se limite a unas cuantas y escasas secuencias (y en la mirada del, cómo no, niño protagonista), mientras que el resto de la película es un simple despliegue de efectos digitales adrenalíticos que podría tener más referentes en el mundo del comic que del propio cine. De hecho, el gran villano de la historia, el Indominus Rex, un dinosaurio mutantes cuyo propio concepto o denominación es un delirio propio de los seres de la Tierra Salvaje de Marvel o similar.
Jurassic World no consigue repetir, por lo tanto, el espíritu asombroso y emotivo de la primera película, cosa que por otro lado nadie podía esperar, por más que repita el esquema de utilizar a unos niños como eje central del drama (es curioso, lo que más se criticó de la película de Spielberg es lo más repetido en todas sus secuelas), que heredan de sus antecesores la poca profundidad psicológica, una profundidad que en realidad no tienen ninguno de sus protagonistas, que son apenas dibujados con tímidas pinceladas y la empatía que podamos sentir hacia ellos se basa más en su simple carisma que en otra cosa. Eso sí, un elemento de emotividad que inteligentemente han sabido mantener es la partitura original de John Williams, que Michael Giacchino (al que he definido varias veces como su más digno heredero), sabe recurrir para completar su propia banda sonora, efectiva pero no especialmente recordable.
Esa es, por otro lado, la gran baza de Jurassic World, que quizá consciente de sus limitaciones deja de lado el rigor científico de antaño y cambia al protagonista de un antropólogo sensato y reflexivo a un impetuoso amalgama entre el Star Lord de Los Guardianes de la Galaxia e Indiana Jones (precisamente el pasado y, quizá, futuro de su intérprete, Chris Pratt). Y esto es lo mejor de la película, que apuesta deliberadamente por la aventura sin parangón, amparada en unos efectos visuales que, en el caso de los dinosaurios, rozan la perfección (otra cosa sería los escenarios generales, que como en la reciente Tomorrowland demuestran un exceso de postiza digitalización), habiendo resistido bien el paso de los animatronics de Spielberg por el 3D puro y duro.
Así, dejando aparte las comparaciones, Jurassic World debe verse como lo que pretende ser, no como la revolución tecnológica y el despertar de la imaginación y los sueños que promulgaba Parque Jurásico, sino como un pasatiempo veraniego, un blockbuster gigante de ritmo perfecto que, olvidando la sencillez del guion y las inevitables Deus ex machina que pululan por doquier, es sumamente entretenida, una gozada si nos conformamos con evadirnos durante algo más de dos horas disrutando con acción a tope y algún que otro puñetero sobresalto.
Con un reparto bastante estelar (junto al mencionado y glorioso Pratt se encuentran Bryce Dallas Howard, Ty impkins, Vicent D’Onofrio y Omar Sy –permítanme la referencia friki marvelita: se tratan de la Gwen Stacy del Spider-man de Raimi, el niño de Iron Man 3, el Kingpin televisivo y el Bishop de Días del futuro pasado; ¿se dan cuenta como cuadra todo?-), Treverrow (o quien de verdad haya dirigido la obra) consigue un espectáculo entretenido, divertido y aterrador a partes iguales y que consigue estar a la altura (no es este espacio para entrar en comparaciones puntillosas) con el resto de grandes títulos comerciales el año como Los Vengadores: la era de Ultron o Mad Max: Fury Road (y yo me atrevería a incluir en la lista a Tomorrowland, aunque juegue en otra línea), demostrando mi teoría de que este iba a ser un gran año para el cine más palomitero a la espera de que lleguen los nuevos Terminator, Fantastic Four, Ant Man, Misión Imposible, Juegos del hambre , James Bond y, como gran fin de fiesta, Star Wars.
¿Es necesaria esta resurrección jurásica? Pues, en vista de la espectacularidad y la diversión que provoca este film yo creo que sí, superando incluso a sus dos primeras secuelas. Si nos empeñamos erróneamente en compararla con la original, eso ya es harina de otro costal. Y es que como se empeñan en recordarnos constantemente en las comedias románticas… La primera vez siempre es la mejor. ¿O no?

HORNS (6d10)

Nuevo ejemplo de como una distribuidora puede arruinar la carrera comercial de una película es el estreno de Horns año y medio después de su estreno americano y cuando en España se ha podido ver ya (de forma legal) en diversas plataformas digitales (que suele ser el primer paso para poder acceder posteriormente a ella de manera menos lícita).
De todas formas, este no es el principal problema con el que debe lidiar la película, que evidentemente no ha destacado en la taquilla (tampoco es que la época, plagada de blockbusters, vaya a ayudar mucho). Y es que el nombre de su director, Alexander Aja, puede llegar a desconcertar, acostumbrado como nos tiene a festivales sangrientos como el remake de Las colinas tienen ojos o excesos de toda índole como su Piraña 3D. Aquí, sin embargo, el realizador francés está extrañamente comedido con una historia con tintes de thriller fantástico pero que, bien analizada, no deja de ser una historia de amor.
Daniel Radcliffe (¿lograremos algún día separar su imagen de la de Harry Potter) interpreta a Ig, un joven acusado de violar y asesinar a su novia que desde la muerte de esta sufre una caída a los infiernos (finalmente literal) hasta que una mañana de resaca despierta con sendos cuernos en la frente que provocará que todo aquel con quien se encuentre le confiese sus más oscuros secretos. Podría parecer que tan surrealista argumento parece surgido de la enfermiza mente de Stephen King, y quien lo piense no iría muy desencaminado, ya que toda la historia surge de una novela de Joe Hill, precisamente el hijo de King. Sin embargo, pese a las virtudes de la obra y la originalidad de la trama, Hill está todavía lejos de ser un King literario, y los principales defectos de la novela son repetidos en pantalla por el guionista Keith Bunin, que quizá peca que querer ser demasiado fiel al libro. Así, la doble línea temporal entre los protagonistas adolescentes y los adultos (algo muy habitual en la literatura de King) no funciona son suficiente soltura, y el humor negro que se desborda al empezar el film termina diluyéndose en la trama policiaca para llegar a un final que si bien puede funcionar en papel resulta visualmente demasiado grotesco.
Es por ello que donde mejor está la película es en los momentos de puro drama, donde un brillante Radcliffe refleja a la perfección el dolor y la angustia por la pérdida de su amada a la par que acosado por la duda sobre si podría ser realmente él el asesino que todo el mundo piensa.
Rodeando a Radcliffe tenemos un interesante reparto con Kelli Garner (vista recientemente en Pan Am) como la malograda Glenna, Max Minghella como el mejor amigo de Ig y Joe Anderson como su hermano, pero con breves apariciones de Juno Temple, James Remar, Heather Graham o David Morse, casi un habitual en adaptaciones de papá King.
Con todo, la historia resulta suficientemente interesante para cautivar al espectador (aunque quizá los giros de guion resulten algo previsibles), y la contención de su director (y mira que la historia da para pasarse de vueltas) permiten que el resultado final merezca un más que digno aprobado, con algunos momentos que incluso pueden llegar a superar a la propia novela.