lunes, 23 de diciembre de 2013

EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (7d10)

De nuevo nos encontramos de viaje por la Tierra Media, ese lugar parido en la imaginación de J.R.R.Tolkien pero que los aficionados al fantástico (tanto literatura como cine –o, incluso, juegos de video o rol-) conocemos casi mejor que a nuestro propio barrio.
Inicialmente, se pensó dividir la novelita de El Hobbit (prácticamente un cuento al lado de su hermana mayor: el Señor de los Anillos) en dos películas, planeando una tercera que sirviese de puente entre el final de la aventura de Bilbo Bolsón y el comienzo de la saga de El Señor de los Anillos, pero finalmente se decidió que la novela sería dividida en tres partes, añadiéndoles pasajes que pertenecen en realidad a El Señor de los Anillos (adelantando así ese supuesto argumento puente entre ambas obras) y con otras historias y personajes de nueva cosecha. Así, la primera consideración hacia esta película es que contiene alguno de los defectos y virtudes que ya viésemos en El Señor de los Anillos: Las dos Torres. Por un lado, ya entrados en faena, es mucho más divertida y emocionante que El Hobbit: Un viaje inesperado, ya que no debe perder el tiempo en presentación de personajes (recuerden la tediosa e interminable secuencia de la cena en la Comarca) ni hay infinitas escenas de los enanos caminando, cabalgando o corriendo (sí, los planos panorámicos son excelentes, pero también excesivos), aunque por otro lado el coitus interruptus que supone la escena final (mucho más abierta que su predecesora, hace que el año de espera hasta llegar a la resolución final se vaya a hacer muy largo, y quien sabe cuántos abandonarán el viaje antes de tiempo (pese a ser muy superior a El Hobbit: Un viaje inesperado, la taquilla de El Hobbit: La desolación de Smaug está siendo notablemente inferior).
Quiero aclarar lo primero que la película me ha gustado. Y mucho. No debería dejar de comentar los alardes técnicos, la maestría de Peter Jackson a la hora de filmar o lo apasionante de la historia, con la simpatía que nos produce encontrarnos con viejos amigos como Legolas o una desconocida Tauriel que recuerda (y mucho) a Arwen de Rivendel, por no hablar ya de la omnipresencia de Gandalf el gris o el primer vistazo a la característica imagen de… (bueno, dejemos los spoilers para otro día). Sin embargo, teniendo tan reciente la magnífica saga de El Señor de los Anillos, con esos once Oscars recaudados por su última entrega pero que pueden considerarse como si la academia hubiese tratado la trilogía como una sola película de nueve horas (y es que de eso se trata en realidad), las expectativas eran altas, y tener a Peter Jackson a los mandos obligaba a exigirle lo mejor de lo mejor. Por eso puede que, al terminar de leer esta crítica, se quedan con más cosas negativas que positivas. Pero, seamos realistas, lo positivo ya se lo pueden imaginar antes de entrar en la sala de cine, ¿no?
El primer error grave es la duración del metraje. En la ya nombrada trilogía era algo casi obligado debido a la densidad del libro (aún hay quien se queja de las cosas que se quedaron fuera), pero en este caso, con tantas historias de relleno, se podría haber reducido bastante. De hecho, dos películas de duración estándar serían suficientes para contar lo que Jackson (y Guillermo Del toro, que recuerden que era el primer director elegido y cuya mano está en el guion) quería, y si nos olvidamos del dichoso puente entre ambas sagas, una sola película habría resultado excelente.
Ya desde la primera visualización del tráiler asalta una duda al espectador: si es verdad que las tres películas se han rodado al unísono o si tras la fría acogida de la primera se hicieron cambios en el guion. Y es que ese ya mencionado tráiler parecía evitar los principales defectos de El Hobbit: Un viaje inesperado y que a la postre defectos repetidos en esta primera secuela. Y se trata, resumiendo, de la total falta de carisma de los protagonistas, los enanos, personificados principalmente en la figura de su líder, un Thorin Escudo de Roble, una suerte de Aragorn venido a menos que ni de lejos ejerce el papel de estrella de la función como hacía el personaje de Viggo Mortensen en la trilogía original, tanto por culpa del personaje, repelente y carente de empatía, como todo el elenco de enanos, como del intérprete, un Richard Armitage demasiado lastrado por el maquillaje y los efectos digitales que limitan sus dotes interpretativas prácticamente a la mirada.
Martin Freeman cumple como Bilbo Bolson, mucho más suelto que en la película anterior, aunque da la sensación de que Peter Jackson no ha confiado demasiado en su atractivo para con la taquilla y ha puesto toda la carne en el asador en forma de dos personajes inventados para la ocasión, Legolas (provocando el propio Jackson que insistamos comparando este Hobbit con aquel Señor de los Anillos) y Tauriel, elfos que no aparecían en el cuento de Tolkien. Ellos son lo mejor de la película, principalmente una Evangeline Lilly que se erige como la gran guerrera de este capítulo de la saga.
Por otro lado, la espectacularidad y belleza de algunas escenas (¡qué bien hecha está Ciudad del lago!) se contrapone a cierto abuso de los efectos digitales, haciendo que escenas tan bien resueltas desde el punto de vista cinematográfico –como la de los toneles en el río- acabe convertida en un videojuego, mientras que los Orcos carecen del encanto que el maquillaje les proporcionaba en El Señor de los Anillos.
Por último, cabe resaltar el gran defecto que Jackson ha demostrado en casi todas sus películas –sin contar ese experimento fallido que fue The lovely bones- es su tendencia al exceso, que ya perjudicó la (para mi) magnífica King Kong y que recuerda un poco a los errores de su colega Stephen Sommers en esa otra película injustamente despellejada que es Van Helsing. El Hobbit: la desolación de Smaug es un no parar, una carrera adrenalítica sin tiempo para el respiro que, por ser pieza intermedia de una trilogía, carece de los necesarios planteamientos, nudo y desenlace. Si bien por un lado es imposible aburrirse con este film también es necesaria una mínima pausa para poder respirar, haciendo que la acumulación de momentos climáticos agoten y den la sensación de que el film es más largo aún de lo que en realidad es, pareciendo  interminable, más si todo el mundo está esperando (ese es el reclamo de la película, no nos engañemos) la aparición de Smaug y este no solo se produce en la última media hora sino que compone las escenas más flojas (algunas casi ridículas) de la película.
Con muchas tramas abiertas a la vez (cuando en realidad deberían ser sólo dos: Bilbo y los enanos por un lado, Gandalf por otro) y un corte demasiado abrupto (incluso las dos primeras entregas de El Señor de los Anillos tenían una especie de conclusión), todo queda pendiente de cómo el señor Jackson sea capaz de cerrar la epopeya, cosa que será interesante de ver, ya que el equilibrio narrativo de aquella (y los conocedores de la obra ya sabréis a que me refiero) se me antojan complicados.

En resumen, cerca de tres horas de acción, diversión y mucha digitalización que si bien entretiene y emociona no alcanza la maestría que se le debe exigir a Jackson, el verdadero señor de la Tierra Media.

martes, 17 de diciembre de 2013

DIANA (3d10)

Cuando uno se presenta ante una película como esta lo lógico es pensar en un biopic en toda regla sobre la princesa Diana, esperando quizá conocer detalles sobre cómo llegó a ser heredera al trono o sobre sus discrepancias con la Reina de Inglaterra, a la postre su suegra, viniéndonos a la mente grandes biografías cinematográficas como pueden ser las magníficas Chaplin, Gandhi, Nixon o Gran bola de fuego (sobre el genial Jerry Lee Lewis) -incluso podríamos meter en esta lista la reciente y maravillosa El mayordomo-. 
Luego nos enteramos de que solo trata un episodio concreto de la vida de Lady Di, pero no pasa nada. Ya nos sabemos su vida y ejemplos de biografías episódicas también hay unas cuantas, como Nixon contra Frost, Mi semana con Marilyn o (también de este año y también excelente) Rush. Además es de esos films con el clásico slogan en el cartel que reza: "de la ganadora de un Oscar..." y con un director de prestigio (que ya realizó El hundimiento, otro gran biopic episódico centrado en las últimas horas de vida de Hitler). Pero, lamentablemente, la unión de Oliver Hirschbiegel y Naomi Watts no bastan para salvar este despropósito de película cuya cosa más amable que se le puede decir es que es soporíferamente aburrida.
La trama arranca con la muerte de la princesa y su ¿prometido? Al-Fayed en París para retroceder entonces dos años y explicarnos cómo llegó a esa situación. A partir de ahí son muchos los caminos que se abrían ante el director por los que podría optar, y sin duda cualquiera de ellos habría sido interesante. Podría haberse convertido Diana en un drama romántico a raíz de su relación con el doctor Khan, una intriga palaciega centrada en sus desavenencias con la reina y su divorcio con el príncipe heredero, o incluso una crónica social con denuncia incluida en relación a la responsabilidad del acoso de los paparazzis en su accidente mortal. Pero ninguna de esas opciones son acordes con lo que Hirschbiegel nos va a mostrar en pantalla, una especie de crónica rosa que bien podría ser un documental de la revista Hello (o su contrapartida española Hola) en la que sólo falta Anne Inartiburu como maestra de ceremonias. Así además lo ha entendido la distribuidora en España, que fiel al poco sentido del ridículo que tenemos en este país ha decidido traducir los nombres de algunos protagonistas tal y como hace la prensa rosa de manera chabacana y sonrojante, de manera que la princesa es llamada Diana, como suena en lugar de Daiana, y su marido es Carlos en lugar de Charles, aunque no han tenido narices de saber castellanizar a Hasnat Khan o a Dodi Al-Fayed.
Pensando quizá que escarbar en una historia poco conocida como el romance de Diana con un cirujano cardiovascular era suficientemente interesante para permitirse prescindir de un guion de empaque alrededor de esta película con alma de telefilm que se lo juega todo a una sola baza en forma de su interprete, la excelente protagonista de Lo imposible, que aquí fracasa estrepitosamente en su transformación en Diana, limitándose a un maquillaje poco afortunado (se consideraba a Diana una de las mujeres más atractivas de la época, pero esta Diana no solo es mucho menos guapa que la princesa real sino que consigue ser también mucho menos guapa que la propia Naomi Watts, ver para creer) y a una insistente inclinación de cabeza exageradamente forzada, algo que recuerda a los ridículos andares de Aston Kutcher como única arma para mimetizarse en Steve Jobs. 
La dama de hierro era una mala película, pero al menos Meryl Streep conseguía transformarse totalmente en Margarita, perdón, Margaret Thatcher, mientras que Watts nunca consigue que veamos a Diana en pantalla, sino a una mera actriz interpretando.
Diana pretende ser la historia de un gran amor, pero solo consigue que veamos la relación entre un egoísta e inexpresivo médico -insulso Naveen Andrews (todos te preferimos como torturador, Sayid)- y una princesa histérica y acosadora; un romance que más bien parece protagonizado por jovenzuelos de instituto. Y para colmo tienen la indecencia de insinuar que la madre del médico espantapájaros este es la culpable indirecta de la muerte de la princesa por no dar su aprobación a la relación. 

En mi opinión la película habla de todo (ambición, egoísmo, cobardía, obsesión) excepto de amor, y lo hace de una forma tan plana y desdibujada que no se puede encontrar en ella el mínimo punto de interés, más cuando los propios productores quieren huir del efectismo más facilón y nos escamotean las escenas del accidente o el funeral con Elton John en plan estelar, lo cual, aunque lo tengamos todos grabado ya en nuestra memoria, nos habría despertado al menos momentáneamente.

domingo, 8 de diciembre de 2013

CARRIE (2013) (6d10)

De nuevo nos encontramos ante la adaptación de una novela, por lo que entramos de nuevo en el debate de si hay que valorar a la película por su calidad artística individual o por lo bien adaptada que pueda (o no) estar. Pero en esta ocasión tenemos ya una adaptación anterior de la novela de Stephen King, y no una adaptación cualquiera, sino todo un clásico del cine de terror (una reciente encuesta a coronado al Carrie de Brian De Palma como la película preferida para ver la noche de Halloween en Estados unidos).
No se trata, como en los casos más recientes (aun en cartelera) de Los Juegos de Ender y Los Juegos del Hambre: En llamas, de una novela juvenil, aunque hay que reconocer que cuando la escribió King tenía veintipocos años y la trama versa sobre una adolescente y su baile de graduación. Es, más bien, una mezcla de terror puro con drama, reflejando no solo la dureza (a veces destructiva) que pueden guardar en sus corazones los niños (y así es como se comportan los jóvenes americanos cuando les hablan del baile de graduación, como niños) sino los peligros que la religión puede contener cuando se confunde devoción con fanatismo.
Dejando de lado la novela (considerando el resto de su vasta obra, Carrie posiblemente sea la historia más fácil de adaptar de Stephen King), las comparaciones con el film de De palma del 76 son inevitables, no solo por contar la misma historia sino por la forma de hacerlo.
Agradeciendo siempre la fidelidad hacia la obra original, lo cierto es que el guion escrito por Rodrigo Aguirre-Sacasa es prácticamente un calco del libreto de Lawrence D. Cohen, hasta el punto que el autor de la versión del 76 consta como coguionista del remake actual. Es entonces, cuando la innovación se reduce a la utilización de los teléfonos móviles y los videos de youtube, cuando uno se pregunta la necesidad de hacer otra versión de una historia que, por cierto, ha envejecido francamente bien.
Kimberly Peirce, una directora sin apenas experiencia, se encuentra tras las cámaras, y aunque es cierto que tampoco De palma tenía en su haber ningún gran éxito con anterioridad a su Carrie, se le nota a la Peirce na cierta falta de contundencia, en una realización siempre correcta pero poco arriesgada, casi televisiva, sobresaliendo algo en las escenas de sangre pero patinando en la secuencia de más acción.
La historia es de sobras conocida: educada con extrema sobreprotección por su ultra religiosa madre, Carrie es una inadaptada social, sin amigas en la escuela, cuyo máxima humillación le llega cuando es objeto de burla de sus compañeras al tener su primera regla mientras se ducha en el gimnasio del colegio y reaccionar aterrada ante lo que piensa que es una hemorragia interna. La señorita Desjardin será (o intentará serlo) su única aliada, imponiendo un duro castigo a las muchachas por su crueldad y provocando, inconscientemente, que Carrie se gane su primera gran enemiga. Lo que nadie sospecha es que Carrie está desarrollando poderes telequinéticos. Y no tardará en aprender a utilizarlos.
Chloë Grace Moretz cumple bien en su papel de Carrie, quizá algo sobreactuada en los momentos más dolorosos, aunque su candidez y esa facultad que, aún sin ser una gran belleza, tiene para seducir las cámaras (como ya demostrara en Kick-Ass) es lo que más brilla en el film, en perfecto contraste con la oscuridad amarga de Juliane Moore, aunque poco se puede destacar del resto de protagonistas, un puñado de chavales que bien podrían haber salido de cualquier canal juvenil y a los que ni se espera ni se exige nada especial.
No es, entonces, una mala película, pero –aun olvidándonos de su predecesora- resulta demasiado sosa, le falta algo para emocionar con todo lo que la historia podría dar de sí. Y es una lástima, porque los medios para hacerlo estaban ahí.

Inquieta, pero no aterra.

sábado, 7 de diciembre de 2013

PLAN DE ESCAPE (7d10)

Por fin ha sucedido. Lo que los chavales llevamos más de veinte años esperando (y mientras, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en cuarentones) se ha hecho realidad. Schwarzenegger y Stallone (Arnie y Sly los llamábamos, que ya eran como de la familia) han hecho al fin una peli juntos.
Bueno, sí, ya coincidían dos minutos en Los Mercenarios y algo más (no mucho) en Los Mercenarios 2, pero eso no cuenta, ¿no? Eso eran fiestas de jubilados, que son como la feria de abril, que si no tienes invitación te pierdes lo mejor. Y además, con tanto amiguete por ahí metido el subidón de ver a ellos dos juntos se deslucía un poco.
Ahora sí. Por fin, después de tanto tiempo soñando con un Rambo versus Depredador (sí, cuando uno es joven el concepto bizarro es algo maravilloso) o con Terminator cantándole la pana al Juez Dreed, ha llegado el momento de que los dos musculosos del celuloide más famosos de la historia compartan chascarrillos y puñetazos a lo grande.
Para la ocasión han elegido a un director sueco (no sé si será una broma privada del austriaco, eso de trabajar con un director de nombre más difícil de escribir que el suyo propio), un tal Jan Mikael Håfström, que lo mejorcito que tiene en su filmografía era ese petardazo de 1408 (o como aburrir adaptando a Stephen King), pero que –seamos realistas- es lo de menos. Nadie se va a fijar en él, o al menos en lo bueno. Porque cagadas de racord –gafas que no deberían llevar puestas, helicópteros que desaparecen…) hay unas cuantas.
La excusa para juntar a estos dos armarios roperos (para cuyos cuerpos no parecen pasar los años; sus rostros ya son otra cosa) es una aventura carcelaria, de las que el italoamericano ya sabe bastante (pasó por las mismas penurias en Encerrado y durante buena parte de Tango y Cash, ¿será que le va la marcha?) y será por eso que es quien lleva el peso de la película, cediendo a un ligero segundo plano a Arnie. Ray Breslin (Stallone) se dedica a fugarse de cárceles de máxima seguridad para comprobar así sus deficiencias, pero esta vez parece haber dado con un hueso demasiado duro de roer. Alguien le ha tendido una trampa y todos los protocolos son violados cuando es enviado a una prisión en paradero desconocido sin que ni siquiera sus compañeros de equipo (Amy Ryan y 50 Cent) sepan dónde se encuentra. Y allí es donde entra en juego Emil Rottmayer (Schwarzenegger) otro preso con quien hará buenas migas y que juntos planearán la huida (con un tercer preso en discordia, Faran Tahir).
Lo bueno de una película de estas características es que es difícil que decepcione. La trama tiene momentos de completa ridiculez (todo lo que maquina Breslin en sus fugas es absurdo e inverosímil), pero da igual. Ver a estas dos viejas glorias del pasado pegando (y recibiendo, pero eso es lo de menos, a ellos no les duelen) tiros a diestro y siniestro y haciendo explotar cosas no tiene precio. Eso es lo que uno quiere ver al acudir a estas películas, y en ese sentido ofrece todo lo que promete. Si además te dan unos caramelitos de propina en forma de buenas actuaciones como las apariciones de Jim Caviezel (que malo que es el tío, no se le pegó nada de su interpretación de Cristo), Sam Neill y Vicent D’Onofrio, pues ¿para qué pedir más?
Persecuciones, engaños, trampas, traiciones, sorpresas, dramas familiares del pasado, violencia, mucha testoterona y demasiados tópicos es lo que nos espera en Plan de escape, un reencuentro entre dos viejos amigos que quizá llega demasiado tarde. Tras el fracaso de sus últimas películas por separado, la divertida El Último desafío y la más floja (aunque con el antaño prestigioso Walter Hill a los mandos) Una bala en la cabeza, esta será la prueba de fuego para dos dinosaurios que se niegan a ser extinguidos o convertirse en carne de Reality o películas de poca monta como les ocurre a sus compañeros de correrías Seagal y Van Damme.

Los ochenta ya pasaron y solo el público puede decidir si deben volver o no.

LA MIRADA DEL AMOR (7d10)

A veces la vida puede ser muy cruel. Nikki lo tenía todo en la vida: un matrimonio feliz, una hija estupenda y una condición económica encomiable. Hasta que un fatídico día, durante unas vacaciones en México
, su marido fallece ahogado en el mar.
Cinco años más tarde Nikki no ha podido superar su pérdida. Vive sola en la casa que su difunto esposo construyó para ellos, sin ser capaz de utilizar la magnífica piscina que tiene en la parte trasera ni volver a visitar el museo al que tantas veces habían ido juntos, sin más compañía que las visitas esporádicas de su hija o las agradables cenas en el jardín con su vecino Roger, también viudo. Pero todo cambia cuando se atreve a volver a visitar el museo y coincide con Tom, un profesor de arte que es la viva imagen de su gran amor. Aun sabiendo que es un error decide acercarse al desconocido y pronto iniciarán una relación sentimental. Parece que el amor le va a dar una segunda oportunidad, pero ¿es realmente amor o solo una mentira basada en el recuerdo de su desaparecido marido?
Esta es la historia de La mirada del amor (un título que es en sí un spoiler, pues la razón del nombre se descubre en la última escena), una romántica película que, si bien contiene alguna sonrisa en su interior, no es para nada una comedia. Dura y estremecedora como la vida misma, La mirada del amor es una tierna reflexión sobre las segundas oportunidades, demostrando que nunca es tarde para el amor, narrada con sensibilidad por Arie Posin y las brillantes interpretaciones de Annette Bening, Ed Harris y un cada vez más caro de ver Robin Williams, en un pequeño papel que recuerda al de El indomable Will Hunting.
La mirada del amor no es, sin embargo, una película sobre el amor, sino sobre la pérdida del amor. Es por ello que la sensación final que queda es desangelada y amarga y no será para avergonzarse si se escapa alguna lagrimilla contemplando esta historia de amor tan intensa como artificial.

Pese al punto fantástico de su origen (dos personas exactamente idénticas), los personajes y sus situaciones son terriblemente reales y eso hace que sea más duro todavía enfrentarse a la destrucción mental a la que se enfrenta Nikki cuando trata de borrar la muerte de su marido e incluir a Tom en su pasado juntos.

TRES BODAS DE MÁS (7d10)

No hay ninguna duda de que dentro del género de las comedias románticas la temática de las bodas luce mejor que ninguna otra. Y es que pocas cosas hay más cinematográfica que una boda, ya sea en su más pura tradición mediterránea, como en El Padrino, exótica, como la de Mi gran boda griega, multiplicada por cuatro, como en Cuatro bodas y un funeral, con final triste, como La boda de mi mejor amigo, o incluso terrorífica, como la de REC3.
De hecho, en lo que llevamos de año ha habido dos grandes estrenos con boda como leit motive: La gran boda y La gran familia española, más otras tantas que no he tenido oportunidad de ver y que, por lo tanto, no tienen comentario en este blog.
Hay para todos los gustos y colores (aunque hablando de bodas el blanco y el rosa son colores obligados), pero aunque aquí he nombrado algunos ejemplos británicos o españoles casi podríamos asegurar que esto de las películas de bodas es una especialidad americana (que parece que solo son capaces de reunir a la familia alrededor de un pastel nupcial o un pavo de acción de gracias), lo mismo que ese otro gran subgénero que son las despedidas de soltero.
Y eso es lo primero que uno aprecia al visualizar Tres bodas de más: su deseo de aproximarse a los convencionalismos americanos sin ningún tipo de disimulo, comenzando con esa hermosa panorámica aérea de una urbanización del Garraf  y continuando con un personaje, el de la desastrosa Ruth, que bien podría haber interpretado Sandra Bullock o, en sus buenos tiempos, Julia Robers, las reinas de las comedias sobre corazones rotos.
No es cosa extraña, si tenemos en cuenta que el director, Javier Ruiz Caldera, ya homenajeó al slastic americano con su debut Spanish  Movie, que vuelve aquí (tras el bajón que supuso Promoción Fantasma) al humor más descerebrado, cogiendo referencias de aquí y de allí y elaborando una receta que, aun teniendo poco de propia, es realmente efectiva.
Así, en Tres bodas de más, podemos encontrar el humor edulcorado del binomio que formaron Rob Reiner y Nora Ephron, la ternura de Richard Curtis o los toques escatológicos de los hermanos Farrelly.
Dice una frase popular que si no te gusta el arroz, toma dos tazas. En este caso, si uno es alérgico a las películas de bodas, ¿qué mejor con encontrarse con tres en la misma película? Y si encima corresponden a los respectivos ex de la protagonista, pues mucho mejor.
Ese es el planteamiento del film, que tras mostrarnos como Ruth es abandonada por su actual novio en medio de… ¿adivinan?... una boda (que será al final la cuarta de la película) se vuelca en su trabajo (es investigadora médica), dejando de lado cualquier tipo de vida social (de la que es totalmente incapaz de disfrutar si no es con mucho alcohol de por medio), hasta que el destino (simpático cabrón) hace que reciba el mismo día tres invitaciones para asistir a las bodas de los tres hombres de su vida que la abandonaron como a un juguete roto. Aunque el primer instinto de la chica es huir de ellas, finalmente decide acudir acompañada por su nuevo becario (y a la postre único amigo) con la esperanza de conocer en alguna de ellas a su gran y definitivo amor, representado en la figura (o no) del cirujano plástico Jonás.
Así, Ruth iniciará un camino de irremediable autodestrucción hasta conseguir un resurgimiento final, un renacer de sus propias cenizas, cual ave fénix, que como en (casi) toda comedia romántica no sorprenderá a nadie (el desenlace se puede imaginar a los diez minutos de película), pero que no importa, porque lo que interesa no es saber a dónde llega, sino lo que pasa por el camino.
Y lo que pasa por el camino son mil y una situaciones a cual más absurda y extravagante que provoca las constantes carcajadas del respetable gracias a un guion inspirado y unos buenos diálogos y, sobre todo, a la aportación de grandes intérpretes cómicos (algunos poco relacionados con el mundillo cinematográfico) como Paco León, Berto Romero o Joaquín Reyes, amén de la participación de otros actores ya consagrados como Quim Gutierrez (que ya estuvo invitado a la boda de La gran familia española y actualmente en cartel también con ¿Quién mató a Bambi?) o Rossy de Palma o la sangre fresca que aporta Martiño Rivas, que parece que lo único que le ha pedido el director que haga es poner cara de guapo y tiene suficiente con ello para componer su papel.
Y luego, claro está, se encuentra Inma Cuesta, Ruth, sobre quien recae todo el peso interpretativo y a la que la cámara persigue durante el 99% de la película. Ella es Tres bodas de más, y sin ella el invento este nunca podría funcionar. Inma Cuesta llora, ríe y ama, logrando hacernos llorar, reír y amar, convirtiéndose en la novia perfecta, tanto en el lado de las abandonadas (¡qué bien hace de perrito apaleado!) como en el lado de las enamoradas.
Tenemos también una pequeña reflexión sobre las relaciones y el amor, pero no queramos buscar donde no hay. Esto es una comedia y no tiene más pretensiones que la de hacer reír, en ocasiones de forma muy políticamente incorrecta. Momentos bestias (novias atropelladas, paralíticas con muy mala leche…) se alternan con otros más tiernos y, aunque no sea una película perfecta, funciona en la mayoría de las veces.

Javier Ruiz Caldera da un salto de calidad, y deberemos estar muy atentos a su próximo paso.

jueves, 5 de diciembre de 2013

EL CONSEJERO (5d10)

Resulta complicado analizar objetivamente una película como esta, cuya aprobación o no es tan delicado que puede depender de algo tan ajeno a los productores como el estado de ánimo, la calidad de la sala del cine o, y esto posiblemente vaya a ser lo más determinante, las expectativas creadas.
Vayamos por partes: para empezar nos encontramos con que está dirigida por Ridley Scott, uno de los mejores directores en activo, capaz de hacer películas interesantes y obras maestras, pero nunca -polémicas aparte- películas malas, y que aquí filma con eficacia y haciendo gala de su elegancia habitual -las dos escenas de alto voltaje sexual en manos de cualquier otro habrían hecho gala de mal gusto sin duda-, aunque lejos de la espectacularidad y alardes visuales, por simple coherencia narrativa, de su anterior film: Prometheus.
Después tenemos el elenco de actores, donde sobresale el magnífico Michael Fassbender, la sorprendente Cameron Diaz (que como le pasara a Sandra Bullock con Gravity demuestra que puede aspirar a más que comedias románticas insulsas) y las aportaciones, más estelares que otra cosa, de Javier Bardem (que o no habla un inglés suficientemente fluido para entenderse con su peluquero o le debe dinero desde hace ya algunos años), Penélope Cruz y un Brad Pitt que sabe a poco; aparte de las apariciones fugaces de Rosie Perez, Édgar Ramírez, Rubén Blades, Natalie Dormer o John Leguizamo.
Por último, pero no menos importante, tenemos un guion obra del escritor Cormac McCarthy, de cuya imaginación salió La carretera, Todos los caballos bellos y No es país para viejos, completando un cóctel que debería ser explosivo.

Pero posiblemente este sea el punto débil de la película, ya que se trata de un guion directo, no de la adaptación de una novela suya, por lo que no ha pasado por el filtro de un guionista de verdad que sepa entender mejor que McCarthy el lenguaje cinematográfico. Por eso El consejero, pese a tener una historia interesante y secuencias sencillamente brillantes, abusa de diálogos demasiado espesos que pese a su genialidad terminan por saturar, siendo por momentos imposibles de seguir. Además, da la sensación de que McCarthy no termina de decidirse por lo que quiere contar (o quizá es sólo que no lo sabe transmitir), de manera que el espectador pasa un par de horas viendo como suceden cosas entre personajes que hablan muy bien pero finalizada la película sale de la sala con sensación de vacío, como si la película tuviera un mensaje oculto que no ha sabido comprender.
Poco o nada se sabe de los personajes y sus motivaciones, y aunque algunos elementos clave están pululando por ahí (el amor, la codicia) no se profundiza en ellos lo suficiente para podernos creer a los protagonistas o, lo que es más importante, identificarnos con ellos.
Gracias a Scott y al buen hacer de los actores, El consejero contiene momentos hipnóticos y brutales, y quizá eso sería suficiente para premiar a una peliculilla del montón, pero creo que esta en concreto nació con el deseo de ser una obra maestra, y como tal le debemos exigir.

No merece, pues, ser suspendida, pero los posos que deja tras haberla meditado con tranquilidad tan sólo la hacen merecedora del aprobado justito. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

VIRAL (4d10)

Podríamos estar, más que ante una película, ante uno de los anuncios publicitarios más largos que recuerdo. Y también peor acabados.
Viral sigue los pasos de Raúl (Juan Blanco) un joven con problemas económicos que es seleccionado para participar en un concurso que organiza la cadena Fnac según el cual debe permanecer una semana entera dentro del edificio de la calle Callao de Madrid (realizando diversos actos publicitarios) con el objetivo de conseguir veinte mil seguidores en una nueva red social.
Muchas son las propuestas de interés que plantea la película en su arranque, empezando por la metáfora de la soledad de Raúl pese a llegar a estar comunicado con cientos de "amigos" virtuales, dejando leves pinceladas de denuncia social (están a punto de echar a su padre de la residencia), humor (en su relación con su amigo Frank, exagerado Miguel Ángel Muñoz), romance (la aportación de Aura Garrido), y todo ello a partir de unos personajes apenas detallados aunque de los que sabemos lo suficiente para que la historia pueda funcionar.
Sin embargo, a medida que pasan los días (y las noches) de esta especie de Gran Hermano en red ya vemos que los tiros van por otro lado y la cosa se transforma en una historia de intriga con tintes de terror y un amplio abanico de sospechosos y de móviles. Y tampoco es mal tema, aunque decepciona un poco que no se profundice más en el trasfondo de las redes sociales o la claustrofobia de sentirse aislado en un edificio repleto de los mejores instrumentos de intercomunicación del mundo.
Sin embargo, a medida que nos acercamos al final nos damos cuenta de que el guionista va totalmente perdido. El desenlace no solo es precipitado sino que resulta ridículo, casi bochornoso, estropeando totalmente cualquier buen sabor de boca que el film nos pudiera dejar. 
Y es que esa es la gran clave de los thrillers, que aun estando mejor o peor construidos toda su trama debe terminar por desembocar en buen puerto, y si el final resulta espantoso, pues resultará que sencillamente hemos perdido una hora y media de nuestra vida que nadie nos devolverá, con una especie de plagio/homenaje a REC que no funciona en absoluto y que, aun logrando desconcertar, enfada más que asusta.
Una última reflexión: el concurso se llama "el friki de la Fnac", pero yo me pregunto: ¿qué es un friki para Lucas Figueroa, director de esta tontería? Porque vista toda la película, la única "frikada" de Raúl es utilizar una espada láser de Star Wars a modo de linterna.
Eso sí, la Fnac ocupa el noventa por ciento del metraje. Le habrá salido barata la peliculilla a la productora.

lunes, 2 de diciembre de 2013

¡MENUDO FENÓMENO! (5d10)

Hace un par de años el director canadiense Ken Scott presentaba una curiosa película sobre David, un inmaduro cuarentón que descubre, casi a la par de que su novia quede embarazada, que fruto de las excesivas donaciones de esperma que realizó siendo adolescente tiene ahora 533 hijos, 142 de los cuales, empeñados en conocerle (sólo conocen su pseudónimo: Starbucks), se han unido para reclamar judicialmente que la clínica de fertilidad revele la identidad del prolífico donante.
Levemente inspirada en un caso real, Hollywood no podía dejar pasar la oportunidad de versionar la historia, contratando (alarde de originalidad) al mismo Scott como director y guionista que repite casi textualmente sus pasos en esta supuesta comedia para mayor gloria de Vince Vaughn, por una vez alejado de su “hermano” cinematográfico Owen Wilson.
¡Menudo fenómeno! no es una mala película, pero sí una mala comedia. Con tan surrealista planteamiento se podría haber optado por una comedia de gags que le vendría que ni pintada a Ben Stiller o Jim Carrey, o por una reflexión con ingenio en la línea de Woody Allen. O quizá incluso por un drama con tintes judiciales, reusando acudir a la comedia.
Scott, sin embargo, se decanta por un camino intermedio, disfrazando a la película de comedia pero con demasiadas pretensiones dramáticas que dificultan la identificación con el protagonista y hace pensar que, en el momento de escribir el guion el canadiense, simplemente, se olvidó de poner los chistes.
Dejando esto de lado, la historia en sí es sencilla y cargada de ternura, casi recordando a una de esas propuestas navideñas con buenas intenciones y mensaje feliz, pero totalmente falta de chispa. El personaje de Vaughn, pese a funcionar, es completamente previsible, el cuarentón inmaduro que tantas veces le hemos visto interpretar ya, incapaz de organizar su vida o comprometerse sentimentalmente con su novia embarazada (correcta Cobie Smulders), pero que sin embargo saca tiempo para investigar a sus supuestos hijos, conocerlos desde el anonimato y sentir una conexión paterno-filial que le hará plantearse si revelar su secreto o no.
Adornando la función tenemos a la clásica familia inmigrante (en este caso son polacos en lugar de los clásicos italianos), haciendo pensar que la única unión familiar concebible en una película americana debe tener raíces europeas, y las esperanzas de su abogado y amigo Brett (Chris Pratt), donde se pierde otra buena oportunidad de denunciar los intereses económicos y publicitarios por encima de la lógica sentimental más a fondo.

Comedia simple y sosa, en fin, simpática e interesante pero con poca alma.

FROZEN, EL REINO DEL HIELO (8d10)

En un año cargado con muchas (y malas) películas de animación, Disney presenta su nueva apuesta regresando (tras la fantochada de Aviones) a un terreno conocido y que domina mejor que nadie, el de las mal llamadas “princesitas Disney”.
Frozen es una película nacida con vocación de clásico, que pese a su espectacularidad visual recuerda poderosamente al mejor Disney, transportándonos a la época de La Sirenita, El Rey León o La Bella y la Bestia. Después de unos años con el rumbo perdido, la productora de las orejas ha querido reconducirse y lo ha hecho sin miramientos, apostando por el drama y la aventura y regresando también al musical que tenía apartado desde (creo yo) Tiana y el Sapo.
Frozen es, por tanto, una gran película, una epopeya de grandes dimensiones disfrazada de hermosa panorámica paisajística donde hasta un simple copo de nieve es, simplemente, espectacular.
Dejado un poco de lado el clásico romance (aunque haberlo, haylo), Frozen es, sobre todo, la historia de dos hermanas y su relación tras la muerte (¿cómo no?) de sus padres. Así que Frozen debe ser considerada (y así debéis advertirlo si la vais a ver con niños) un drama por encima de todo, una historia dura de sufrimiento y dolor. Mucho se temían los aficionados a los superhéroes que con la compra de Marvel por parte de la Disney los personajes de comics iban a infantilizarse en exceso (cosa que por fortuna pueden comprobar que no ha sucedido), pero pocos imaginaban el proceso inverso. Y es que el argumento de Frozen, cancioncillas aparte, bien podría haber surgido de cualquier comic Marvel, con personajes poderosos pero atormentados. Realmente, la princesa Elsa bien podría definirse como una mutante, y sus problemas ante unos poderes que no controla y que solo pueden causar desgracias la hacen muy cercana a Cíclope o cualquier otro personaje de los X-Men, igual que la reacción de su pueblo al descubrir lo que es capaz de hacer es la misma que en esos tebeos de Stan Lee: miedo y desprecio.
Elsa, que de forma accidental condena a su reino a un invierno eterno, debe huir de lo que es, mientras que Anna, su hermana optimista y enamoradiza, partirá en su busca convencida de que debe haber un modo de establecer el orden natura de las cosas, prevaleciendo su amor al miedo que Elsa le pueda provocar, ni siquiera cuando su propia vida está en peligro de muerte.
Emocionante y emotiva, solo dos son los peros que se pueden achacar al film dirigido por Chris Buck y Jennifer Lee, aunque solo uno se les puede reprochar a ellos. Por un lado, la aparición de Olaf, un muñeco de nieve parlante que si bien aporta el punto cómico a film rompe con esa magia que hasta entonces tenía la película, restando fuerza a la narración y recordándote que esto es, al fin y al cabo, una historia para niños; y por otro lado los números musicales, que sin duda serán impagables en su versión original (aunque ni de lejos comparable a las voces de Elton John o Phil Collins) en español terminan siendo insoportables con una tal Violetta (los que tenéis niños sabréis quién es) como primera espada y que hace que por momentos te salgas de la película y te creas que estás metido en una gala de Operación Triunfo (por ahí anda también la inevitable Gisela). Me pregunto si no sería posible, con la diversificación de ofertas que hay hoy en día (puedes elegir ver una película en español, catalán –en Cataluña, obviamente-, inglés, en 2D, en 3D, en digital, en HFR 48 fps –en el caso de El Hobbit-, etc.), estrenar estas películas también en versión doblada pero respetando las canciones originales, subtitulándolas, que al fin y al cabo es como se han disfrutado toda la vida los musicales, como Grease, West Side Story, …
Con todo, y con un aviso especial para quien no guste de los musicales, la película es una verdadera maravilla visual con un punto de feminismo (los hombres son casi un adorno) que merece mi más sincero aplauso, aún con el punto de surrealismo de Olaf.

Disney ha vuelto. Ahora sólo cabe esperar que sea para quedarse.

BIENVENIDOS AL FIN DEL MUNDO * (7d10)

Lo han vuelto a hacer. No contentos con la experiencia de La Cabaña en el Bosque, las distribuidoras españolas han vuelto a maltratar una película que fue de lo mejorcito del reciente festival de Sitges y que, si bien la calamidad no es tan notable con respecto a la obra de Drew Goddard, hay que remarcar que se ha estrenado en tan solo 22 salas en toda España, sin campaña publicitaria alguna y tan solo cuatro meses y medio más tarde que en los Estados Unidos y dos meses después que en la mayoría de Europa. Sumémosle a esto que desde hace un tiempo circula por la red una copia en alta definición en español y que el público al que va destinado estas producciones es joven y relativamente friki y… voila! Pasa totalmente desapercibida por taquilla y la culpa, como siempre, de la piratería.
El caso, por seguir con la comparativa con la creación de Josh Weddon, es aún peor si consideramos que se trata del cierre de una trilogía estrenada toda ella en cines y que en ella hay nombres importantes de la industria de Hollywood. No hablamos de un  producto pequeñito, casi de corte independiente, sin ningún atractivo cara al público.
Repasemos: a los mandos del barco está Edgar Wright, una de las cabezas pensantes (junto a Spielberg, Jackson y Moffat) del taquillazo que supuso Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio y futuro director de Ant-man, el punto de partida de la fase tres de la todopoderosa Marvel mientras que el reparto está encabezado por el genial Simon Pegg (que no solo es ya una cara conocida como protagonista de comedias sino que ha entrado en el mundo de los blockbusters con Misión imposible: Protocolo fantasma y las dos maravillas de Star Trek de Abrams), el inefable Nick Frost (que aparte de ser la otra mitad de Pegg se ha aventurado en solitario en títulos como Radio Encubierta, Attack the block o Blancanieves y la leyenda del Cazador), el omnipresente Martin Freeman (el Watson televisivo y estrella mundial gracias a El Hobbit) y las presencias menos estelares de Eddie Marsan (el Lestrade de Sherlock  Holmes, esta vez el cinematográfico), Rosamund Pike (fue chica Bond en Muere otro día, chica English en Johnny English Returns y chica Reacher en Jack Reacher) y el colofón final de la aparición breve pero celebrada de Pierce Brosnan. Argumentos, creo yo, para considerar esta película como algo más que carne de videoclub (o como quiera que se llame hoy en día a las películas despreciadas para la gran pantalla).
Pero dejemos de hacer mala sangre y centrémonos en la película.
Como ya he adelantado, se trata del cierre de la llamada trilogía del Cornetto (the three flavours cornetto trilogy o the blood and ice cream trilogy) –con gag alusivo incluido en la propia peli- que el trío formado por Wright, Pegg y Frost iniciaron en el  2004 con Zombies Party (aquella magistral parodia del cine de zombies que enamoró al propio Romero), continuaron en el 2007 con Arma Fatal (revisión sarcástica de las películas policiacas) y que concluye ahora con una vuelta de tuerca al tema de las invasiones extraterrestres, con un recuerdo especial para La Invasión de los ladrones de cuerpos.
Si hace unos meses comentaba que esperaba esta película con impaciencia tras la tontería que fue Juerga hasta el fin (curiosamente aquella si fue estrenada por todo lo alto), debo aseguraros que no tiene nada que ver con ese bodrio sin gracia más que en la base argumental, unos amigos a los que el apocalipsis (aquí no en un sentido tan literal) pilla en medio de una noche de juerga. Puestos a buscar similitudes sería más fácil encontrarlas con Plan en las Vegas, pues de nuevo tenemos a unos amigos de la infancia (en esta ocasión son cinco en lugar de cuatro) que se reencuentran después de muchos años, con una chica como punto de cordura del grupo y un punto oscuro en el pasado que produjo una herida –aparentemente insalvable- entre dos de ellos. La excusa, en esta ocasión, es realizar una proeza que no lograron cuando eran chavales: finalizar la milla de oro, un recorrido por doce pubs de su pueblo natal (pinta obligada en cada uno, por supuesto) cuyo recorrido finaliza en el llamado El fin del mundo.
Pero con lo que no contaban era con que el pueblo estaba dominado por unos seres extraterrestres que han suplantado a los humanos sin que nadie se diera cuenta.
Tan absurda premisa es la base para una sucesión de gags desternillantes, diálogos brillantes y situaciones totalmente descontroladas que, definitivamente, pone un broche de oro a la trilogía. Quizá siendo exigentes no es tan redonda como Zombies Party (aunque guarda muchos parecidos –y guiños- con aquella), pues Wright y Pegg han madurado y quieren detenerse brevemente a reflexionar sobre la vida y la amistad entre pinta y pinta, otorgándola de algunos breves momentos amargos que no hacen sino resaltar más aún las situaciones cómicas. Si en algunas comedias recientes comentaba que te mantenían con la sonrisa en la boca durante toda la proyección en esta ocasión hay momentos de verdaderas carcajadas.
El único pero que encuentro a Bienvenidos al Fin del Mundo es que, tras tanto hablar del fin de  una trilogía, me niego a pensar que Wright, Pegg y Frost no vayan a volver a trabajar juntos.
Sinceramente, los necesitamos.

Aunque las distribuidoras no quieran darse cuenta.